El corregimiento de las diecisiete villas (fotografía: Jesús Pinedo)


Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA (foto: Jesús Pinedo)

domingo, 8 de mayo de 2016

Los portugueses de San Clemente: los intercambios comerciales

Rembrandt: La novia judía. 1667
Nos equivocaríamos si pensáramos en la sociedad sanclementina de la Edad Moderna reduciendo nuestra imagen a una villa cerrada, cuyos intercambios humanos y económicos se limitaran a un espacio meramente comarcal o regional. La atracción de la sociedad sanclementina y su vertiginoso desarrollo económico desde comienzos del quinientos habían traído gentes llegadas de todas partes; así, aquellos vascos, constructores, canteros, orfebres o plateros, en busca del trabajo proporcionado por la explosión constructiva de edificios religiosos y civiles.

La crisis finisecular habría provocado un retraimiento de la sociedad de San Clemente; pero la crisis de muchos fue la fortuna de algunos que a comienzos del siglo XVII sientan las bases de sus haciendas familiares. Ni la peste de 1600 ni las crisis de subsistencias que la precedieron y sucedieron en los años inmediatos frenaron el desarrollo de la vida de la villa. Era una sociedad llena de cargas, que no había pagado las deudas del último tercio del siglo XVI, pero el crédito fluía y siempre había quien disponía del capital necesario para el préstamo. Cosa aparte es la limitación de los endeudados para pagar los réditos a sus deudores, a pesar de que los intereses que habían alcanzado el diez por ciento a finales del quinientos, ahora bajaban al siete e incluso al cinco por ciento. Algunos, incapaces de colocar su capital en parte alguna, adquirían tierras, caso de los hermanos Tébar o Rodrigo Ortega el mayor; otros prestaban a los concejos, obligados a empeñar sus propios, y sus ingresos, y algunos, como los Pacheco o los Guedeja, prestamistas en su tiempo, legaban su capital a la fundación de memorias de obras pías para mayor enriquecimiento de los institutos religiosos que, sin despreciar su historia pasada, viven su momento dorado.

La propiedad, de libre y en un continuo traspaso de manos, deviene en vinculada, bien a mayorazgos bien a las manos muertas. No obstante, esto es simplificar demasiado las cosas, porque entre 1610 y 1620, la sociedad sanclementina resurge de nuevo y este impulso se mantiene una década más. No es ajena, en este renacer económico la paz que trajo la Tregua de los Doce Años (1609-1621). Las oportunidades de negocio crecieron, aunque fuera a costa de la producción nacional; incluso para fracasados como Martín de Buedo, que soñará con recuperar su hacienda perdida. Con el negocio fácil fue pareja la corrupción y el pillaje de lo ajeno, pero también el crecimiento de las actividades económicas y comerciales que se desarrollaban en un mercado más amplio de ámbito nacional e incluso apostaba por eso que se ha llamado la economía mundo. San Clemente, que recuperaba el espíritu abierto del Renacimiento, era una sociedad satisfecha y que se divertía en esas representaciones teatrales y festivas, cuyo testimonio los documentos han conservado. Ni las sombras de la reciente expulsión de los moriscos o las pesquisas inquisitoriales fueran capaces de oscurecer esas ganas de vivir.

Ese contexto era la oportunidad perfecta para minorías sociales marginadas, pero inclinadas al riesgo de un mundo abierto que superaba los localismos. Así es como nos aparece la figura del converso portugués, prestamista y mercader. Desarraigado sí, pero que mantiene todos los lazos con sus antiguos hermanos de fe. La anexión de Portugal en 1580 ha eliminado las fronteras para estos hombres, la Tregua de los Doce Años les ofrece una posibilidad única de negocio por sus contactos con la comunidad judía de Holanda.

