El corregimiento de las diecisiete villas (fotografía: Jesús Pinedo)


Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA (foto: Jesús Pinedo)

jueves, 2 de febrero de 2017

Las tribulaciones del estudiante motillano Julián Chavarrieta

Los jóvenes pertenecientes a las familias que integraban las élites de la Manchuela conquense se formaban en la Universidad de Alcalá. Allí tenían acogida en el colegio de los Manchegos fundado por el doctor Sebastián Tribaldos. tal era el caso de Julián Chavarrieta Ojeda, matriculado en cánones, un trece de diciembre de 1628 y que ahora en 1630 estudiaba su segundo curso. Un abnegado estudiante, a decir de dos de sus compañeros
le a uisto cursar en ella la facultad de cánones ques la que professa oyendo sus liçiones con cuidado de los catedráticos de liçiones desta unibersidad en la qual saue que a rresidido con su apossento cama missa y libros 
No tenían la misma opinión sus vecinos motillanos, donde pasaba por un crápula y donde el alcalde ordinario Francisco Ortega lo tenía encerrado en la cárcel de la villa por sus visitas amorosas a la joven María Zarzuela. Y es que para la justicia motillana los fueros universitarios a los que pretendía acogerse el joven Julián valían muy poco cuando estaba en juego la honra. En otras palabras, los temas de honor se dilucidaban en el pueblo. En la cárcel de Motilla, sita detrás de la red de distribución de pan, durante el mes de abril de 1630, se encontraba Julián, con grillos, encadenado y con un candado, esperando responder por mancillar la honra de la joven motillana María y de su familia.

María Zarzuela se nos presenta como la inocencia más pura en una declaración que nos hace justamente dudar de su pretendida ingenuidad. El acceso a las habitaciones de la moza, saltando las tapias del corral a altas horas de la noche no era sino un suceso más, intencionadamente traído a colación en estos casos de estupro, a saber, el de quebrantamiento de la morada con agravante de nocturnidad como elemento acusatorio añadido. Para los escépticos, una joven pretendida, abría las puertas de su casa como se abría ella misma al fogoso Chavarrieta, negando con su testimonio la misma querella interpuesta por su procurador que presentaba a Julián saltando los bardales y tapias de la casa de María por las noches
que el dicho rreferido chavarrieta trató amores con la declarante y que un día que yva el dicho rreferido chavarrieta por la calle desta declarante haçia el poço de arriba le dijo a esta declarante que si lo quería que para que lo traya callado y esta declarante le rrespondió que sí lo quería y por entonces no pasó otra cosa y a el cabo de quince días pocos más o menos le tornó a decir el dicho rreferido chavarrieta a esta declarante que se dexase la puerta del corral abierta y que el yría por los corrales y entraría y esta declarante lo hiço,  ansí el susodicho acudió como a las honce de la noche y entró dentro de la casa de su padre desta declarante y éste le dijo que no abrá de llegar allá si no le daba fe y palabra y mano de que se casaría con ella, el qual dijo que sí y le dio la mano y palabra que se casaría con esta declarante y que dios le faltase si él faltase bajo que dentro de dos años no se abía de publicar para poder acabar sus estudios y bajo deste trato la obo carnalmente dos veces y obo su virginidad y con esto se tornó a salir por donde abía entrado y que después como quince días más de lo suso dicho tornó a entrar por donde abía entrado la primera vez y esta vez tuvo que hacer tres veces con esta confesante en una cama que tenía esta confesante en una cámara y a dos días volvió otra vez por la misma parte y tuvo que hacer con esta declarante otras dos veces y después desto en diferentes tiempos tornó a su casa de su padre desta declarante el dicho rreferido chavarrieta por la puerta de la calle que se la abrió esta declarante y ansimismo tuvo que hacer y la obo carnalmente otras muchas veces en la cocina de la dicha casa y questo es la verdad bajo de juramento (declaración de María Zarzuela)

El caso es que poco importaba la complicidad de la joven, de la cual, como menor, se podía dudar de la responsabilidad de sus actos (no tanto de la permisividad del padre). A pesar de que los constantes encuentros sexuales no habían acabado en embarazo, Juan Zarzuela padre no parecía dispuesto a dejar pasar la oportunidad de emparentar vía matrimonial con los Chavarrieta y Ojeda (Julián era hijo de Juan Chavarrieta y María Ojeda), que pasaban por ser dos de las familias principales del pueblo. Tal como manifestaba el procurador de la familia la deshonra de la doncella afectaba a todo el linaje y solo se remediaba, una vez que María perdió su virginidad, con el matrimonio de los jóvenes, pues que el portillo de su deshonor no se puede soldar ni reparar.

