El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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sábado, 13 de mayo de 2017

Las Comunidades de Castilla: la batalla de Carboneras de Guadazaón

Vista general de Carboneras de Guadazaón
El documento abajo presentado nos narra la batalla acaecida entre las tropas realistas, que reciben tropas y piezas de artillería, desembarcadas en el puerto de Alicante, y los comuneros, que se habían hecho fuertes en el pueblo conquense de Carboneras de Guadazaón. La batalla tendría lugar el 14 de noviembre de 1520. Las tropas realistas serán dirigidas por el duque de Santisteban, hijo del marqués de Villena (y duque de Escalona), y el marqués de Moya. La derrota comunera supondría la primera pérdida de la villa de Moya, en la que intervino también el señor de Valverde, Jorge Ruiz de Alarcón. Con razón se dice al final del texto queda tan allanado y está tan sosegado que no es cosa de creer; pues para el mes de febrero, los comuneros con la ayuda de las villas de Iniesta, Motilla, Requena y Mira recuperan la fortaleza hasta la derrota definitiva del movimiento.

El conde acabó su jornada de lo de Moya y porque es cosa de mucha ymportançia me pareçió que era justo hazer saber al duque como pasa, los villanos de Moya y su tierra estaban muy rrezios y muy fortaleçidos e jamás quisyeron conçierto con su señoría, el conde estubo tan rrezio en ayudar al marqués de Moya que de que vido que por bien no aprovechava junto alguna parte de gente de nuestra tierra y tomó a sueldo quatro çientos soldados de los de (en blanco) que avían desenbarcado en Alicante y fueron sobre ellos con muy buen exérçito y diez o doçe piezas de artillería a un lugar que se llama Carboneras, lugar bien rrezio y bien torreado, avía en él seysçientos onbres de pelea, començó el conbate, la cosa más rreñyda que en Castilla se a visto ni oydo dezir, al fin les entregaron el lugar y los mataron çiento y ochenta personas y prendieron trezientos onbres, saquearon el lugar que era bien rrico, de los nuestros murieron tres o quatro y entre ellos Alonso Dávalos, ovo onbres que hizieron cosas estrañas (tachado= Juan Aluares), hecho esto luego se vino a dar al conde la villa y fortaleza de Moya y toda la otra tierra y se le entregó a el marqués de Moya y está en ello muy paçífico, lo que ha sydo para paçificaçión de aquella tierra ya lo puede ver el duque porque los queda tan allanado y está tan sosegado que no es cosa de creer



Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, OSUNA, C. 1635, D. 205. Copias simples de cartas e informes que detallan acontecimientos de [la Guerra de las Comunidades (1517-1522)].

Las Comunidades de Castilla en Santa María del Campo Rus

                         
La guerra de las Comunidades de Castilla adquirió en la Mancha conquense la forma de movimiento antiseñorial, especialmente en la villa de El Provencio, señorío de los Calatayud, y Santa María del Campo, en ese momento bajo jurisdicción de don Bernardino del Castillo Portocarrero, III señor de Santa María del Campo y de Santiago de la Torre. El estado de levantamiento generalizado de la población del sur de Cuenca se entiende mejor si lo insertamos en el contexto de la sublevación de la villa de Moya contra su señor Juan de Cabrera y el apoyo generalizado con que contaron estos movimientos de impronta antiseñorial por parte de los vecinos de las villas de realengo de lo reducido a la Corona en las tierras de Cuenca.

La rebelión comunera en Santa María del Campo la conocemos por la carta que don Bernardino del Castillo Portocarrero envío a Carlos V, solicitando ser resarcido de los agravios cometidos por sus vasallos. El documento ya fue estudiado y transcrito parcialmente por Juan Ignacio Gutiérrez Nieto (1). De su lectura se desprende que los alborotos de los vecinos de Santa María del Campo fueron un auténtico levantamiento (así se define en la carta) contra su señor, al que le negaron la obediencia, depusieron las autoridades y justicias por él nombradas y le requisaron cuantos bienes poseía en el lugar, además de la negativa a seguir pagando renta alguna.