En San Clemente se estableció también una pequeña comunidad portuguesa. Su personaje central es Simón Rodrigues el gordo, socio en los negocios de especias y sedas del regidor Francisco del Castillo e Inestrosa, figura tan cosmopolita como enigmática, y víctimas ambos de las persecuciones inquisitoriales, fruto de su naturaleza judía, que ni negaban ni renegaban. Hacia 1616, cuando comienza nuestra historia, Simón Rodrigues ha fallecido; su hijo y heredero Juan Alvares se hace cargo de los negocios, pero su casa o posada es morada de otros mercaderes portugueses. En torno al patio de la casa, diferentes comerciantes tienen sus habitaciones con llaves propias, donde almacenan todo tipo de mercancías, añinos, lienzos o especias y el dinero obtenido por su venta. Es, dicho con todo respeto y con una osada comparación, el fondaco de los portugueses. En torno a estos aposentos, en los que la Inquisición pone enseguida sus ojos, se desarrolla una compleja red de intercambios comerciales y financieros: compra de fardos de lienzos en Cuenca o Madrid, con un origen que no tiene por qué ser nacional, pagos aplazados y comprometidos en las ferias de Alcalá o de Mondéjar, factores en Portugal, que introducen en España las mercaderías extranjeras, y recepción en la villa de San Clemente de la producción regional de añinos o de azafrán para su exportación al exterior, Y además, participación en las operaciones menudas de intercambio a nivel local, que incluyen los pequeños préstamos a los vecinos y que les facilita el numerario necesario para la adquisición de las mercaderías vendidas por los portugueses. Era una época que no se pagaba al contado y se vivía mucho de fiado.

En ese juego de intercambios es donde nos aparecen los Luises, hermanos portugueses, víctimas del secuestro de sus bienes por la Inquisición al tenerlos depositados en la misma casa que Manuel Alvares, que arrastraba en su persona los pleitos inquisitoriales que su padre había padecido.

La presencia de portugueses en la villa de San Clemente comienza a hacerse visible desde comienzos del siglo XVII. La anexión de Portugal por Felipe II en 1580 había eliminado las fronteras, pero también obligado a una diáspora de la población judeoconversa a destinos más lejanos, como las Provincias Unidas. No obstante, el rigor de la actuación de la Inquisición en Portugal provocó que muchos marranos portugueses buscaran su destino en España, donde la actuación inquisitorial por estas fechas era mucho más benigna. Las medidas tomadas por Felipe II en 1587 para que los conversos no salieran de Portugal no tuvieron continuidad. En el asentamiento en suelo castellano, debió ser crucial el trato al que los conversos portugueses llegaron con Felipe III a principios de 1605: a cambio de una gran suma de dinero, 1.700.000 cruzados, obtuvieron condiciones especiales, en lo que sería un perdón general, sancionado por un breve papal en el mes de agosto, y que era el contrapunto al permiso de salida al extranjero que se les había otorgado en 1601 en un intento de relajar las tensiones con una comunidad, cuyo grado de conversión al cristianismo era poco sincero.

La dispersión de la población conversa portuguesa puso las bases de un extensa red para el desarrollo de los negocios que sería aprovechado en el largo periodo de paz del reinado de Felipe III. La bancarrota de 7 de noviembre de 1607, situó a algunos portugueses junto a los genoveses como asentistas de la Monarquía, anunciando lo que ya sería, con motivo de la quiebra de 1627, el papel financiero de primer orden de los conversos lusos en la época de Olivares. No obstante, en el intermedio, coincidiendo con los años finales del reinado de Felipe III y los inicios del de Felipe IV, la persecución contra los conversos de la nación portuguesa se agravó.

