El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

HISTORIA DEL CORREGIMIENTO DE SAN CLEMENTE

EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA

miércoles, 30 de marzo de 2016

El ocaso de los Buedo y el ascenso social de Francisco de Astudillo (II)

Don Rodrigo Ortega y Avilés ( o Tébar que era su verdadero apellido materno) tenía razones para la enemistad con Martín de Buedo Gomendio. Sus campos eran limítrofes, don Rodrigo además poseedor de una fortuna valorada, en palabras de Francisco de Astudillo, en 80.000 ducados, necesitaba del arrendamiento para explotar sus tierras. De hecho, Martín de Buedo además de explotar sus tierras, cultivaba en régimen de arrendamiento otras de su vecino Rodrigo. Además de esta confluencia de intereses agrarios, existían otros intereses más encontrados entre ambos contendientes. Rodrigo de Ortega tenía varios juros situados en las rentas reales del Marquesado de Villena, de las que Martín era tesorero. La ordenación de pagos tras la bancarrota de 1607, había puesto los juros de don Rodrigo en la cola para el cobro de sus intereses, por detrás de los asentistas extranjeros con preferencia en los pagos. Pero si un Lucas Palavesín o un Gerónimo Serra estaban dispuestos a esperar la lógica de los procesos ejecutivos para cobrar, no así don Rodrigo, sabedor de los bienes raíces que el tesorero tenía al lado de los suyos.

... aunque parece haber ofrecido más por él (por el oficio de tesorero) don Rodrigo de Ortega porque lo hazía a emulación y por quitársele a Francisco de Astudillo, y quedar el susodicho con él, por tener algunos juros, sobre las rentas de la dicha Tesorería que por ser posteriores a otros muchos los cobraua mal, y quería hazerse pagado de su mano, estimando esto más que perder tres ni quatro mil ducados por ser hombre rico, que tiene más de 80.000 de hazienda y caudal

Por contra, Francisco de Astudillo y Martín de Buedo Gomendio no tenían muchas razones para la animosidad. La colaboración había sido la norma entre ambos. Francisco de Astudillo se había encargado, al menos en 1607, de la recaudación de las rentas reales de San Clemente, y unos años después de las de Iniesta. Durante los años 1608 y 1609, Francisco de Astudillo era alcalde mayor de San Clemente (lo que demuestra su imbricación con el poder, pues este cargo solía estar expresamente prohibido a los naturales de la villa donde residía el corregidor). Tuvo que actuar en un caso en el que estaba implicado Martín de Buedo Gomendio, que se hallaba en pleitos con la mujer de su hermano Juan, doña Beatriz Enriquez, natural de Fresneda, sobre la posesión de ciertos bienes en la villa de San Clemente que esta mujer pedía como restitución de su dote y con los que Martín de Buedo había debido ampliar su hacienda, como ya hiciera con su hermana Catalina. El 26 de abril de 1608, el licenciado Arburola, alcalde mayor de Cuenca y futuro juez en la almoneda de bienes de Martín de Buedo, había conminado a Francisco de Astudillo, como alcalde mayor de San Clemente, para que diese posesión de esos bienes a doña Beatriz

para que se le diese la posesión de ciertos bienes que el dicho su marido tenía en esa dicha villa para con ellos ser pagada de la dote que auía lleuado a su poder y en especial se le diese de un censo que el dicho su marido auía mal vendido y disipado a martín de buedo tesorero de alcaualas de esa dicha villa (1)

Por complicidad con Martín de Buedo, Astudillo había mirado para otro lado, haciendo caso omiso al auto, por lo que fue de nuevo requerido por el Consejo Real con fecha de 5 de febrero de 1609, para que cumpliera lo ordenado. Aun así, se habría de expedir nueva requisitoria por el juez Carranza y el pleito se volvería a reabrir en 1612 al calor de las ejecuciones contra el tesorero.

Los contratos entre las dos partes, Astudillo y Buedo, solían obviar las escrituras de obligación e, incluso durante el periodo de desavenencias y ejecuciones que va de 1612 a 1618, se preferían las escrituras de concierto entre ambas partes. En una fecha tan tardía como la de 1618, Astudillo se postulará como garante y fiador de Buedo, en la palabra dada por éste de presentarse voluntariamente ante el Consejo de Hacienda. Sólo cuando Buedo incumple su palabra y Astudillo está a punto de ser encarcelado, cualquier acuerdo, por interesado que fuera (y primaba más el interés que la buena voluntad), se hace imposible. Por esa razón, el proceso ejecutivo contra Martín de Buedo, en lo que beneficia a Astudillo se nos presenta como un discurrir lento, donde los bienes ejecutados van cayendo del lado de este último paulatinamente: tesorero, esclavos, tierras y casas. Pero Francisco de Astudillo no era un agricultor ni tenía relación con la tierra, eso explica que igual que se apoderará con excesiva prontitud de la tesorería de rentas reales, intentará mantener una posesión temporal de las tierras de Buedo, manteniendo a éste como inquilino de las mismas para facilitarle unos ingresos con los que poder saldar las deudas con su antiguo socio. Francisco de Astudillo, que se hará con los servicios de Felipe Valero, vecino de Vara de Rey, como administrador para la explotación de las tierras, se nos presenta como un terrateniente torpe (hecho que le culpará Buedo). Así es comprensible que a la larga el principal beneficiario de los bienes raíces de Martín de Buedo sea don Rodrigo de Ortega, que, siguiendo la tradición familiar, basará su fortuna en la propiedad de tierras.

(1) AMSC. CORREGIMIENTO. Leg. 96/20


ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA (AChGr). 01RACH/ Caja 2854, PIEZA 7. Martín de Buedo Gomendio, vecino de Vara de Rey, con Francisco de Astudillo, tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena, vecino de San Clemente sobre el oficio de tesorero. 1620

Una apelación en Barchín del Hoyo (1666)


Es posible que para 1666, Barchín del Hoyo no tuviera ni siquiera los 180 vecinos que le atribuía el censo de 1646; una cifra muy alejada de los 305 vecinos que le atribuía el censo de millones de 1591 y que le aseguraba pasar con creces los mil habitantes. Los mismos vecinos del pueblo se quejaban de las recientes guerras y una excesiva presión fiscal como causa de la ruina de esta villa y apuntaban como los vecinos huyendo de esta situación crítica habían iniciado un imparable éxodo hacia el Reino de Valencia. Este vaciamiento del interior en beneficio de la periferia debió ser una constante en otros pueblos comarcanos.

El pueblo gozaba de privilegio para que sus alcaldes juzgaran en primera instancia. Esta preeminencia, no obstante, debió ser vista por algunos vecinos como ejercicio arbitrario de la justicia por los vecinos principales del pueblo. Por eso no dudaban en acudir en defensa de su derecho ante la justicia del corregimiento de San Clemente, al tener reconocida los vecinos de Barchín tal derecho en grado de apelación.

Uno de los vecinos que ejerció tal derecho, como conocedor del mismo, fue Francisco Martínez. El mencionado vecino había sido víctima de un proceso ejecutivo de dudosa legalidad contra sus personas y bienes seguido por el alcalde ordinario de la villa Damián de la Parrilla. Dicho alcalde incapaz de embargar bien alguno a Julián García, padre de Francisco, por las deudas contraídas en la administración de la panadería pública de la villa se las exigiría a su hijo, que acabaría pagando la deuda y vería embargado un pollino de su propiedad que alcanzaría en pública subasta el valor de 150 reales.

Francisco Martínez debía conocer sus derechos y por eso exigió un traslado de los autos ejecutivos para poder acudir ante la justicia de San Clemente. Eso no hizo sino agravar su situación; Damián Parrilla acabaría encarcelándole. No obstante un perseverante Francisco Martínez se haría oír ante el alcalde mayor de San Clemente solicitándole que conociera su pleito en grado de apelación. El auto del alcalde mayor de San Clemente, el licenciado Francisco Calderón, es tajante en las formas, ordenando la soltura de Francisco y la remisión de los autos en el plazo de tres días ante su audiencia para conocer en grado de apelación dicho auto. Pero la falta de continuidad del proceso nos indica que la causa se sustanciaría en Barchín y con pocas garantías para el acusado. La debilidad de la justicia del corregidor y alcalde mayor es notoria en esta época. En la propia villa de San Clemente muchos agravios de los vecinos que antes acudían ante el corregidor son resueltos por autos muy parcos de regidores del ayuntamiento escritos en el dorso. La sociedad castellana pleiteante de Kagan parece dar paso a las mendicantes peticiones de agravios donde se espera más la concesión y la gracia que la justicia. Por esta misma razón nos llama más la atención el tono altanero y orgulloso y la exquisitez jurídica de Francisco Martínez en pedimento de su derecho:

... citado el dicho alcalde debajo de graves penas y so pena de ellas no me prenda ni moleste ni haga vejaciones contra mi persona y bienes... que cumpla luego y sin dilazión alguna con lo que se le manda ni impida la remisión de dichos autos declarándole por incurso en las penas si no lo cumpliere con los apercibimientos necesarios...



AMSC. CORREGIMIENTO. Leg. 64/56. Admisión de apelación de Francisco Martínez, vecino de Barchín del Hoyo, en causa ejecutiva seguida contra su padre por alcance en la panadería. 1666

viernes, 25 de marzo de 2016

San Clemente: la memoria histórica olvidada

Palacio Piquinoti,casa de Pedro González Galindo
Aquel año de 1612 todo parecía igual que hacía diez años, pero las cosas habían cambiado radicalmente en la villa de San Clemente. Don Juan Pacheco y Guzmán, alférez de la villa, y su mujer Elvira Cimbrón estaban enfrentados a la villa y su poder muy debilitado, su intento de señorialización de Perona les procuró la enemistad de todo el concejo. El doctor Cristóbal de Tébar nunca había sido tan rico, gracias a las aportaciones de su hermano Diego, vuelto del Perú; entre ambos se habían construido un emporio económico centrado en dos núcleos: la hacienda de Matas Verdes, en Villarrobledo, y la hacienda de las Cruces, en la futura aldea de Casas de Fernando Alonso, pero sus enemigos ya empezaban a cerrar filas contra él, y desde 1608 intentaban involucrar a algunos de sus familiares con acusaciones de judaísmo ante el Santo Oficio. Mucho debieron pesar estas acusaciones en su decisión de donación de sus bienes a la fundación de un Colegio de la Compañía de Jesús. El sobrino político del doctor Tébar, Pedro González Galindo, intentaba hacer aceptar su vecindad en San Clemente. Este indiano que había abandonado mozo su pueblo natal, volvía a él, para instalarse en el palacio hoy derruido de la calle Piquirroti. !Qué mal ha tratado San Clemente a uno de sus hijos más predilectos! Vituperado por sus vecinos cuando paseaba junto a su mujer María de Tébar por las calles de la villa, modificado el apellido Piquinoti en Piquirroti, para denunciar sus orígenes conversos, olvidando la ligazón matrimonial de los González Galindo con los principales banqueros de Felipe IV, y, hoy en día, dejando en la ruina su casa palacio. La historia es cruel y más su recuperación. Por eso, es curioso el gran esfuerzo que se ha hecho por recuperar la iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús. Quizás, las autoridades actuales sean inconscientes que lo que están recuperando sea la infame memoria de los Origüela. Aquella ermita de Nuestra Señora de Septiembre, reconvertida en iglesia de los jesuitas, era la predilecta de los Origüela, y su cofradía del mismo nombre, su refugio para defender la pureza de su fe de cristianos viejos. Lástima que la actual iglesia reformada de los jesuitas no pueda recuperar dos recuerdos familiares que antaño se encontraban en la Iglesia de Santiago: uno no querido, el sambenito del chamuscado en 1517 Luis Sánchez Origüela, y otro especialmente deseado por la familia, la querida lámpara de plata que colgaba frente al altar mayor de la Iglesia y para la que Pedro González Galindo, consciente de los odios que despertaba en la villa, había reservado en caso necesario su querida ermita de Nuestra Señora de Septiembre, de la que, elevada a la categoría de Iglesia del Colegio de los jesuitas, se había garantizado el patronazgo en sus descendientes por deseo del doctor Tébar.