El carácter revolucionario del movimiento se conforma en un primer momento por la proximidad e influencia del movimiento comunero de la ciudad de Toledo, desde donde se extiende a estas tierras, y adquiere singularidades propias con el nombramiento de nuevas justicias y la dotación de una embrionaria organización militar bajo la capitanía del comunero Diego Esteban Blanco. Contra este desconocido personaje santamarieño, líder indiscutible de la rebelión comunera en el lugar, irán dirigidas todas las iras de Bernardino del Castillo Portocarrero.

La rebelión de Santa María del Campo no fue un hecho aislado; en El Provencio hubo similar levantamiento señorial contra su señor Alonso de Calatayud. A diferencia de éste, que tuvo que huir de su villa y refugiarse en Las Mesas, o de Juan de Cabrera, que tuvo que huir de Cardenete, don Bernardino pudo librarse del odio y venganza de sus vasallos santamarieños por residir en Salamanca, donde su familia gozaba de las rentas del mayorazgo fundado por su abuelo el doctor Pedro González del Castillo y un regimiento adquirido por la familia en 1491. Además, las villas de realengo del Marquesado apoyaron con recursos y hombres la revuelta. Al viejo sueño inacabado de librarse de la nobleza local durante las guerras del Marquesado y reducir las villas a la corona real, se unía ahora el interés de unas villas por acabar con enclaves señoriales que con sus viejos derechos feudales entorpecían el desarrollo económico de los pueblos. Igual que solo se entiende la acción decidida de Requena, y el comunero Luis de la Cárcel, contra Moya por los obstáculos que al comercio requenense suponían los derechos de portazgo que disfrutaban los marqueses de Moya, la acción de solidaridad de los vecinos de Cañavate (en este caso, hay intereses agrarios también) y de San Clemente está guiada por el impedimento de las trabas feudales al libre desarrollo del comercio y circulación de personas por la región. Los vecinos de El Cañavate y San Clemente harían comunidad con los vecinos de El Provencio para ayudar a los santamarieños. Conocemos la virulencia que alcanzaron los enfrentamientos por algún caso concreto como el de El Cañavate, el alojamiento de seis o siete compañías de soldados en la villa da fe de la importancia del movimiento insurreccional (2). Pero está por estudiar la generalización del movimiento en las tierras del Marquesado de Villena, de los estudios de la rebelión en las tierras de Moya, conocemos la solidaridad comunera de las poblaciones de Mira, Requena, Motilla o Iniesta, e incluso que esa solidaridad se hizo extensiva a otras villas de realengo del Marquesado de Villena: se intentó reclutar tropas en ayuda de la sublevada Moya por diversas villas de la zona, así, Villena, Fuensanta, San Clemente, Villanueva de la Jara, la Motilla, El Pedernoso, Barchín del Hoyo, El Peral, Alberca, Las Pedroñeras, La Almarcha y la lejana Yecla (3).

Desconocemos el alcance de la represión del movimiento una vez derrotado, pero en el margen del documento nos aparece la concesión por la Corona de cada una de las peticiones de don Bernardino; incluido un comentario más que inquietante, junto a la petición de castigo para el capitán Esteban Blanco: el proceder contra los insurrectos sería el mismo que contra los comuneros de Moya.




                                                                                 ( cruz )


                                                       S(acra) Ce(sárea) Ca(tólica) M(agestad)


