El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

HISTORIA DEL CORREGIMIENTO DE SAN CLEMENTE

EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA

viernes, 14 de abril de 2017

La inscripción de los arcos centrales del ayuntamiento de San Clemente

Imagen tomada de
http://sanclemente.webcindario.com
La imagen superior recoge la inscripción de los arcos centrales del edificio del ayuntamiento de San Clemente. Es la única datación fiable que disponemos sobre la construcción de este edificio, que nos retrotrae a los inicios del reinado de Felipe II, aunque en nuestro caso seguimos apostando por una época anterior. Hoy nos detendremos en esta inscripción, que tantos quebraderos de cabeza provocó a don Diego Torrente Pérez. ¿Cómo era posible que siendo la fecha de datación de inicio de la obra 155?, apareciera como benefactor de la misma el gobernador del Marquesado de Villena don Francisco de Zapata Osorio, que lo fue el año de 1570?

Transcribamos de nuevo la inscripción, con las lagunas que presenta en su estado actual, y que posiblemente no existieran en el momento que lo hizo don Diego

ESTA OBRA SE COM(ENÇÓ) 2 DÍAS DEL MES DE AGOSTO DE 155? AÑOS, REIN(AN)DO DON FELIPE SEGUNDO ¿MÁXIMO? REY DE ESPAÑA Y SIENDO SU GOVERNADOR DESTE MARQUESADO EL YLLUSTRE SEÑOR DON FRANÇISCO ÇAPATA DE ÇIS

Las principales dudas nos vienen del año, pues la última cifra nos aparece borrada, y del nombre del gobernador bajo cuyo mandato se inició la obra. Ambas cosas están relacionadas. Partamos de un error de transcripción de don Diego. En su momento, él leyó don Francisco de Zapata Osorio, pero la inscripción dice claramente DON FRANCISCO ÇAPATA DE CIS. La razón de tal error es que el único  gobernador que don Diego encontró con ese nombre fue don Francisco Zapata Osorio, cuyo mandato se desarrolló hacia 1570 y como tal aparece en los documentos. Sin embargo, hoy sabemos que hubo dos Francisco Zapata diferentes como gobernadores del Marquesado de Villena. El primero de ellos fue Francisco Zapata Cisneros, que inició su mandato en 1557, tomando el relevo del licenciado  Diego Fernández de Inestrosa, hasta que en 1563 acabó su mandato, siendo sustituido por Carlos Guevara. El segundo fue Francisco de Zapata Osorio, gobernador del Marquesado de Villena hacia el año de 1570.

Francisco Zapata Cisneros fue hijo de Juan Zapata Osorio, V señor de Barajas, y María Cisneros, sobrina del Cardenal Cisneros (1). Había nacido en 1520, en los años 1567 a 1573 fue corregidor de Córdoba y participó activamente  en la represión de la rebelión de las Alpujarras. En 1572, sería nombrado por Felipe II, I conde de Barajas y con el tiempo llegó a presidir varios de los Consejos de la Monarquía, entre ellos, el Supremo de Castilla desde 1583. Quizás heredando el gusto por el ornato de su tío abuelo, fue benefactor de varias obras públicas, aparte de su labor edilicia en San Clemente, destaca por sus trabajos de diversas obras públicas, como la Alameda o la puerta de Carmona, en Sevilla, donde fue asistente y Capitán General desde 1573,

Francisco Zapata Osorio (2), era tío del anteriormente referido, hijo de Juan Zapata, IV señor de Barajas y de María Osorio Cuello, participó en la jornada de Túnez de 1535, y años después en la de Perpignan. También en la guerra de Granada, al comienzo de la rebelión de los moriscos en 1568. Posiblemente su presencia como gobernador del Marquesado en 1570 tenga que ver con una labor de reclutamiento de hombres para la guerra, auxiliando al licenciado Molina.

La fecha de la inscripción de la imagen no es 1585 como creía don Diego Torrente, que incrédulo de sí mismo daba la fechas alternativas que no le acababan de cuadrar. Tal vez la fecha sería 1565, pero ese año el gobernador era Lope Sánchez de Valenzuela,  o tal vez 1555, pero en este último caso el gobernador era Diego Fernández de Inestrosa. Así la fecha que nos queda es la de la segunda mitad de la década de los cincuenta, y teniendo en cuenta que Felipe II comenzó a reinar en 1556 y el mandato de Francisco Zapata Cisneros empezó en 1557, la fecha a falta de la cifra final se sitúa necesariamente entre 1557 y 1559. Creemos adivinar en la última cifra un ocho. Así el inicio de la obra sería 1558

Por un acuerdo del ayuntamiento de 7 de abril de 1565, sabemos que la obra tocaba a su fín, para ese años se descubren fallos en el primer arco, bajo y alto, y posteriormente se encarga echar suelo de ladrillos y azulejos al suelo de la sala. Don Diego identificó siempre la sala con el conjunto del edificio y así se deduce de la lectura de algunos documentos, pero en documentos anteriores ya se deduce la existencia de un edificio ya construido. En 1526, con motivo de la posesión de la villa por el enviado de la emperatriz Isabel, el doctor Garcés, ya se habla de una cámara, de la sala del ayuntamiento y de un corredor, desde donde se divisa la villa y sus campos, espacios situados en una planta superior. Nuestra duda es ¿edificio preexistente que se derribó para construir el nuevo edificio o estructura arquitectónica ya consolidada? No lo sabemos, pero esa mezcla de estilos: el purismo de un primer renacimiento tosco y lo plateresco de las figuras simbólicas del buen gobierno nos lleva a pensar en una época de comienzos del quinientos. La firmeza con el que los personajes del friso corrido muestran los símbolos del poder real y concejil y la respetuosa sumisión a ese poder real de las gorras caídas en la mano izquierda muestran el orgullo de una villa que voluntariamente se somete al poder real para librarse del yugo de los Pacheco y sus criados los Castillo.