¿Qué hacían las familias de solera de la villa ese años de 1612? Los sempiternos Rosillo, cuya memoria estaba garantizada en la capilla de la Iglesia de Santiago, seguían en guerra con todos y diluyendo su apellido en otras familias de más futuro como los Ortega. Su última guerra había sido con los Vázquez de Haro, antes de la crisis de 1600, por la capellanía de Tristán Pallarés, asociada a la olvidada capilla de San José de la Iglesia de Santiago (hoy simplemente de Pallarés). Los Haro, con sucesión femenina, en lo que era una condena para la época, habían sabido enlazar vía matrimonial con esos desconocidos que son los Tribaldos. Desconocidos hasta que aparece el doctor Fernández Tribaldos, fundador del Colegio de Manchegos de la Universidad de Alcalá, donde durante siglo y medio se formarán gran parte de las élites de la Manchuela conquense. Hoy, en el Archivo Histórico Nacional se conserva los expedientes de limpieza de sangre de estos jóvenes bachilleres: los Tribaldos, sustituido este apellido desde mediados de siglo XVII por el de sus sucesores los Lucas, y los de otros jóvenes de familias principales de la comarca. Pero no debemos olvidar, cuando consultemos cada uno de estos expedientes, en aquellos otros jóvenes que se les negaba la admisión en la Universidad de Alcalá de Henares, como Francisco de Astudillo Villamediana, obligados a ir a estudiar a Salamanca. Hasta allí llegarán las acusaciones de su raíz infecta de sangre judaica.

Mientras, los Oma, seguían alejados, es un decir, en Belmonte, bajo la protección del Marqués de Villena. No tardarán en volver, reforzados con nuevas alianzas familiares con los Conejero de Cuenca. Los Herreros, cuya memoria se mantiene en la capilla de San Antón de la Iglesia de Santiago, y en sus derrumbadas casas palacio de la villa de las que sólo quedan fachadas maltrechas y los escudos familiares con sus dos leones sujetando el caldero, se mantenían vivos en la villa: determinantes en la elección de alcaldes de la hermandad por el estado noble e imponiendo sus capitanes en las compañías de milicias. Pero la pequeña corte manchega, que es San Clemente, se les queda pequeña, sus ambiciones pasan por su presencia en los Consejos de Guerra y Hacienda de la Monarquía. Por su parte los Pacheco, divididos en tres ramas familiares, ven como Rodrigo Pacheco, el hijo del alférez mayor, intenta su proyección social más allá de la villa con un aventurado matrimonio con una pariente de los duques del Infantado de Guadalajara. El nieto de la saga honrará el apellido familiar como teniente general de las galeras de España.
Castillo de Santiago de la Torre
Juan Pacheco y Guzmán, caballero de la orden de Alcántara, mantendrá viva la presencia de los Pacheco en la vida sanclementina de mediados del seiscientos, pero es sólo una sombra de su homónimo el alférez mayor de la villa. Su única virtud, o más bien la de su madre, saber concertar un matrimonio con su prima Beatriz que ha heredado el mayorazgo de Santiago de la Torre, que doscientos años después su padre Alonso ha recuperado para la familia vinculando en 1603 la propiedad, incluido el castillo que hoy se nos cae, como mayorazgo. Se alejarán del protagonismo del pueblo, pero no olviden que cuando aparezca un Mesía como el mayor hacendado del pueblo a mediados del siglo XVIII, se trata de un Pacheco.

¿Y los Castillo? De la mano de los Pacheco, nos hace olvidar la pervivencia de esa otra rama familiar de los Castillo y de la figura del jesuita Francisco Castillo e Inestrosa, que allá por 1613 mantenía firme y orgulloso su ascendencia judaica ante el Santo Oficio de Cuenca. Hombre de mundo, que debía conocer bien los entresijos de Roma, por su estancia allí en años pasados, y que ahora en San Clemente andaba en tratos con la pequeña comunidad de marranos o conversos portugueses existente en la villa. Y no hablamos sólo de aquel tendero llamado Simón Rodrigues, dedicado al trato de sedas y especias, sino de los que hacían tratos con los añinos de La Roda para proveer de materia prima a algún sombrero de Lisboa o de los Luises, esos enigmáticos hermanos, que habían establecido en el campo un pequeño fondaco de los portugueses, almacén desde donde debían comerciar y vender productos en toda la comarca... casas aisladas que estuvieron a punto de dar lugar a una nueva aldea.

Los Perona se han volcado con la ganadería a finales del quinientos. Han conseguido poder. Hasta el punto de plantarse ante Juan Pacheco, alférez mayor de la villa, en la defensa de la jurisdicción ordinaria de San Clemente. Su presencia es hasta tediosa en el ayuntamiento; les pasa lo que a los Ortega, que su apellido se repite insistentemente entre los nombres de los regidores de la villa. Ahora, los Perona, de pastores darán el salto a abogados de los Reales Consejos. Pero la actividad de estos letrados se centra en los negocios de San Clemente; a veces, más que abogados y de la compañía de otros, como el licenciado Villanueva o los Rosillo, parecen intrigantes siempre presentes allí donde hay polémica. Algo similar ocurre con los Ruiz Ángel, viven en estos años su reconocimiento social como familiares y notarios del Santo Oficio, pero esta familia siempre más apegada a lo terrenal, buscan la seguridad familiar del negocio como abastecedores de carnicerías. Acusadores de los Origüela y los Tébar hacia 1608, no dudarán aliarse con un converso como Astudillo veinticinco años después en el abasto de carnes y renegar de él poco después. Aunque si algo nos inquieta del apellido Ángel es qué hacía una familia milanesa desde fines del cuatrocientos en San Clemente.

Si algo marcará la historia de San Clemente ese año de 1612, será la irrupción con fuerza de dos hombres en la vida de la villa: don Rodrigo de Ortega y Francisco de Astudillo. Enemigos acérrimos y colaboradores necesarios cuando el interés eran común. No tendrán piedad con el arruinado Martín de Buedo Gomendio, apoderándose de su hacienda. Disputarán su poder en la villa, agasajándola con inolvidables octavas del Corpus. El triunfador a la larga será don Rodrigo de Ortega. Su triunfo es la victoria del terrateniente sobre el poder financiero de Astudillo; victoria del hidalgo que remonta, con sus sombras, sus orígenes a los primeros hidalgos de la conquista, sobre el advenedizo converso que reconstruye sus orígenes entre pobres hidalgos residentes bien en las montañas de Zamora bien en un pueblo de Guadalajara llamado Millana, cuando no entre pobres de Hellín cuyo pasado se niega o conversos del Castillo de Garcimuñoz de cuyo origen se reniega. Astudillo es un símbolo de la multiplicidad de orígenes de los vecinos de San Clemente que, en la riqueza de sus diversas procedencias, construyeron su pasado histórico común. Su derrota es el símbolo del fin de una sociedad cosmopolita. Los Astudillo, quizás por escapar de ese gueto de conversos donde vivían, que sus enemigos llamaban la calle de la Amargura, habían soñado con crear una zona de recreo ciudadana, diríamos hoy, en torno al espacio de la Celadilla. Un espacio de descanso y recreo, con sus bancos de piedra y su alameda. Las ilusiones familiares y de muchos vecinos serían destrozadas en 1641, igual que lo fueron los chopos, cortados a hachazos, y los bancos de piedra, salvajemente rotos a mazazos.

No nos podemos olvidar tampoco de los escribanos. Ante ellos pasan muchos de los tratos de los vecinos del pueblo y saben aprovecharse de ello en beneficio propio. Su sentimiento de grupo o corporativo es muy fuerte. Tanto que han constituido una cofradía propia unos pocos años antes: la de los Cuatro Evangelistas o de la Vera Cruz. Entre ellos destacan dos que harán fortuna y serán regidores del ayuntamiento sanclementino: Bartolomé de Celada y Miguel Sevillano. El segundo constituye saga familiar con sus hijos. Miguel y su hijo Juan darán fe de los acuerdos del concejo durante cuatro décadas, pero sobre todo, no lo olvidemos, serán uno de los principales agentes de la Monarquía en el corregimiento de las diecisiete villas para imponer su política centralizadora.

Mientras, otras familias claves en el espacio vital sanclementino en el último tercio del siglo XVI se deshacían. Los García Monteagudo, mantenían su presencia en la vida política del concejo, con Bautista, que casado con Catalina Ortega, pronto legaría su título y hacienda a los Ortega. Los Santacruz parecen renacer con el segundo matrimonio de doña Ana González Santacruz con Bernardo Ramírez de Oropesa, hombre de voluntad férrea y uno de los mayores ganaderos del pueblo. A su sombra se arrimará Francisco de Astudillo, aunque la principal beneficiaria será la familia Melgarejo; con uno de ellos, Tomás, había casado, para ser repudiada, Ángela, la hija de Francisco de Astudillo padre.

Otras familias se les ve presentes todavía en los albores del nuevo siglo, pero han perdido el empuje del siglo anterior. Tales son, por citar algunos, los Granero, los Alfaro, los Caballón, los Ávalos,  o los Vala de Rey. Pero, quién se acuerda de aquel capitán Vala de Rey, que había luchado con el Duque de Alba en Flandes, si no es algún descendiente empeñado en recordar el pasado militar de una familia condecorada con cinco laureadas de San Fernando. Otros, como los Caballón, de intereses más mundanos, permanecen anónimos, pero recuperarán protagonismo a mediados de siglo como depositarios del dinero de la hacienda real. Esa es la historia de San Clemente, el honor y la reputación conviviendo con lo más mundano.

¿Y las familias hidalgas? Se ha dicho una y otra vez que San Clemente es tierra de hidalgos. Falso; ningún pueblo como éste ha puesto tantas cortapisas a los hombres por ver reconocida su hidalguía. San Clemente es más bien una tierra importadora de hidalgos. De hidalgos venidos de Vascongadas, como los Mondragón, los Oma y otros que como canteros, arquitectos o plateros vinieron a levantar sus edificios civiles, religiosos y todo su patrimonio artístico. La presencia de apellidos como Zuri, Obieta, Meztraitua o Zalbide se perderán en este siglo XVII, pero su legado renacentista pervivirá para siempre. De hidalgos judeoconversos procedentes del Castillo de Garcimuñoz, como los Castillo, los Piñán o los Origüela, que reconocida o no su hidalguía la hacen imponer a golpe de ejecutoria. Y sobre todo de hidalgos procedentes de Vara de Rey. Alarcón es cabeza reconocida de la Reconquista con justicia. Nos olvidamos de Vara de Rey. Nunca ha habido pueblo tan pequeño y que haya soportado tantas familias hidalgas en su escasa vecindad. ¿No será que estas familias hidalgas se ganaron su nobleza en el campo de batalla de la Reconquista de los siglos centrales del medievo? Montoya, Pérez de Oviedo, Ortega, Rosillo, Alarcón, Cuéllar, Granero, Buedo y un largo etcétera mantendrán con orgullo su casa solar en Vara del Rey o en la aldea de Pozoamargo. Ahora bien, la pureza de la sangre cuesta mantenerla sin dinero. Los Montoya se han mezclado con los Origüela en San Clemente y un Pérez de Oviedo casa con una hermana de Pedro González Galindo. Es curioso como los Montoya omnipresentes en los oficios públicos del quinientos ahora escogen el celibato en el seiscientos. La familia dará grandes predicadores y calificadores del Santo Oficio de la Inquisición.