Don Bernaldino del Castillo, vesino de la çiudad de Sal(aman)ca, diçe que el su lugar de S(an)ta María del Canpo que es en la Mancha de Aragón se levantó por Juan de Padilla e la comunidad sin cabsa ni rrasón con gran alboroto e palabras ynjuriosas contra él e le tomaron vna casa que en el dicho lugar tiene con todo lo que en ella estaua e la encastillaron e le tomaron todos los dineros e pan que tenía e se le devían de las rrentas del dicho lugar e le quitaron los alcaldes e justiçia e lo pusieron de su mano e hisieron capitán del dicho alboroto e levantamiento a vn Diego Estevan Blanco e enviaron a la Junta que los faboresçiese e han fecho e hasen de cada día otros ynsultos e daños de que Dios Nuestro Señor e vuestra magestad son deseruidos y el rreçibe mucho daño e agrauio,

suplica a vuestra magestad mande dar sus prouisiones para el dicho lugar e vesinos e moradores de él que le bueluan la obediençia e señorío que syn cabsa le quitaron para que estén como antes estavan e le rrestituyan e tornen todo el pan e dineros e vino e otras cosas que le tomaron e han tomado fasta el día de oy asy de sus rrentas como de lo que tenía en la dicha su casa e mande al dicho Estevan Blanco capitán que vaya a dar rrasón a los sus governadores de sus rreynos de Castilla por qué ha fecho lo susodicho e de los muchos gastos que ha fecho e hase el dicho lugar e a de ver condenar en las penas en que por ello yncurrió

otrosy dize que los vesinos de Sant Climente e Cañavete y la villa de Provençio fueron a ayudar e fauoresçer al dicho lugar de Santa María del Canpo en el dicho alboroto e levantamiento, suplica que tanbién se dé prouisión contra ellos para que den rrasón por que lo hisieron e sean castigados dello

yten suplica que se escriva a los governadores de Castilla que este negoçio ayan por muy rrecomendado para le proueer e rremediar con brevedad e justiçia como cosa de seruidor de vuestra magestad

                                                                               *****

(1) GUTIÉRREZ NIETO, Juan Ignacio: Las comunidades como movimiento antiseñorial. Planeta, Barcelona, 1973. El estudio que afecta a El Provencio, Santa María del Campo y otras poblaciones del Marquesado de Villena en págs. 204 y ss.

(2) La participación de los vecinos de El Cañavate está documentada por las Relaciones Topográficas de Felipe II:
que no saben otros hechos señalados que hayan pasado en esta villa, más que en el tiempo de las Comunidades, el año veinte e uno, haber (a) esta villa venido gente del Marquesado a echar seis o siete compañías de soldados que en ella estaban aloxados sin ellos sentirlo saliendo todo el pueblo; la cual gente trujo el alcalde mayor que a la sazón era para los echar por los grandes daños y fuerzas que hacían a las mujeres y en las haciendas, y haber la dicha gente muerto a saeta y con otras armas a muchos de los dichos soldados y herido gran cantidad, y despojándolos y desnudándolos en cuero sin quedar ninguno, sino fuese alguno que se quedase escondido, y ansí muchos de ellos denudos se escaparon por la sierra arriba, que está junto a la dicha villa, y los que quedaron los llevaron desnudos en cuero de esta villa a la villa de Bala de Rey, el pueblo hacia el medio día de ella; lo cual fue primeros días de hebrero del dicho año con nieves, porque los que los perseguían de Villanueva, Iniesta y El Peral y otras partes, que son otros lugares del Marquesado deben seído muchos afrentados por las dichas villas tomándoles sus mujeres y hijas
ZARCO CUEVAS, Julián: Relaciones de pueblos del Obispado de Cuenca. Edición preparada por Dimás Ramírez. Excelentísima Diputación de Cuenca. 1983. pp. 206 y 207.