¿Qué nos dice la heráldica? Estaríamos tentados de pensar que los escudos de la fachada son de la primera época del reinado de Felipe II, que receloso del afrancesamiento del Reino de Navarra, lo quitó de las armas reales y recuperó el águila de San Juan, pero también quitó los baluartes napolitanos de Hungría y Jerusalén,que sí nos aparecen en los escudos de la fachada del ayuntamiento. Solo hubo una época en que coincidiese toda esa combinación heráldica: los años iniciales, antes de 1520, del reinado del emperador Carlos. Creemos que si se hubieran conservado esos tres escudos encargados en 1565 con las armas del Rey, la villa y el gobernador, se hubiera confirmado de la lectura del primero la mayor antigüedad de los escudos de la fachada. Ansiosamente seguimos buscando entre los renglones de los documentos de esa época una respuesta, sabedores que nuestra hipótesis puede ser equivocada. Mientras agradecemos al gobernador Francisco Zapata Cisneros, descendiente del gran Cardenal Cisneros, su afán por embellecer la villa dotando a su ayuntamiento, a falta de confirmar un proyecto edilicio completo, de su bellísima sala.



(1) ÁLVAREZ Y BAENA JOSEPH ANTONIO: Hijos de Madrid, Ilustres en Santidad, Dignidades, Armas, Ciencias y Artes. 1790. p. 103
(2) ÁLVAREZ Y BAENA JOSEPH ANTONIO: Hijos de Madrid, Ilustres en Santidad, Dignidades, Armas, Ciencias y Artes. 1790. p. 96

lunes, 10 de abril de 2017

Cabildo de caballeros y escuderos de Cuenca: rentas

Mostramos aquí la información de testigos que el cabildo de caballeros y escuderos de Cuenca presentó ante el teniente de corregidor Juan de Peñarrubia para demostrar cómo los reyes habían concedido antaño el privilegio de disfrutar de las rentas de las penas y caloñas que se aplicaran a la cámara real. Entre los testigos presentados Álvaro de Valenzuela, el regidor Fernando Valdés, Alonso Martínez, Fernando de Quintanar, Gonzalo de la Flor, Fernando de Jaraba, Juan de Anaya o Juan de Quintanar.

Muy virtuoso señor bachiller Juan de Peñarruuia, teniente de corregidor en esta çibdad de Cuenca e su tierra, por el muy noble señor don Luys Ladero, corregidor de las çibdades de Cuenca e Huete e sus tierras por la Reyna nuestra señora, yo Diego de Çetina, peostre que soy de los caualleros y escuderos de la çibdad de Cuenca e su cabildo del Espíritu Santo, paresco ante vra. md. y digo que por entre las otras mds. y preuillejos e preminençias que los Rreyes antepasados de gloriosa memoria çedieron a los caualleros e fidalgos que poblaron la aspereza desta çibdad y la frontera que quando se ganó en ella avía contra los moros enemigos de nra. santa fee católica que y dieron en su comarca, les fizieron md. e conçedieron perpetuamente e para syenpre jamás todas las penas y calonias que por las leyes destos Rreynos perteneçen e se aplican a su cámara rreal, que porque los dichos caualleros y el dicho su cabildo syenpre an estado y están en costunbre de arrendar y posysyón de arrendar las dichas penas y calonias y mediante los dichos sus arrendadores las a llevado e lleua en la manera que aquí se articularán y porque las justiçias nuevamente vienen a esta çibdad fasta ser informados de lo susodicho ponen algún inpidimento o enbaraço en la cobrança de las dichas penas y calonias, a vra. md. pido suplico que para que dello ayan declaraçión para agora e para los tienpos por venir que vra. md. mande rreçibir e rreçiba informaçión de los testigos que por mí serán nonbrados e preguntados

