El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA

lunes, 24 de julio de 2017

Concordia entre Iniesta y su antigua aldea de Minglanilla (1573)

Las Relaciones Topográficas de Felipe II nos presentan en diciembre de 1575 a Minglanilla como un pueblo nuevo, del que queda memoria oral de su fundador, un tal Juan López de la Minglanilla, cuyos hijos vivían hacia 1500 en tres o cuatros casas, que formaban una aldea dependiente de Iniesta. Ese año de 1575, el pueblo ya contaba con ciento treinta casas y vecinos. Pobre el pueblo en agricultura, la villa era de pocas labores y muy delgadas, los vecinos vivían del trabajo que proporcionaban las minas de sal y los recursos del monte.

Hoces del Cabriel
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Todavía se recordaba la reciente exención de la villa de Iniesta y la obtención del título de villazgo hacía once años. Pero aunque damos por buena el año de 1564 como la fecha de obtención de tal título, lo cierto es que no tenemos constatación escrita de tal hecho. Lo que sí sabemos es que la exención jurisdiccional de Minglanilla de su villa madre no fue amistosa. El conflicto vino por la decisión de cerrar Minglanilla sus agostaderos durante once semanas a los ganaderos de Iniesta y de crear una redonda, es decir, adehesar o cerrar una parte del término de Minglanilla hasta entonces de uso comunal. Iniesta acudió en primer lugar ante la justicia del Marquesado de Villena y su alcalde mayor, licenciado Estrada, para revocar la decisión de su antigua aldea, que le dio la razón. Los vecinos de Minglanilla, ante este fallo contrario deciden recurrir la decisión de la justicia del Marquesado ante la Chancillería de Granada el 28 de enero de 1568. En el fondo del debate, estaba la resistencia de Iniesta a reconocer la exención jurisdiccional de su aldea, cuya concesión de villazgo tenía recurrida ante el Consejo de Hacienda.

El razonamiento del procurador de Minglanilla, Juan Martínez del Castillo, para defender sus intereses era claro. Acusaba  a la justicia del Marquesado de ignorancia. Minglanilla, al igual que Iniesta, era población de la tierra de Cuenca. Era por las ordenanzas y costumbres antiguas de la ciudad de Cuenca y su tierra por las que se gobernaba. Según dichas ordenanzas estaba proveído que
era costunbre usada y guardada de tienpo ynmemorial a esta parte en la çibdad de Cuenca y en todos los lugares que an sido y son de su jurisdiçión y suelo que es que aunque tengan comunidad de pastos y aguas unos lugares con otros, en las dichas onze semanas de agostadero cada lugar guarda su término y no pueden entrar los veçinos de un lugar en otro con sus ganados, aunque todo lo rrestante del año sean comunes las yervas y las aguas de todos los valdíos del suelo de la çibdad de Cuenca
Minglanilla reconocía haber aprovechado mancomunadamente sus rastrojos con Iniesta, pero ahora como villa apartada y eximida estaba en su derecho de acabar con esta política de buena vecindad y amistad. De hecho, como pueblo recién emancipado de su villa madre, carecía de propios, por lo que se vio obligada a acotar una parte de su término para criar árboles y para dotarse de una dehesa carnicera para el abasto del pueblo. Se acusaba a Iniesta de egoísmo, pues con un término de veinte leguas, en varios lugares adehesado, tenía suficientes recursos como para aprovecharse también de los de Minglanilla.

Gregorio Molina, procurador de Iniesta, presentó unas alegaciones que demostraban la base jurídica de su defensa. El período de agostadero no era de once semanas, sino siete. La decisión de acotar una redonda por la Minglanilla contradecía privilegios antiguos; entre ellos una carta del alcalde entregador de la Mesta Martín Ruiz de la Parrilla de 1402, confirmadas por otras de 1486 y 1499 sobre la necesidad de guardar las dehesas que ahora se pretendían acotar.

El caso es que quizás para evitar el coste de un pleito que se llevaba paralelamente en la Chancillería de Granada y en el Consejo Real, ambas villas decidieron avenirse a una solución concertada que favoreciese a ambas partes. El lugar de encuentro para la concordia fue La Graja y el día un sábado siete de marzo de 1573. Pero la reunión no debió ser todo lo neutra que se pretendía. Si el concejo de Iniesta había dado su poder a sus procuradores tres días antes, el concejo de Minglanilla, reunido apenas unos momentos antes otorgaba poder a sus alcaldes para que lo representaran. La pretendida concordia se había redactado en Iniesta y respondía a sus intereses: respeto a los mojones tal como estaban (que es de suponer que no tenían por qué coincidir con los otorgados a Minglanilla en su villazgo); aprovechamiento comunal de los montes de ambas villas como en tiempos pasados; acceso de los ganados de Iniesta a los rastrojos de Minglanilla durante las once semanas del agostadero; las dehesas de Casa del Prado, Navazo Blanco y la Puenseca (o Puensequilla) quedaban para Iniesta, salvo un rincón de ésta última; por último, el pinar del término de Minglanilla era repartido a partes iguales entre ambas villas para la venta de sus recursos. Destacar la disputa en torno a la Puenseca, que ya había provocado diferencias en el momento de la fijación de mojones, entre el 4 de diciembre de 1564 y el 20 de enero de 1565, en una solución no aceptada por Iniesta, que pretendía usurpar a Minglanilla este terreno en torno al río Cabriel (1).

La concordia de 9 de marzo de 1573 fue sentida por los vecinos de Minglanilla como engaño, o más bien torpeza, de sus alcaldes ordinarios. El procurador Bartolomé López el mozo, que decía representar al común de la villa, puso voz a los disidentes, que se arrogaban la representación del pueblo. Entre los que protestaron la concordia estaban los hombres más jóvenes del pueblo, treinta y un cabezas de familia en un pueblo de ciento treinta casas; sin duda, aquellos con menos lazos con la villa de Iniesta (2). A su decir, en dicha concordia, la Minglanilla había sido tratada como un concejo lego y manificado. De engaño se tachó la renuncia de sus oficiales a las dehesas de Casa del Prado, Navazo y la rinconada de Puenseca, sobre las que los habitantes de Minglanilla tenían derecho al pasto desde tiempo inmemorial, acusándose al concejo de Iniesta de usurpación; como un insulto se vio el hecho de compartir con Iniesta la venta de pinares que estaban en el término propio.

El dos de marzo de 1574, el concejo, justicia y regimiento de la Minglanilla daba por nula la concordia firmada por sus alcaldes un año antes, y aprobada por ese mismo ayuntamiento, personándose ante la Chancillería de Granada para defender lo mismo que había defendido seis años antes: el cerramiento de una dehesa redonda y la prohibición de acceso a sus rastrojos de foráneos, considerando la cesión de las dehesas mencionadas a Iniesta como un acto coactivo, entendido como precio del chantaje a pagar por la decisión de Iniesta de no continuar en los Consejos su oposición al villazgo de la Minglanilla. Para entonces el poder concejil de la villa de la Minglanilla había cambiado de manos.

El expediente judicial carece de continuidad, tal vez por desestimación del recurso de Minglanilla, que difícilmente podía ir en su letra contra el juramento de sus propios oficiales de 1573 aprobando la concordia, por más que el nuevo concejo minglanillero pidiera la relajación del juramento interpuesto en la dicha escritura de concordia por sus antecesores en el cabildo. Cuando el 17 de diciembre la villa de Minglanilla debe responder al cuestionario de las Relaciones Topográficas encargadas por Felipe II, los oficiales del concejo que responden son aquellos que firmaron la Concordia de 1573, defenestrados al año siguiente y que ahora han vuelto al poder. En la parquedad de las respuestas, ni una palabra de las dehesas o el pinar en litigio con la villa de Iniesta. En las mismas Relaciones Topográficas esta villa reclamará estos términos como propios (3).


Anexo I. Concordia de 9 de marzo de 1573

En la villa de Yniesta nueve días del mes de março año del nasçimineto de Nuestro Salvador Jesucristo de mill e quinientos y setenta e tres, ante nos Andrés de Espinosa, escriuano del ayuntamiento de la dicha villa, e Diego Hernández, escriuano del ayuntamiento de la villa de la Minglanilla, e Lázaro Hernández e Martín Gómez, escriuanos públicos de la dicha villa de Iniesta y de los testigos ynfraescritos pareçieron presentes los muy magníficos señores doctor Çapata, rregidor, Benito Rrisueño, fiel executor de la dicha villa de Yniesta de la una parte, e de la otra el muy magnífico y muy rreberendo señor el maestro Blasco y el muy magnífico señor Pedro Ximénez
de Contreras, alcalde hordinario, e veçinos de la villa de la Minglanilla, por virtud de los poderes que de las dos dicha villas tienen según que están signados e firmados de los dichos Andrés de Espinosa e Diego Hernández que de ellos hiçieron demostraçión e presentaçión que dizen del thenor siguiente  

(a continuación vienen los poderes)

(al margen: concordia) por birtud de los quales todos los dichos señores dixeron que por quanto entre las dos dichas villas a avido e ay pleytos e diferençias que están pendiendo en la Rreal Chançillería de Granada sobre el aprobechamiento de los términos que a la villa de la Minglanilla le fueron asignados por su Magestad e sobre las onçe semanas que ansí mesmo pretende la dicha villa de la Minglanilla le a de guardar la dicha villa de Iniesta e sus vecinos con sus ganados e sobre las dehesas de la Casa el Prado e Nabaço y Puenseca e ansimesmo sobre el término que a la dicha villa de la Minglanilla le fue amojonado por mandado de su Magestad sobre que ay pleyto pendiente ante los señores de su Rreal Consejo de Haçienda e ansí mesmo sobre que la villa de la Minglanilla pretende vender e pinar que está dentro del dicho término que le fue asignado de que tiene fechos la dicha villa de la Minglanilla yntentos e otros rremedios ante su Magestad como todo consta de los proçesos autos e pedimentos o que sobre todo lo susodicho tienen hechos e causados a que dixeron se rreferían por tanto todos los dichos señores por sí en boz y en nonbre de los dichos conçejos e villa e veçinos particulares por servir a Dios nuestro señor y estar en paz y concordia como lo estavan antes y al tienpo e quando la dicha villa de la Minglanilla se exentase de la juridiçión desta dicha villa de Yniesta e por escusar los dichos pleytos e las costas e gastos que sobre ello se podrían e pueden seguir, visto lo mucho que fasta agora en los dichos pleytos se a gastado e las dilaçiones que en ellos se pueden ofresçer y considerado que los fines de los pleytos son dudos e considerado todo lo dicho en la mexor forma que de derecho a lugar se conçertaron e convinieron en esta manera

lo primero dixeron los dichos señores que en lo que toca al pleyto que la dicha villa de la Minglanilla trata con la dicha villa de Yniesta sobre sustentar los mojones en la parte e lugar que de presente están puestos por orden de su Magestad de conformidad de todos se quedaron en la parte e lugar que de presente están