El espacio económico y fiscal formado por el corregimiento de San Clemente y el distrito de rentas reales del Marquesado de Villena no fue ajeno a estos vaivenes de la política real con la minoría conversa de los portugueses. Testimonios de la presencia portuguesa en San Clemente nos han quedado en el Archivo histórico de San Clemente. Algunos llamativos, como aquel portugués llamado Domingo Enríquez y los escándalos que provocó por el año 1615 en el convento de monjas franciscanas clarisas (1). Otros portugueses eran asalariados al servicio de algún vecino principal de la villa, como Martín Collado, mayoral del escribano y regidor Miguel Sevillano, que nos ha dejado por testimonio, entre otros muchos, una carta escrita en mal castellano, por la presencia de vocablos portugueses,


Fragmento de carta del Martín Collado, portugués (AMSC. 1632)
Aunque, la huella portuguesa también nos aparece a lo largo del siglo XVII de la mano de los asentistas portugueses, que disfrutaban de las rentas de juros situados sobre las rentas reales del Marquesado de Villena. Cartas de pago expedidas por el tesorero Astudillo Villamediana a favor de los banqueros lusos se nos conservan en la década de los cuarenta. Pero ya antes, a comienzos de siglo, cuando la tesorería estaba en manos de los Buedo, tenemos testimonio de un proceso ejecutivo de 1613, seguido por los hermanos Castro contra Fernando Muñoz de Buedo, arrendador de rentas reales, para asegurarse el cobro de las rentas de sus juros situados sobre las alcabalas del Marquesado de Villena.

Sin embargo, era la comunidad de comerciantes portugueses existentes en la villa, de origen converso, la que más participaba con sus tratos mercantiles y humanos en la vida sanclementina y la que más recelos despertaba. Ya nos hemos referido cómo estas actividades se organizaban en torno a la casa de Simón Rodríguez y, muerto éste, de su hijo Manuel Álvarez (ambos preferían utilizar por razones obvias sus nombres y apellidos castellanizados). En torno a esta casa, llamada la posada que dizen de los portugueses, y en los años que van de 1616 a 1618, nos aparecen diversos comerciantes, entre los que destacan los Luises, hermanos de los que el mayor, Francisco López Luis, solía residir en Lisboa, desde donde ocasionalmente, en ciertas épocas del año, se desplazaba a San Clemente para controlar el negocio de sus otros dos hermanos, Simón Gómez y Manuel Luis. El caso es que cuando en 1616 Manuel Álvarez tiene problemas con el Santo Oficio, a la hora de secuestro de bienes no se hace distinciones entre las mercaderías de Manuel Álvarez y sus socios y esas otras de los Luises, aunque estos insistan en la independencia de su negocio, que cuenta con aposento propio, del que solo ellos disponen la llave de acceso.

Los hermanos Luis procedían de Trancoso, una población portuguesa, notoria por su judería y la dedicación al comercio de sus habitantes. De hecho, las casas del barrio judío que nos han llegado hasta hoy destacan por tener dos puertas, una más ancha para el comercio, y otra más estrecha de acceso al domicilio familiar.

La defensa de los hermanos Luis, que por precaución han huido a Madrid, la llevará el hermano mayor, el cual, desde Lisboa, se desplazará a mediados de abril de 1617 a Cuenca para intentar recuperar las mercancías embargadas por la Inquisición en el mes de enero, entre las que había mercancías por valor de 7.236 reales. adeudadas a un portugués llamadas Felipe Fernández. El valor del proceso inquisitorial reside menos en saber la suerte de unos hermanos, que decidirán fugarse de la persecución de los inquisidores, y mucho más en la complejidad de las relaciones comerciales que desvela.