Pero San Clemente no sólo importa hidalgos,  también vendrán pecheros en busca de fortuna. Aquí llegarán los Rodríguez Garnica de Hellín (el segundo apellido de San Clemente les dará aceptación en la villa). Se les conocerá como los pelagatos, pero mal que les pese a las viejas familias sanclementinas, que no dudan en expulsar al regidor Francisco Rodríguez Garnica de la procesión de la virgen de Rus,  la representación de la villa ante la Corte y los Reales Consejos recae en esta familia y sus parientes los Pérez de Tudela. Otros como los Cantero vienen de Iniesta y dejarán notar su presencia con la fuerte personalidad de doña Elvira Cantero. Pero los venidos de Iniesta siempre han provocado rechazo; no es la acusación de baja procedencia que pesa sobre los Rodríguez de Hellín, es la interesada acusación de judaísmo. Los Fernández, luego transformados en Astudillo, y los Guerra vienen de Sanabria en Zamora. Otros tienen una procedencia más cercana, tales los de la Osa de Barchín del Hoyo. Con ésta y otras villas comarcanas, la permeabilidad de San Clemente en el intercambio de vecinos es constante. La reconstrucción de la historia de San Clemente no es posible si no se enfoca desde una proyección regional, que rompe los límites del Obispado de Cuenca para adentrase en ese espacio más amplio del Marquesado de Villena.

Es la población pechera la que muestra la heterogeneidad de la villa de San Clemente. Algunos con apellidos comunes como García o López, que se adornan de ecos nobiliarios,transformados en apellidos compuestos como los García Monteagudo o los López de Garcilópez. Pero esta mayoría anónima, dotada de apellidos del común, y desde su trabajo de jornaleros, pastores, comerciantes, albañiles o artesanos, fue la que levantó y construyó en su abnegación y constancia el pueblo que conocemos. Algunos de ellos, como esa minoría de poco más de setenta familias moriscas, no tenían más apellido que el que se habían visto obligados a tomar de prestado. Criticados hasta la saciedad por el doctor Tébar por su escasa profesión religiosa, nadie hizo ascos en recibirlos cuando llegaron en el cambio de los años 1570 a 1571 para aportar los brazos que escaseaban para el pastoreo y la labranza que supliera a los jóvenes de la villa muertos en la rebelión de las Alpujarras. No se tendrá contemplación con ellos, ni la Inquisición en los cuarenta años que vivieron en la villa ni la Corona cuando llegue en 1609 la hora de expulsarlos.

A pesar de todo, en 1612, la sociedad sanclementina sigue siendo una sociedad abierta. Su Plaza Mayor, presidida por su imponente ayuntamiento, convertido desgraciadamente hoy en un almacén de anticuario repleto de cosas modernas, es un espacio que invita a todo el mundo. Hay que tener mucha imaginación para ver en ella la antigua casa familiar de los Herreros, pero el espacio cívico creado por el ayuntamiento, la Iglesia de Santiago o el edificio del pósito y carnicerías nos permiten recrear en nuestra fantasía aquellas espectaculares fiestas del Corpus, los tenderetes de los comerciantes que durante la feria de septiembre se levantaban en las calles aledañas, las representaciones de los comediantes o las fiestas de toros con sus toriles en la planta baja de la casa del concejo. Las fiestas y diversiones públicas eran sufragadas por un patriciado urbano que dominaba el poder local, su munificencia desinteresada no ocultaba su egoísmo interesado. Sus decisiones políticas cada vez estaban más alejadas del buen gobierno que simbolizan las figuras en relieve del friso corrido de la cornisa.
La representación del hombre que sujeta con fuerza en una mano una soga,  expresión de la jurisdicción propia y del poder local de una villa orgullosa de sus libertades mientras que con la otra mano caída sujeta la gorra de quien, descubriéndose, sabe reconocer su subordinación a un poder superior, el de la corona, garante del bien de la república, ya no representa a los regidores que dentro de la sala del ayuntamiento ejercen un poder arbitrario; un patriciado tan egoísta en la paz como cobarde en la guerra.
Tan sólo el hombre renacentista, que con la espada en una mano y el libro en la otra, parece un símbolo para la esperanza y que nos recuerda el trasnochado ideal que don Quijote intenta revivir en su discurso de las letras y las armas. Es como si la villa de San Clemente no quisiera olvidar el espíritu cervantino que había sido la causa de su crecimiento y esplendor, que no es otro que el cada uno es hijo de sus obras.

Y, sin embargo, al igual que la Plaza Mayor empezó a cerrarse con los arcos que se levantaban, la sociedad sanclementina empezó a cerrarse y a perder dinamismo. Sobrevivió a la guerra de Granada, pero no superaría el agotador esfuerzo de las banderas que para la recluta de soldados se levantaban en la plaza desde finales de los años veinte ni la terrible sangría de jóvenes enviados a la guerra de Cataluña desde 1640, perseguidos de noche sin descanso por los campos con candiles, tal como hacía el corregidor Antonio Sevillano. Los patios renacentistas de las casas familiares fueron sustituidos por el recogimiento de la vida interior de las monjas del convento de San José y Santa Ana. Las casas palacio renacentistas, hechas a la medida del hombre, sustituidas por las casonas de los Oma o los Valdeguerrero, con grandes balconadas símbolo de su poder, pero cuya única condescendencia al exterior eran unos tímidos adornos rococós. Un Rodrigo de Ortega, llamado el rico, y símbolo en el quinientos de la nueva capa social de los labradores acomodados, ha sido sustituido por su descendiente del mismo nombre, convertido en señor de Villar de Cantos y Vara de Rey y, luego en la persona de sus sucesores, Marqués de Valdeguerrero. El nieto de Francisco de Astudillo, aparte de su título de Gentil Hombre de Boca de Su Majestad, es poco lo que aporta a la villa, acabando su herencia en manos de la Iglesia. Los sucesores de Pedro González Galindo terminarán huyendo de la villa, con la que acabarán metidos en pleitos interminables, convertidos en Condes de Villaleal, cambiando el nombre a una pequeña aldea llamada Carrascosilla de Huete con la que poco o nada tenían que ver. San Clemente ya no recuperará nunca el esplendor de antaño. Ni siquiera en el siglo XVIII, cuando todavía centro administrativo de la comarca, su poder es contestado por otros pueblos que, empujados por la pujanza del siglo, hacen ostentación de su independencia frente a la antigua cabeza de partido, convertidos en nuevas sedes de corregimientos.

Entre estos dos sanclementes, el abierto renacentista y el cerrado del barroco, hay un edificio anterior en el tiempo y que debería actuar en su permanencia como lazo de unión: el convento de San Francisco o de Nuestra señora de Gracia.
Convento de Nuestra Sra. de Gracia (1)
Su aspecto disonante en un espacio renacentista esconde las huesos de multitud de personas principales de la villa allí enterrados. Todos juntos sin distinción de su sangre, noble o pechera, conversa o cristiana vieja. Tumbas que en su devenir diacrónico conservan los huesos de los sanclementinos que construyeron y vivieron la historia del pueblo, dando continuidad a las generaciones sucesivas.



(Valga este artículo como breve bosquejo del San Clemente de comienzos del siglo XVII y como respetuosa denuncia del estado de abandono de algunos de sus edificios históricos)

(1) Imagen tomada de José García Sacristán

jueves, 24 de marzo de 2016

El ocaso de los Buedo y el ascenso social de Francisco de Astudillo

Era el inicio del año 1612 y Martín de Buedo Gomendio se hallaba acorralado por sus deudores. Apenas si habían pasado cinco años desde que su hermana Catalina, tutora del menor Martín y viuda del capitán Alfonso Martín de Buedo, le había cedido la tesorería de rentas reales del Marquesado de Villena. El supuesto acuerdo familiar no ocultaba los apuros de la viuda ni tampoco las ambiciones y falta de escrúpulos familiares de Martín de Buedo. Era nuestro protagonista una persona que no se arredraba; nada más acceder al cargo de tesorero, en noviembre de 1605, había tenido un sonoro encontronazo con el corregidor de Chinchilla por el cobro de las tercias reales en especie. Su ambición por controlar el trigo excedentario de las tercias, y con ello controlar el precio de este producto, posiblemente no le dejara ver su aislamiento, traducido en falta de apoyos y colaboración de las autoridades y personas principales de la villa de San Clemente. Seguramente que sabía que podía confiar poco en don Rodrigo Ortega, cuyas tierras en Vara de Rey eran colindantes y cuya enemistad debía ser fama pública, pero un personaje como Francisco de Astudillo, antiguo escribano y servidor de diversos oficios públicos al servicio del corregidor de San Clemente, denostado y odiado en la sociedad sanclementina, más allá de la natural desconfianza, no debía procurarle más temores ni mucho menos predisposición al rechazo.

Cuando Martín de Buedo Gomedio fue alcanzado en las cuentas de su tesorería de 1610 y 1611 por un total de más de ocho millones de maravedíes, alrededor de 22.000 ducados, el primer postor que acudió a hacer la correspondiente puja sobre los bienes embargados fue don Rodrigo de Ortega. Sólo una persona parecía capaz de mejorar esa postura o al menos era capaz de tejer las suficientes alianzas para una puja más alta, pues nos parece dudoso que en el San Clemente de aquel tiempo, nadie superara en liquidez o numerario en efectivo al referido Rodrigo de Ortega, excluyendo claro está a los hermanos Tébar o al indiano Pedro González Galindo. Ese hombre era un converso, de la familia de los Orihuela, que había medrado a la sombra del corregidor. Había fortunas sanclementinas que venían del último tercio del siglo XVII. Algunas de ellas, con la crisis de comienzos de siglo se arruinaron. Pero los hubo avezados como Francisco de Astudillo que empezaron a descollar con el cambio de siglo. Poco sabemos de la consolidación de su fortuna que comenzaría como servidor público y sabría asegurar cuando entroncó familiarmente con los Rodríguez Garnica de Hellín (conocidos como los Pelagatos, pero con contactos en la corte por medio del procurador Rodríguez de Tudela). Francisco de Astudillo había casado con Ana María García de Villamediana, hija de Francisco Rodríguez Garnica, pero con un segundo apellido materno, Villamediana, que contribuiría a limpiar la imagen de la baja extracción social de su procedencia y hacer olvidar su sangre conversa con su matrimonio con una cristiana vieja, de las familia de abolengo en la villa y ejecutoria de nobleza ganada en la Chancillería de Granada.