También nos ha quedado la relación de los hechos en El Peral, de donde se infiere por las palabras de Benito Gómez, no era hombre de negocios, la oposición de los labradores ricos al movimiento
se dice que en el tiempo de los movimientos y alborotos de las Comunidades, como en esta villa hubiese un levantamiento de ciertos comuneros, andaban de noche por las calles congregados llamando a las puertas de las casas, y llamaban a los que vivían (en) ellas y les hacían jurar la dicha Comunidad  y quitaban las varas a los alcaldes ordinarios y de la Hermandad que había y otros oficios, y les hacían que los tuviesen por la Comunidad. Llegaron a la casa de un vecino de esta villa, que era alcalde de la Hermandad por los vecinos pecheros, y le pidieron que les diese la dicha vara, o que jurase la dicha comunidad, el cual era un hombre labrador, y que no se tenía cuenta con él y que parecía no era hombre de negocios, sino apartado de ellos, y al parecer no era hombre que se entremetía en nada. Dixo a los dichos comuneros: "¿Qué borracherías son estas porquerazos?" Y parece que de estas palabras se dio noticia al capitán de los dichos comuneros, el cual diz que quso informarse de él de las dichas palabras y le dixo: "Vení acá, Benito Gómez; diz qué habéis dicho vos"; refiriéndole las dichas palabras, a manera que lo amenazaba. El cual respondió: "Señor, cuando yo lo dixe no estaba aquí vuestra merced""
Ibidem, pp. 402 y 403

La aldea motillana de Gabaldón, pasado medio siglo, se apuntaba al furor anticomunero, aunque ratificando la presencia de tropas en Cañavate y cómo ocurrió una batalla en un río del Cañavate, el río Rus, que se volvió sangre de una puente abaxo
que en el tiempo de las Comunidades entraron a tirar hombres de armas en cantidad, y que la gente del pueblo con otras comarcanas que les favorescieron y que fueron tras ellos cinco leguas y que siempre fueron en alcance y mataron muchos de los comuneros de tal manera que toparon con río en el Cañavate y que se volvió en sangre de una puente abaxo; y que a un hombre de la villa de La Motilla que dice Juan Portillo, y es vivo, le echaron una saeta por junto a el suelo con yerba y que no se halló quien le chupase la hierba; y que sanó; y a otro hombre del dicho lugar de Gabaldón armando una ballesta se le quebraron entramos los compañones
Ibidem; p. 266

La implicación de la villa de Iniesta en la toma de Moya y las correrías del Obispo de Zamora, Acuña, también nos vienen relacionadas. Destaca la mención a la composición del movimiento, gente de baja suerte y clérigos de corona, excluidos del poder municipal. Iniesta se convirtió en núcleo insurreccional en todo el Marquesado de Villena y nexo de unión de estas tierras con la insurrección del Marquesado de Moya. Más destacable es la conexión del movimiento comunero con las germanías valencianas que se anuncia al final del texto
en el dicho tiempo vino el obispo de Zamora y comunicó con los que pudo levantar, que fueron ciertos vecinos, unos de baxa suerte, y otros de los que no admitían a oficios del concejo por haber asumido corona y por otras causas y promesas que les hizo, y nombraron de ellos capitanes, alcaldes y alguaciles y otros oficiales por la Comunidad, y se levantaron en aquel tiempo que estos tuvieron los dichos oficios por la Comunidad (y) se levantaron otros lugares del Marqués de Moya, Cabrera, y avisaron a la justicia de esta villay Comunidad, y a otras del Marquesado y sacaron gente de a pie y de a caballo y fueron a Cañete y Moya y la ganaron para el Rey, aunque después dicen fueron castigados en penas pecuniarias por un juez de S.M., y desde a un año para ganar Xátiva salio mucha gente de esta villa, donde murieron muchos y asistieron hasta que se acabó y ganó y quedó real.
Ibidem, p. 310

Contrastan los silencios intencionados e interesados de los hechos de las Comunidades en las respuestas de las villas principales como San Clemente o Villanueva de la Jara.

(3) LÓPEZ MARÍN, Mariano: "El levantamiento de las Comunidades de Moya. Apoyo de los comuneros de Requena y Mira. Consecuencias para las aldeas moyanas". Revista Oleana, nº 22. Actas del III congreso de Historia Comarcal: Camporrobles, Mira y Requena, Mira, 9 al 11 de noviembre de 2007; pp. 506-529. 