A decir de los testigos, María Zarzuela era moza honrada, principal, de leales costumbres, hermosa y de buen talle, confundiendo intencionadamente sus virtudes morales con sus gracias naturales. Sus primeros escarceos amorosos con Juan Chavarrieta tuvieron lugar por julio de 1629 en la casa que en la calle San Roque tenía la viuda Ana Martínez. La complicidad de las conversaciones y meriendas pronto derivaron en encuentros íntimos en un aposento de la casa de la viuda. María se ausentaba con la excusa de ir tras una gallina que se había escapado en dirección a un aposento y Julián Chavarrieta iba tras ella, reunidos en el aposento, comenzaba, en palabras de la hija de la viuda, menor de nueve años, la danza de ruidos, que una vez terminada, concluía con María saliendo colorada de la habitación. La maledicencia de la acusación era evidente y quizás injusta, incluidas las resonancias sexuales de la gallina objeto de la persecución. Los encuentros amorosos se repetirían en otros lugares y fechas como se sucedieron los testigos presentes dispuestos a denunciarlos ante el alcalde ordinario Francisco de Ortega, que determinaría un veintiuno de abril de 1630 encarcelar a Julián Chavarrieta con grillos y cadena. En la toma de decisión de la prisión debió pesar que por esas mismas fechas la justicia de Motilla recibió mandamiento inhibitorio del rector de la Universidad de Alcalá reclamando la causa. El alcalde motillano remitió el preso a la cárcel escolástica de la universidad de Alcalá de Henares, donde el rector Pedro de Quiroga y Moya le tomó confesión el seis de mayo.

Julián de Chavarrieta era hijo de Juan Pérez de Chavarrieta y María Ortiz Ojeda, en el momento de su prisión contaba con veintiún años. La edad, menor de veinticinco y mayor de catorce, le obligó a nombrar curador que lo representara en el juicio ante el rector alcalaíno. Igual proceder correspondió a María Zarzuela, que contaba con quince años. Julián negó todo; María se reafirmó en lo que había declarado ante el alcalde ordinario de Motilla, insinuando además que por el mes de octubre de 1629 Julián había ofrecido unas uvas a su hermana Catalina. ¿Quién decía la verdad? Al menos sabemos quién mentía y esa era María Zarzuela que en su testimonio alegó no firmar por no saber, pero que en el momento de solicitar curador sí lo hizo unos días antes.
firma de María Zarzuela (pares.mcu)
Para dilucidar la verdad se celebró un careo el ocho de mayo entre los dos jóvenes. Julián de Chavarrieta se mantuvo frío e imperturbable; María, insinuante y acusadora: ¿acaso había olvidado Julián que cuando la visitaba dejaba sus zapatos en un parral, su declaración amorosa en el pozo de arriba, sus temores en el campo debajo de una higuera, el bolsico que le había regalado como prenda de futuros esponsales, sus correrías detrás de la gallina? En suma, como añadiría su curador, una doncella honesta, virgen y en cabellos, engañada por un truhán que solo pretendía gozar de ella bajo falsa palabra de casamiento, dejando a la quinceañera deshonrada y burlada. Tal afrenta, a petición de los acusadores, se debía pagar con la cárcel, eludible si la familia de Chavarrieta indemnizaba a los Zarzuela con cuatro mil ducados, pues el estuprador debía pagar su culpa con el matrimonio y con estas sustanciosas arras. Para hacernos una idea de la cantidad, los cuatro mil ducados equivalían a 44.000 reales, el sueldo diario de aquella época difícilmente llegaba a los dos o tres reales. Ingente cantidad la pedida por los Zarzuela, más si tenemos en cuenta que otras hijas casadas de la familia habían aportado como dotes en sus matrimonios cincuenta ducados y ropa de cama.