  • i.- primeramente sean preguntados sy an notiçias del cabildo de caualleros y escuderos de esta çibdad de Cuenca que se dize del Santi Spiritus
  • ii.- yten sy saben que entre las otras rrentas y propios que tiene el dicho cabildo de caualleros y escuderos a tenido y tiene la rrenta que se dize de las penas y calonias desta çibdad e su tierra e que es avido por cosa notoria que de la dicha rrenta e de los otros propios que el dicho cabildo tiene que son las entregas y el montadgo y la sera y fanega y los ençerramientos que fizieron md. los rreyes antepasados de gloriosa memoria a los caualleros desta çibdad
  • iii.- yten sy saben que de uno e çinco e diez e veynte y treynta e quarenta e sesenta años a esta parte e de tanto tienpo que no ay memoria de onbres el dicho cabildo de caualleros y escuderos a poseydo la dicha rrenta de las penas y calonias arrendándola en cada un año y cabrándola mediante sus arrendadores y personas que tiene poder y que ansy lo an visto los testigos pasar en su tienpo y lo oyeron deçir a sus mayores e ançianos que mantuvieron y oyeron deçir lo contrario
  • iiii.- yten sy saben que el dicho cabildo e sus arrendadores en su nonbre an leuado y les perteneçe lleuar e a seydo y es de uso e costunbre por las dichas penas y calonias de cada persona que faze sangre en esta çibdad e su tierra seisçientos marauedís e de cada persona que dize palabra injuriosa o de vedada cuatroçientos maravedís y de las palabras de puto e cornudo o traydor o ereje o gacho o a muger casada puta la meytad de los trezientos sueldos que manda la ley del Rreyno
  • v.- yten sy saben que si los arrendadores de la dicha rrenta algunas vezes no an llevado por entero las dichas contías de las penas e calonias porque querían faser grazia como la faze el arrendador que arrienda la pena de los juegos propio de la çibdad de cuenca
A continuación los testigos, miembros de dicho cabildo, ratificaron las preguntas de arriba expuestas. Destacamos algunos testimonios por su valor:
  • Álvaro de Valenzuela recordó el origen antiquísimo del cabildo de caballeros y escuderos de Cuenca bajo la advocación del Espíritu Santo que retrotraía a los tiempos de la conquista de la ciudad por el Rey Alfonso: este testigo a más de quarenta años que es cofadre del dicho cabildo (confiesa tener 60 años) de cavalleros y escuderos donde hera su padre cofadre e que le fa visto tener e poseer e arrendar a sus arrendadores como rrentas propias suyas las dichas rrentas de penas y calonyas desta çibdad y su tierra y las otras en esta pregunta contenidas e oyo deçir e es cosa notoria que el Rrey don Alonso que ganó a esta çibdad de moros dio las dichas rrentas al dicho cabildo. No obstante, Diego de Cetina decía que no podía mostrar privilegio alguno
  • El escribano Álvaro Ruiz reconocía que el cabildo no tenía sede fija, reuniéndose en diversas iglesias de la ciudad, entre otras, la de San Nicolás. En otro momento también hemos visto cómo se reunía en la iglesia de Santa Cruz
  • El escribano Enrique de Valladolid recordaba el cabildo de tiempos de don Lope Barrientos, cómo era cofrade don Juan Hurtado de Mendoza con el que vivía
  • El regidor Don Fernando Valdés de cuarenta y cinco años afirmaba con orgullo la pertenencia al cabildo de sus padres y parientes y que no ay persona en la çibdad e tierra que aya notiçia de las cosas deste cabildo que no se puede deçir otra cosa al contrario

Archivo General de Simancas, CCA, DIV, 10, 30.  Información que se hizo en la ciudad de Cuenca por el teniente de corregidor de ella sobre el derecho de las penas y calumnias que tenia el cabildo de los caballeros y escuderos de dicha ciudad. 1514

sábado, 8 de abril de 2017

Cuando los tejedores, tintoreros, tundidores y perailes de San Clemente huyeron a Santa María del Campo

Tejedores siglo XVI
Por la pragmática de 19 de junio de 1511 se regulaba en su capítulo cien el acceso a los cuatro principales oficios del obraje de las lanas, a saber: tundidores, perailes, tintoreros y tejedores. Se exigía para el acceso a dicho oficio un examen ante dos veedores y dos acompañados*. Castigándose a aquellos que ejercían el oficio sin examen a penas de dos mil maravedíes. Dicha pragmática se completó con otra de 1528, que en su capítulo quince incluía que, aunque examinados, no se pudieran usar los mencionados oficios si no se depositaba fianza de diez mil maravedíes. La habilitación para cualquiera de los cuatros oficios del obraje de lanas se obtenía por un examen ante autoridad judicial del marquesado o, en su defecto, los alcaldes ordinarios de la villa de San Clemente. Así lo expresaba Pedro de Molina, que actuaba como representante del resto de oficiales
que es ansy que en la dicha villa cada e quando que alguna persona quiere o a querido ser hesaminado para qualquiera de los dichos ofiçios de tienpo ynmemorial a esta parte continuamente a avydo en el dicho hesamen tal horden e costunbre que la tal persona que hesaminarse quyere paresçe ante el governador, alcalde mayor o alcalde hordinario de la dicha villa y pide ser hesaminado en el ofiçio que quiere vsar y el juez manda a dos veedores o ofiçiales del tal ofiçio que lo hesaminen con juramento que dellos resçibe y desta manera hallándolo ábil e aviéndolo hesaminado los dichos dos hesaminadores lo dan por ábil para el dicho ofiçio ante el dicho juez el qual le da liçençia para que lo vse como bien e legítymamente hesaminado y dar carta de hesamen en forma debaxo de lo qual el tal hesaminado vsa sus ofiçios libremente
Juan Martínez Bravo recordaba haber sido examinado en tiempos del gobernador Francisco Zapata por los dos tundidores más viejos del pueblo. No obstante, el alcalde mayor licenciado Molina, que acababa de examinar hacía poco a un tal Francisco de Ávila como tejedor, no opinaba igual, pues exigía que además de los veedores, estuvieran presentes en el examen dos acompañados. La introducción en el examen de la figura del acompañado, además de los veedores, constituía una limitación en el acceso a los oficios desde el momento que dichos acompañados, miembros ya de los oficios presentaban a los nuevos candidatos. Así el origen del conflicto desencadenado entre el licenciado Molina y los tejedores no era tanto el interés pecuniario del alcalde mayor por quedarse con la tercera parte de los 52 a 55 reales que de pena impuso a cada tejedor, sino los conflictos internos en el mismo seno de los cuatro oficios de la lana, en un momento claro de expansión, por definir el acceso a los mismos. De la gravedad del conflicto da fe que a mediados de febrero de 1564 la cárcel estaba llena de pelaires, tundidores, tintoreros y tejedores o que un tundidor llamado Manes por el simple hecho de pedir testimonio de la pena impuesta fue llevado de nuevo a prisión. Entre los menestrales detenidos estaban un tal Moya, tejedor, los tejedores y perailes Francisco Dávila, Pedro Dávila, Pedro de Molina, Miguel Montesinos, Juan Copado, Sebastián Manes, un tal Meléndez, los tundidores Juan Martínez Bravo y Sandoval hijo, el peraile Francisco Rosillo y el tintorero Francisco Jiménez. Los pobres hombres estaban hacinados en la cárcel que hoy da a la Plaza de la Iglesia; cada día que pasaba de los ocho que estuvieron presos era un día perdido, por eso no es de extrañar que algunos, como el citado tundidor Francisco Martínez Bravo, se llevaran su tablero y tijeras para seguir trabajando a la cárcel, convertida en taller improvisado. La solidaridad de clase entre los oficiales de la lana se extendió rápidamente. Los trabajadores libres llevaban a los encarcelados la comida, pero también las herramientas de trabajo para continuar con su labor. El conflicto se extendió por toda la comarca, provocando cierta agitación social en los pueblos. Miguel Gómez Paniagua recordaba cómo estando en Villarrobledo veía haçer corrillos de gentes, admirándose de cosas que el dicho alcalde mayor haçía e pretendía.