Las mercaderías tratadas por los portugueses eran lienzo, telas, holandas y diversas especias, que iban del azafrán local a otras más exóticas como el clavo y la canela. Francisco López Luis solía comprar sus mercancías en diversas ferias de ámbito regional, entre las que destacan Alcalá, Torrija o Tendilla y Pastrana, pero otras veces las compras se realizaban en Madrid e incluso en Lisboa. Se encargaba de hacer llegar las mercancías a sus hermanos en San Clemente, que las vendían por toda la comarca y regresaban el dinero obtenido de las ventas a Portugal. Francisco López Luis no compraba al contado, sino que las tomaba en préstamo o fiadas y sólo pagaba a sus proveedores, con el dinero obtenido por sus hermanos en las ventas. No faltaba ocasión en que Francisco se personaba en San Clemente para ayudar a las ventas a sus hermanos Manuel y Simón. Aunque, para evitar el embargo, Francisco siempre se presentó como el propietario de las mercancías y a sus hermanos como simples agentes o factores, de los documentos conservados parece que estamos ante una compañía societaria. El aposento que tenían los hermanos Luis estaba en el patio de una casa, donde existían otras tiendas de portugueses. Empleamos el término tiendas, pues además de almacén, estos aposentos eran puntos fijos de venta, adonde acudían los vecinos a realizar sus compras.

De los testigos presentados por Francisco López Luis para su defensa, conocemos los nombres de algunos portugueses que residían en la villa de San Clemente: Juan Rodríguez, Gaspar López, Francisco Díaz Cardoso o Simón Donís, pero también de otros mercaderes locales de la villa, que tenían una relación de complementariedad con los portugueses; actuando en otras ocasiones como mediadores en operaciones con otros comerciantes. Así Julián Martínez Mondoñedo, mercader de 34 años y vecino de San Clemente, adelantó a Francisco López Luis, un 20 de agosto de 1616 y en la feria de Alcalá de Henares, quinientos reales, con los que éste pagó a un mercader toledano de nombre Tomás de la Fuente el montante de un fardo de lienzos. Francisco giraría carta de pago a sus hermanos en San Clemente, en cuya posada se presentó Julián Martínez para cobrar los quinientos reales ¿Con interés? Sin duda, como le aplicarían a él en operaciones de sentido inverso.

Lo normal era que los portugueses fueran los prestamistas; así Martín de Ávalos, escribano, les pidió en cierta ocasión 20 reales. Estas cantidades pequeñas debían ser lo corriente en los préstamos. Devuelta la cantidad a los tres o cuatro días, creemos que los portugueses le aplicaron cuatro reales de interés, es decir, un veinte por ciento. Estas operaciones de poco montante serían las más numerosas tanto en los préstamos como en las ventas de mercaderías; tales tratos son los que mantenía un barbero de Honrubia o el labrador Felipe Fromista, y así lo corroboraba el almotacén Fernando de Juera. Aunque algunos otros, como el sastre Alonso López, eran clientes habituales, que tenían a los portugueses como proveedores fijos de su oficio. El sastre solía comprar las telas de fiado y pagar cuando sus clientes le habían satisfecho el precio de sus jubones y vestidos. Otros, como Cosme Cribelo y Salas, notario apostólico en la villa de San Clemente, intentaba tratar con los portugueses y chocaba con su desconfianza. El regidor Francisco del Castillo e Inestrosa, de treinta años de edad, que cuatro años antes se había visto involucrado en un proceso inquisitorial, fue llamado a declarar como testigo de cargo, pero, parco en palabras, hábilmente se desmarcó de cualquier acusación para destacar la buena calidad de la lencería vendida.

Los testimonios del escribano Martín López Caballón y del cortador Juan Navarro son los que nos aportan más información. Nos cuentan que los hermanos Luis además de vender lencería y paños más delicados como buratos, compraban también azafrán y añinos por toda la comarca, que luego revendían. Solían integrarse en la vida del pueblo, participando de los juegos. Uno de estos juegos populares eran las tablas, a las que se jugaba con dados y fichas, similar al actual backgammon; sus reglas fueron descritas por Alfonso X el Sabio en el Libro de ajedrez, dados y tablas. Destacaban en este juego los portugueses y, en especial, Manuel Luis con apuestas de veinte a treinta reales. A decir de los dos testigos, este Manuel Luis debía ser hombre muy despierto y de gran entendimiento que siempre salía ganador en el juego.