otrosi en lo que toca a el aprovechamiento de los términos de la villa de Minglanilla e Yniesta en todo en quanto dellas se pueda rreçibir aprovechamiento a de ser comunes a las dos dichas villas según e como lo estavan antes que la villa de la Minglanilla se exentase de la juridiçión de la dicha villa de Yniesta con este aditamento que la villa de Yniesta si quisiere cortar pinos en el término de la villa de Minglanilla para sus edefiçios y para otras cosas a de pedir liçençia a la justiçia e rregimiento de la villa de la Minglanilla e a de ser la dicha villa obligada a dársela para el dicho efecto e no para vendellos ni sacarlos fuera del término desta dicha villa e lo mesmo a de haçer la villa de la Minglanilla quiriendo pinos del término de la villa de Yniesta e con la dicha condiçión e para el dicho efeto a de ser obligada la villa de Yniesta a darlos a la dicha villa de la Minglanilla e por consiguienthe fustas para sus lavores e para averiguaçión de cómo los veçinos quieren los dichos pinos para sus edefiçios e otras cosas de aprovechamientos suyos e no para vendellos ni sacallos a de ser probança bastante testimonio del ayuntamiento de la villa donde el vezino el que pidiere la liçençia para los tales pinos e fustas como los a pedido e jurado que no los quiere para sacallos de los términos sino para sus edifiçios e aprovechamiento de las dichas villas e con esta recaudo ninguna de las dichas villas puedan negar la liçençia que por la otra le fuere pedida

otrosi dixeron que si algún vezino de la villa de Yniesta pasare por el término de la villa de la Minglanilla e algún vezino de la villa de la Minglanilla por el término de la villa de Yniesta e quisiere cortar dos exes o dos timones lo pueda haçer sin liçençia del ayuntamiento e justiçia del término donde los cortare e lo mismo se entienda de costillas e orejeras fasta media doçena

otrosi dixeron que en lo que toca al pleyto de las onze semanas que la villa de la Minglanilla pretendía tener contra los vezinos de la villa de Yniesta an de ser los dichos términos como está dicho de suso comunes ansí en las onze semanas como en todo tienpo porque ansí en el pastar como en todas las demás cosas lo an de ser en la forma dicha según como eran antes que la villa de la Minglanilla se hiçiese villa que hera aldea de la dicha villa de Yniesta

otrosi en lo que toca a las dehesas de la Casa el Prado, Navaço e Puenteseca an de quedar para la dicha villa de Yniesta cuyas eran para que las arriende e goçe dellas como antes goçava, vedándolas como solía haçer que es por el día de Nuestra Señora de agosto y el postrero de março luego siguiente goçándolas, desfrutándolas ansí en los pastos como en las lavores sin que ensanche la dicha villa ninguna cosa sino en la forma e orden e por la parte e lugar que estavan amojonadas con aditamento que el rrincón de la Puenteseca que es de la dehesa que diçen de la Puenteseca a de quedar para la villa de la Minglanilla para que se pueda aprovechar della por arrendamiento en la forma que le pareçiere con más que si quisieren ensanchalla dándole de su propio término lo puedan haçer sin que la dicha villa de Yniesta lo contradiga contando que el ensancho que le dieren  no salga de las vertientes del barranco Rruvio que podrá ser un quarto de legua poco más o menos e para la guarda de las dichas dehesas, la villa de la Minglanilla por estar en su juridiçión a de castigar a los que la paçieren o fueren en contra ellas en qualquier manera conforme a las ordenanças que la dicha villa de Yniesta tiene según lo haçía y acostumbraba la justiçia de la dicha villa de Yniesta al tienpo e quando las dichas dehesas estavan en su juridiçión e por las mesmas a de juzgar la justiçia de la villa de la Minglanilla los que quebrantaren sus dehesas

otrosi los vezinos de las dichas villas ana de arrendar dichas dehesas cada villa las suyas entre los dichos vezinos de las dichas dos villas de suerte que no las an de poder arrendar a nenguno que no fuere vezino de la villa de la Minglanilla e de la villa de Yniesta e que no se puedan arrendar en otra manera

otrosi atento que el aprobechamiento del término de las dichas dos villas es común a todos puedan los vezinos de la dicha villa de Yniesta poner guardas en el término de la dicha villa de la Minglanilla e por el contrario la dicha villa de la Minglanilla las pueda poner en el término de la dicha villa de Yniesta con que los que penaren e prendaren e las tomas que hiçieren las ayan de denunçiar en la juridiçión dentro de cuyo término se hiçieren las dichas tomas, esto para que mejor se conserven los montes

otrosi en lo que toca a la pretensión que la villa de la Minglanilla tiene de prender el pinar que esta dentro de su término lo a de vender la dicha villa de Yniesta e la dicha villa de Minglanilla juntamente y de una conformidad y de los mrs. por que se vendieren los dichos pinares ansí sea en poca o en mucha cantidad en una vez o en más y en qualquier tienpo e término de las dichas villas para sienpre jamás sean de por medio para las dichas villas de suerte que an de partir el dinero de por mitad ygualmente

otrosi para auer de haçer la venta del dicho pinar cada vez que se ofreçiere los gastos que se hiçieren en traer liçençia de su magestad para ello an de ser a costa de las dichas dos villas por yguales partes

otrosi la villa de Yniesta a contradicho a la villa de la Minglanilla que no trayga de su magestad el previlegio de su villadgo, agora a de hacer apartamiento de lo que ansí tiene pedido y suplicar a su magestad sea servido de dárselo conforme a la voluntad de la dicha villa de la Minglanilla

otrosi la dicha villa de la Minglanilla para el abasto e carneçería de la dicha villa pueda haçer una dehesa açerca de la dicha villa de la Minglanilla que a de ser desde el camino que va desde la Minglanilla a la Pesquera, desde saliendo de la dicha villa de la Minglanilla y derecho a Enzina de la Hoya Hernando y desde aquí a la Cabeçada del Ballejo la Fuente el Yunco y desde aquí a Oyo del Vallejo la Peñuela por la bertiente adelante a la cabeçada del Ballejo Alonso y desde aquí a la Rrocha de Poueda por mitad del Vallejo de Juan de Valera derecho al camino que va desde Yniesta por junto a la Rranbla Seca e fasta llegar a el dicho camino de Iniesta camino derecho de la Minglanilla y a lo que en esto se obliga la villa de Yniesta es a prestar el consentimiento para lo que le toca e a no contradeçillo

otrosi las tomas de ganados que la villa de la Miglanilla a fecho por rraçón de las onçe semanas a los veçinos de la dicha villa de Yniesta aueriguadas las que son se an de pagar o volver a los veçinos de la dicha villa de Yniesta quien sean, tomado del dinero que se hiçiere del pinar que las dichas villas an de vender en el término de la dicha villa de la Minglanilla pagando de por medio cada una de las dichas villas su mitad

otrosi por maior firmeça y corroboraçión de todo lo dicho e capitulado e para que tenga fuerça e se guarde por ley dixeron que todo lo dicho de suso según que está capitulado se lleve ante su Magestad e señores de su alto Consejo que rreside en la Rreal Chançillería de Granada o en su Rreal Consejo donde más convenga e aya lugar para que vistos por su Magestad e señores de su Consejo se pida e suplique, confirme, aprueve e mande de guardar lo dicho de suso so las penas que de suso yrán declaradas o las que su Rreal Magestad le pareçiere conviene poner y esto lo an de pedir las dichas dos villas y a de ser a costas de ellas por yguales partes 

y con las condiçiones e capítulos en la forma dicha y declarada de suso los dichos señores por sí y en voz y en nonbre de los dichos conçejos veçinos particulares de la dicha villa dixeron que se disitían e apartavan e desde luego se desistieron e apartaron de los dichos pleitos e los davan e dieron por nengunos e de negún valor e efeto... 

La concordia es probada por los dos concejos posteriormente:

  • El concejo de Iniesta la aprueba el 10 de marzo de 1573; están presentes: El licenciado Martínez de Santotis, gobernador del Marquesado de Villena; Juan Núñez y Alonso Castellano, alcaldes ordinarios; bachiller Agustín Montes, Alfonso López, Gil Ruiz de la Cova, Jerónimo de Espinosa, regidores; bachiller Juan López Cantero, Martín Mateo, regidor, Juan Ponce, Juan Mateo, alguaciles mayores, todos oficiales del concejo
  • El concejo de la Minglanilla aprueba la concordia el 15 de marzo de 1573; están presentes: Sebastián del Castillejo, Pedro Jiménez de Contreras, alcaldes ordinarios; Martín Martínez y Martín Blasco, regidores; Martín Blasco y Miguel López, alguaciles; Francisco Méndez, procurador del concejo; Martín Gil, Juan de Cárceles y Diego González, vecinos de la villa

Anexo II. Concejos de Minglanilla e Iniesta

Concejo de Minglanilla de 28 de enero de 1568

Juan Mateo y Benito García, alcaldes ordinarios; Martín Martínez de Almazán, regidor; Martín Ballestero, alguacil; Martín Gómez, escribano

Concejo de Iniesta de 4 de marzo de 1573

Juan Núñez y Alonso Castellano, alcaldes ordinarios; el doctor Zapata, Jerónimo de Espinosa, Gil Ruiz de la Cova, regidores; García Zapata, depositario; bachiller Juan López Cantero, Benito Risueño, fieles ejecutores; Pedro Clemente, Martín Mateo, regidores; Juan Ponce, alguacil mayor.

Concejo de Minglanilla de 7 de marzo de 1573

Pedro Jiménez Contreras y Sebastián de Castillejo, alcaldes ordinarios; Martín Martínez y Martín Blasco, regidores; Martín Blasco y Miguel López, alguaciles.

Concejo de Minglanilla 5 de febrero de 1574

Martín Martínez, Benito García, alcaldes; Andrés García y Benito Briz, regidores; Benito de Briz el mozo y Martín de la Plaza, alguaciles.



(1)  Copia del amojonamiento se conserva en el Archivo Municipal de Minglanilla. Durante la colocación de mojones u representante de Iniesta, fue negando la colocación de cada uno de ellos. Traemos a colación las disputas de dicho amojonamiento
"Y estando junto a la dicha puente el dho señor juez y resçivió juramento de los dichos Diego Simón y Agustín Dejea y Alonsso Merino, so cargo del qual prometieron desir verdad de lo que les fue repreguntado por el dicho señor juez, so cargo del qual el dicho señor juez les preguntó que digan y declaren como se llama aquella puente questa cayda y los susodichos todos juntos dijeron que se llama la puente vieja y así hecha la dicha declaración de los dichos testigos, el dicho señor juez dijo que mandaba y mandó poner dicho mojón a el pie de la dicha Puente Vieja que es por donde pasa el río Cabriel que es el que se contiene y declara en la obligación que en la real comisión de su mgd. se haçe mención y que no envargante que el dicho mojón se pone a el pie de la dicha puente sea entendido y se entienda que a de quedar y queda el dicho río común y que la dicha mojonera va por el dicho rio y el dicho Alonsso Castellanos en el dicho nombre dijo que la puente y lugar donde el dicho señor juez manda poner el dicho veinticinco mojón junto a el dicho río donde dicen ser la puente vieja, dijo que niega ser la parte y lugar donde el dicho señor juez pone el dicho mojón y que es mucho más arriva, más de una legua haçia la parte de la villa de la Minglanilla que ay otra puente y que aquella se entiende ser la puente vieja que su mgd. por la dicha comisión es obligación se hayenencion y que de mandar poner el dicho mojón allí apela de nuevo y para ello ofreçe de dar ynformación dándole término conveniente para podella dar y que de denegalle el dicho término apela y recussa según que apelado y recussado tiene no apartándose de las protestaciones que tiene dichas y declaradas antes les dize y hace de nuevo y lo pide por testimonio testigos los dichos»  (LÓPEZ MONTOYA, Jesús: Origen de los puentes de Vadocañas y Puenseca  http://www.ventadelmoro.org/historia/historia1/puentevado.htm)