Las actuaciones del alcalde mayor provocaron el temor generalizado entre los trabajadores de la lana de todas las villas de la comarca, que huían de sus casas y oficios ante el rumor de su próxima venida. Los tejedores sanclementinos habían huido a Santa María del Campo, tierra de los Castillo Portocarrero, lejos de la justicia de San Clemente. Del temor que inspiraba el alcalde mayor daba fe un testigo
estavan los dichos ofiçiales tan escandalizados que les acontezía dezir el alcalde mayor viene aquí esta noche y de miedo cojeron el hato que tenía e anochezer e no amanesçer porque no los penase y molestase 

Desde allí iniciarán su defensa, no ante la Chancillería de Granada, donde los pleitos tenían tal coste que no se lo podían permitir, sino apelando las decisiones de la justicia del Marquesado ante el Consejo Real. En un primer momento obtuvieron provisión favorable del Consejo para ser soltados de prisión y que la justicia del Marquesado enviará relación verdadera en el plazo de ochos días de las razones por las que había encarcelado a los menestrales. El licenciado Molina recibiría la notificación de la provisión en Tarazona el dos de marzo, pero se ratificó en sus sentencias, dadas a su parecer en cumplimiento de la pragmática de 1511. Los trabajadores de la lana se vieron obligados a obtener nueva sobrecarta de veinticuatro de marzo. Esta vez, el alcalde mayor justificó sus sentencias con la obligación de dar fianzas que fijaba la pragmática de 1528. Previamente, para su mejor defensa, los oficiales de la lana han huido a tierras de señorío en Santa María del Campo, huyendo de una nueva orden de encarcelamiento dada por el alcalde mayor el ocho de marzo,desde allí encargan una información de testigos ante el alcalde ordinario de Santa María del Campo, Pedro Martínez Rubio. Entre los testigos, mayoría de los oficiales huidos de la villa de San Clemente**. Contra lo que pudiera parecer, y según se deduce del testimonio del peraile Juan Martínez, de edad de treinta y dos años, y que había obtenido el título a los diecisiete años (edad mínima para obtenerlo), el acceso a los cuatro oficios de la lana estaba controlado por los miembros del ayuntamiento. Para el caso de los perailes, existía un único veedor nombrado por el concejo, que asistía a los exámenes de los nuevos oficiales, junto a un acompañado, figura ésta que solía recaer en aquél al que el concejo tuviera a bien de forma arbitraria. Superado el examen los oficiales recibían una carta, firmada por el gobernador o alcalde mayor, que les declaraba hábiles para el oficio. El Consejo Real fallaría el quince de noviembre a favor de los trabajadores de la lana***, ordenando su libertad y devolución de penas impuestas y bienes embargados. Antes los oficiales sanclementinos han tenido que hacer frente a una nueva prisión en la villa de Santa María del Campo, a requerimiento de la justicia de San Clemente y a la paralización de la información de testigos en el oficio del escribano Pedro Gallego. El triunfo de los perailes, tundidores, tintoreros y tejedores de la villa de San Clemente era en palabras de su procurador Luis de Oribe el triunfo del uso y la costumbre frente a las ordenanzas, aunque se intentaba justificar que el papel a asumir por los oficiales acompañados en el examen se subrogaba en la justicia del Marquesado o, en su defecto, en los alcaldes ordinarios de San Clemente.