Archivo General de Simancas, PTR, LEG, 1, DOC. 66. Carta de D. Bernardino del Castillo a S.M. siglo XVI (ca. 1521)

Véase también
La rebelión antiseñorial de El Provencio

lunes, 1 de mayo de 2017

San Clemente: de república pechera a república patricia

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No quisiéramos trasladar la idea que con el establecimiento de los regidores perpetuos en 1543, comprados a cuatrocientos ducados el regimiento, se pusiera fin a un periodo de democracia en el gobierno del ayuntamiento de la villa de San Clemente, pero la instauración de estos regimientos perpetuos supuso un punto de inflexión en los gobiernos de las villas del Marquesado de Villena. El gobierno de los ricos ya se denunciaba en San Clemente o Villanueva de la Jara desde finales del siglo XV, pero desde el Consejo Real se procuró intervenir para acabar con los abusos de los poderosos.

En Villanueva de la Jara, la elección de los oficios municipales recaía en unas pocas familias que monopolizaban el poder. Los regidores salientes elegían a los entrantes, en lo que era una fórmula habitual en otras villas.  Se intentó acabar con los abusos en el ejercicio del poder desde la tradición histórica, intentado recuperar lo que el fuero de Alarcón decía en materia de elección de oficios: por suertes entre aquellas personas ociosas que poseyeran caballo, armas y casa en la villa desde hacía un año*. Sin embargo, las protestas en 1495 no venían de una minoría de caballeros villanos. Era el común de los vecinos el que protestaba contra el abuso de una minoría de vecinos ricos que disfrutaba de los propios de la villa en beneficio propio. Por eso la contestación del Consejo Real no podía retrotraerse al fuero de Alarcón; ahora en tiempos de paz eran necesarias unas nuevas ordenanzas, que introdujeran novedades para intentar frenar los abusos: creación de nuevos oficios concejiles, ante quienes los oficiales municipales ya existentes debían responder de su actividad pasada en el ejercicio del cargo; creación del oficio de procurador síndico, que recogía las quejas de la comunidad de los vecinos, e introducir un criterio de capacidad en la elección de los cargos frente al de riqueza u otros criterios medievales de una sociedad militar. Elección por suertes que ampliaba la base de electores y las personas elegibles, que debían ser personas áuiles i sufiçientes e veçinos de la dicha villa, aunque no tobiesen ni obiesen tenido ni mantenido armas ni caballos un año antes. Así un aire de democracia se extendió por los concejos del Marquesado de Villena en las dos primeras décadas del quinientos; superando los intentos de regresión señorial a la muerte de la reina Isabel, ese carácter participativo de la vida municipal llegaría a tener su momento álgido en la época de las Comunidades.

Durante la segunda década del quinientos nos encontramos con concejos amplios, podríamos decir semiabiertos, junto a los regidores aparecen los diputados del común que se han multiplicado en número y que en ocasiones aparecen de modo indiferenciado con la presencia de otros vecinos. El único criterio para la presencia en estos concejos es más que la riqueza la propia valía de las personas. Las reuniones del concejo han dejado de llamarse solamente ayuntamiento, la nueva fórmula que los intitula es la de ayuntamiento y universidad o ayuntamiento y comunidad.

El monopolio del poder municipal por unas pocas familias en Villanueva era la norma común al resto de los pueblos de la comarca. La configuración de la naturaleza del poder municipal tuvo una evolución propia en cada villa, aunque el punto de llegada fuera el mismo: la exclusión de la mayoría de la población. Ya hemos estudiado la evolución del poder concejil en San Clemente. Para nosotros, San Clemente es una república de pecheros. Entiéndase, res pública como concepto de origen medieval confundido con el concepto de bien común, pero también como concepto moderno de que la acción política debía estar al servicio de la comunidad y del interés general. Hoy este concepto de la política nos parece ajeno, pero en aquel entonces este pensamiento impregnaba las mentalidades del común. Ni qué decir tiene, que quien accedía al cargo pronto se olvidaba de sus obligaciones con la comunidad, pero no faltaba quien se las recordara. El oficial debía servir al cargo y no servirse de él.