El litigio estaba lejos de solucionarse a finales de 1575, según nos narran las Relaciones Topográficas
Hay otra puente arriba en el mismo río, distante una legua que dicen la Puenseca, muy angosta; hasta siete pies, alta sin ningún pretil, rasa, y de un ojo muy delgado, en parte áspera, y entradas para gente de a pie y ganados, de piedra y rajola y yeso, y edificio antiquísimo, (de) que no hay memoria. La Minglanilla que ha poco se eximió de esta villa, pretende que está en su término, y esta villa (Iniesta) dice en el suyo, como lo es, e que ninguno se le dio. Pende litigio. (Relaciones Topográficas de Iniesta, respuesta 22)

(2) Entre los vecinos de Minglanilla, que otorgan su poder a Bartolomé López el mozo, el primero de enero de 1574, están: Andrés Navarro, Martín de Cañizares el mozo, Juan García de Molina el mozo, Martín  García, Pedro García, Andrés García Juan de Gamboa, Juan de Noguer, Miguel Blasco, Benito de Briz el viejo, Benito de Briz el mozo, Pasqual Gómez, Alonso de Poveda, Bartolomé Ruiz, Benito de Peñarrubia, Bartolomé García, Martín de Cañizares el viejo, Martín Cano, Francisco de la Parrilla, Benito Serrano el mozo, Juan García de Molina el viejo, Diego González, Julián López, Juan Ruiz, Pascual  Guerrero, Francisco de Poyatos, Miguel de la Parra, Alonso López Guerrero, Miguel de Palomares, Benito García Guerrero y Juan de Alarcón. Once de ellos sabían firmar

(3) Otra en la Casa El Prado y Navazo, que pretende La Minglanilla ser en su término, como es de esta villa. Litígase (Relaciones Topográficas de Iniesta, respuesta 24)




AChGr. 01RACH/ CAJA 14576, Expediente 3. El concejo de Mingalnilla contra el de Iniesta por cerrar una redonda y prohibir el acceso a sus agostaderos. siglo XVI

sábado, 22 de julio de 2017

El Provencio del siglo XVI, señorío de los Calatayud

saue e a visto que el dicho don Alonso de Calatayud, señor que fue de la dicha villa, y el dicho don Luys de Calatayud su hijo y el dicho don Manuel de Calatayud, cada uno de ellos en su tienpo an tenido e poseydo e tienen e poseen e por suya propia esta villa del Provençio e sus términos e jurisdiçión
http://www.elprovencio.com/
Así manifestaba Pedro Sánchez Carnicero la posesión que ejercían los Calatayud sobre la villa de El Provencio. El dominio de la familia Calatayud sobre la villa de El Provencio era total. La expresión suya propia se traducía en la incorporación y vinculación de los términos de la villa al mayorazgo de la familia, traspasado hereditariamente entre los primogénitos varones. El inicio del dominio de los Calatayud sobre la villa se retrotraía a 1372, cuando el infante don Alfonso de Aragón les había cedido la villa. Los Calatayud poseían derechos reales de la Corona enajenados en su favor, tales como las rentas reales y las penas de cámara. Administraban la justicia de la villa, civil y criminal, de todas las causas en cualesquier cantidad o calidad, a través de un alcalde mayor nombrado por ellos mismos. Imponían penas pecuniarias y corporales y el castigo del destierro.  Nombraban asimismo alcaldes y regidores y al resto de oficiales del ayuntamiento
an executado las penas corporales en los delinquentes con boz de pregonero que manifestaua su delito diziendo esta es la justizia que manda hazer tal señor desta dicha villa y su alcalde mayor en su nonbre, llevándoles las penas en que los condenauan, para ello poniendo alcaldes mayores en esta dicha villa del dicho tienpo a esta parte e nonbrando los alcaldes e rregidores de la dicha villa, desterrando delinquentes e malhechores, volviéndoles a alçar los destierros, teniendo cárçel e horca e cadenas como señores de la dicha juridiçión
El monopolio señorial de la justicia no era absoluto, limitándose a la primera instancia y al derecho a entender también en las apelaciones de las sentencias dadas por los alcaldes ordinarios. No obstante, el rigor en la aplicación de las penas era extremo. El derecho a apelar las sentencias ante los altos tribunales, Consejos o Chancillería de Granada, raramente se ejercía. Al menos de forma individual, pero colectivamente el dominio señorial de los Calatayud fue muy contestado. Y ya no hablamos de la rebelión acaecida en agosto de 1520, con motivo del movimiento de los Comunidades, cuando el pueblo sometió a juicio y desnaturalizó a su señor, don Alonso de Calatayud. Nos referimos a la contestación que provocó el derecho señorial a establecer un diezmo sobre las cosechas o las limitaciones al libre comercio, bien con el establecimiento de estancos o control señorial de las ventas, bien con el cobro de tasas de portazgo a las mercancías de paso por la villa. El llamado diezmo señorial, en realidad derecho de exacción señorial sobre la novena parte de los productos del campo, fue soportado de muy mala gana por la villa. Ya desde 1518, el concejo provenciano apeló este derecho señorial en la Chancillería de Granada, y los pleitos para eximir a la villa del diezmo fueron continuos durante todo el siglo XVI, consiguiendo al menos a mediados de siglo reducir el total de la carga. En 1564 la villa gana ejecutorias en la Chancillería de Granada, reduciendo el diezmo del vino a la quinceava parte. Las sentencias granadinas no parece que fueran respetadas por los Calatayud, y los pleitos continuaron en la Chancillería; esta vez llevados por la mujer de don Manuel Calatayud, doña Margarida Ladrón de Bobadilla.

A pesar de todo, no fue el malestar campesino por el diezmo el que provocaría la rebelión violenta de las Comunidades, sino la obligación de prestar ciertos trabajos forzosos a favor de los Calatayud, cual si fueran nuevas sernas, la ejecución de exacciones arbitrarias y, sobre todo, el establecimiento de estancos sobre la venta de productos; monopolio señorial que sería contestado por la villa ya en 1512. Tenemos que esperar hasta 1591, setenta años después de su fracaso por volver a realengo, para que el concejo niegue la jurisdicción señorial sobre la villa y defienda la elección autónoma de sus propios oficios concejiles. Aunque en los años setenta se conocen los primeros roces por el derecho a la elección autónoma de oficios concejiles sin intromisión de los Calatayud o el alcalde mayor por ellos nombrado.Ya antes, en probanzas de testigos no fechadas existentes en la Chancillería de Granada, pero que deben ser en torno a 1564, los Calatayud debieron probar su señorío y posesión de El Provencio. Paradójicamente con testimonios orales. Al igual que en 1520, el concejo de El Provencio exigió a los Calatayud los títulos que le otorgaban el señorío sobre la villa, que en ambos casos fueron incapaces de presentar. Para entonces la villa ya ha alcanzado sus máximos de población en torno a los cuatrocientos o quinientos vecinos, ha fijado sus términos, olvidando las viejas rencillas, que desde comienzos del quinientos mantenía con San Clemente por la fijación de mojones y por la huida de provencianos hacia tierras de realengo. Entre ambas villas hay una relación de complementaridad en torno al mismo negocio del vino. La animosidad entre las dos villas viene ahora por ser El Provencio lugar de refugio de los sanclementinos huidos de su justicia o por pretender la justicia provenciana entender en los asuntos, que aun desarrollándose en suelo provenciano estaban implicados sanclementinos.

El símbolo de la opresión señorial era la fortaleza, que los Calatayud poseían en la villa. El edificio, al igual que las casas de los vecinos, alternaba en su construcción la tierra y la piedra, aunque la fortaleza presentaba mayor solidez. No obstante, en el tiempo de las Relaciones Topográficas, ya anunciaba ruina. El edificio era especialmente odiado por los provencianos, pues muchos de ellos allí eran encarcelados en condiciones inhumanas en la mazmorra. Las denuncias que tenemos del juicio abierto en 1520 a don Alonso de Calatayud abundan en detalles crueles: presos atados con cadenas, padres encerrados en compañía de sus hijos menores o simplemente niños encarcelados. No eran ajenos los castigos corporales, como bofetadas, azotes o alguna lanzada. En cualquier caso, los años más horribles fueron los de Alonso de Calatayud a la muerte de Isabel la Católica. Su comportamiento con sus vasallos era propio de un tirano. Su gobierno sería recordado por los provencianos como los años malos.

El rigor antiseñorial de los años postreros a la muerte de Isabel la Católica, debió aliviarse a partir del reinado de Carlos V, aprendida la lección de la rebelión comunera. Contribuyó a ello el desarrollo económico de la villa, fundado especialmente en el cultivo de las viñas. A pesar de la endeblez que la imagen del pueblo nos presentaba con sus casas de tierra, pues la piedra únicamente se usaba para asentar los cimientos, con suelos de arenales poco aptos para el cultivo, que no fuera la vid, ni para el ganado, y con inexistencia de montes para aprovechamiento de leñas; pues bien, a pesar de todo ello, El Provencio del siglo XVI era una sociedad relativamente estable. Junto a un tercio de su población jornalera que vivía vendiendo su trabajo, contrasta una mayoría de pequeños campesinos propietarios de tierras y, entre ellos, una minoría que respondían al prototipo de labradores ricos. Como se ha dicho, la base de la riqueza era el vino. Dada la calidad de las tierras el cultivo de tierras de pan llevar era escaso, viéndose los provencianos obligados a comprar trigo en otros pueblos. El movimiento roturador de tierras se vería frenado en 1547 por la desgraciada plaga de langosta que arruinaría la cosecha los dos años siguientes, pero luego los roturaciones continuaron y es aquí cuando surgieron los conflictos con los ganados de la Mesta.

El Provencio soportaba el paso de los ganados trashumantes, que aprovechaban el agua de sus pozos, pero carecía de ganados propios de importancia. La cañada real de los Chorros, que pasaba por la vecina villa de las Pedroñeras, enlazaba, a través de un cordel por el mismo centro del pueblo, con la cañada real de los Murcianos o de las Merinas que atravesaba el sur del término provenciano, uniendo la mencionada cañada de los Chorros con la de los Serranos. Las relaciones entre agricultores locales y los pastores mesteños fueron muy tensas durante el siglo XVI por el rompimiento de tierras de los primeros y llevaron a la villa a entablar constantes pleitos con la Mesta. En 1572, los deseos de extender los terrenos de labrantío chocaron con la Mesta que obtuvo ejecutoria favorable. El pleito se había iniciado cuando en 1567 Francisco Pérez Pellejero había roturado un pedazo de tierra para plantar viñas en un cordel, perteneciente a la cañada de los Serranos, de uso de los ganados trashumantes (1). Para estas fechas los contenciosos con la Mesta se ha generalizado con continuos litigios por los rompimientos de tierras en torno a las cañadas de Las Pedroñeras, Santa Catalina y San Cristóbal. Estos pleitos con la Mesta, junto a lo mantenidos con los Calatayud, serían traídos a colación por la villa como causa de su ruina.