Jost Amman, sastre
El desarrollo del sector textil en la villa de San Clemente, y en la comarca, donde destacan los paños de Motilla, tenía un origen reciente. Según los testigos se remontaba a veinticinco años atrás. A diferencia de las viejas ciudades castellanas el arte de la lana apenas si estaba reglamentado en las villas del sur de Cuenca y su auge estaba en relación con la multiplicación de la población, cuya demanda eran incapaces de satisfacer los viejos telares castellanos. Del carácter poco organizado y desarrollado de la actividad es muestra que la producción tenía un carácter individual y que los trabajadores trasladaban su actividad a cualquier lugar, bien  a la propia cárcel o bien a tierras de señorío, cuando huían de la acción judicial del licenciado Molina. Así lo hicieron los trabajadores de la lana de San Clemente para el período que fue desde marzo a noviembre de 1564, huidos en Santa María del Campo.

Don Diego Torrente transcribió las ordenanzas de sastres de 1563, existentes en el archivo de Simancas****. Es esclarecedor el testimonio de Gregorio del Castillo, el mozo, hijo de un mercader del mismo nombre asentado en San Clemente en los años veinte y que alcanzó cierta proyección social en la villa, llegando a ser regidor de su ayuntamiento. Señalaba el potencial demográfico de una villa de mil quinientos vecinos, el mucho gasto de paños y sedas y el creciente número de personas que se dedicaban a la fabricación de tejidos: sastres, jubeteros y calceteros, que, siendo advenedizos en sus oficios, no siempre lo ejercían con la suficiente profesionalidad. Una muestra más del rápido desarrollo de todos los oficios en torno al obraje de la lana para satisfacer las demandas locales y su necesidad de la regulación de los mismos. Aunque la regulación del acceso a estos oficios en la villa de San Clemente ya contaba con un cuarto de siglo de existencia, a medio camino entre aquellos que obtenían el título de manos de aquellos oficiales en cuya casa trabajaban como aprendices y las pretensiones ordenancistas del licenciado Molina. En San Clemente uno se convertía en maestro peraile, tundidor, tintorero, tejedor o sastre después de un examen ante dos oficiales expertos en el ramo y en presencia de la justicia, que emitía la carta que habilitaba para el ejercicio del oficio.



*Otrosi mandamos que las personas que huuieren de hazer el obraje de los paños en las Ciudades, Villas y Lugares destos nuestros Reynos, e señoríos, sean desaminados cada uno en su oficio, excepto los que aora están examinados, e que el dicho examen hagan los Veedores que para ello fueren depurados en los dichos oficios con otros dos oficiales acompañados del tal oficio, sobre juramento que hagan todos, que bien e verdaderamente harán el dicho examen, y a los que hallaren áuiles para los dichos oficios, los ayan por examinados e le den carta de examen... e que sin la dicha carta de el dicho examen y sin tener estas nuestras ordenanzas, ninguno pueda tener casa, ni tienda por sí de los dichos quatro oficios e porque mejor se hagan los dichos oficios y más limpiamente, mandamos, que ninguna persona no pueda tener en su casa , ni fuera della más de un oficio de los quatro oficios, que son texedores, y perailes, y tintoreros, y tundidores (Ordenanzas que los muy Ilustres y muy Magníficos señores de Granada mandaron guardar para la buena gobernación de su República. Impresas año de 1552)


**Testigos presentados por los oficiales de la lana, todos ellos compañeros huidos en Santa María del Campo:
Juan Martínez, 32 años, peraile, huido de San Clemente
Juan Martínez Bravo, 30 años, tundidor, huido de San Clemente
Miguel Gómez Paniagua, 42 años, vecino de San Clemente. Ayudó a los encarcelados llevándole víveres a la cárcel.
Esteban Hernández, peraile, 28 años, vecino de San Clemente

***Habían acudido ante el Consejo Real, los siguientes oficiales de la lana: Pedro Molina, Francisco López, Ginés García, Pedro Sainz, Luis García, Julián Martínez, Francisco de Moya, Dámaso Martínez, Diego de Celada y Alonso de Molina.

**** TORRENTE PÉREZ, Diego. Documentos para la Historia de San Clemente. 1975. pp. 339-342

Nota: 

  • Perailes: cardador de paños
  • Tundidor: Cortaban e igualaban con tijeras el pelo sobrante de los paños


AGS. CONSEJO REAL DE CASTILLA.  Leg. 351, 14. Los tejedores, tundidores, perailes y tintoreros de San Clemente sobre el ejercicio de sus oficios con el licenciado Molina, alcalde mayor del Marquesado. 1563

domingo, 2 de abril de 2017

Las tiendas de San Clemente hacia 1570: la ruptura de la moral y sociedad tradicionales

Grabado de Jost Amman. Siglo XVI
La Plaza Mayor de la villa de San Clemente presentaba hacia 1570 cierto aire desangelado. A pesar del trasiego de viajeros de paso que se alojaban en los mesones existentes en dicha plaza, los bajos de los edificios habían perdido la frescura de hacía algo más de un quinquenio. Las tiendas habían desaparecido. Sus habitáculos a pie de calle estaban abandonados o eran lugares ocupados por el triste oficio de los escribanos.