Torre Vieja
San Clemente era república de pecheros, por supuesto. Nunca admitió esta villa los intentos de señorialización. Hoy la llamada Torre Vieja es un elemento arquitectónico aislado en la villa, es el símbolo de los intentos fracasados de dominio señorial sobre la villa de Hernán González del Castillo. Deseos señoriales que fueron confinados a la villa de Minaya. Hoy, siendo como es la historia vengativa, la Torre Vieja ha devenido en museo etnográfico, nutrido de aparejos y utensilios del pueblo llano. Cuando San Clemente es incluido en los mil vasallos que recibe el marqués de Villena, don Juan Pacheco, en 1445, los capítulos entre ambas partes tienen mucho de concordia y poco de sojuzgamiento. Y no tanto por la letra de los mismos, que no es menuda, sino por los fracasos del maestre de Santiago, Juan Pacheco, para someter al lugar. Lugar que consiguió desde el mismo momento de su incorporación al Marquesado el título de villa, pero también asegurarse el monopolio del poder local. La ratificación de los oficios concejiles correspondía al marqués, pero su intervención ya se discutió desde la primera elección. San Clemente formaba parte, como antigua aldea, de la tierra de Alarcón, pero nunca quiso saber nada de su fuero, como no fuera para el aprovechamiento de su suelo. Alarcón era fortaleza militar, San Clemente tierra de labriegos. Alarcón exportaba caballeros villanos para la reconquista contra los moros; San Clemente procuraba conquistar su propio espacio agrario y recelaba de esos caballeros, que desde su posición de alcaides de fortalezas intentaban apropiarse de las rentas de su trabajo. Que se lo digan si no a Hernando del Castillo, que vio respondido su intento de señorialización de Perona con la respuesta decidida de los sanclementinos, que derribaron la horca colocada, símbolo de la jurisdicción y opresión señorial. El interés de los sanclementinos por el fuero y ordenanzas de Alarcón era interesado. Por las leyes de Alarcón se debían regir los oficios públicos de sus aldeas, ya que no los propios, en su elección y en sus competencias limitadas, sometiéndose a la jurisdicción de la villa de San Clemente, que recordó su primacía especialmente a su aldea de Vara de Rey.

Juan Pacheco, I marqués de Villena
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De entre las cláusulas que se arrancaron al Marqués de Villena por los sanclementinos en los capítulos de 1445, que más bien podríamos llamar concordia, destaca uno: los oficios concejiles quedaban reservados a los hombres pecheros y postreros de la villa. Eso era tanto como negárselos a los criados de don Juan Pacheco y luego su hijo Diego López Pacheco. Bien lo sabía la poderosa familia de los Castillo, alcaides de Alarcón, que tuvieron que esperar a la venta de regidurías perpetuas a partir de 1543 para acceder al poder municipal. Aunque poco lo disfrutaron ante unos pecheros que, sabedores de que nadie nace hidalgo, sacaron a colación en 1547 con el expediente de hidalguía de los hermanos Castillo sus bajos orígenes, descendientes de un aceitero de Castillo de Garcimuñoz, para más inri con sangre conversa.