Sería Francisco de Astudillo el elegido por Martín de Buedo Gomendio para sacarlo del atolladero en el que se encontraba aprisionado. Para hacer frente a su deuda, Buedo Gomendio vio cómo se ponían en almoneda sus bienes y cómo el principal postor era don Rodrigo de Ortega. La venta del oficio de tesorero era insuficiente para saldar sus deudas, pues Martín Buedo tenía otras obligaciones. No ha mucho que había tomado prestados en dos censos cerca de 4.000 ducados dotados por Juana Guedeja para sufragar las obligaciones que conllevaban la memoria fundada tras su muerte, pero Martín no podía pagar los réditos de los dos préstamos y sus fiadores, entre los que destacaba Diego de Agüero, no parecían muy dispuestos a respaldarle con su dinero, pretendiendo cobrarse de los bienes del dicho Martín el capital necesario para la redención de dichos censos. Se sumaba a estas cargas, el dinero adeudado por Buedo al pósito de Vara de Rey del que había tomado prestado a censo otros 37.000 reales. En resumen, Buedo Gomendio había hecho una apuesta arriesgada, había pedido prestados cerca de 8.000 ducados fiando su futura fortuna al ejercicio del oficio de tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena, pero sus proyectos se había roto por la quiebra de las finanzas de la Monarquía en 1607. La bancarrota de ese año había llevado a Felipe III a postergar los pagos de la Monarquía con los asentistas extranjeros mediante un programa de conversión de la deuda flotante en deuda consolidada; es decir, nuestro tesorero vio como nuevas obligaciones de pago se acumulaban en su tesorería en forma de los llamados juros, títulos de deuda a largo plazo situados en las rentas reales del Marquesado, o lo que es lo mismo, las alcabalas y tercias del Marquesado estaban hipotecadas al pago de los asentistas extranjeros. Hasta San Clemente llegarían las exigencias de un Lucas Palavesín o un Gerónimo Serra y con ellos llegaría la ruina del tesorero.

Don Rodrigo de Ortega con su puja mostraba a Martín de Buedo su penosa situación. Ofrecía 10.000 ducados para adquirir la totalidad de los bienes del tesorero, que quedaba en la más absoluta ruina. Don Rodrigo pretendía comprar el título de tesorero por 8.000 ducados, sus tierras y casas por 1.500 ducados y sus mulas y aperos de labor por 5.500 reales. Martín de Buedo se quedaría sin hacienda y sin blanca para pagar las deudas correspondientes a los réditos del censo del pósito de Vara de Rey y al principal del censo de Juana Guedeja que le pedía su fiador Diego de Agüero para librarse de sus obligaciones. No le quedó más remedio que acudir a buscar la ayuda de quién únicamente en San Clemente estaba dispuesta a prestársela. Ese era Francisco de Astudillo, despreciado en el pueblo por sus antecedentes familiares conversos ligados a los Origüela y su baja extracción social.

Ambos, Buedo y Astudillo, acordarían por escritura de 10 de febrero de 1612 una fórmula transaccional para evitar que los bienes en almoneda cayeran en mano de don Rodrigo de Ortega. Francisco de Astudillo se comprometía en mejorar la puja de don Rodrigo en 2.000 ducados, subiendo la cifra ofertada hasta 12.000 ducados. La oferta por el título de tesorero subía hasta los 9.500 ducados; por las tierras de labor y heredad en Vara de Rey se subía la puja en 500 ducados hasta 2.000 ducados y se mantenían los 5.500 reales en las bestias y aperos de labranza, confiando que, una vez perdida la opción a las tierras, don Rodrigo desistiera.

El acuerdo transaccional entre Astudillo y Buedo radicaba en que se trataba de encubrir la postura de Astudillo como una donación inter vivos de carácter temporal, en el que no había pago de intereses pero si condiciones draconianas para la devolución del dinero. Francisco Astudillo adquiría el título de tesorero por seis años pero con el compromiso de que si Martín de Buedo al cabo de ese tiempo le devolvía los 8.000 ducados, el oficio volvería de nuevo a él o a su familia. Astudillo aportaba los 4.000 ducados necesarios para pagar a Diego de Agüero, fiador de Buedo en los censos tomados de Juana Guedeja, y deseoso de librarse de las obligaciones contraídas. Astudillo incluso cedía la explotación de las tierras de Vara de Rey a Martín de Buedo, para que con su fruto pudiera pagar los réditos del censo de Juana Guedeja y del pósito de Vara de Rey y, es más, cedía en la posibilidad de que Buedo le devolviera los 4.000 ducados prestados a razón de 1.000 anuales y una renta anual, garantizándose la recuperación de sus heredades.

Francisco de Astudillo se presentaba como el benefactor de Martín de Buedo Gomendio, a cambio de las rentas temporales que había de proveerle el uso de la tesorería durante seis años y una exigua renta de arrendamiento a pagar por Buedo por la explotación de sus heredades. Martín de Buedo, en una situación límite, confiaba en recomponer su hacienda en un plazo de cuatro a seis años, cobrando las rentas reales adeudadas por pueblos como Iniesta y la ayuda de algunos familiares de Cuenca. Por supuesto, Francisco de Astudillo pensaba que el desembolso de los doce mil ducados no era sino inversión que recuperaría acrecentada con las rentas reales cobradas en los próximos seis años y maquiavélicamente jugaba la carta de quedarse, dadas las condiciones draconianas, con el oficio de tesorero y convertirse en terrateniente a costa de Martín, cuyas tierras quedaban hipotecadas a los pagos anuales comprometido con Astudillo. Pero uno y otro calculaban mal; don Rodrigo de Ortega se disponía a mejorar su propia oferta de 10.000 ducados  y la de los 12.000 de Astudillo por los bienes de Buedo. Tanto Astudillo como Ortega estaban arriesgando demasiado y poniendo sobre la mesa la totalidad de sus capitales. ¿Qué garantías tenían para incrementar sus ofertas? Esas garantías eran las alianzas familiares que ambos habían tejido en esos años. Era la hora de los cuñados. En ayuda de Rodrigo de Ortega acudió Bautista García de Monteagudo, casado con su hermana Catalina. En socorro de Astudillo llegaría el capitán Francisco Rodríguez Garnica, hermano de su mujer.


                                                          (Continuará)





ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA (AChGr). 01RACH/ Caja 2854, PIEZA 7. Martín de Buedo Gomendio, vecino de Vara de Rey, con Francisco de Astudillo, tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena, vecino de San Clemente sobre el oficio de tesorero. 1620

miércoles, 23 de marzo de 2016

La tesorería de rentas reales del Marquesado y el ocaso de los Buedo.

El capitán Martín Alfonso de Buedo había muerto en 1605, durante veinticinco años había desempeñado el título de tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena. Nada más morir se iniciará una disputa por la posesión de la tesorería, en la que los principales actores serán su viuda, Catalina de Buedo Gomendio, vecina de San Clemente, y su cuñado, y hermano de la anterior, Martín de Buedo Gomendio.

Catalina de Buedo Gomendio, como tutora y curadora, intentaba hacer valer los derechos de sus hijos menores, entre ellos el mayor, también llamado Martín de Buedo. El 18 de febrero de 1607 presentará una escritura defendiendo los derechos de su hijo Martín, pues el título de tesorero había sido comprado por dos vidas por su padre; pero quien realmente ejercerá la tenencia será el mencionado tío del menor, Martín de Buedo Gomendio, que usará del título en nombre de su sobrino en un primer momento, para hacerse después con el título por dos vidas. Se valdrá de la argucia de ampliar el título por una vida más en los sucesores del menor Martín, pero al no poder ni él ni su madre pagar los 1100 ducados del privilegio, será el tío quien pague la cantidad y adquiera los derechos al título de los sucesores de Martín de Buedo el menor.

En mayo la viuda Catalina de Buedo Gomendio, acuciada por las deudas, es incapaz de defender los intereses de sus hijos. Los bienes heredados del difunto capitán Martín Alfonso de Buedo son puestos en almoneda. Son subastados el título de Tesorero, por lo que correspondía a la primera vida en manos del hijo Martín, y diversos bienes, que incluían casas principales y accesorias, huertas, cebadales, ganados, sembrados, barbechos y mulas de labor. El título y los bienes serán comprados por el sanclementino Diego de Agüero y su mujer por la cantidad de 9.000 ducados. No tardará en traspasar por 4.500 ducados el título de tesorero al tío de los menores deshauciados, el citado Martín de Buedo Gomedio y su mujer Ana de Preceda Borgoño, que se harán con la propiedad plena del título de tesorero de rentas reales del Marquesado. La relación entre Martín de Buedo y Diego de Agüero era financiera, pues el segundo era el fiador de Martín de Buedo Gomendio, en el pago de un censo que éste había tomado de principal de 3.800 ducados y perteneciente a la memoria fundada por doña Juana Guedeja.

Martín de Buedo Gomendio sería incapaz de defender la tenuta del título de tesorero. La reordenación de la deuda de 1607 le llevaría a una serie de impagos a los asentistas extranjeros como los hermanos Castro, Palevesín o Jerónimo Serra, dueños de juros situados sobre las rentas del Marquesado. Alcanzado por los impagos de 1610 y 1611, se vería abocado a la bancarrota, a la ejecución de bienes y a su prisión. Hasta 1620 no tendrá posibilidades de pleitear para defender e intentar recuperar su hacienda. Unos años antes había renunciado a defender sus bienes, tratado como un apestado en la villa de San Clemente, a la que se impedía su paso y el de los procuradores y humillado por sus acreedores Francisco de Astudillo y Rodrigo de Ortega:

Y que viéndose tan pobre, sin tener de donde sacar dinero para seguir el pleyto, por auerse alçado con toda su hazienda, y andar huyendo por los campos, y el dicho Astudillo ser hombre tan poderoso, y tener de su mano a las justicias, y quererle meter en una cárcel, para no pedir su justicia

Ya nos hemos referido al expolio de sus bienes por don Rodrigo Ortega, ahora nos compete estudiar el papel del otro actor en este desahucio: Francisco de Astudillo, el padre.


                                                          (continuará)


ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA (AChGr). 01RACH/ Caja 2854, PIEZA 7. MARTIN DE BUEDO GOMENDIO, VECINO DE VARA DEL REY, CON FRANCISCO DE ASTUDILLO, TESORERO DE LAS RENTAS REALES DEL PARTIDO DEL MARQUESADO DE VILLENA, VECINO DE SAN CLEMENTE, SOBRE EL OFICIO DE TESORERO. 1620

martes, 22 de marzo de 2016

Censo de moriscos de 1594: San Clemente

Los censos de moriscos en el Obispado de Cuenca han sido estudiados por Mercedes García Arenal (1). Se elaboraron (nos quedan) en 1581, 1589 y 1594. El presentado aquí se corresponde al de 1594; el censo original de ese año se conserva en el Archivo Diocesano de Cuenca. El presentado aquí es una copia de la colección Pascual Gayangos existente en la Biblioteca Nacional, que es un resumen del original existente en Cuenca y que no tiene la minuciosidad de datos que nos aporta el primero. En San Clemente vivían 259 moriscos correspondientes a 74 familias (en este concepto incluimos 5 familias unipersonales). A ellos habría que sumar 23 moriscos más agrupados en siete familias que vivían en Perona y Villar de Cantos. Frente a la creencia generalizada de una población prolífica, el número de miembros por familia se sitúa en 3.5. La edad de los hijos nos muestran matrimonios muy tardíos para la época.

El censo próximo de millones indica una población global para San Clemente de 1572 vecinos; es decir, el censo de moriscos supone un 4.70% de la población. En los censos confeccionados en 1581 y 1584 había censados 164 y 236 moriscos, respectivamente.



 San Clemente

  • Hernán López de edad de 38 años
  • Catalina López su mujer  de 38 años
  • María su hija de edad de 13 años
  • Ysauel su hija de 11 años
  • Luysa su hija de quatro años
  • Gerónima de seys meses
  • Ana su hija de dos años
  • Fernado su hijo de 9 años
  • Catalina su hija de 7 años

domingo, 20 de marzo de 2016

Del precio de las cosas en 1615, cuando las mulas valían tanto como las personas

Ya hemos escrito en otras partes que la ruina de Martín de Buedo, vecino de Vara del Rey y tesorero de rentas reales,  fue origen de la fortuna de don Rodrigo de Ortega y Francisco de Astudillo. Sobre ello volveremos en profundidad en los próximos meses, pues difícilmente se entiende el San Clemente de los siglos XVII y XVIII, si se desconoce lo que pasó en aquella década de 1610 a 1620 en que las fortunas, entendidas tanto como destinos como haciendas personales, cambiaron de mano.