La defensa de Chavarrieta pasó de la negación de los hechos a la reivindicación de clase. La acusación contra Julián, hijodalgo notorio, venía de gente humilde y baja condición. Era conocido por todos que los abuelos de los Zarzuela habían desempeñado bajos oficios, el materno como alpargatero en La Motilla y el paterno como cardador en Valverde, incluido el servicio doméstico del padre en casa del licenciado Vilches, tío de Julián. En palabras del curador de Julián Chavarrieta, caso contingente el de la gallina, que no tenía por qué concluir en matrimonio de dos jóvenes de tan diferentes y distantes calidades. Además, ¿qué podía pretender una familia, que mandaba a María a la taberna del pueblo a cumplimentar recados y que aceptaba como prenda matrimonial un bolsico en vez de una sortija?

El procurador de Julián de Chavarrieta acabaría consiguiendo la libertad de su defendido un diecinueve de junio, aunque limitada a la ciudad de Alcalá de Henares y sus arrabales. El caso parecía ganado, por eso se hizo nueva petición para que Julián, supuestamente enfermo, pudiera trasladarse a Motilla y curarse con los aires de su tierra. Sin embargo, para evitarlo y a la desesperada, la familia Zarzuela solicitó que se encargase comisión a presbítero, acompañada de dos matronas, para demostrar que la joven había sido desflorada y corrompida por varón. La petición convertiría el proceso, muy legalista hasta ahora, en un lodazal, donde afloraron las acusaciones y actuaciones más espurias. Los Chavarrieta comenzaron por dudar de la honestidad de María, una joven que andaba a todas horas por la calle, servía a un cura y, presente en su proceso en Alcalá, había alternado sin mucho rubor con los estudiantes
siendo ella como es muger que anda mui de ordinario por las calles de la motilla, iendo como ba por agua a la fuente, por vino a la la taberna, a labar al labadero i a todos los demás mandados ordinarios que se ofrecen en su cassa, a todas oras ansí de día como de noche, hablando con muchas personas en las cassas i calles indistintamente i auiendo como a serbido al cura de la dicha villa i estado en su cassa mucho tiempo i hecho en ella todos los mandados ordinarios saliendo fuera muchas veces en la dicha forma, de que en el lugar llegó a aber mucha murmuración, abrá sido fácil que la dicha maría çarçuela aia sido corrompida de varón... abiendo benido a esta villa (de Alcalá) como a v. md. le consta i estado en ella en una posada de estudiantes i andado en el camino por mesones partes todas para poder suceder el corrompimiento que dice tiene
Las acusaciones iban a dañar el buen nombre de la moza. Poco importaba que en Motilla no hubiera fuentes, pues su función la cumplía el pozo de Arriba a seiscientos pasos de la villa, o que no hubiera lavadero, pues las mujeres se desplazaban a lavar hasta los lugares llamados las huertas de Juan Leal y Juan de los Paños. Al fin y al cabo, como en todo pueblo, existían los lugares para el chascarrillo y los corrillos. La diferencia es que ahora se estaba forjando en el pueblo una minoría que anteponía la etiqueta y el decoro a estas formas de sociabilidad popular. Etiqueta y decoro que exigían entre sus iguales en una situación de predominio social, pero que olvidaban con sus inferiores, objeto de sus desenfrenos. Pero existían familias, aún siendo nietos de alpargateros o cardadores, que, ganada cierta posición social y respetabilidad, no aceptaban su subalternidad.

2ª parte

Para el 24 de julio de 1630 Julián Chavarrieta había quebrantado su prisión, que tenía como paredes la villa de Alcalá de Henares y sus arrabales, y había vuelto a su villa natal de Motilla de Palancar en busca de los aires de su tierra. Estaba seguro que la fianza dada a su favor por un alcalaíno llamado Juan García el rico sería suficiente para no ser molestado. Pero ni los Zarzuela lo querían ver en el pueblo ni el celo del rector Quiroga como juez estaba dispuesto a permitírselo. El rector perseveraba en mantener en su prisión abierta a Julián Chavarrieta y los Zarzuela vieron aumentado su enojo después que los Chavarrieta presentaran a María como joven de costumbres muy ligeras. Mientras Juan Chavarrieta andaba desaparecido, para unos en Alcalá (todavía el uno de octubre su fiador se presentó ante el rector poniendo a su disposición su persona y sus bienes), para otros en Motilla. Por algunas cartas se decía que Julián parecía dispuesto a consagrar su vida al celibato como clérigo.