1570 fue un mal año, quizás de los más amargos de la historia de España. La rebelión morisca de las Alpujarras no pasó de largo por el Marquesado de Villena. El gobernador Francisco Zapata Osorio trataba de reclutar soldados para la guerra. Albacete colaboraba, al menos hasta que sus jóvenes, despavoridos, se enfrentaban a la crueldad de la guerra; San Clemente se excusaba y sus mozos debían ser reclutados a la fuerza por los yermos, donde se escondían tras abandonar sus negocios y trabajos. El imponente edificio del ayuntamiento de la villa no ha muchos años que había sido reformado por Domingo Zalbide, que algunos nos quieren hacer pasar por su autor. Sus arcos, reforzados; construida una nueva sala de reunión de los regidores, Pero la plaza a la que miraba había perdido el ambiente bullicioso de la primera mitad de siglo. El ayuntamiento de la villa reconocía el 20 de marzo que cesaban las contrataciones y los comercios y que el pueblo se despoblaba, huyendo sus vecinos de la guerra y refugiándose en los pueblos de señorío. La guerra era la principal causa del desánimo, pero a la sociedad sanclementina parecía faltarle impulso.

Durante los años de la reforma del ayuntamiento, las reuniones se habían trasladado a la ermita de  Nuestra Señora de Septiembre. La cofradía de cristianos viejos que se reunían allí tenía solera, pero en la opinión de la época no dejaba de ser una calle escondida y oculta. Los Herreros podían tener su casa a unos pasos, en la actual plaza de la Iglesia, pero pesaba más la proximidad de la cárcel y que a sus espaldas se extendía el arrabal de la villa, en el cuartel de Roma. No muy lejos de allí debía estar la calle de la Amargura. Las miradas hacia esta calle y la familia Origüela, que en ella habitaba, eran de desprecio.

Quizás porque las obras del ayuntamiento y de la Iglesia presentaban un escenario un tanto revuelto, quizás porque la actividad se había trasladado con el ayuntamiento cerca de la ermita de Nuestra Señora de Septiembre o simplemente porque las carnicerías, que reclamaban ya un nuevo edificio, eran un foco de atracción. un mercader llamado Antonio López de Garcilópez hacia 1565 decidió mudar su actividad junto a la ermita, con el tiempo Colegio de los jesuitas, abandonando la plaza. No fue el único, otros siguieron su ejemplo.

A principios de 1570, el gobernador del Marquesado de Villena, Francisco Zapata Osorio, parecía haber fijado su residencia en San Clemente, después de que su antecesor el licenciado Maldonado Salazar intentara el año anterior desde Albacete el reclutamiento de hombres para la guerra. Desde septiembre de 1569, en una sangría continua para los pueblos, la labor reclutadora corresponde al licenciado Molina Mosquera, comisario de guerra enviado desde la Corte. De la Corte se enviarán alguaciles para perseguir a los sanclementinos huidos. Las penalidades de la población no parecen afectar a la minoría que rige el ayuntamiento. Los regidores, de la mano del gobernador, proponen devolver la vida a la villa en sus principales espacios públicos, pero esta minoría resentida denunciará a aquéllos, que como no podía ser menos en tiempo de crisis, hacen negocio a escondidas y a costa de la necesidad ajena. Cinco años después, Rodrigo Méndez, administrador de rentas reales, alertará de esta riqueza oculta en las villas del Marquesado.

Los regidores de 1570, son aquellos jóvenes acusados en los sucesos de 1553 de agredir al alcalde Hernando Montoya; junto, a ellos los hermanos Pacheco. Sus enemigos los Origüela, están marginados del poder. Aunque la rama de los Tébar conserva su presencia en el poder municipal con la figura de Llanos de Tébar; alguno de ellos ha salido en busca de fortuna a las Indias, como Diego de Tébar; otros, como su hermano Cristóbal, finalizan sus estudios y  preparan su acceso al curato de la parroquia de Santiago Apóstol. Sin embargo su posición en el poder municipal es de marginalidad.

El 18 de marzo de 1570 el gobernador y los regidores sanclementinos se reúnen en la sala de su ayuntamiento. Junto al gobernador Francisco Zapata Osorio, están los regidores Antón de Avalos, Francisco Rosillo, Diego de Oviedo y Diego de Alfaro, son aquellos jóvenes, ya en edad madura, a los que los Origüela, llegados desde el Arrabal, intentaron linchar en 1553. También ocupan regidurías los hermanos Alonso y Francisco Pacheco, un Julián Sedeño, del que desconocemos todo, y dos regidores más, Llanos de Tébar y Diego de Montoya. Los Ortega, comienzan asomar cabeza en el poder municipal: Francisco de Ortega, detenta el cargo de fiel ejecutor. Toma la palabra Diego de Oviedo. Recuerda una pragmática del Rey que manda que no anden por las calles buhoneros ni se establezcan tiendas de mercería por las calles apartadas, pero ante todo recuerda al gobernador la degradación del espacio urbano de San Clemente y llegando más allá denuncia la falta de decoro. A esas tiendas acuden mujeres simples que compran las mercancías por el doble de su valor y doncellas víctimas de los galanteos. Devolver las tiendas a la plaza ennoblecería la villa. Todos los regidores dieron su voto favorable a Diego de Oviedo. Solo Llanos de Tébar se opone, la pragmática citada no contradice que los mercaderes puedan establecer sus tiendas en sus propias casas y habla sin tapujos de la libertad de los mercaderes para poner tienda en cualquier lugar. Seguramente que Llanos de Tébar es parte interesada y perjudicada en el asunto. Por fin, el uno de agosto se dicta auto para trasladar las tiendas de las casas particulares a la plaza del ayuntamiento y a la calle de la Feria; se da a los mercaderes de plazo hasta San Juan de 1571.