La relación de precios que se ofrece, procede de la ejecución de bienes del tesorero de Martín de Buedo. Aparte de lo anecdótico de los tres esclavos vendidos por poco más de 4.000 reales y que su precio apenas si se equiparaba al valor de un par de mulas con sus aderezos, se ofrecen precios de otros productos relacionados con el mundo agrario de ese tiempo. Destaca la fluctuación, dependiendo de las cosechas, del precio de algunos frutos como la uva; medido en cargas de uva, que sería al equivalente a un carro. Si vale de comparación, los jornales diarios se situaban en alrededor de tres reales para un jornalero y dos reales para una sirvienta por esos años. De los tres esclavos, es de lo que más le costaría desprenderse a Martín de Buedo:

Y que en realidad de verdad la dicha postura y remate de los dichos esclauos fue para el dicho Martín de Buedo, y dello restó deuiendo al dicho Francisco de Astudillo 4.166 reales y tres quartillos, que confiessa ser el verdadero valor de los dichos tres esclauos : porque aunque se pusieron y remataron en más, no lo valían, y él los hizo poner en los dichos quinientos ducados por el amor que les tenía de auellos criado, y porque no salieran de su poder, y porque siempre se los ha tenido y tiene en su poder


  • Un par de mulas y aderezos de labor  (1612) ................... 500 ducados (5.500 reales)
  • Un par de mulas (1614)...................................................... 1.600 reales (800 reales, la mula)
  • 1 fanega de cebada (1614).................................................. 7 reales y medio (8 reales con portes)
  • 1 fanega de trigo (1614)...................................................... 18 reales
  • 1 arroba de vino (1612)....................................................... 4 reales
  • Carga de uva (1614)........................................................... 7 reales y medio
  • Carga de uva (1615, año de abundancia)...........................  2 reales
  • 3 esclavos (María, Beatriz y Lucas) (1612)....................... 4166 reales (1389 reales el esclavo)
  • Carneros y primales (1612), cada cabeza........................... 12 reales
  • Borrego, cada cabeza (1612)..............................................  9 reales
  • Arrendamiento de 30.000 vides y 1.400 olivos en Sisante, con casa, lagar y 50 tinajas (1616 a 1618).......... 1.000 reales al año
  • El valor de las propiedades anteriores, incluido un molino de aceite, en subasta de 1612.......................... 619.110 maravedíes (1651 ducados = 18209 reales)
  • Oficio de tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena por dos vidas  (1612)  .................... 8.000 ducados


1 ducado = 11 reales = 375 maravedíes
1 real = 34 maravedíes
1 arroba = 11.5 kgs.
1 carga de uva = 10 arrobas (aunque se habla de cargas de uva creemos que se refiere al precio de la arroba, muy fluctuante según los años)

ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA (AChGr). 01RACH/ Caja 2854, PIEZA 7 MARTIN DE BUEDO GOMENDIO, VECINO DE VARA DEL REY, CON FRANCISCO DE ASTUDILLO, TESORERO DE LAS RENTAS REALES DEL PARTIDO DEL MARQUESADO DE VILLENA, VECINO DE SAN CLEMENTE, SOBRE EL OFICIO DE TESORERO. 1620

sábado, 19 de marzo de 2016

Labradores ricos y moriscos en Quintanar del Marquesado (1573): Martín Cabronero

El 10 de octubre de 1573, Pedro de Aroca, en nombre de Martīn Cabronero, se presenta ante la justicia ordinaria de Villanueva de la Jara denunciando que Hernando Chinchilla y el resto sus parientes moriscos han incumplido el contrato con él firmado para la explotación de la heredad y huerta cedidas en la dehesa de Galapagar. Martín  Cabronero que, durante el proceso, no reconocerá la competencia jurisdiccional de los alcaldes ordinarios de Villanueva de la Jara,  se verá obligado por la vecindad en este pueblo de los moriscos a iniciar un pleito que le llevará en algún momento a  prisión:

Muy magnífico señor, Martín Cabronero vecino de la villa de Quintanar digo que yo di en arrendamiento el heredamiento que tengo e poseo donde dizen dehessa del Galapagar término de la villa de Alarcón a Hernando Chinchilla y otros tres hermanos suyos e a Juan de Almodóvar e otros hermanos suyos cristianos nuevos que por todos son seis por doze años como se contiene en la escriptura de contrato que hizimos me rrefiero aunque es privada suscripta de nuestros nombres y hellos me abían de rresponder con la mitad de los frutos que coxiesen e para sembrar en el dicho heredamiento les empresté treinta y quatro fanegas de cevada y quatro fanegas y media de trigo y setecientos e cinquenta e cinco rreales en dinero e les di otros ynstrumentos y otras cosas que me son obligadas a pagar después que ubieron alçados los frutos que en el dicho heredamiento sembraron anse alzado y no queren estar y pasar por el dicho arrendamiento y anse traydo los dichos frutos e aunque en mi poder están ochenta fanegas de cevada que an de aver de la parte que se coxió en la dicha dehessa que no bastan para mi pagamento anse traydo los linos y panizos e otros frutos que se coxieron e aunque tenemos calculado nuestras quentas e por ellas me deben novecientos y diez rreales con los bueyes me an hecho muchos daños en los árboles

La demanda se presentó ante Agustín de Utiel, que todavía ejercía su cargo de alcalde del año anterior. Para el veinte de octubre de 1573 ya habían tomado posesión como alcaldes de Villanueva de la Jara Dionisio Clemente y Juan de Mondéjar. Ante ellos acudieron los hermanos Chinchilla y Almodóvar con su propia versión, no contentos con las cuentas que presentaba la otra parte, a la que acusaban de usurpar un terreno de barbecho propio adyacente con las tierras de Martín Cabronero. La versión de los moriscos debió parecer más convincente a los alcaldes de Villanueva. Martín Cabronero dudó entonces de la competencia de los alcalde de Villanueva para juzgar su causa. Quintanar había conseguido su villazgo y la autonomía jurisdiccional doce años antes, aunque en la práctica parece que los pleitos se seguían sustanciando ante la justicia ordinaria de Villanueva. Martín Cabronero se agarró a este privilegio para no considerar competentes a los alcaldes ordinarios de Villanueva y pedir que la causa se conociese por los alcaldes de Quintanar. Poco le valió pues los alcaldes de Villanueva lo encerraron en la cárcel, de donde sólo salió cuando un socio suyo llamado Martín de Minaya pagó fianza, y aún así tuvo que comprometerse a no salir de la villa hasta que no hiciera cuentas con los moriscos. Por su parte, los moriscos de voz de su procurador Alonso Hernández denunciaban que lo que era un simple contrato de aparcería con disfrute a mitad de los frutos, trataba de convertirse por Martín Cabronero en préstamo usurero por pedir intereses por el capital adelantado. La sentencia del alcalde Dionisio Clemente recogía un acuerdo entre las partes.

condenaba e condeno a los dichos hernando de chinchilla e consortes que den e paguen al dicho martín cabronero duzientos e treinta e çinco rreales  que confiesa le deben y ansymismo el dicho martín cabronero les dé y entregue luego ochenta e nuebe fanegas de çebada en grano que confiesa deberles y seys fanegas de linuesso e quatro celemines de panizo

Los hermanos Chinchilla pagarían 235 reales a Martín Cabronero y éste les entregaría 89 fanegas de cebada, seis de linuezo y cuatro de panizo. Pero, o bien Martín Cabronero, libre en Quintanar, no tenía intención de cumplir la sentencia o bien Hernando Chinchilla no tenía ningún interés en reconocer que se había saldado la cuenta. Medio años después le eran embargados dos pollinos que su fiador Martín Minaya tenía en Villanueva, junto a algunos enseres de Minaya, que serían rematados para diciembre de 1574. Martín Cabronero intentaría parar el proceso presentándose en Villanueva con un pretendido acuerdo con Alonso Hernández, al que se había llegado por cédula de 10 de enero de 1574. Había arreglado cuentas con los moriscos, comprándoles la cebada que les debía a tres reales y medio, dos reales por debajo de la tasa, fijada en medio ducado. En las cuentas, y en nombre del clérigo Lorencio Vala de Rey, les había restado cicateramente 18 reales del entierro del padre de los moriscos, Bernardino de Chinchilla. No cabe duda que la operación había sido muy beneficiosa para Martín Cabronero y otras cuatro fanegas de cebada adeudas a la viuda de Alonso García.

Poco después Hernando Chinchilla, en lo que creemos una clara venganza de Martín Cabronero*, era denunciado ante el Santo Oficio de Cuenca. La acusación era de bigamia; la población morisca seguía conservando sus creencias, mal adaptadas a su nueva religión, y sus costumbres, y Hernando Chinchilla no era una excepción. Era acusado de bigamia, habiéndose casado dos veces, con Leonor de Trujillo y Angelina de Vargas.

Pero algo falló en los cálculos de Martín Cabronero. Hernando Chinchilla efectivamente sería condenado por la Inquisición por bigamia. Una parte de la condena se refería a la confiscación de bienes para el fisco real. Para hacer efectiva esta confiscación se rescató la sentencia del alcalde Dionisio Clemente sobre la deuda de 89 fanegas que Cabronero debía pagar a los hermanos Chinchilla. Cabronero intento aportar la cédula de 10 de enero por la que se habían cerrado las cuentas. No le valió de nada, pues el licenciado Calahorra, juez del Santo Oficio para la confiscación de bienes, dictó la ejecución de bienes y prisión de Martín Cabronero con fecha de 26 de mayo de 1576. Hasta Quintanar se desplazó para ejecutar la orden el alguacil Pedro de Sazeda. El señalamiento de bienes para la ejecución se hizo en 200 fanegas de cebada, de las que se tomó la parte adeudada. Dos vecinos de Quintanar, Ginés de Vala de Rey y el licenciado García, se constituyeron en fiadores, y Martín Cabronero fue conducido a la cárcel de Quintanar, donde por entonces si había alcaide, debía estar ocupado en sus labores del campo, encomendándose a los alcalde Francisco y Martín Gómez pusieran guarda al preso. Desde la cárcel escucharía los sucesivos pregones que se extendieron hasta el siete de junio, fecha en que las doscientas fanegas se remataron en la persona de Juan Simarro por diez mil maravedíes. Simarro era un simple testaferro del reo, al que cedería las doscientas fanegas rematadas en presencia del alguacil del Santo Oficio y otros vecinos entre los que siempre estaba presente el regidor Garci Donate. El alguacil Saceda seguiría con el ritual de su misión, mandando encarcelar esta vez, además de a Martín Cabronero, a su fiador Ginés de Vala de Rey; se comprometía a guardarlos en prisión la mujer del ausente alcaide, que contaba como dudosa garantía con la palabra de no abandonar la cárcel de los dos presos. Sabedor de estas garantías, Saceda trasladaría a la cárcel de Villanueva a Martín Cabronero, que decide llevar su defensa a Cuenca apoderando al procurador Mateo Calvete; pero la sentencia del licenciado Calahorra de 30 de agosto de 1576 es condenatoria. Será recurrida al Consejo de la Suprema el 12 de febrero de 1577 por un Martín Cabronero, que se presenta a sí mismo como labrador. Sin que sepamos el fallo final.