Entretanto, el pleito, empantanado; la razón era que los autos que por el mes de mayo había llevado a cabo el alcalde Francisco de Ortega por orden del rector de Alcalá se habían remitido a la Chancillería de Granada, curso normal de apelaciones en los pleitos de la justicia ordinaria; autos que ahora reclamaba privativamente e inhibitoriamente la justicia universitaria de Alcalá. En este conflicto de jurisdicciones, los Chavarrieta aportaban un elemento más de confusión al apelar la orden de prisión de su deudo ante el nuncio de Su Santidad. El rector, ya en mayo, había mandado al licenciado Pedro Blasco, comisario del Santo Oficio, a Granada, como receptor que recibiera informaciones del alcalde Francisco de Ortega y otro vecino que allí andaban intentando que el pleito no escapara de la justicia ordinaria; llevaban consigo varios testimonios de vecinos de Motilla aportados por Juan Zarzuela, ratificando la honradez de su hija, entre ellos el del cura licenciado Fernández de Bobadilla, sobre el que los Chavarrieta habían sembrado dudas.

Pero los Chavarrieta tenían muchos amigos en el pueblo o, al menos, más poder que los Zarzuela. Lo demostraron en la aportación de testigos en la información realizada a petición de Julián y su procurador el día uno de octubre de 1630. Las declaraciones ratificarían el linaje hidalgo de los Chavarrieta frente a la baja condición de los Zarzuela. Los testigos eran familias principales del pueblo, detentadores de las regidurías y oficios públicos*.

Los testigos ratificarían la hidalguía de los Chavarrieta. El padre y el abuelo de Julián habían ganado ejecutoria de hidalguía en 1604 frente al concejo de El Peral y como tales hidalgos optaban a la mitad de los oficios concejiles. Frente a esto, los Zarzuela eran simples pecheros, el abuelo paterno era cardador en Valverde y el materno, Antón López Bustamante, oficial alpargatero en Motilla. Pero Antón no era analfabeto, pronto dejó el oficio de alpargatero y se ganó la vida como procurador de causas de la villa. Su cometido le garantizaba una presencia en primera línea en la vida política municipal. Su yerno Juan de Zarzuela, nacido en Valverde hacia 1574 y llegado a Motilla en 1594, sirvió como criado al licenciado Pedro Vilches, que era cura de la villa desde 1588 y había llamado a Juan para su servicio, como mayordomo según él, en cualquier caso, desempeñando el oficio de sacristán. Oficio despreciado, pero que le colocaba en posición de influir sobre la feligresía motillana y le procuraba cercanía al cura de la villa, en ese momento Mateo Fernández de Bobadilla. Juan Zarzuela había casado con Úrsula Fustamante, naciendo del matrimonio un hijo llamado Pedro y tres hijas, Úrsula, Catalina y María. Creemos que tenía otro hijo mayor, el licenciado Juan Zarzuela, al que dio estudios universitarios, sin duda con la ayuda del cura Mateo Fernández Bobadilla. La protección del párroco es lo que le daba cierto estatus social, a pesar que sus únicos bienes eran su casa de morada y el oficio de sacristán.