No hemos de pensar que el bienestar campesino se correspondía con sumisión al señor. Aunque no conocemos la existencia de disturbios campesinos, las diferencias, tal como hemos reflejado, y analizaremos en estudios ulteriores, se litigaron entre la familia Calatayud y los provencianos en la Chancillería de Granada. Si la población más pobre buscaba con la huida a San Clemente, saltarse la prohibición de fijar libremente por cada cual su residencia, los campesinos acomodados siempre pusieron en cuestión la existencia del diezmo señorial. Muestra del odio y de los solos que se encontraban los Calatayud es que tuvieron que buscar la mayoría de los testigos favorables a su parte en los pueblos comarcanos con motivo del pleito de 1518. En realidad, los provencianos veían a los Calatayud como un estorbo. La imposición de tasas de portazgo por los Calatayud entorpecía el libre comercio, vital en una villa sita en el camino que del Reino de Toledo iba hacia Murcia. Esta posición privilegiada en el itinerario de los caminos se convertía en desgracia para la población, obligada a soportar la presencia y temporal manutención de las compañías de soldados, reclutados en tierras manchegas y rumbo a embarcarse en el puerto de Cartagena hacia Italia. Los soldados, alojados en el mesón del pueblo y en las casas particulares, solían pernoctar en la villa, antes de dirigirse de madrugada rumbo a Minaya, continuando su camino. Para 1591, como nos muestra el memorial elaborado con motivo del servicio de millones, la villa muestra ya sus primeros síntomas de crisis.



ANEXO I. Declaración de testigos de 1518, favorables a Alonso de Calatayud

Álvaro Ruiz, escribano, vecino de San Clemente, 75 años
Pedro Martínez, pastor, vecino de San Clemente, 58 años
Juan Ramírez Merchante, vecino de San Clemente
Alonso Pérez Tendero, vecino de San Clemente, 60 años
Martín González de Cazorla, vecino de San Clemente, 50 años
Juan López Cantero, vecino de San Clemente
Martín Ruiz de Villamediana, vecino de San Clemente, 56 años. Martín, el futuro fundador del convento de clarisas, es alcalde por el estado de los hijosdalgo este año de 1518. Creemos que, a pesar del pleito entablado por los hidalgos en la Chancillería de Granada y de los procesos inquisitoriales contra los Origüela, los oficios todavía estaban en manos de los pecheros en la villa de San Clemente,, aunque es posible que los hijosdalgo se hicieran momentáneamente con la mitad de los oficios por auto favorable de la Chancillería, luego recurrido. El clima de tensión de estos años previos nos ayuda a explicar el carácter virulento de la rebelión de las Comunidades en la zona.
Juan Sánchez de las Mesas, tejedor de cordellates, vecino de San Clemente, 60 años.
Alonso Sánchez Mancheño, vecino de San Clemente, 57 años
Alonso González de Huerta, vecino de San Clemente, 59 años
Lope de Mendoy, vecino de San Clemente, de 60 años
Hernando de Peralta, vecino de Cañavate, de 84 años
Diego Pacheco, vecino de Buenache, de 80 años
Alonso Ortiz, vecino de El Pedernoso, de 69 años
Alonso Martínez de la Parra, alcalde, vecino de El Provencio, de 63 años
Juan Martínez de la Parra, vecino de El Provencio, 60 años
Álvaro de Villoldo, vecino de Villarrobledo, 60 años
Llorente Martínez de la Parra, vecino de Villarrobledo, de 62 años
Alonso Llorente, vecino de Villarrobledo, de 58 años


                                                              *******

Tabla genealógica de la familia Calatayud. RAH. Signatura: 9/304, fº 246 v



                                                             *******

(1)  Provencio (Cuenca). Ejecutoria contra la villa de Provencio sobre roturas en la cañada.
Archivo Histórico Nacional, DIVERSOS-MESTA, 166, N.2


ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA (AChGr). 01RACH/ CAJA 5355, PIEZA 8 Pleito entre Manuel de Calatayud con el concejo de la villa sobre jurisdicción.

sábado, 15 de julio de 2017

De un mercader portugués en Santa María del Campo Rus

En Cubillán, Portugal, a seis leguas de Guarda, nació Florinda, la hija del conde don Julián, llamada por los árabes la Cava, y por quien el último rey visigodo, don Rodrigo, perdió el entendimiento y también el Reino. En Cubillán, villa industriosa en la fabricación de paños, nació también, pero casi novecientos años después, Clara Rodríguez, una judía conversa,  que convencería a su marido Pedro López de Acosta para abandonar el Reino de Portugal. No sabemos el periplo del matrimonio, aunque en 1591 están instalados, desde hace ya veinticinco años, en la villa de Santa María del Campo Rus como mercaderes con tienda propia.

Iglesia de San San Silvestre en Cubillán
http://covilhasubsidiosparasuahistoria.blogspot.com.es/
Cubillán era una villa de la provincia de Beira. Destacamos este dato, porque de esta comarca procedía un grupo de mercaderes portugueses de origen converso que acabarían asentándose en el sur de la provincia de Cuenca.

Pedro López de Acosta y su mujer Clara, hija de otro mercader llamada Diego Rodríguez, fue uno de esos conversos, que llegados de Portugal se asentaron en el sur del obispado de Cuenca y, aprovechando la amistad con otros factores portugueses, vendían en esta zona las mercancías, sobre todo telas y lienzos, aunque también especias, que ya compradas en las ferias regionales o ya introducidas en el mercado nacional desde los lugares más distantes de Europa y el mundo, acababan en las tiendas de estos portugueses. Pedro López de Acosta tenía su negocio en unas casas compradas al escribano Juan Muñoz, situadas en un lugar de la villa bien situado para los tratos, alinde de las del clérigo Martín Ruiz, junto al horno de la Torre. El precio que pagó por esas casas fue de doscientos diez ducados y parece, que atisbando el peligro que corría, intentó venderlas por cien ducados más a otro vecino del pueblo llamado Martín de Buedo Hermosa. Era un hombre industrioso, hábil e inteligente en todo tipo de tratos y granjerías, pero ocupaba el punto final de una cadena, la venta al detalle en unas casas habilitadas como tienda, de un comercio cuyas redes estaban integradas en los circuitos internacionales que iban desde las especias de las Molucas a los paños y telas de Holanda o el azafrán local. De la prosperidad del negocio dan fe los quinientos ducados que Pedro ganó en los seis años que fue propietario de las dichas casas. De las casas se aprovechaba todo, incluso el agua del aljibe, cuya venta les procuró algún día quince reales de ganancia al matrimonio portugués. Su tienda ocupaba un lugar privilegiado en Santa María del Campo Rus, en la plaza del pueblo y cercana a la Iglesia, lugar de paso, donde acudían a comprar las mujeres del pueblo
por estar las dichas casas en el mejor puesto de toda la villa para su trato de lençería por estar junto a la yglesia y la plaza y en el paso más común de las mugeres vendía mucha más mercaduría de la que vendiera en qualquier otra parte del lugar y asy tubo grandísimo aprovechamiento y utilidad
Iglesia derruida Santa María del Campo Rus
Pedro López de Acosta había llegado a la Mancha conquense, en contra de lo que pudiera parecer, mucho antes de la integración de Portugal en la corona hispánica. A decir de un testigo, hacía treinta años, por el año 1565. Sus primeros tratos habían sido la venta de machos y mulas (negocio con el que seguiría después). Su éxito como tratante le dio cierta respetabilidad en el pueblo, donde le fue concedida vecindad. Deseoso de lavar su imagen de judío converso, consiguió ser aceptado en la cofradía de la Sangre de Cristo, donde llegó a ser mayordomo, y participar en las suertes para la elección de alcaldes ordinarios. Justamente cuando estaba a punto de integrarse en la sociedad santamarieña fue denunciado, dando con sus huesos en la cárcel del Santo Oficio de Cuenca.

Pedro López de Acosta fue condenado el 22 de noviembre de 1596 por sentencia del Tribunal de la Inquisición de Cuenca. Para entonces ya había muerto en las cárceles inquisitoriales; en el cadalso que se levantó en la Plaza Mayor de la Ciudad de Cuenca, escuchando la sentencia condenatoria de herejía y apostasía estaba, en su lugar, una estatua, pero también sus huesos desenterrados. Todos su bienes fueron secuestrados. La Inquisición le acusó de cometer delitos de herejía desde veintitrés o veinticuatro años atrás. Allí también estaba presente su viuda, Clara Rodríguez, que en una sentencia más benigna fue reconciliada y admitida de nuevo en el seno de la Iglesia católica, aunque ya procuró el Santo Oficio que perdiera todos sus bienes.

El expediente estudiado, tangencialmente, nos muestra otra realidad. La de la villa de Santa María del Campo Rus endeudada por la toma de censos. Ya nos hemos referido al censo de dieciséis mil ducados tomados por la villa para comprar su libertad de los Castillo Portocarrero. Ahora la villa, el catorce de marzo de 1584, toma un nuevo censo por valor de 2600 ducados, prestados por un rico de Sisante, llamado Pedro Girón. No sabemos la finalidad de este censo, pero para hacer frente al pago de dicho censo, el concejo de la villa los volvió a prestar a numerosos vecinos por un interés mayor, que obligados a devolver las cantidades prestadas dos años después facilitarían a la villa la redención del censo, al tiempo que obtenía beneficios con los réditos pagados por los vecinos a un interés mayor. Uno de los vecinos que obtuvo crédito de la villa fue el escribano del número y ayuntamiento, Juan Muñoz, que recibiría 210 ducados. Como prenda de dicho préstamo hipotecó su casa, que con sus cargas, sería la que vendió al portugués Pedro López de Acosta. Inteligente como era el mercader portugués se comprometió con el escribano a adquirir la casa con un valor de venta equivalente a la redención del principal del censo y los réditos anuales del mismo. Satisfechas estas cantidades en su totalidad se haría con la plena propiedad de las casas. Obligado a pagar los 210 ducados del censo en 1591 al concejo de la villa, el portugués, viendo la oportunidad de negocio o la amenaza inquisitorial, decidió vender su casa a Martín de Buedo, por 315 ducados. Quizás el delator del portugués fuera el propio Juan Muñoz, envidioso de ver cómo el portugués había acumulados una riqueza de 500 ducados en su antigua casa de morada y ahora pretendía conseguir otros cien más con su venta.

Pedro López de Acosta, perdería sus bienes, confiscados por el Santo Oficio. Juan Muñoz perdería el pleito en el Consejo de la Suprema de la Inquisición para hacerse con sus antiguas casas. Pero los portugueses y sus tratos no desaparecieron de la comarca. Dos décadas después, durante la apertura del reinado de Felipe III, los portugueses aparecen de nuevo en escena. Esta vez, ya no es el viejo tratante de mulas el que resucita, sino el Pedro López de Acosta, que posee tienda propia. Los nuevos mercaderes portugueses de la mano de Simón Rodríguez el gordo, afincado en San Clemente, insertan a toda la región en los intercambios comerciales internacionales. De nuevo, la Inquisición cortó de raíz esta primavera y despertar mercantil.



Anexo I. Concejos de la villa de Santa María del Campo: oficiales del ayuntamiento

Concejo de Santa María del Campo, 9 de mayo de 1591

Fernando Piñán Castillo, alcalde ordinario por le estado de hijosdalgo, Alonso Galindo Castillo, Juan Hernaiz, Alonso Montejano, Juan Rubio, Domingo Pérez, Diego González, Jerónimo de Toro, regidores

Concejo de Santa María del Campo, 28 de septiembre de 1596

Juan de Luz y Andrés Martínez de Campos, alcaldes ordinarios; Hernando Gallego Patiño, Alonso Galindo Castillo, Juan Rubio, Diego Delgado, Alonso de Polán, regidores


Concejo de Santa María del Campo, 4 de abril de 1598.