La reserva de los oficios concejiles en manos pecheras no evitó la formación a fines del cuatrocientos de una nueva oligarquía local, reducida, por testimonios de la época, a quince o veinte familias. San Clemente a fines del cuatrocientos era una población de apenas doscientos vecinos. A pesar de las amplias extensiones de terreno que poseían los Pacheco, señores de Minaya, y Alonso del Castillo, cuyo patrimonio se había visto incrementado por su matrimonio con María de Inestrosa, el extensísimo término de la villa daba oportunidades a cualquier vecino de adquirir tierras o incrementar las propias. El desarrollo agrario ya había comenzado antes de las guerras del Marquesado, en 1477, coincidiendo con la primera fase de la guerra, los Reyes Católicos conceden una dehesa boyal para pasto de los animales de labor, junto al paraje de Rus, sin duda para atraer a la causa real a aquellos agricultores que colonizaban el espacio agrario. No cabe duda, que la guerra y sus requisas provocaron un parón en este primer desarrollo agrario, pero después del fin de la guerra en 1480, una población menguada por la guerra dispuso de nuevo de los amplios recursos de la tierra. La roturación  de montes y la apropiación de dehesas debió ser caótica; todos en mayor o menor medida participaron de esa rapiña. Las diferencias entre San Clemente y su aldea de Vara de Rey, que apenas si debía llegar a los cien vecinos, se olvidaron y sus poblaciones se mezclaron. La población se movía de un pueblo a otro en busca de oportunidades. Los testimonios que poseemos de mediados del quinientos nos muestran personas que habiendo nacido en cualquiera de las villas del Marquesado se desplazaron en su juventud a otras en busca de fortuna. El caso de Hernando López es paradigmático, nacido en San Clemente en 1482, había pasado su niñez entre esta villa y su aldea de Vara de Rey, de joven había cuidado ovejas en los pinares de Villanueva de la Jara, para asentarse finalmente en Motilla, donde residiría tras su matrimonio, llegando a ser regidor de esa villa. Con las oportunidades y la riqueza nacieron las primeras desigualdades y los enfrentamientos.

Castillo de Garcimuñoz, origen de los Origüela
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En San Clemente, desde fines del siglo XV, dos familias comienzan a descollar; son los Herreros y los Origüelas. Miguel Sánchez de los Herreros ha llegado con las guerras, pero se ha integrado en la sociedad sanclementina gracias a su matrimonio con Teresa Macacho. Pedro Sánchez de Origüela lo ha hecho antes, en 1455. Ambos han renunciado a sus pretensiones hidalgas para acceder al poder local. Sin embargo su poder es contestado por las familias excluidas del poder local. Los Origüela son versátiles, saben adaptarse al cambio, enlazan matrimonialmente con los López Tendero, con los Tébar de Castillo de Garcimuñoz, e incluso, para oprobio de una familia que presume de cristiana vieja, con los Rosillo. Pero la contestación de las familias rivales de los Herreros y Origüelas cada vez es mayor. En la década de 1480, se produce una extraña alianza: los hidalgos de Vara de Rey se casan con las hijas de los pecheros de San Clemente. Se les acusa de hacerlo para no pagar pechos, pero es una acusación interesada y falsa, pues los acusadores saben a conciencia que justamente el no pechar es causa de exclusión de los oficios concejiles. Son el caballo de Troya que los Castillo y Pacheco necesitan para deshacer el poder pechero de la villa de San Clemente, odiado ahora por unos vecinos que ven como camina hacia la formación de una nueva oligarquía. La confrontación tardará todavía en llegar.