Según decían en el pueblo, a su hijo e hijas mayores, valiéndose de tretas y artimañas, les había buscado buenos matrimonios. Ahora le tocaba a María, la menor, que servía en casa del cura Mateo Fernández de Bobadilla, un riojano de Grañón llegado al curato de Motilla hacia 1608. Una muchacha de buen talle y joven, en casa de un cura, era motivo de habladurías en el pueblo, pasando María por simple barragana del licenciado Mateo Fernández Bobadilla. Sobre no guardar el celibato por parte de los curas motillanos, existían antecedentes; el licenciado Pedro Vilches, antecesor en el curato, tenía un hijo natural del mismo nombre, tenido con una hermana de la madre de Julián Chavarrieta. No es extraño que en todo el expediente que estudiamos, aunque no hay declaraciones expresas, Juan Chavarrieta y el licenciado Mateo Fernández Bobadilla se colocan en partes enfrentadas, acusado y acusador, pero solo en términos jurídicos, pues de la lectura de los folios hay una soterrada acusación recíproca, velada en lo que afecta al cura, de haber desflorado a María Zarzuela. Desconocemos el fundamento de estas acusaciones, pero, desde luego, Mateo Fernández Bobadilla tenía enemigos en el pueblo al que había llegado en 1609 con veintiséis años. Once años después ya pretendía el oficio de notario de la Inquisición de Cuenca; oficio que le costaría obtener algunos años al ser acusado de tener sangre judía en sus venas. En el otro lado, la joven María no era ejemplo de recato, cualidad de las señoras, pues con total naturalidad hablaba con mancebos, casados o clérigos por las calles, acudiendo a lugares de dudosa reputación, aunque fuera para hacer recados. Era normal verla comprar morcillas en el mesón de la villa, que por aquella época además de ser alojamiento de forasteros era tienda de venta de productos básicos, ir a la taberna a por vino. María era además mujer muy expresiva, no privándose de dar unos buenos abrazos a un alférez llamado don Felipe Carrasco, que por aquel tiempo debía estar reclutando soldados para la guerra Italia. Algo inimaginable en el comportamiento de señoras ricas y principales en edad de casar, que solían salir a la calle cubiertas de mantellinas, una clase de mantilla que cubría la cabeza, y acompañadas de criadas, madre o hermanas, y que evitaban pasarse por tabernas o tiendas y en ningún caso por mesones.

No obstante los comportamientos que parecían impropios de una dama a ojos de un noble no lo eran para la mayoría de los vecinos, partícipes de un vivir más natural sin etiquetas. Motilla siempre había sido tierra de labradores. La honradez la daba el trabajo no los comportamientos reglados. Una villa de labriegos era una pequeña sociedad alejada de puritanismos y una disposición alegre ante la vida. Por supuesto que sus mozas iban a las tiendas o tabernas a recados, ¿quién iba a hacer si no la compra?, que perdían el tiempo flirteando con los hombres, que se contaban sus chismes en el pozo de agua o en los lavaderos y que a altas horas de la noche se dejaban cortejar por los mozos. Toda la vida había sido así. Julián de Chavarrieta, por muy hijodalgo que fuera, participaba de la vida popular de la villa y su lenguaje estaba bastante alejado del decoro debido a un hombre de su condición; de María Zarzuela decía que tenía buenas carnes y buena la color de la cara, su modo de festejar y rondar a María no distaba del común de los mozos motillanos sin que faltaran las celestinas de turno y el amigo silbando para avisar de la llegada de intrusos.

¿Qué había cambiado en Motilla? Pues que la sociedad de labriegos donde todos se conocían había devenido socialmente en un grupo más estratificado. A la altura de 1630, Motilla había alcanzado el máximo de su población; según el pasante Francisco García, Motilla tenía ochocientos vecinos. A pesar de la crisis pestífera de comienzos del seiscientos, y al igual que San Clemente, Motilla vivía su apogeo demográfico, antes de iniciar la declinación originada por las exigencias militares de mediados de los años treinta, Motilla era un pueblo renacido con una población muy joven, nacida en la década anterior y la posterior del cambio del siglo. JIMÉNEZ MONTESERÍN, según fuentes del Archivo Municipal de Cuenca da cifras para 1625 de 680 vecinos para la villa de Motilla, que se reducen de forma drástica a 320 vecinos para 1649. Esto nos da idea que la cifra dada por el pasante Francisco García no es tan desacertada, pero también del derrumbe demográfico de los años cuarenta (el censo de 1646, tan benigno como poco fiable hace descender la cifra a 500 vecinos. Pero las cifras también señalan el excedente demográfico en torno a 1630, en parte correspondiente a la alta natalidad del período de cambio de siglo, a pesar de la desnatalidad que nos habla PÉREZ MOREDA para el breve período 1597-1601, ligado al suceso pestífero de inicios de siglo, y, en parte, excedente debido a los flujos inmigratorios hacia Motilla. Del potencial demográfico será conocedora la Corona, cuando deba reclutar soldados para la guerra.