* El proceso de Hernando Chinchilla por bigamia se conserva en el Archivo Diocesano de Cuenca (ADCu. Leg. 264, nº3611. Proceso contra Hernando de Chinchilla de Villanueva de la Jara por bigamia, 1575)


Archivo Histórico Nacional,INQUISICIÓN,4532,Exp.7. Pleito fiscal de Martín Cabronero. 1573-1577

Labradores ricos y moriscos en Quintanar del Marquesado (1573): Un ejemplo de explotación agraria

El contrato para la explotación de las tierras de la dehesa de Galapagar se plasmó en una escritura privada de 3 de marzo de 1573 entre Martín Cabronero y Bernardino de Chinchilla, sus hijos y dos parientes más. Su duración era de doce años, aunque apenas si duró unos meses. Se trataba de una escritura privada en la que actuaba como testigo un vecino del pueblo llamado Juan López. La escritura era muy genérica en la aportación de los inputs iniciales, incorporados por Martín Cabronero en su totalidad, salvo la mitad de la simiente aportada por los aparceros moriscos, y era mucho más detallista en el reparto de frutos final. La desigual distribución de la cosecha pronto, al cabo de unos meses, sería denunciado por los moriscos como prácticas usurarias. Por último, se pasaban por alto otros aspectos como la amortización de los materiales aportados o los daños en las propiedades, que serían motivo de disputa al hacer las cuentas finales. Las carencias y detalles nos aparecen en la misma escritura que reproducimos a continuación:

En la villa de Quintanar a tres días del mes de marzo año de mill y quinientos y setenta y tres años entre partes de la una Martín Cabronero vecino de la villa del Quintanar y de la otra Bernardino de Chinchilla y Hernando de Chinchilla y Lucas de Chinchilla e Yñigo de Chinchilla e Juan de Chinchilla hijos de Bernardino de Chinchilla el susodicho y Juan de Almodóvar e Francisco de Almodóvar todos vecinos de Villanueva de la Jara se an convenido e concertado con el dicho Martín Cabronero por doze años en esta manera que el dicho Martín Cabronero les da e a dado la parte de heredad con el azuda e huerta que tiene en la dehesa de le Galapagar salvo en yerba para que labren e siembren trigo y cevada e qualquier pan y simyllas que quisieren ellos puniendo el dicho Martín Cabronero la mitad de la simiente y las tierras y azuda y el dicho Bernardino de Chinchilla y los demás sus consortes an de poner todos los demás gastos que ubiere hasta que esté todo limpio el pan pagando el dicho Martín Cabronero de la mitad de los almudes que ubiere sembrados de cevada dos rreales de cada almud e de trigo quatro rreales y de cada arroba de lino quatro rreales e de cada arroba de cáñamo dos rreales y esto se entiende por agramar el cáñamo y lino que se lo an de dar limpio por este prescio y an de partir por medio él y los dichos Bernardino y consortes Martín Cabronero una parte y hellos todos otra  y de la fruta de los árboles que en cinco años se coxiere por la misma orden que es partir por medio y de allí adelante no les venga al dicho Bernardino Chinchilla más de la quarta parte y esto se entiende si no valiere más de hasta quatrozientos ducados que no les pertenece a más de ziento y an de labrar y plantar la huerta todos los géneros de árboles que Martín Cabronero les diere que planten a costa de los dichos y regarlos y curarlos bien
yten que sean obligados a pagales las herramientas carro e arados e azadas e açadones e todas las demás herramientas e dos pares de bueyes que les tiene dados que costaron cinquenta e cinco ducados y ciento y cinquenta rreales que montó la huerta e treinta y tres fanegas y media de cevada e quatro fanegas y media de trigo
yten que si alguna atocha u piedra fuere menester para el rreparo del azuda e presa que hellos se an obligados e para hazer allí la balsa que puniendo Martín Cabronero un maeso todo lo demás de el trabaxo sean hellos obligados haziendoles el dicho Martín Cabronero la costa y si alguna madera fuere menester para el azuda y presa que sea Martín Cabronero obligado a compralla y ellos a trahella de do quiera que se comprare que fuesse a tres días del mes de março de mil y quinientos y setenta y tres años testigos que fueron presentes Martín García e Juan de Tébar e Juan López que lo firme a rruego de Hernando de Chinchilla Lucas de Chinchilla Juan de Almodóvar Martín Cabronero Juan López


Martín Cabronero había aportado a la sociedad, además de las tierras (heredad y huerta), treinta y tres fanegas y media de cebada y cuatro fanegas y media de trigo, 755 reales en dinero y aportación de diversas herramientas y animales. Entre los animales, además de prestarles algunos pollinos, destaca la cesión de dos pares de bueyes. El precio de dos pares de bueyes se fija en el texto en 55 ducados y uno de los bueyes sería comprado por Hernando Chinchilla por 11 ducados (121 reales). Este precio contrasta por su valor con el de las mulas que se adquirían en la misma época que, como mínimo, quintuplicaban este precio. Por contra la indemnización de una burra que habían perdido los moriscos se indemnizó con apenas siete reales. La mula todavía no se había extendido y se prefería el buey, que aunque era más lento arando, lo hacía con más profundidad. La mula primero se introdujo en los viñedos. Aunque su irrupción era imparable, todavía se resaltaban sus defectos: poca profundidad de la labranza, que redundaba en la poca absorción por el terreno del agua y los gastos de manutención, pues se alimentaba de cebada, a diferencia del buey que pastaba en los barbechos. De hecho, Martín Cabronero acusará de malicia a los moriscos, por dejar que los bueyes se comieran los árboles, teniendo en uso los Chinchilla un barbecho anejo a sus propiedades y del que no dudará en apropiarse como indemnización por los daños causados.

Los rendimientos de la explotación fueron muy altos, por tratarse de una tierra en la ribera del Júcar. No es baladí, el compromiso, existente en el contrato, de construcción de un azud para riego de las tierras o al menos de los árboles frutales, sobre los que Martín Cabronero, sabedor del fruto mayor que podrían dar estos árboles, había reducido la ganancia de los moriscos, una vez pasados cinco años, a la cuarta parte del total. Pero destacan los rendimientos de los granos. Por esta época se consideraba normal un rendimiento de cinco granos por semilla plantada; sin embargo, el texto nos habla de una cosecha de 350 fanegas de cebada por sesenta almudes sembrados. El rendimiento es próximo a doce por semilla plantada, un rendimiento que no tiene nada que envidiar al obtenido en otras zonas más ricas de Europa en ese momento.

En cuanto al valor de los precios y salarios. Los primeros venían fijados por el precio de la tasa de granos, fijada en esta fecha para la cebada en medio ducado (cinco reales y medio), aunque eso no quiere decir que se respetase. Tal ocurrió en las cuentas que por cédula de 10 de enero de 1574 arreglaron el representante de los moriscos y Martín Cabronero; la fanega de cebada se fijo en tres reales y medio, dos menos que la tasa, aunque en este precio intervenían otros elementos de ajustes de cuentas (los dos reales por la mitad de los almudes sembrados, que incluía el contrato de premio para los moriscos) que había determinado la bajada del precio real, y que serían denunciados por el juez de confiscación de bienes de la Inquisición licenciado Calahorra. El precio real de la cebada se debía acercar a los cinco reales por fanega, que es lo calculado por Martín Cabronero por las ocho fanegas y media que había vendido a los moriscos para su alimentación (el pan de trigo era un lujo). El cáñamo alcanzaba los tres reales la arroba, el lino los doce reales la fanega, la avena apenas si alcanzaba el valor de 18 reales por diez fanegas y el trigo cedido para la siembra se calculaba a nueve reales la fanega. Los precios de la cebada y el trigo se situaban por encima de los calculado para Castilla la Nueva por Hamilton en 1573, un año de buenas cosechas que contrasta con los precios más altos de los dos años anteriores, en los que la tasa de granos no había sido respetada*.

Los salarios eran variables, aunque el precio de la peonada, entendida como el valor de lo que podía labrar un peón al día, se fijaba en dos reales y medio como norma general, aunque la tarea de arrancar panizo o lino se ajustaba a dos reales. Por contra, la yubada o yugada (superficie que podían labrar un par de bueyes en una jornada) de sembrar trigo alcanzaba los cinco reales. El valor de estos salarios estriba en que no contemplan aportaciones en especie. La media de los salarios es medio real superior a la calculada por Hamilton para ese año, fijada para un jornalero en dos reales*.
   
** 1 ducado = 375 maravedíes
     1 ducado = 11 reales
     1 real = 34 maravedíes

                               (continuará)

1 fanega = 6459 metros cuadrados (0.6459 hectáreas) = 2 almudes = 12 celemines

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                             * Precios Expediente M. Cabronero (mrs.)                        Precios Hamilton (mrs.)
Trigo                      306 mrs                                                                             285 mrs
Cebada                   170 mrs                                                                             147.2 mrs


HAMILTON, Earl J.: El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650. Barna. Ariel. 1983. pp. 360-361 y 416
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Archivo Histórico Nacional,INQUISICIÓN,4532,Exp.7. Pleito fiscal de Martín Cabronero. 1573-1577

viernes, 18 de marzo de 2016

Labradores ricos y moriscos en Quintanar del Marquesado (1573)

Quintanar del Marquesado nos aparece hacia 1575 en las Relaciones Topográficas de Felipe II como un pueblo en constante crecimiento, con alrededor de 400 vecinos. Aunque la guerra de Granada, en la que el pueblo debió tener una importante aportación de hombres está reciente y ha truncado parte de ese dinamismo, ya interrumpido desde que unos años antes el pueblo se endeudara para comprar por nueve mil ducados su villazgo e independencia de Villanueva de la Jara. Es una sociedad desigual, donde apenas si hay hidalgos, pero sí una minoría de campesinos acomodados poseedores de propiedades medias y yuntas de bueyes que les diferencia de una población de trabajadores a jornal. Las Relaciones reconocen alrededor de sesenta labradores, que es como se les llama a esa minoría de campesinos acomodados. Ese grupo se encuentra ahora en una encrucijada, dispone de las tierras y las herramientas, pero no de los brazos para trabajarlas. En esa tesitura se encuentra nuestro protagonista, Martín Cabronero, que pasa por uno de los ricos más hacendados del tiempo. Pero ahora no está en situación de imponer sus condiciones a una mano de obra escasa. La gente joven ha muerto en la guerra o ha emigrado en busca de fortuna en el vacío que han dejado los moriscos expulsos de las Alpujarras; la villa ha perdido desde que en 1561 consiguió el villazgo alrededor de 150 vecinos. Aunque ese vacío será suplido en parte por esa misma población morisca expulsada de Granada y que entre diciembre y enero de 1571 ha llegado a Albacete, repartiéndose desde allí en dos columnas por diversos pueblos de la Mancha. En nuestro caso, los moriscos se han asentado en la vecina Villanueva de la Jara, donde se han formado padrones o listados de los allí residentes. De estos  cristianos nuevos listados, tal como se les llamará en la terminología de la época, echará mano Martín Cabronero: concretamente de la familia Chinchilla y sus parientes los Almodóvar. Pero los moriscos no es población que se someta a jornal y prefiere contratarse con una fórmula más familiar a ellos, la aparcería; venden su trabajo a cambio de la mitad de los frutos de las cosechas. El contexto de escasez de fuerza laboral juega a su favor.