Fernando Piñán Castillo, alcalde ordinario por el estado de los hijosdalgo; Pedro Galindo Puerto, alcalde ordinario por los pecheros; Juan Hernaiz, Juan de Cuéllar, Alonso Galindo Castillo, licenciado Alonso Montejano, Miguel López, Alonso de Polán, Juan Rubio, Diego González, regidores

Concejo de Santa María del Campo, 9 de mayo de 1598

Fernando Piñán Castillo, alcalde por los hijosdalgo, Alonso Galindo, Juan Hernaiz, Alonso Montejano, Juan Rubio, Domingo Pérez, Diego González, Jerónimo de Toro, regidores



Anexo II. Testigos de la probanza pedida por Juan Muñoz, escribano, ante el cura licenciado Mendiola

Cristóbal de Chaves, 65 años, de oficio albañil
Alonso Montejano, 71 años, regidor
Francisco de Torres, 47 años
Juan de Luz, 42 años
Bartolomé Ruiz, 33 años, de oficio albañil
Alejo Galindo el viejo, 65 años
Martín Esteban, escribano, 54 años



Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 4532, Exp. 9. Pleito fiscal de Juan Muñoz

domingo, 9 de julio de 2017

Fray Julián de Arenas, guardián del convento de San Francisco de la Observancia de la villa de San Clemente

Fraile franciscano. Rembrandt
Corría el Corpus de 1719 cuando Fray Julián de Arenas subió al púlpito de la iglesia parroquial de Santiago de la villa de San Clemente. Con él se iniciaba el primero de los sermones de la octava del Corpus de ese año. El franciscano comenzó su discurso reconociendo la dificultad de articular palabra ante el esplendor del Santísimo Sacramento presente en el altar mayor. Era simple argucia para iniciar un discurso cuyas implicaciones teológicas provocarían un terremoto en la villa de San Clemente. Mudo se quedaba el fraile al igual que, tal como explicaba, mudo se quedó San Juan, cuando, junto a la Virgen María, a los pies de Cristo en la Cruz, escuchó de su boca el mulier ecce filius tuus ... ecce mater tua. ¡Y más le hubiera valido callarse! Pero no lo hizo, continuando con unos razonamientos teológicos que seguramente casi ninguno de los presentes entendía. Pero entre los feligreses aquel día había un carmelita descalzo que pronto se dio cuenta del peligroso zarzal donde se estaba metiendo el franciscano.

Apenas hacía cincuenta años que los carmelitas descalzos se habían instalado en la villa de San Clemente. En un principio dos o tres frailes carmelitas descalzos se habían instalado en la hospedería de monjas de la misma orden, administrándoles la confesión y demás sacramentos. Pero en agosto de 1670 los carmelitas consiguieron licencia del cabildo sanclementino para instalarse en la villa. El pueblo se dividió en dos sobre la conveniencia o no de un nuevo convento. A la cabeza de los opositores, los franciscanos observantes que se echaron literalmente a la calle para obtener los apoyos de los vecinos contra los carmelitas. Ya en 1662 habían conseguido evitar el traslado de los carmelitas calzados de la Alberca alegando la superabundancia de doctrina en la villa. Ahora, las razones eran bastante prosaicas: en la villa, empobrecida y necesitada, no había lugar para sustentar a dos conventos de frailes, y menos para un convento que no admitía la posesión de bienes raíces para su sustento (condición que pronto incumplirían, pues poseían tierras en la Alberca y huertas junto al convento de monjas carmelitas). El pueblo se dividió en dos. Las familias tradicionales, encabezadas por los regidores José Rosillo, Pedro de Oma, Bernardo de Oropesa y Francisco Pacheco, se opusieron a las pretensiones carmelitas; Francisco Caballón, Juan de Ortega, Antonio Sanz de los Herreros y otros dieron su voto favorable al establecimiento de la orden. Las razones declaradas de los opositores eran que había ya demasiado monje para tan escasa vecindad de 800 vecinos. Las razones profundas eran otras: los derechos de patronazgo y control que de hecho ejercían las viejas familias sobre los franciscanos, en cuyo estudio de gramática formaban a sus hijos, y cuyos conventos eran lugar de enterramiento de sus familiares. Recordemos que familias como los Pacheco tenían capilla propia en el el convento de monjas clarisas y que habían heredado el patronazgo de los Castillo sobre el ochavo del convento de Nuestra Señora de Gracia.

Los carmelitas ganarían la batalla en 1673, poniendo al año siguiente la primera piedra de su convento, que para 1687 ya estaba terminado y erigido. Los derrotados eran los franciscanos observantes que, llegados a la villa en 1503, vieron cómo se establecían nuevos rivales. Curiosamente el caballo de Troya de los carmelitas para introducirse en la villa había sido un fraile de la familia de los Pacheco, el padre Juan de Jesús María. Hecho poco significativo, pues los Pacheco andaban a la gresca entre ellos, divididos en tres ramas familiares, por la herencia del mayorazgo. La tensión entre los frailes es muestra de la tensión que se vivía en la villa de San Clemente, donde la decadencia del pueblo iba acompañada de una crisis social e institucional con las principales familias de la villa enfrentadas. Es en este contexto en el que produce en 1672 el asesinato de de Juan de Ortega y Agüero, de la rama santamarieña de esta familia, que ocupaba el alguacilazgo mayor de San Clemente. En el asesinato participaron Antonio de Oma y Villamediana y Juan Rosillo, entre otros. Las élites dirigentes del pueblo se recomponían a cuchilladas y la villa se deshacía con sus campos arruinados. Sobraban hidalgos y monjes y faltaban manos para el trabajo en el campo. Venían monjes y se iban agricultores. La transformación que se estaba produciendo era radical. Los orgullosos hidalgos sanclementinos, tan advenedizos como arruinados, se establecían en la calle Boteros. El poder compartido por cualquier advenedizo a la riqueza o persona talentosa, se cerraba ahora, anunciando el señorío de los Valdeguerrero y de los Oma. Los viñedos se arruinaban y con ellos los agricultores. El agricultor devenía en pobre,  endeudado, vendía sus tierras; la propiedad se concentraba en pocas manos. La ruina de la villa era la ruina de sus agricultores y artesanos, que cayendo en la pobreza pronto se convertirán en el lumpen,  transformados en el siglo XVIII en masa de jornaleros, proveerán de brazos para el campo al servicio de los nuevos amos, una nobleza regional, cuyos intereses y propiedades escapan de los límites de las villas. El proceso de transformación fue trágico en el reinado de Carlos II: masas de pobres en las villas más populosas del Marquesado, sin oficio ni beneficio, huían hacia el Reino de Valencia; surgían nuevas aldeas, las llamadas Casas, levantadas por esta masa depauperada que ofrecía sus brazos para cultivar unos campos abandonados. La pequeña corte manchega se rendía ante el campo, único remedio con sus frutos de la pobreza, pero propiedad de la tierra y trabajo se habían divorciado definitivamente. Es en esta situación de pobreza donde aparecen los carmelitas descalzos. En un principio simples confesores de monjas, ocuparon el espacio abandonado por los frailes franciscanos, que no era otro que el cuidado de una masa de pobres desvalidos y enfermos. Los carmelitas descalzos ayudaron a vertebrar una sociedad descompuesta por el hambre y la guerra, dirigiendo el proceso social que conducía a la conversión de los marginados en jornaleros al servicio de los Oma, Valdeguerrero o Melgarejo. Ni siquiera fueron conscientes estas élites de un proceso del que salieron como grandes beneficiarios. Daba igual: un Marqués de Valdeguerrero se presentará como vencedor de los campos de batalla, pero quien realmente había ganado era su antecesor Rodrigo de Ortega, sin necesidad de salir de su pueblo. La reconciliación del moribundo don Juan de Ortega con su asesino don Antonio de Oma Villamediana adquiere una simbología manifiesta.

Los franciscanos, que convirtieron su convento en estudio de gramática prestigioso, formaban a las familias sanclementinas de una sociedad abierta, pero en la medida que esta misma sociedad se cerró, se hizo más desigual y la permeabilidad entre los diferentes estratos sociales desapareció, la labor educativa franciscana se hizo innecesaria. Su educación devino en escolástica cada vez más incomprensible y, en lo que podía tener de inteligible, peligrosa, pues introducía cuñas en un orden mental muy cerrado. Había otra razón más: la labor educativa de los franciscanos en el siglo XVI se había visto sustituida por los jesuitas desde la fundación de su Colegio. Los franciscanos caminaban por los derroteros de la  marginalidad como lo hacía la sociedad sanclementina.

El convento de los frailes había nacido con el despertar del pueblo y con sus limosnas; pronto había sustituido como lugar predilecto de enterramiento para las familias a la iglesia de Santiago; la última voluntad de los sanclemetinos, aquéllos que podían, era enterrarse con el hábito y el cordón franciscano, y que una comitiva de observantes siguiera su ataúd. Encomendar las últimas voluntades y las donaciones a los franciscanos les daba demasiado poder y secretos para dominar la sociedad sanclementina. Con la rivalidad jesuita, el estudio de gramática franciscana se reconvierte en un centro de formación superior en artes, filosofía y teología. Cuanto más complejos se hacían sus estudios más se aislaba el convento del pueblo. Cuando hacia 1670 el convento se reforma, ningún vecino aporta un solo real de los 8.000 que vale la obra. Hasta su patrona, la Marquesa de Valera, se negará setenta años después a financiar las obras necesarias para su reconstrucción. Los otrora cuarenta monjes, ahora reducidos a la mitad, entablan pleitos con sus patrones e inician durante todo el siglo XVIII una andadura propia.

Es en este contexto, un convento aislado de los centros de poder, cuando se inicia el proceso inquisitorial contra el guardián del convento: Fray Julián de Arenas. La octava del Corpus era una fiesta, que salvo en algún pueblo, ha caído hoy en desuso en España; comenzaba el sábado siguiente al jueves del Corpus. El sermón de la noche del sábado marcaba el inicio de las fiestas, al que seguían representaciones religiosas de carácter alegórico y otras más profanas de carácter lúdico. El año de 1719, el sermón correspondió al guardián del convento de Nuestra Señora de Gracia. Fray Julián de Arenas hizo gala de la formación teológica de su orden y la suya propia, con fama de hombre sabio y docto, graduado por la Universidad de Salamanca. Ante el monumento eucarístico levantado en el altar el fraile reconoció quedarse sin palabras, tal como enmudecido se había quedado San Juan escuchando la Tercera de las Palabras de un Cristo agonizante en la Cruz.
a vista de Cristo sacramentado, los sentidos se entorpecen, los ojos ven y no ven, los oídos oyen y no oyen y la lengua habla y no habla
La parangone intencionada le llevó a la formulación de una proposición, que tal vez inadvertida para el público, no pasó inadvertida a los monjes carmelitas descalzos presentes en el coro:
la 1ª, citando a su doctor seráfico (San Damiano), que aquellas palabras Mulier ecce fillius tuus fueron efectivas y que hicieron en la realidad lo mismo que hacen estas: hoc est corpus meum; pasa a ser la susbtancia de pan substancia de Cristo, quedando solo los accidentes, así por virtud de aquellas Mulier ecce fillius tuus pasó realmente la substancia de Juan a ser substancia de Cristo, quedando solos los accidentes de Juan
La 2ª que mediante la transubstanciación que así mismo afirmó haber habido pasó San Juan a ser hijo natural de María  
Entre los presentes en el sermón estaba el carmelita descalzo fray Cristóbal de la Concepción, que el 24 de junio se presentó ante el Santo Oficio denunciando tales proposiciones heréticas tanto por su contenido como por sus consecuencias. A juicio del carmelita con la transubstanciación de Cristo en San Juan antes de morir y el reconocimiento de este último como hijo de María, se reconocía que la Virgen había tenido dos hijos naturales, Cristo y Juan. Escándalo doble, pues siendo España (y aún más la villa de San Clemente) como era en aquella época defensora del dogma de la Inmaculada Concepción, reconocía a San José como padre, ya no putativo de Cristo, sino natural de dos vástagos.