Si analizamos los testigos favorables a una y otra parte, vemos, aparte la diferencia social, la diferencia generacional entre los favorables a Chavarrieta y los favorables a María Zarzuela, que bien expresa dos mentalidades, el conservadurismo de los primeros frente a una forma igualitaria de entender la vida de los segundos. María Zarzuela ganaría el juicio, poco importaba, pues el dinero y no el casamiento repararía la culpa de Julián Chavarrieta, que unos años después nos aparece como abogado de los Reales Consejos y desempeñando diversos oficios públicos. Más importante será cómo el paso de esta generación de los felices años veinte dará lugar a la destrucción social de los años treinta y cuarenta, décadas de carestía y de guerra. Una generación perdida y sin continuidad, que dará paso a la muerte de los jóvenes en la guerra, a la marcha emigratoria hacia Levante, huyendo de la guerra y los impuestos, y a una involución conservadora de la sociedad.

Reflejo de esta evolución es el devenir del pleito aquí tratado. Julián Chavarrieta sería condenado el uno de julio de 1631 a elegir entre casarse en el plazo de treinta días con María Zarzuela o pagar quinientos ducados, aparte de los 4.000 maravedíes de costas del proceso judicial. Sería María quien elegiría, que ya desde el mismo día dos andaba pidiendo los quinientos ducados y ver lejos de sí a Julián, solicitando se mantuviera la prisión. El padre de Julián, Juan Pérez Chavarrieta se presentaría como fiador de su hijo, obligando su persona y bienes, para conseguir su libertad. Dos años más tardarían los Zarzuela en conseguir auto definitivo de la ejecución de la sentencia. El mencionado auto es de abril. El 9 de julio los dos jóvenes contraían matrimonio, tal vez por la imposibilidad de los Chavarrieta de pagar los 500 ducados (1).

(1) La fecha del matrimonio de ambos jóvenes se la debo a doña Juliana Toledo Algarra. Mi agradecimiento


Archivo Histórico Nacional, UNIVERSIDADES, 193,  Exp. 24.  Pleito de Maria de Zarzuela, natural de Motilla del Palancar (Cuenca) contra Julián de Chabarrieta Ojeda, estudiante de la Universidad de Alcalá, por incumplimiento de promesa de matrimonio. 1630


*Testigos favorables a Julián Chavarrieta
Juan González Bordallo, 77 años, antiguo escribano de la villa
Benito García de Bonilla, regidor perpetuo de la villa, 64 años
Licenciado Francisco de Ortega, abogado, veinticinco años
Francisco García Lázaro, 64 años
Sebastián García Valverde, 54 años
Tomás García de Bonilla, hijo del regidor Benito García de Bonilla. 18 años
Licenciado Bartolomé de Jaén, presbítero, 55 años
Felipe Moreno, 46 años
Miguel de Ortega, el mozo, 25 años
Amaro de Valverde, 45 años

Testigos favorables a María Zarzuela
Antón Herráiz, 17 años
Martín García Valverde, 21 años
Ana de Ortega, mujer de Julián López, 30 años
Ana López, mujer de Pedro de Ortega, 34 años
Julián López, 30 años
María Bonilla, mujer de Miguel de Ortega, 62 años
Martín de Villaescusa
Pedro de Ortega, 30 años
Lorencio González, 30 años
María Martínez, 21 años
Inés Quijada, mujer de Juan Zapata Barrasa, 30 años
Pedro Lucas Paños, 19 años
Magdalena López, mujer de Andrés Martínez Cortijo, 40 años
Andrés Martínez, hijo de Andrés Martínez Cortijo, catorce años
Juan de Valverde Navarro, 20 años
Juan de Olivas Torres, 24 años
Quiteria Pérez, 64 años
Licenciado Bartolomé Martínez de Jaén, 25 años
Francisco de Ortega, estudiante y pasante, 27 años
Ana Mateo, hija de Andrés Mateo, 25 años
Ana Martínez, viuda, 60 años

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