La medida parece que tiene múltiples destinatarios. No en vano, en un padrón de quince años después, ocho vecinos aparecen como tenderos; aunque los artesanos que, como plateros, cereros,
armeros u otros múltiples oficios, tienen sus tiendas abiertas a las calles son decenas. No nos olvidamos de aquellos que arrendando las tiendas públicas, abastecen de productos básicos como el pan y la carne al pueblo. Pero llegado el dos de agosto solo dos mercaderes son apercibidos para mudar sus tiendas. El primero es Antonio López de Garcilópez; el segundo Juan López de Perona, que bifurcando su negocio tiene sendas tiendas en la plaza y en sus casas particulares. Las protestas vienen del primero, que cuenta con una tienda, instalada en su propia casa, sita en la calle de Nuestra Señora de Septiembre (la actual Rafael López de Haro), junto a la cárcel de la villa. Vende especias y lienzos y telas, aunque el ayuntamiento le acusa de buhonero y poseer tienda de mercería. Antonio López de Garcilópez se niega a trasladar su tienda a la Plaza Mayor o a la calle Feria, arriesgándose a una multa de veinte mil maravedíes.

El problema se había originado cuatro años antes. A decir, de Pedro Hernández de Avilés, las tiendas de mercería y pescadería habían estado, desde tiempo inmemorial, en la plaza
para que públicamente vendiesen las mercadurías porque se biesen y entendiesen los presçios e medidas e pesos que se dan las tales mercaduryas porque en hellas no se pudiese hazer daño ... hasta en tanto que habrá quatro años que se levantaron otros mercaderes e pusieron tiendas en sus casas y en calles yncubiertas y lugares ocultos
La sociedad tradicional se deshacía. Una economía reglamentada en sus pesos y medidas, tasados sus precios máximos y con un estricto control por el ayuntamiento a través del fiel ejecutor (oficio en manos de Francisco Ortega),  ahora se abría a una economía que anunciaba el libre mercado. El paso se había dado por la ruptura de unos cuantos mercaderes, que por su cuenta y riesgo habían decidido abrir nuevas tiendas. Actitud arriesgada de unos pocos hombres, pero que respondía a una sociedad con nuevas necesidades. Antonio López de Garcilópez no es un simple mercero, su negocio se ha ampliado a los productos de lujo. En su tienda vende especias, paños y lienzos; son productos que transcienden los circuitos comerciales regionales y que abren la villa de San Clemente al comercio internacional de productos de lujo. La apertura de la villa manchega a la economía-mundo rompe las viejas reglas e introduce la libertad de precios. También llega la especulación de la mano de lo que se denuncia como precios excesivos y la falta de control municipal de pesos y medidas. Pero más importante es la disolución de las formas tradicionales de vida y el establecimiento de una moral fundada en normas de conducta más relajadas. Los nuevos lugares de venta se convierten en puntos de encuentro de doncellas y mozos; con los encuentros informales vienen las murmuraciones; una parte de la sociedad sanclementina reclama nuevas normas que se censuren las nuevas costumbres: se exige que las mozas no salgan solas a los recados y las compras y que lo hagan con la cabeza cubierta.

La sociedad tradicional cede ante la nueva villa que deviene, rivalizando con Albacete, en capital del Marquesado de Villena. San Clemente se convierte en la pequeña corte manchega. Pero antes que las casas blasonadas aparecen los mercaderes y hombres de negocios. Con la capitalidad, no reconocida oficialmente, surge una capa social de oficios públicos: alguaciles, escribanos, recaudadores, procuradores o abogados. Los mesones, de antaño situados en la plaza, se llenan de forasteros y tratantes que cierran sus negocios, extendidos por toda la comarca, en el mercado que con periodicidad semanal se celebra los jueves. Complementariamente tres ventas en las afueras del pueblo alojan a arrieros y gente de paso, no siempre con buena reputación. Surgen y se estabilizan nuevos oficios, además de los ligados a la actividad pública, al calor de las nuevas necesidades de una población más compleja: maestros de gramática, cirujanos, barberos o médicos. También los clérigos regulares o seculares se multiplican, como se hace más compleja la organización del Santo Oficio con su notario, comisarios y siete familiaturas.

Aunque el surgimiento de nuevas tiendas responde a las dos necesidades básicas de la sociedad: la alimentación y el vestido. Ambas dan su razón de ser a las nuevas tiendas. También al desarrollo de oficios como espaderos, odreros, cerrajeros, caldereros, sombrereros o zapateros. Albacete destacará como una villa de alpargateros, cuya producción se destina a una sociedad agraria. San Clemente tiene una producción de calzado de mayor calidad, aunque, es cierto, mucho más limitada. Hasta veinte zapateros tendrán vecindad en la villa.