El dinamismo de la villa de Quintanar del Marquesado radica en unas relaciones sociales muy desreguladas. Cuenta con dos alcaldes ordinarios con justicia privativa, pero los pleitos se sustancian en Villanueva de la Jara, aunque en la mayoría de los casos se juega con la colisión de jurisdicciones entre los alcaldes de Villanueva y el gobernador del Marquesado, para eludir todo contencioso. Existe una cárcel como símbolo de su independencia jurisdiccional, pero se ocupa de ella la mujer de un alcaide, que sin salario fijo o mal pagado, como el resto de oficiales del concejo, está ocupado en sus tierras. Sus rentas y recaudación todavía dependen de Villanueva de la Jara, que actúa como centro administrativo donde se sustancian los asuntos de alguna importancia. Hay un escribano con pretensiones nobles, Juan de Garay, pero los contratos, siempre pensando en cómo incumplirlos, ni pasan ante él ni se protocolizan; se prefiere la firma de contratos privados entre partes, en los que algún testigo suele jugar el papel de interesado a favor de una de ellas. Su parroquia es aneja de Villanueva de la Jara y su presbítero, Lorencio Vala de Rey,  parece estar ocupado en los pequeños réditos proporcionados por la administración de sacramentos. Sus alcaldes, cargo que recae de forma repetitiva en la familia Gómez, son cargos añales al servicio de los labradores ricos. Éstos son los dueños del pueblo: la familia Doñate, Alonso García el rico, Martín Cabronero destacan y cuentan con el respaldo y participación en el poder local de otras familias como los Aroca, Simarro, Gabaldón o Vala de Rey. Estos labradores ricos no suelen tener grandes extensiones de tierra en el pueblo, pues es corto de término. Es más, cinco sextas partes de los frutos de las cosechas del pueblo se obtienen en tierras de labranza sitas en el término de la villa de Alarcón. En la dehesa de Galapagar, jurisdicción de esta citada villa, junto a la ribera del Júcar, tendrá sus tierras Martín Cabronero, nuestro protagonista; para cultivarlas firmará un contrato con siete moriscos. Él aporta el capital, los moriscos la fuerza de trabajo; los resultados irán a medias. O al menos eso se dice en el papel que firman, pues con la primera cosecha surgen las primeras diferencias.

que abían de tener las dichas tierras por doze años con una huerta e arboleda y las abían de labrar y benefiziar y el primero año yo puse e abía de poner dos pares de bueyes y lo que se sembró y les dí de comer y abíamos de partir en cada un año lo que en las dichas tierras se coxiese y en esta compañía estubimos un año e de conformidad nos apartamos e dimos por libres della los unos a los otros y que de allí adelante no pasase salbo que yo e mis tierras quedase más libres y ellos ni más ni menos y deshecho el dicho contrato e para aberiguaçión de la cosecha que se abía hecho en las dichas tierras después de averme pedido por justiçia dieron poder a alonso hernández vezino de villanueva de la xara para que cobrase de mí lo que paresçiese deber de la dicha compañía y hecha la quenta y aberiguada fui alcanzado por las ochenta e nuebe fanegas de çebada y seys de linueso e quatro çelemines de panizo e yo a los susodichos los alcanzé por duzientos e treinta e çinco rreales...

                                                                                                     (continuará)



Archivo Histórico Nacional,INQUISICIÓN,4532,Exp.7. Pleito fiscal de Martín Cabronero. 1573-1577

sábado, 12 de marzo de 2016

El doctor Tébar y la peste de 1600

La España del siglo XVII era cada vez menos una sociedad del mérito y un poco más el fruto de la delación. La acusación anónima en el momento oportuno podía hundir la vida de una persona o, en su inoportunidad, acabar con las ambiciones propias. En la sociedad sanclementina de comienzos del seiscientos, el doctor Cristóbal era una figura respetada en una villa muy abierta. Especialmente por el papel central que debió tener la Iglesia en la peste del año seiscientos, auxiliando a muchos vecinos. Pero el doctor Tébar era un hombre también muy rico, muy bien relacionado en la corte y con importantes conexiones con el mundo indiano a través de su hermano Diego de Tébar. Ambos hermanos, Cristóbal y Diego (que vuelve del Perú por estos años), ampliarán su hacienda con la compra de múltiples tierras entre los años 1605 y 1607. No es de extrañar que en este contexto las envidias afloraran y, con ellas, las acusaciones de judaísmo contra una familia cuyos antecedentes eran conocidos por todos en la villa de San Clemente.

La ocasión se presentará propicia cuando un sobrino del doctor Cristóbal de Tébar pase a Indias y deba obtener la preceptiva información de testigos sobre limpieza de sangre. Jerónimo de Herriega y Carrera pasará a Santo Domingo en la Española en 1609, acompañado de un criado llamado Pedro Ruiz de Alarcón, pero antes sufrirá una grave acusación sobre sus antecedentes familiares judaicos.

La acusación contra el bachiller Jerónimo de Herriega (o Arriaga) y Carrera, presbítero y teniente de cura de la iglesia de San Clemente, vino el año de 1607 del licenciado García Ángel, notario del Santo Oficio, haciéndose eco de una acusación de un clérigo llamado Juan del Campo que reconocía haber visto en un breviario propiedad del mencionado Jerónimo los nombres de los meses escritos en lengua hebraica. La acusación, que ya se había formulado con poco éxito dos años antes, no era falsa, pues la página del breviario con los meses en hebreo hoy nos aparece en el expediente conservado entre los papeles del Consejo de la Inquisición. Como acusación complementaria el licenciado García Ángel aportaba los antecedentes familiares de Jerónimo, que se remontaban a Luis de Orihuela:
Meses en hebreo

Gerónimo de Herriega y Carrera, clérigo de la dicha villa, se hordenó de missa abrá siete o ocho años con ynformación que hiço de limpieça con comissión del prouissor, la qual entiendo está en los papeles de Pedro de Pedrosa, notario que fue en la audiencia episcopal desta ciudad y por ella constará de los testigos los quales qualificaron al susodicho falsamente porque es hijo de Bernardina del Castillo y nieto de Juan de Origüela y bisnieto de Luis de Origüela relaxado por el Sancto Officio.

Jerónimo Herriega había mentido dos veces, sosteniendo su limpieza de sangre, en el momento de ordenarse sacerdote y, recientemente, el 10 de marzo de 1608, con motivo de la información de testigos necesaria para pasar a las Indias. Era notorio en el pueblo que su bisabuelo Luis Orihuela había sido quemado en 1517 por judaizante y su sambenito estaba colgado en la iglesia parroquial de Santiago. Uno de los testigos de la información de 10 de marzo de 1608, había sido el doctor Cristóbal de Tébar, cura de la villa y futuro fundador del Colegio de la Compañía de Jesús. García Ángel centrará ahora las acusaciones en el parentesco de Herriega con el doctor Tébar.

Cristóbal de Tébar era amigo de Fray Cristóbal Rodríguez, que recientemente había sido nombrado Arzobispo de Santo Domingo en la isla de La Española. Valiéndose de esa amistad el doctor Tébar vio la oportunidad de colocar a su deudo Jerónimo Herriega como vicario y provisor en el mencionado arzobispado. García Ángel vería el momento de cortar tan fulgurante carrera eclesiástica de Herriega en la información de testigos que sobre la limpieza de sangre se había de realizar a comienzos de marzo de 1608, y de paso, apuntar a su principal objetivo, el doctor Tébar. No dudó en denunciar cómo esa información se estaba preparando falsamente por el doctor Tébar en su propia casa con ayuda de testigos, parientes y amigos de la familia Origüela, entre los que incluía a la justicia que tramitaba los autos:

cómo se hacía en esta villa la dicha información y el juez ante quien era Pedro Sánchez de Santacruz alcalde hordinario que es al presente primo hermano del dicho doctor Téuar y primo segundo o primo hermano de la madre del dicho Gerónimo de Herriega, los quales son todos del linaje de los origüelas

Las acusaciones de García Ángel iban más allá, acusando de judaizantes al escribano y otros testigos, que aparecían en la información que ahora en su poder remitía al tribunal de la Inquisición de Cuenca

la información original que se hiço ante Fernando de Iniesta escriuano, muy deudo del sobredicho y advierto a v.s. que Miguel Cantero testigo presentado es descendiente de Diego Sánchez de Valdoliuas y Teresa Rodríguez, él relaxado en estatua y ella reconciliada con ábito perpetuo y es hombre que hará dos años por la octaua de Corpus Christi que se está excomulgado de participantes y sólo a estado absuelto algunas veces por ocho o diez días o por la solenidad de las pascuas 


La mencionada información de testigos de Herriega fue preparada por el doctor Tébar. Los testigos se limitarían a firmar. La ascendencia del futuro pasajero a Indias no fue más allá de los padres, Bernardina del Castillo y el doctor Francisco Carrera; se resaltaron sus estudios en Derecho por la Universidad de Salamanca, su servicio como teniente de cura durante siete años en la iglesia parroquial de Santiago junto a su tío, y, sobre todo, su compromiso y riesgo personal en la peste que sufrió el pueblo en 1600. Fueron testigos el propio doctor Tébar, Pedro Sánchez Carnicero, Miguel López de Lope el viejo, Roque de Salcedo, escribano público, Miguel Cantero y Agustín Valenzuela. La información remitida por García Ángel al Tribunal de la Inquisición de Cuenca, sería reclamada desde Madrid por el Consejo de la Suprema, donde el expediente quedaría archivado y olvidado. Jerónimo Herriega pasaría a Indias a ocupar su puesto de provisor en el arzobispado de Santo Domingo (1).

Todos los testigos repitieron los mismos argumentos, empezando por el doctor Tébar, y todos recalcaron la labor arriesgada y desprendida del joven Herriega durante la peste de 1600, que en palabras de su tío se expresaba así

Firma del doctor Tébar
el qual administra los sacramentos en su iglesia mayor con mucha aceptación de toda esta villa, especialmente en el año de seiscientos pasado que ubo enfermedad de peste en la que murieron más de tres mill personas y enfermaron más de ocho mill y entonzes fue tan buen obrero de la viña de Dios que administró los santos sacramentos sin adventurar a el peligro de su vida a todos los enfermos de suerte que causó gran devoción que un clérigo tan mozo anduviese tan diligente



El testimonio del doctor Tébar, que por entonces contaba 56 años (lo que nos permite fijar el año de su nacimiento hacia 1552), fue ratificado por el resto de los testigos, haciendo especial hincapié en el valor durante el contagio de 1600 de aquel joven recién ordenado. Lo llamativo son las cifras, el mal había afectado a más de ocho mil personal, de las que más de tres mil murieron. Diego Torrente Pérez estudió este contagio que asoló la villa de San Clemente durante seis o siete meses, confirmando las cifras mencionadas; el propio ayuntamiento reconocía para el 27 de diciembre de 1600 alrededor de 2800 muertos y cuatro mil enfermos. A pesar de los esfuerzos por establecer un cordón sanitario a finales de mayo, el ayuntamiento reconocía que la peste había alcanzado el 20 de junio el pueblo en una calle cerca de la Cruz Cerrada. Los intentos por aislar este foco fueron baldíos. De cara al exterior, se intentaba negar el problema en las contestaciones que se daban al corregidor de Cuenca; hasta que a finales de julio se reconoció la gravedad del contagio, la necesidad de echar mano de las provisiones y dinero del pósito de don Alonso de Quiñones y pedir ayuda urgente a la Junta de Salud constituida en la Corte. La villa se hizo con los servicios de un cirujano, el licenciado Muñoz, que complementó los servicios del licenciado Villanueva, mientras se mandaba a Pedro de Tébar a Madrid para solicitar ayuda a los hermanos del Hospital de Antón Martín y la llegada de un médico entendido de la corte llamado Diego Núñez. Los enfermos fueron trasladados al hospital de Santa Ana y a una casa aneja que en la Celadilla había cedido el alférez mayor de la villa, don Juan Pacheco. Como siempre en estas ocasiones, los gestos más nobles fueron acompañados de los más ruines. La solidaridad de Villarrobledo, cediendo 4.000 fanegas de trigo, escondía la oportunidad del negocio, por contra, el ofrecimiento de La Roda fue desprendido; Vara de Rey, cerró sus puertas a los sanclementinos; mientras los pobres eran hacinados en el hospital, a los ricos se les permitía ser atendidos en su casa; el alférez mayor Juan Pacheco huyó del mal, refugiándose en su lugar de Perona. Para finales de octubre la peste empezaba a remitir y ya el cuatro de enero de 1601 se daba por desapestada la villa. El coste económico del contagio fue desorbitado, alrededor de 6.000 ducados; una villa endeudada entonces ya por los gastos heredados de las suntuosas edificaciones en torno a la plaza y las obras que se llevaban a cabo desde 1593 en la cárcel por Joaquín de Obieta y Juan de Zuri y la nueva construcción del puente de Santa Ana, echó mano de las ganancias del pósito (2).