Tales disquisiciones teológicas eran ajenas al pueblo que asistió al sermón del Corpus sin enterarse mucho del contenido. Pero vigilantes en el coro estaban el citado fray Cristóbal de la Concepción, otro carmelita llamado fray Francisco de José y María y el padre Miguel Pérez, vicario de las religiosas trinitarias. En seguida se pusieron de acuerdo con el cura del pueblo para reconvenir al franciscano, encargando al vicario trinitario primero que se hiciera con el sermón y luego a don Gaspar Melgarejo la misión de conseguir del religioso que se retractara de sus palabras.

No cabe duda que el sermón de fray Julián pasó sin pena ni gloria ante unos feligreses que no entendieron palabra del mismo. Incluso el teniente de cura Alonso de Sevilla reconocía que San Pedro Damiano y el tema de la transubstanciación era algo incomprensible para él. Aunque también reconocía como los carmelitas aprovechaban sus momentos de relajo a la fresca por las noches para divagar sobre el sermón y encontrar nueva materia de acusación contra el franciscano. La suspicacia carmelita, una vez conseguido el sermón escrito, se encaminaba por denunciar asimismo, tras concienzudo análisis caligráfico, como el guardián había adulterado el texto del sermón para suavizar sus palabras. También tenía dudas don Gabriel Fernández de Contreras, cura del pueblo, sobre que el franciscano hubiera cometido herejía en sus palabras, pues similares proposiciones las había escuchado de joven en la universidad de Alcalá. Ya se encargaron los carmelitas de ganarse la opinión del cura mandando a convencerle a don Gaspar Melgarejo. El cura ya había llegado a un compromiso con el fraile para que retractándose con una corrección de términos salvara su honor y su autoridad. Era una corrección jurídica más que teológica, insinuada por la formación de jurista del cura, licenciado en Leyes por Alcalá. Justamente para eso había ido Gaspar Melgarejo a casa del cura, para recordarle que el tema iba a acabar en el Santo Oficio y allí tendría oportunidad de demostrar sus consejos de jurista.

Ante las dudas de los curas, los carmelitas no dudaron en buscar el apoyo de la sociedad civil de la época, y qué mejor apoyo que don Félix Manuel Pacheco de Mendoza, el cual en su declaración hizo un alarde de Teología que debió sorprender a los propios inquisidores. Advertía don Félix que la Iglesia no podía permitir la existencia de dos Santísimos Sacramentos. ¿Acaso habrían de comulgar los fieles con dos Hostias, una con el cuerpo de Cristo y otra con el de San Juan? Ni don Gaspar Melgarejo Ponce de León fue tan radical en sus afirmaciones. Sin duda, muy inferior intelectualmente a fray Julián, se dejó ganar en su opinión, pero pronto le pondrían en su sitio los carmelitas amenazándole si persistía en su actitud tibia con la excomunión.

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Las posturas eran entre carmelitas y franciscanos irreconciliables. La declaración de guerra era total. Fray Julián de Arenas, olvidando la actitud tibia de un principio se preparó para la confrontación. En el pueblo no había cabida ni coexistencia entre las dos órdenes. El guardián volvió provocadoramente a pronunciar otro sermón en el mismo término que el del Corpus el primer domingo de octubre en la parroquial de Santiago y, allí mismo, invitó a todo el pueblo, incluido sus enemigos a un nuevo sermón para el cuatro de octubre, celebración de San Francisco de Asís,, en el convento de Nuestra Señora de Gracia. Fray Julián de Arenas, se quitó la piel de cordero y lanzó toda el poder de su oratoria contra la comunidad carmelita
los delatores eran unos ignorantes, idiotas e imprudentes, nuevos teólogos y nuevas columnas de la Iglesia
Durus est hic sermo, añadió, dando a entender que sus enemigos carmelitas eran duros de mollera, burlándose de sus dotes intelectuales, comparándoles con el tonto del pueblo
miren señores, Agustinico, ese que va por las calles,a saber señor uno del todo fatuo, no hubiere hecho el reparo en cosa tan trivial y común
Es más, fray Julián se reivindicó a si mismo. Él, padre guardián del convento, era mucho hombre en aquel puesto para necesitar defender sus proposiciones con padrinos. Esta última palabra era clara afrenta a todos aquellos que habían firmado contra él, a los que acusó uno por uno:  a los consabidos carmelitas, añadió al rector de los jesuitas y a varios miembros de la sociedad civil, entre ellos a don Antonio Pacheco, al síndico Francisco López, al cirujano Antonio Martínez, a Custodio el boticario o a los licenciados Parra, Sevilla y Pedro Yuste. Los estratos medios de la comunidad sanclementinos, a la sombra del poder, se decantaban por los carmelitas.

Fray Cristóbal de la Concepción y su compañero fray Mateo del Espíritu, prior de la congregación, recordarían ahora un decreto de 9 de marzo de 1634, que castigaba a aquellos religiosos que injuriaren a otros miembros de comunidades religiosas. Respecto a las proposiciones heréticas, afirmaba que por más que los hombres doctos de la Iglesia habían filosofado sobre el mulier ecce filius tuus, esa divagaciones debían quedar en el seno de la Iglesia, pues expuestas ante un pueblo ignorante y analfabeto podrían dejar en muy mal lugar a San José, a la Virgen, al mismo Cristo y, en menor medida, a Zebedeo, tenido por padre natural de San Juan. En el fondo, lo que se estaba poniendo en cuestión era el dogma de la Inmaculada Concepción, que el mismo Vaticano solo reconocería en 1855, pero que España ya defendía a ultranza, aunque con la incredulidad de los franciscanos. Muestra de esta resistencia franciscana al dogma es que el Santo Oficio había condenado hacía poco a otro franciscano en Guadalajara por palabras similares a las de fray Julián. Pero sobre todo, el conflicto religioso tenía un fuerte matiz social. Fray Julián de Arenas denunciaba a los carmelitas por intentar suplantar la inteligencia del pueblo, cuya voz y pensamiento se arrogaban. Esa transubstanciación de la inteligencia del pueblo sí que era peligrosa, pues el mismo Cristo había bajado hasta el pueblo predicando en el lenguaje común de las parábolas.

Permítanme el atrevimiento, pero este fray Julián se adelantó con su discurso a esa obra maestra de la literatura universal, inserta en los Hermanos Karamazov de Dostoievski, que es La leyenda del Gran Inquisidor. Este es el gran debate. Fray Cristóbal de la Concepción asume el papel de Gran Inquisidor; Fray Julián de Arenas el de Jesucristo que vuelve de nuevo a la Tierra y ya no reconoce en su Iglesia la religión natural que siglos atrás predicó. Fray Cristóbal defiende que los pobres han de seguir siendo ignorantes, pues sapientes serían desgraciados e infelices. Fray Julián responderá a los carmelitas con el valor del silencio; al igual que Cristo fue mero espectador silencioso ante el discurso del Inquisidor dostoievskiano,  fray Julián permanecerá mudo ante el Santísimo Sacramento como mudo se quedó San Juan al escuchar la Tercera Palabra y mudo permanece el pueblo. La palabra obra en poder de los carmelitas, pero no es la inteligencia lo que han arrebatado al pueblo sino su ignorancia, reduciendo su saber a sus esquemas y arrebatándole el pensar por sí mismo. Por eso, los carmelitas se asemejan al Agustinico, aunque al menos el tonto del pueblo tiene ese don de la locura que le falta a los carmelitas y es motivo de diversión para los críos.

El debate del carmelita y del franciscano es de sustancia y no de meros accidentes, pues es un debate que tiene su raíz en la reafirmación del franciscano a no renunciar a su libertad. La libertad del fraile, como la de cada uno de los vecinos sanclementinos, no es renunciable en esos garantes del orden social que son los carmelitas. Fray Julián se queda solo, incluso es traicionado por un compañero de orden, fray Miguel Herrera, confesor de las clarisas. El rector de los jesuitas, el padre Juan Martínez Clavero, también se posiciona en su contra. Fray Julián los sabe. No en vano ha sido el jesuita el que con motivo del sermón del Corpus murmuró aquello de ¡vaya, nos han añadido un nuevo sacramento!, y posteriormente eso otro de dura, dura es la proposición. El guardián no se muerde la lengua y es contra el jesuita contra el que van las palabras de durus est hic sermo. El debate sube de nivel y el jesuita lo sabe, reconociendo la superioridad intelectual del franciscano. No discurro inteligencia en otro clérigo, que no sea usted, le dirá a fray Julián.

Hoy nos rendimos ante la valentía del padre Arenas. Emotivas resultan las palabras con las que comenzó su sermón en el convento de Nuestra Señora de Gracia, tras la lectura del Evangelio
es cierto tenía ánimo de asentar la mano y ensangrentarme, mas me han pedido que no me enoje y he de cumplir la palabra, que es fuerte rigor haber uno de venir a reñir y decirle esté templado
la moderación del sermón fue acompañada de un torbellino de citas de doctores de la Iglesia, pues en palabras del guardián con el calor de los libros se aprendía, que apabulló a los carmelitas descalzos
han perdido de su estimación, crédito y buena opinión los padres carmelitas, y más entre la gente común, que entre ellos se habla todo lo declarado como entre los primeros de esta villa
El sermón se pronunció en la Iglesia de San Francisco, la más querida por el pueblo, llena a rebosar por los vecinos de San Clemente, cuya voluntad supo ganarse el padre guardián. Así lo reconocía el vicario de las trinitarias, pues este sermón, sin poner en duda ningún dogma de fe, se había ganado al pueblo, ya que ponía en duda el mismo principio de autoridad. Muestra de que el debate había bajado al pueblo es que la discusión escapó del ámbito de la villa de San Clemente. Los carmelitas acudieron a buscar apoyos a la vecina Santa María del Campo, donde se encontraron con una respuesta no esperada del trinitario padre Alarcón
¿qué cuidado les da a ustedes que María Santísima tenga dos hijos naturales, por ventura han de sustentar a alguno?
Esto ya era inaceptable, del debate teológico se había pasado a la incredulidad. El pirronismo ganaba adeptos en tierras manchegas. Una ola de solidaridad se extendió en el pueblo en favor de Fray Julián y señalando a esos Judas de los carmelitas que delataban a un convecino. En su delirio, el franciscano había llegado a asumir el papel de Jesucristo; al igual que éste, cuando los judíos le pedían milagros, el padre Julián respondía a sus interlocutores tratándolos como gente depravada y adúltera. De los apoyos del franciscano entre el pueblo llano no cabe duda. Gabriel Díaz, de oficio labrador, no se mordió la lengua a la hora de defender al fraile ante el Santo Oficio
se alegró este testigo el oírlas (las proposiciones del fraile) por si alguno dándose por sentido, sacaba la cara a defenderla
Tales desacatos no podían quedar sin respuesta. Ya lo decía don Rodrigo de Ortega, principal de la villa, aseverando que hay cosas delicadas que no se pueden predicar desde el púlpito. El Santo Oficio mandó a Pedro de Losa, comisario de Minaya, a hacer averiguaciones  a la villa de San Clemente, informaciones que prepararon los cargos que el fiscal elevó a los Inquisidores contra fray Julián de Arenas. Los cargos tenían mucho de reflexión y justificación de la ortodoxia de la Fe católica. Debía quedar claro que en la Tercera Palabra de Cristo en la Cruz
constituyó Cristo a San Juan especial hijo adoptivo de María Santísima y a esta Señora su especial Madre adoptiva desde entonces para su asistencia y consuelo
Cristo era el único hijo de María, y de Dios Padre, acudiéndose a la autoridad de los Evangelios de San Mateo y San Lucas, que se referían a Cristo como el Unigénito. San Pedro Damiano hablaba de la relación entre San Juan y la Virgen como adopción maravillosa y perfectísima. Mantener que San Juan era hijo natural de la Virgen era caer en la herejía de los sacramentados. Se trajo a colación la autoridad de San Pablo, auténtico edificador de la Iglesia cristiana, a quien por simple cuestión cronológica, nadie podía acusar de ser hermano de Cristo,  y sus palabras vivo ego, iam non ego, vivit vero in me Christus.