Juego de las tablas en la Torre de Londres

Barrio judío de Trancoso

Los Luises eran el extremo final de una red comercial, vendiendo las mercancías al por menor. En esa red el papel de mayorista correspondía a otro converso portugués llamado Felipe Fernández, natural de la villa de Pinhel, villa al igual que Trancoso perteneciente a la región de Beira y distantes ambas apenas unos 30 kilómetros. Felipe Fernández, estante en Madrid, actuaba como agente en España para introducir diversas mercancías extranjeras, que iban de especias como la canela o el clavo a telas de mayor calidad que las fabricadas en España, tales como holandas o cambrais, o simplemente fardos de lienzo que sin calidad notoria, producidos a menor coste en el exterior, darían la puntilla a la producción nacional. Aunque los tratos entre este comerciante mayorista y los Luises, y hemos de suponer también otros mercaderes, se cerraban en Madrid. Los pagos de estos contratos de compraventa se aplazaban a las ferias de Alcalá, celebrada el 24 de agosto, y Mondéjar, que tenía lugar el 30 de noviembre.  En este caso, al ser embargada la mercancía a los Luises, el mayorista dejará de cobrar y presentará demanda para recuperar los 7.236 reales de la venta. Reproducimos la carta de obligación de la operación entre los portugueses, aunque fuera tildada de falsa por la Inquisición, que refleja muy bien estos circuitos comerciales:

Francisco López Luis y Manuel Luis mercaderes portugueses hermanos rresidentes en la villa de Sant Clemente y estantes al presentes en esta corte... nos obligamos a dar y a pagar y que daremos y pagaremos a Philipe Fernández y a Francisco Fernández su sobrino y a Luis Fernández vecinos de la villa de Pinel y rresidentes en esta corte y a cada uno dellos in solidum y a quien el poder de qualquier dellos ouiere siete mill y ducientos y treynta y seys rreales los quales le debemos y son por rrazón de compra de un fardel de nariales manchados con ochocientas y cinquenta y quatro varas a precio de nouenta y ocho maravedís la vara que montó dos mill quatro cientos sesenta y un rreales y medio y por dos arrobas de clauos de especia a precio de diez y ocho rreales y quartillo la libra montaron nueuecientos y doce rreales y medio y por una banasta de canela con ciento y ochenta libras a precio de seis rreales y medio la libra monto mill mill y ciento y setenta rreales y por ocho piezas de cambrays a precio de ochenta y dos rreales la pieça montaron quinientos y cinquenta y seis rreales y por diez piezas de olandas a precio de ciento e veynte rreales la pieza montaron mill y ducientos rreales y por quatro piezas de selicios a precio de ciento e veynte e siete rreales la pieza montaron quinientos y ocho rreales e por seys pieças de telillas a precio de quarenta rreales la pieza montaron ducientos y quarenta reales y por dos piezas de bombacias a precio de quarenta y quatro rreales la pieza montaron ochenta y ocho rreales que todo le compramos a los dichos precios y summó y montó los dichos siete mill y ducientos y treynta y seis rreales ... y nos obligamos a les pagar los dichos marauedís la mitad dellos para veynte y quatro días del mes de agosto feria de Alcalá y la otra mitad l'ará postrero día del mes de nouiembre feria de Mondéjar todo el año que viene de mill y seiycientos y diez y siete años puestos y pagados todos ellos a nuestra costa y mención en las dichas ferias o en esta villa de Madrid en manos y poder de los susodichos qualquiera dellos en rreales de contado y si no se los pagaremos como ya donde dicho es... en la villa de Madrid a veynte y tres de junio de mill y seyscientos y diez y seys años






Archivo Histórico Nacional, (AHN), INQUISICIÓN, 4534, Exp. 14.  Pleito fiscal de Felipe Fernández, 1616-1620



(1) AMSC. CORREGIMIENTO. Leg. 81/7

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