Nos son llamativas las cifras de enfermos y mortandad. Fueron más de ocho mil los vecinos afectados. Los datos de población que tenemos para San Clemente son para 1591 de alrededor de 1570 vecinos o familias, esto supondría que la práctica totalidad de la población de la villa se vio afectada por la peste y que el índice multiplicador de cuatro para hallar la población de la villa se quedaría corto, siendo preciso multiplicar el número de vecinos por cinco o seis para calcular el número habitantes. Más sorprendente es la capacidad de recuperación de la villa que en poco más de una o dos decenas de años ya contaba con más de dos mil vecinos. ¿Son reales estas cifras?. Quizás el número de victimas esté exagerado, pero también es verdad que la población de San Clemente debió crecer rápidamente, y lo haría desde comienzos del siglo XVII, motivado por el establecimiento en esta villa de la sede del corregimiento, que la convertía oficialmente en capital de la comarca. Se puede añadir como explicación que la villa tenía una población flotante muy importante, especialmente para el verano por las cosechas, vendimias y transacciones comerciales que culminaban en la feria de septiembre; quizás esa fue la causa de no querer reconocer la gravedad del problema, en un momento de máxima actividad y flujo de personas, hasta finales de julio, o que en agosto todavía se negara el mal. En cualquier caso, la villa salió exhausta y endeudada después de la peste; dan fe de ello los registros municipales de comienzos de 1606, con más de mil familias pobres y un cuarto de viudas entre la composición total de vecinos del pueblo.

La peste de 1600, vino precedida por las malas cosechas de los dos años anteriores, que dejaron a la población muy debilitada y propensa al mal. La peste no sólo afectó a la villa de San Clemente; Pérez Moreda (3), que ha delimitado esta peste en los años 1596-1602, la ha definido como peste exclusivamente castellana y ha estudiado como incidió en diversas poblaciones del Sur de la provincia de Cuenca: mortalidad elevada en Belmonte desde 1599, año en que cae la natalidad en El Cañavate y en Motilla del Palancar, caída que se prolongó en esta villa durante 1601. Sobre los estragos de la peste contamos además con el testimonio del médico de la villa de Cañete más al norte, citado por el mismo autor. En suma, se puede dudar de la exactitud de las cifras pero no de la virulencia del mal en algunos pueblos de la Manchuela, cuyo estudio futuro vendrán a complementar y confirmar los datos que disponemos de la villa de San Clemente.




(1) Archivo General de Indias,CONTRATACION,5313,N.9
(2) TORRENTE PEREZ, Diego: Documentos para la Historia de San Clemente. Ayuntamiento de San Clemente. 1975.  Tomo II, pp. 326-330
(3) PEREZ MOREDA, Vicente: La crisis de mortalidad en la España Interior. Siglos XVI-XIX. Siglo XXI. Madrid. 1980. pp. 257-265


Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 1924, Exp. 21 Proceso criminal de Gerónimo de Herriega Carrera, 1607-1608

viernes, 11 de marzo de 2016

El Peral y Juan Simarro hacia 1630 (IV)


Juan Simarro apenas si estuvo diez días en Cuenca. Para el mes de diciembre de 1631 ya estaba de regreso en El Peral; con razón se quejaba el fiscal Vallejo de la benignidad de los Inquisidores, no de todos, hacia el inculpado. Sus adversarios utilizaron las amenazas que había proferido contra el alguacil Blas Sánchez para obtener nuevo mandamiento de los Inquisidores conminándole a presentarse de nuevo en Cuenca una vez pasado el día de Reyes de 1632. Pero Juan Simarro, muy temeroso, no aparecía por su domicilio. Razones más que fundadas tenía para ello, pues los hechos se habían precipitado de forma trágica en la villa de El Peral.

El 14 de diciembre de 1631, poco antes de medianoche, el alcalde ordinario Ginés de Tresjuncos, acompañado de sus dos hijos, Diego y Ginés, y tres vecinos más del pueblo, Bartolomé Moreno, Juan Navalón y Juan de Alarcón, con destrales y hachas rompieron la puerta del domicilio del presbítero Tomás Simarro, matándole de una estocada. En la misma casa vivía también su hermano Ginés Cabronero, que recibió varias heridas en la cabeza que le causaron la muerte; dejó una viuda preñada y cuatro hijos menores. Nadie hizo nada en el pueblo por detenerlos. A pesar de los autos de la justicia de San Clemente, los agresores se paseaban libremente por el pueblo, hasta que se despachó orden desde Madrid ya el 4 de septiembre de 1632, ordenando su prisión y remisión de la causa a la Chancillería de Granada. Las penas dictadas, de las que no sabemos si llegaron a ser confirmadas y ejecutadas, fueron durísimas y ampliadas a tres vecinos más: siete condenados a la horca y dos a galeras.

los dichos delatores, sus deudos y parientes le an muerto a mi parte dos ermanos, el uno sazerdote y el otro seglar nacido todo sobre la compra de la bara de alguacil mayor e por el dicho delito siete de ellos están condenados a ahorcar y dos a galeras

Para el mes de junio ya se sentía suficientemente seguro para volver y no abandonar su casa. Es más decide renunciar a la familiatura de la Inquisición y así dejar de ser molestado. Pero sus enemigos no cejarán en sus denuncias ante el Tribunal inquisitorial de Cuenca. El 15 de septiembre vendrá la orden de detención definitiva de un Juan Simarro, ausente en esos momentos en la villa de Madrid. Se pedirá el embargo de 44 fanegas de trigo, que Juan tiene como heredero de su finado hermano, el presbítero Tomás; como uno de los cuatro herederos le corresponden 11 fanegas, que serán las secuestradas y vendidas a precio de 18 reales la fanega y destinadas a partes iguales para el pago de Juan Aguilera, alguacil desplazado desde Cuenca para apresar al inculpado, y al comisario y cura de Motilla, Fernández de Bobadilla, encargado de las diligencias. El 6 de octubre se despacha nueva orden de prisión, que esta vez si se ejecutará, siendo detenido por el comisario Mateo Fernández de Bobadilla y llevado el 19 de octubre a la cárcel de Motilla, desde donde será trasladado a Cuenca el día siguiente por Sebastián López Lucas, regidor y familiar de esa villa.

Para el trece de noviembre Juan Simarro llevaba 24 días encarcelado en Cuenca con una pierna quebrada. Decide querellarse contra el Inquisidor doctor Sebastián Frías por considerar que actúa por enemistad contra él; aquél se abstendrá en el proceso. El doctor Frías es amigo y pariente de los hermanos Luján, para los que en 1625 había intentado se les concediera el título de familiar del Santo Oficio, pero el nombramiento había recaído en Juan Simarro

que abrá siete años que yo pretendí ser familiar de la Santa Inquisición de la dicha villa a que hicieron oposición Ginés de Tresjuncos, Gabriel de Luján, Andrés de Luján y Domingo de Luján, vecinos de la dicha villa que los dichos luxanes se nombran parientes del Doctor Sebastián de Frías Inquisidor Apostólico de Cuenca que los reconoce por tales parientes y ellos son enemigos declarados míos y como tales de tres años a esta parte que faltó de la dicha Inquisición el Inquisidor Vallejo y entró en la presidencia de ella el dicho Doctor Frías me han perseguido en el dicho tribunal con tan grande instancia faborescidos del dicho Doctor que en los dichos tres años me an echo parecer en aquella ciudad llamada de los dichos Inquisidores más de seis veces por causas afectadas y sin fundamento considerable


Los enfrentamientos de Juan Simarro con sus vecinos venían de lejos. En 1627, había presentado, como era de rigor, su título de familiar ante el ayuntamiento de El Peral. La posesión de este título conllevaba ciertas preeminencias y franquezas; una de ellas era la exención de alojar soldados o de bagajes. Hasta cinco veces se había visto obligado a alojarlos en su casa y en alguna ocasión se le habían requisado sus mulas para trasladar a dichos soldados. Por eso, Juan Simarro se había querellado el 30 de marzo de 1630 de los alcaldes ordinarios Alvaro Monedero y Pedro López Espinosa. La respuesta de estos fue ordenar al alguacil mayor Francisco Valverde su encarcelamiento, orden llegada desde San Clemente el 15 de febrero, pero paralizada hasta entonces, y que respondía a querella presentada por el propio alguacil; el encarcelamiento sería ejecutado con bastante ensañamiento. Poco antes los Inquisidores de Cuenca habían dictado auto determinando que no correspondía disfrutar de exención alguna en el alojamiento de soldados, por ya gozar del título de familiar otro vecino con más antigüedad y ser El Peral villa de menos de trescientos vecinos.

Cuando por fin se pronuncie sentencia el 20 de noviembre de 1632, por los inquisidores don Enrique de Peralta y Cárdenas y Tomás Rodríguez y Monroy, será condenatoria: una multa de 4.000 maravedíes más 2.704 maravedíes de las costas judiciales y dos años de destierro de la villa de El Peral, uno de ellos voluntario, no pudiendo acercarse a esta villa en un contorno de cuatro leguas. El 11 de diciembre Juan Simarro apelará ante la Suprema.

Durante el primer año de su destierro, Juan Simarro no perdió el contacto con su pueblo y sus propiedades. Pero ese año fue muy aciago; el pedrisco azotó por tres veces los campos, los frutos de la cosecha de pan y vino fueron muy escasos. Juan Simarro no pudo pagar las penas económicas que le había impuesto el Santo Oficio, por lo que fue conminado el 8 de julio de 1633 desde Cuenca a pagar bajo pena de excomunión. No pareció afectarse mucho Juan, que había vuelto a su pueblo tras el año de destierro y no debía andar muy lejos el 30 de noviembre cuando se leyó en la iglesia de El Peral la orden de los Inquisidores Apostólicos excomulgándole. El comisario Bobadilla comentará

que es tan temerario que no hace el sentimiento que debiera de estar excomulgado


Para este hombre la religión debía ocupar un lugar subalterno a la devoción que profesaba a su hacienda. Aprovechando que la villa había pedido ante el Consejo real que sus vecinos fueran escusados de costas e imposiciones de forma temporal, se acogió a la provisión concedida el 14 de diciembre de 1633 para pedir que se eximiera durante las Pascuas navideñas del pago de costas adeudas con el Santo Oficio.

A partir de aquí Juan Simarro se embarcará en la defensa de su causa en Madrid ante la Suprema, de la mano de su procurador Damián Martínez Cabeza de Vaca. Pero el 9 de junio de 1634, los Inquisidores de Cuenca todavía pedían el pago de las costas. El 30 de septiembre llegará la sentencia definitiva de la Suprema del Consejo de la Inquisición, que confirmará las penas dictadas por el tribunal de Cuenca. La única compensación a su batalla legal fue la recuperación en mayo de 1637 del título de familiar que le había sido retirado.



AHN. INQUISICION. 1925, Exp. 7. Proceso Criminal contra Juan Simarro, familiar de la Inquisición de El Peral, 1630-1634