El San Clemente de 1570 tiene mil quinientos vecinos, cerca de seis mil habitantes. Muchos para la época, aunque la cifra nos sorprende más si damos veracidad a esas cifras que hacen elevar la población a dos mil vecinos e incluso superar con creces ese número. Números creíbles si pensamos en la numerosa población flotante que acude por negocios a la villa o, al final del verano, a las labores de vendimia. Este peso demográfico de la villa ha permitido el surgimiento de una colonia de trabajadores en torno a la fabricación de paños y vestidos. A pesar de que su producción debe ser local, sastres o tintoreros tienen una marcada conciencia gremial. Otros oficios como pelaires, cardadores, tundidores o algún batanero desarrollan alrededor de ellos su actividad. El negocio de la lana, complementario del abasto de carne, no pasará desapercibido a familias principales del pueblo. Como dueños de rebaños de dos mil a cuatro mil cabezas aparecen en el futuro nombres de regidores como los García Monteagudo, Alfaro, Perona o de la Osa.

El rápido desarrollo de las actividades económicas llevó pareja la necesidad de una regulación de estas actividades, a través de ordenanzas, o simplemente autos de gobierno, que, como en el caso de las tiendas, se dictaban por el gobernador, después de acuerdos municipales, intentando volver a marcos regulatorios antiguos. Sin embargo, las nuevas realidades adquirían carta de naturaleza legal, después de contenciosos que se sustanciaban en el Consejo Real. Tal es el caso de las tiendas aquí estudiado. Antonio López de Garcilópez recurrió el auto del gobernador Zapata Osorio, negándose a llevar su tienda a la plaza. En un principio, el gobernador intento resolver la cuestión delegándola en el regidor Bautista García Monteagudo, que recordó en la información de testigos que llevó a cabo*, cuál era la tradición y lo más provechoso para el bien común e interés de la república. Pero los intereses particulares eran demasiado sustanciosos como para plegarse al bien común. Antón López de Garcilópez presentó sus quejas ante el gobernador un veintitrés de junio de 1571
se hazía agrabio por hecharle de su casa y thener tantos hijos y auer estrecheça en la plaça y ser costosas las tiendas que no tenía hazienda para dos años por la pagar
el gobernador recibió las respuesta sin conmoverse demasiado por las cargas familiares del mercader, pero pareció bastante molesto por la declaración de auer estrecheça en la plaça. Su sobrino había contribuido a la reforma del ayuntamiento, como nos delata hoy la inscripción que aparece entre sus arcos, y el embellecimiento y ornato de la villa era uno de los principales fines de su gobierno. Por eso, en gesto inusual y poco protocolario, agarró a Antonio López de Garcilópez para mostrarle la amplia plaza, de cuya construcción la villa se sentía orgullosa:
y entonçes su merçed le llevó alrrededor de la yglesia e le preguntó a este declarante qué es lo que está dado por plaça y andubo con su merçed alrrededor y le señaló su merçed y dixo todo alrrededor de la plaça puede aver tiendas 
 Era en esa plaza, para mayor ornato de la república, donde debía instalar su tienda. Así lo ordenaba de forma inapelable el gobernador. Antonio López no se amedrentó, manifestó no sentirse agraviado por una orden que afectaba a todos los tenderos. El pleito quedó archivado en el Consejo Real, que dio por buena la relación enviada por el gobernador, ratificando lo que ya se había acordado un año antes. La cerrazón del gobernador y el regimiento en defensa de las viejas costumbres no se tradujo en un revivir de las viejas tradiciones. Pasados unos años las tiendas y negocios aparecían diseminadas por toda la población.

Las tiendas en San Clemente se localizaban en la calle de la Feria y la Plaza Mayor, pero de modo diseminado habían surgido por el pueblo varias tiendas para el abasto de productos básicos como el aceite o el pescado y otras que vendían productos de uso doméstico o quincallería. Antonio López poseía una tienda de mayor calidad en la calle de Nuestra Señora de Septiembre, dedicada a la venta de especias, lienzos y sedas. No era la única tienda existente en esa calle, pues a decir de nuestro protagonista,
en la dicha calle donde estaba la dicha su tienda abía otras muchas de todo género de tratos y bastimentos
 En el litigio debía haber conflicto de intereses que iban más allá de la confrontación entre el interés público del concejo y el privado del tendero. Al fin y al cabo, llevaba razón Antonio López, cuando destacaba que la calle de Nuestra Señora de Septiembre nacía en la misma Plaza Mayor y era tan principal y pública como cualquier otra. A pesar de ello, hoy la calle Rafael López de Haro, antaño de Nuestra Señora de Septiembre, nos aparece triste, sin tiendas, animada únicamente por el uso cultural de su ermita e iglesia recién restauradas.



* Se recibió información de los siguientes vecinos:

Juan López de Perona el viejo, 66 años
Juan de Peralta, 38 años
Licenciado de la Fuente, abogado de la villa, 45 años
Antón de Perona, 45 años


AGS. CONSEJO REAL DE CASTILLA.  507, 28. Antonio López, tendero, vecino de la villa de San Clemente, con el regimiento de la villa, sobre el lugar de las tiendas. 1571