La Inquisición se empleó a fondo para demostrar los errores heréticos de fray Julián de Arenas. La fundamentación teológica la hizo el jesuita Pedro Francisco de Ribera. Una defensa del misterio de la Eucaristía y de la Inmaculada Concepción, digna de estudio para teólogos. Indagando, aseveró que el franciscano había sacado sus proposiciones de fray Hortensio Félix Paravicino, pero yendo más allá que éste, pues fray Hortensio, arrepintiéndose de sus proposiciones, las había zanjado con un no digo yo tanto. Reinterpretó en sentido ortodoxo a Pedro Damiano y a Tomás de Buenaventura y concluyó pidiendo la excomunión de fray Julián de Arenas. Desconocemos la sentencia de los Inquisidores de Cuenca, allá por diciembre de 1726, aunque debió ser condenatoria. Pero sabemos que fray Julián no se rindió. Este hombre prosiguió su lucha particular durante nueve años más, hasta conseguir la suspensión de su causa en la Suprema de la Inquisición. El testarudo fraile, émulo de su maestro Jesucristo, no se resignó a la pasiva actitud del silencio, defendiendo en aquellos tiempos difíciles la libertad de conciencia y pensamiento.




Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 1929, Exp.1.  Proceso de fe de Julián de Arenas. 1719-1726
TORRENTE PÉREZ, Diego. Documentos para la Historia de San Clemente. 1975. Tomo II, pp. 257-264

miércoles, 5 de julio de 2017

La bruja "Toruga" de San Clemente

Aquelarre. Grabado alemán del siglo XVI
María Martínez, alias la Toruga, era natural de Valverde de Júcar, pero tenía establecida vecindad en San Clemente, donde vivía con su marido Alvaro Mancheño. En 1767, tenía 29 años, cuando la Inquisición puso sus ojos en ella. La delación vino de un fraile carmelita descalzo llamado Fray Francisco de Santa Rosalía. Los carmelitas descalzos, llegados y establecidos en la villa, pronto se convirtieron en censores de la moral sanclementina. Al control de la moral unían su papel defensor de la ortodoxia religiosa. No era extraño verlos apostados en el coro de la Iglesia parroquial de Santiago en busca de potenciales víctimas, y en este juego, las más propiciatorias eran sus enemigos los franciscanos del convento de Nuestra Señora de Gracia. Que se lo digan si no a fray Julián Arenas, guardián del convento franciscano, que en 1719 con motivo de la octava del Corpus se explayó con un sermón en lo alto del púlpito, en el que poco a poco y metiéndose en materia acabó en disertación teológica tan imbricada para los pobres e ignorantes fieles como sospechosa para los carmelitas agazapados en el coro. El buen Julián Arenas intentando explicar las palabras de Cristo en la Cruz dirigidas a su madre, y en presencia de San Juan, mulier, ecce filius tuus, se acabó liando sobre la supuesta filiación de Cristo y San Juan como hermanos, hijos naturales de la Virgen, sin saber qué hacer con la paternidad de San José y, lo que fue más grave, enzarzándose con el Santísimo Sacramento y la transubstanciación, hoc est corpus meum, para llegar a la conclusión de la doble naturaleza humana y divina de San Juan, presente a su parecer también en la Hostia consagrada. Sobre estas desavenencias entre carmelitas descalzos y franciscanos volveremos algún día. Quizás cuando lleguemos a comprender qué hacía don Gaspar Melgarejo, prohombre de la villa, dirigiendo el sanedrín carmelita descalzo.

Pero ahora estamos en 1767 y las costumbres se han relajado bastante. La ortodoxia ya no se rompe en los púlpitos sino en las vivencias diarias de unos vecinos que gozan de la cotidianidad. En especial, la citada María Martínez Alcaide Zapata que tenía escandalizado y alborotado a todo el pueblo. Tras la delación del carmelita, la Inquisición decidió enviar la comisario de Sisante José, Lucas Moya, a indagar sobre los hechos. Las pesquisas del sisanteño, dada su impericia, vinieron a crear tal confusión en el caso y escándalo, que el Santo Oficio decidió retirarle el título de comisario. Mientras el affaire de la embaucadora María Martínez iba creciendo a la par que el escándalo causado.

Un nuevo comisario de la Inquisición fue mandado a San Clemente el 12 de junio de 1767 para que hiciera las averiguaciones necesarias sobre el caso, ajustándose a los cánones de la cartilla con la que iban provistos los comisarios del Santo Oficio. Se trataba del cura de Honrubia, José Galindo, que se puso manos a la obra en su cometido de un modo ordenado. Primero tratando de demostrar que la susodicha era una mala mujer, luego buscando la acusación de brujería.

María Martínez era una joven viva y resuelta, casada con un jornalero del campo, desconocía las normas más elementales del recato y la buena educación. Simplemente actuaba con la naturalidad de una moza que olvidaba la convenciones sociales exigibles a una mujer casada. Sus vecinos de barrio no ahorraban epítetos para definirla: mujer ordinaria y con reputación de libre y  llevar mala vida. Tan solo el panadero, que parecía tener algo que ocultar, mantuvo la discreción. Mientras sus vecinos despotricaban, María Martínez esperaba en la cárcel de la villa, donde se hallaba por orden del alcalde mayor. De la cárcel había intentado sacarla el citado comisario sisanteño, alegando el fuero privativo del Santo Oficio e incapaz de comprender que el caso de María escapaba de jurisdicciones especiales y afectaba a la moral y buen nombre de la sociedad sanclementina.

A la acusación de mala mujer, pronto siguió la de maléfica, es decir, en el lenguaje inquisitorial, sinónimo de bruja. La acusación como no podía ser menos venía de un religioso, esta vez franciscano, que acusaba a María de pacto expreso con el diablo. Al franciscano, siguió en las acusaciones el boticario del pueblo, que dadas las ocupaciones de María, iban contra una rival directa en el oficio. El boticario decía haber visto en casa de la reo, un arca con castañas, cuyas propiedades mágicas y curativas eran el vademécum de cualquier bruja que se preciase, y una olla donde María preparaba sus potajes. No faltaba pues detalle en las acusaciones que no fuera encaminada a encajar a María dentro del Malleus Malleficarum.

Poco importaba que en el registro ocular de la casa de la madre de María se comprobara que el arca solo contenía cartas, recibos de misa y algunas piedras falsas, bisutería de la época para satisfacer la coquetería de una mujer joven de 29 años. Si es que con esa edad se podía llamar joven a una mujer de la época, pues por entonces ya tenía dos hijas de tres y nueve años. Su marido, incapaz de afrontar la situación, había muerto el 9 de septiembre. Pero las envidias en el pueblo contaban más que la piedad personal. Por eso para el 20 de octubre María se encontraba en las cárceles inquisitoriales de Cuenca, respondiendo a unos interrogatorios, donde dejó muestras, como no podía ser menos en una mujer iletrada, de sus lagunas en doctrina cristiana. La misma naturalidad y simpleza con la que defendía su credo era motivo de nuevas acusaciones
solo a Dios he adorado, a María Santísima y a los Santos del Cielo, pero no al demonio ni he usado de maleficios, que es cierto que estando una noche...
Esa última frase significaba el reconocimiento de su culpa. Como cualquier reo inquisitorial, desconocedor de los cargos y testigos acusadores, acababa acusándose de culpas en situaciones fuera de contexto. María también lo hizo. Reconoció su amistad con la mujer de Francisco Olivares. Acostadas en la misma cama se contaban sus confidencias, que, inocentes en su confesión, adquirían una veste demoniaca a ojos de los inquisidores. Reconocía María echar mal de ojo a una vecina suya y enemiga declarada, llamada la Cantarrola, que quizás había sabido desmarcarse a tiempo, junto a un tal Manuel Cerilo, de sus viejas andanzas con María la Toruga . Sin duda, mal de amores venidos de la rivalidad, pues la conversación con la mujer de Olivares se había deslizado a la rumorología popular que aseguraba que a los hombres adúlteros se les caía su miembro viril.  Bravucona como era María se atribuyó la capacidad maléfica de dejar capados a unos cuantos hombres del pueblo. Asustada la mujer de Olivares aseguró ante María que no había quién le quitara el miembro a su marido. Parecer del que eran el resto de mujeres del pueblo.

La fama maléfica de María, una mujer extranjera en el pueblo, se fue agrandando. María Antonia García, mujer de Pedro Plaza, atribuía a María el poder de quitar la vida a cualquier persona los días impares del calendario y de celebrar aquelarres junto a otras brujas de Valera y Valverde. Los aquelarres contaban con la presencia del Diablo y la sumisión de las concurrentes que le besaban las partes impúdicas. Tal vez porque era el mismo demonio el que les concedía la posibilidad de teletransportarse durante dos horas hasta tierras murcianas a por unas ricas naranjas levantinas.

María Martínez, mujer espabilada donde las hubiera, pronto aplicó las enseñanzas del diablo y ofreció sus dotes mágicas para teletransportar a un armero llamado Manuel Rubio hasta el Campo de Criptana. Se lo había pedido el zapatero Rejas, que pagó 36 reales por el vuelo del armero. Tan sorprendente vuelo escondía las argucias de María para venderle al zapatero sus servicios de alcahueta un viernes de Cuaresma para conquistar a la mujer del armero, Catalina Sepúlveda de 26 años, por la que andaba perdidamente enamorado el mencionado Rejas.

Si era poco creíble su capacidad para amputar miembros viriles, al menos no faltaba quien acusara a la alcahueta de su infertilidad y justificar así su impotencia ante los demás. Tal era un soldado del regimiento de Villaviciosa que acusaba a María de haberle privado del semen para la generación. Bien sabía nuestra Toruga usar y abusar de la ignorancia ajena, ofreciéndose a curar males ajenos como el reumatismo con sus bálsamos mezcla de manteca, aceites y, por supuesto, algún sapo.

No faltó en el pueblo quien defendiera a la Toruga, presentándola como una mujer ignorante, cuyas malas artes debían más a la escuela de la vida que a las enseñanzas del diablo; cuyo mayor delito había sido apropiarse de un guardapiés de la Cantarrola, en pago por los chocolates que le preparaba para aliviar sus males,  así como haberle dado un buen bofetón, sin duda merecido, al sinvergüenza de Manuel Cerilo. Actitud agresiva hacia Cerilo que contrastaba con la afabilidad que recibía en su casa a Francisco Olivares.


Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 3735, Exp. 114. María Martínez, alias la Toruga. 1767

domingo, 2 de julio de 2017

Los Sevillano de la villa de San Clemente


                                                                         
Firma del escribano y regidor Miguel Sevillano. 1629 (AMSC)



Muy magnífico señor: el bachiller Françisco Sevillano, vezino de San Clemente, como mejor aya lugar de derecho parezco ante vuestra merzed y digo que por quanto Martín Sánchez de Posadas mi padre fue vezino e natural desta villa (de Socuéllamos) el qual hera honbre christiano viejo de linpia casta e generaçión el qual nunca fue penitençiado ni punido por la Santa Ynquisiçión syn rraza de converso ni de moro ni de judío

Hasta Socuéllamos se desplazó el bachiller Francisco Sevillano, nacido en 1559, en busca de los orígenes de sus ancestros un 13 de julio de 1574. Era bajo de cuerpo, moreno y de rostro cejijunto. Su padre, Martín Sánchez de Posadas, era hijo de Pedro Sánchez de Posadas y Leonor Gómez, y había emigrado de joven desde Socuéllamos para establecerse en la villa de San Clemente. Los abuelos del bachiller todavía vivían en su villa natal de Socuéllamos ocho años antes.

                                                               
Firma del bachiller Francisco Sevillano. AGI

Buscaba el bachiller Sevillano la limpieza de sangre de unos ancestros tan necesaria como para tantas otras cosas en aquel tiempo y, en este caso concreto, para pasar a Indias como criado de un clérigo, maestrescuela de la catedral de Nueva Galicia, conocido como el doctor Alonso Larios. Estos procesos de examen de testigos para obtener la licencia para pasar a Indias se eternizaban en el tiempo. El ocho de abril de 1575, Francisco Sevillano acudía ante el alcalde ordinario de la villa de San Clemente, Pedro de Tébar Llanos, para obtener una información sobre la limpieza de sangre de su madre Elvira Sánchez Sevillana que ya había fallecido. La información de testigos pasaría ante el escribano Francisco Fernández, cuyo hijo y nieto cambiarían tan vulgar apellido por otro de connotaciones más nobiliarias, el de Astudillo. Paradojas de la vida, un converso daba fe de la limpieza de sangre de los Sevillano, extranjeros en el pueblo, pero orgullosos de su naturaleza de cristianos viejos. Aunque las familias Astudillo y Sevillano tenían algo en común. Miguel Sevillano, el hermano del bachiller, era también escribano.

Elvira Sánchez Sevillana, o simplemente la Sevillana, es la progenitora de los Sevillano. Los apellidos de su padre y madre señalan ese origen dispar de los vecinos de la villa de San Clemente, raíz de esa diversidad que propició su riqueza y esplendor. Elvira era hija de Clemen Saiz Sevillano y María Catalana. Unos foráneos en el pueblo, pero, es de suponer, que en modo alguno iletrados y que procuraron darle una buena educación a sus hijos. A favor de la limpieza de su sangre, y de no profesar la fe luterana,  declararon no principales de la villa sino hombres comunes y anónimos que para dar fe y veracidad a su palabra solo contaban con su honestidad y el ejemplo de su vida. Eran hombres recién llegados a una villa en pleno desarrollo que ofrecía oportunidades a todos: Francisco de Cárceles, Miguel López de la Serna, Francisco del Castillo, calcetero, y Francisco Díaz, o vecinos de antaño, como los que declararon en nueva información de dos años después, Juan de Iniesta o Pedro Romero.

El bachiller Sevillano partiría a Indias, después que la Casa de Contratación le concediera licencia para pasar a Indias el 27 de mayo de 1577. Unos se iban a Indias; otros se quedaban en la villa de San Clemente. A Miguel Sevillano, el hermano del bachiller y de oficio escribano, le tocó quedarse en San Clemente y dar origen a una de las principales sagas del pueblo. Desconocemos la fecha de nacimiento de Miguel, pero también estaría en torno a la mitad de la centuria. Formaba parte de ese conjunto de hombres que nacieron y vieron a San Clemente en el clímax de su apogeo y atisbarían en su vejez la ruina de la villa. Coetáneos suyos eran el doctor Cristóbal Tébar, Francisco de Astudillo, padre, o el alférez mayor de la villa Juan Pacheco Guzmán.

Miguel Sevillano era escribano, como lo serían su hijo y sus nietos. Estaba casado con Aldonza Suárez, hija de otro escribano de la villa de San Clemente, Juan Robledo y de su mujer María Montoya. El matrimonio de Miguel con María le ayudaría en su progreso personal tanto como su valía. Sin duda su suegro, Juan de Robledo, le abriría en vida el acceso al oficio de escribano y con su muerte le legaría su riqueza. El matrimonio de Miguel Sevillano y Aldonza Suárez se comprometió a cuidar de la viuda María Montoya. Pero es creíble que entre suegra y yerno había sus diferencias. Por eso la relación entre ambos adquirió una forma contractual: María de Montoya cedería en 1582 un tercio de sus bienes a su hija, e indirectamente a su yerno. El paso del tiempo haría el resto. Una viuda cada día más impedida acabaría por ceder cuatro años después a su yerno la totalidad de sus bienes, a cambio de la manutención de la dicha María Montoya. Con su riqueza, la viuda le cedió un apellido, el de Montoya, que permitía su integración entre las viejas familias de la villa.

El matrimonio tendría un hijo, también llamado Miguel. Nacido en 1579, Miguel Sevillano heredaría el oficio de escribano del número de su padre. Durante toda la primera mitad del seiscientos, a la escribanía del número sumaría la escribanía del ayuntamiento. El nuevo oficio le daba una posición privilegiada en el pueblo. Por las manos del escribano Miguel Sevillano pasaron todos los actos de relevancia de la villa de San Clemente de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XVII. De dar fe de los actos municipales pasó a ser, como regidor, actor de primer orden en la vida política sanclementina. Su papel fue de equilibrio en el juego de intereses y luchas de poder que entonces vivía el pueblo. Hacia 1620, le tocó convivir en el ayuntamiento con los sempiternos Pacheco que veían contestado su poder por familias como los Perona, pero también con otras familias que en los fines del quinientos lo habían sido todo y que estaban a punto de desaparecer de la escena política, bien por agotamiento de su linaje, como los Monteagudo, bien por retiro voluntario de la escena, como los Tébar. Pero sobre todo su papel como elemento moderador fue clave en la rivalidad que mantenían los Ortega y los Astudillo. A unos y otros les recordó que sus intereses particulares se debían supeditar a unos intereses del Estado, que él mismo comprendía cómo cada día eran más descabellados. Fue un hombre noble, heredero del espíritu que hizo progresar a San Clemente en la primera mitad del quinientos, que no es otro que el quijotesco cada uno es hijo de sus obras. Llevado de este principio, defendió indistintamente a Rodrigo de Ortega o a Francisco de Astudillo, frente a las acusaciones de ascendencia conversa. Quizás defender a estos dos hombres era demasiado sencillo, pues eran los hombres más poderosos del pueblo de aquel entonces. Pero más difícil era enfrentarse al Santo Oficio y a los principales valedores en el pueblo, los Rosillo o los Perona, de una sociedad que devenía más cerrada, viendo cómo el espíritu renacentista y abierto de la villa se desmoronaba. El alegato de Miguel Sevillano defendiendo, ciento veinte años después de ser quemado por la Inqusición, a Luis Sánchez de Origüela demostraba la valentía y honestidad de este hombre. Para Miguel Sevillano, el hereje Luis Sánchez de Origüela era simplemente un hombre bueno, víctima de las rivalidades personales, cuyas ideas, por las que fue condenado en 1517, no eran ajenas a las que podían profesar otros sanclementinos. Defender en 1640 la memoria de este Origüela, cuyo sambenito colgaba en la parroquial de Santiago, es muestra de la integridad del escribano.

Pero Miguel Sevillano era un hombre de su tiempo. Aprovechó la herencia familiar, su posición privilegiada como escribano y regidor y su propia valía para incrementar su patrimonio y riqueza. María de Montoya ya había adquirido varios majuelos, que pasarían a su yerno y a nuestro personaje. Miguel Sevillano adquirió ganados, que llevaba a pastar al valle de Ricote o a las dehesas de Copajilico o Villares de Cehegín. Los papeles que de él nos han quedado en el Archivo Histórico de San Clemente nos muestran a un hombre que realiza múltiples transacciones en todos los pueblos de la región: Castillo de Garcimuñoz, Valeria, Almagro, Torrubia o los pueblos más lejanos de Murcia. Fe de su riqueza son las cuentas de los salarios de sus trabajadores, conservadas entre 1626 y 1630, y entre los que no faltaba algún portugués, tal era su mayoral Martín Collado. Su afán por incrementar su patrimonio se tradujo en los testimonios conservados sobre las muchas veces que tomó dinero prestado a censo para adquirir más bienes.

                                                                         
Firma Juan Sevillano. 1647. AMSC

Sabemos que Miguel tuvo al menos dos hijos y una hija. Al primero, Diego Sevillano, le tuvo que salvar con su dinero de sus errores juveniles, pues allá por 1618 se enzarzó en una pelea con un vecino de Valera de Abajo, Bartolomé Sáiz, al que mató. No obstante, heredó la carrera política del padre y lo vemos en alguna ocasión ocupando el puesto de teniente de corregidor y alcalde mayor del partido de San Clemente o cargos al servicio de la nobleza regional como alcalde mayor de Minaya o gobernador de Olivares del Júcar. Aunque nosotros guardamos especial gratitud a su hijo Juan Sevillano, que continuando con el oficio de escribano del padre, nos legó esa documentación única de rentas reales y que nos demuestra que el origen de la moderna organización política de la España moderna se fraguó en estas tierras.

Como toda familia fue presa de la ambición y de la necesidad del reconocimiento social. Miguel Sevillano anduvo en pleitos con su madre Aldonza Suárez por la herencia paterna. El declinar de la familia lo marcó un acto que habría de suponer ese mismo reconocimiento. En 1641, Miguel Sevillano casa a su hija con un hidalgo. Se trata de Diego Gutiérrez Villegas, sargento mayor de las milicias del corregimiento de San Clemente. Este santanderino de Santa Cruz de Mudela es poco amigo de las aventuras militares que se viven con motivo de la guerra secesionista catalana. Deja su puesto militar en agosto de 1641; para noviembre pide su vecindad como hijodalgo en el ayuntamiento de San Clemente y se casará con Josefa Sevillano, la hija menor de Miguel. Son los últimos  datos que tenemos de los Sevillano, más allá de la labor burocrática de Juan el escribano.

Hemos hecho una recreación histórica de una familia que marcó la historia sanclementina, llegada en la mitad del siglo XVI  y que vivió el esplendor y ruina de la villa. Hemos visto el devenir de los miembros más notorios de esta familia, aunque el apellido Sevillano está extendido por toda la comarca en la actualidad como lo estuvo hace cuatrocientos años. Desgraciadamente la historia de esos otros Sevillano se nos queda oculta. Tal es el caso de aquel calderero llamado Julián Sevillano, llegado de Villarrobledo y avecindado en San Clemente en 1567.






Archivo General de Indias, CONTRATACION, 5226, N. 3, R. 2 Francisco Sevillano. 1577