Los hidalgos, más bien habría que hablar de amalgama de excluidos, ya nobles ya pecheros, prestan su voz a los marginados ante el Consejo Real. Denuncian el expolio de los bienes comunales, el uso de las regidurías en beneficio propio, la malversación de las cuentas públicas. Son acusaciones que se repiten en la década de los noventa por todos los pueblos del Marquesado de Villena. La oligarquía local responde ante una sociedad que se está haciendo más compleja con un programa ilustrado: hospitales públicos, establecimiento de un estudio de gramática en 1494, llegada de la orden franciscana reformada desde el primitivo ideal de pobreza. Es insuficiente, ya en 1488, la comunidad e omes buenos de la villa de San Clemente denuncian a los quince o veinte hombres ricos del pueblo, que dis que mandan. Es la primera vez que aparece el término de hombres ricos. En la Mancha conquense las diferencias no son de sangre, son de riqueza. La expresión de hombres ricos volverá a repetirse en los documentos durante todo el quinientos, para denunciar lo que en la mentalidad popular es sinónimo de fraude, expropiación de los bienes comunales y desigualdad en el repartimiento de impuestos y cargas contributivas. Frente a los hombres ricos surge un concepto opuesto, el de comunidad, también se recupera el de omes buenos, pero ésta es una expresión de menos fortuna, pues se la intentan apropiar aquéllos. El concepto de comunidad no es ya medieval, no es entendido como cuerpo donde cada uno es miembro integrante y encuentra su posición y función social por su nacimiento, es un concepto que nace ante todo del rechazo y oposición frente a aquellos que dis que mandan la dicha villa, fatigan a los vesinos della e destruyen la dicha comunidad. Frente al poder de la oligarquía local se exige la creación de una nueva figura que contrarreste el poder de los regidores: el procurador síndico, que mire por las cosas tocantes a la dicha comunidad.  El conflicto de 1488, ha surgido por un incidente muy grave: la dehesa boyal del pueblo ha sido arrendada a los ganaderos. Los campesinos no tienen donde llevar para pastar a sus bueyes de labranza mientras ven como los pastos de la dehesa de boalaje son comidos por los ganados lanares de Miguel Sánchez de los Herreros o Alonso Sánchez Barriga. La comunidad de los vecinos todavía está en condiciones de frenar a estos hombres ricos, que se ven en la necesidad de integrar sus ganados en las rutas mesteñas, dirección a Murcia. Otros, como Alonso López de Perona, les seguirán en esta aventura ganadera y harán fortuna.

Hasta comienzos del quinientos los conflictos parecen quedar en simples agravios en los que la Corona actúa como poder arbitral, pero con la muerte de la reina Isabel llegan los llamados años malos, años de carestía, de crisis de subsistencias y de peste. Años de regresión señorial, donde Alonso del Castillo intenta convertir los títulos de propiedad, que sobre la aldea de Perona tiene, en dominio señorial. El empobrecimiento de la primera década del quinientos afectó a muchos vecinos de la villa de San Clemente. Frente a la figura del síndico personero surge con más fuerza la nueva figura de los diputados del común. Son ellos los que deben velar por la explotación de los montes y bienes propios, el abasto de lo esencial para los pobres y el respeto de la tasa de granos establecida el 23 de diciembre de 1502. Los precios de los granos se disparaban por la especulación y por los costes de transporte. Sabemos que dos carreteros de Iniesta compraron trigo para la villa en 1503 a razón de 110 maravedíes la fanega, precio fijado por la tasa. Lo tuvieron que hacer en el Campo de Criptana, distante treinta seis leguas de Iniesta. El transporte durante el mes de abril fue penoso por caminos embarrados, en carretas cargadas con doce fanegas cada una y tiradas por bueyes. El transporte, y los portazgos, acabarían elevando el precio a 220 maravedíes. Desconocemos el precio de venta en la villa de Iniesta por los rederos municipales, pero seguramente que nuevos especuladores harían subir el precio final del trigo. Este caso, en el que los carreteros pagaron los platos rotos del malestar social, es un ejemplo de las penurias que debió pasar una población subalimentada en años de carestía, y propensa a ser víctima de epidemias como la peste; población además engañada por los especuladores en años de buenas cosechas.

En San Clemente el problema de abastecimiento se agravaba; a las malas cosechas se unía el control que sobre los cereales ejercía la baja nobleza de los Castillo y Pacheco. En especial, Alonso del Castillo, que poseía grandes posesiones de tierras en torno a Perona, Villar de Cantos, Vara de Rey y sus aldeas y también Cañavate. Es decir, la parte del término municipal de San Clemente y sus aldeas más aptas para el cultivo de cereales. Con razón recordará muchos años después, en 1584, el bachiller Rosillo, vecino de Santa María del Campo Rus, ya perdidos por la villa de San Clemente los graneros de sus aldeas, la buena calidad del trigo de su pueblo frente al trigo rubión de San Clemente, de poca calidad, de menos valor e no tan bueno para pan coçido. Justamente, sería la calidad de las tierras sanclementinas, más aptas para el cultivo de las viñas, las que decidirían su futuro vitivinícola.

La Losa (Casas Benítez)
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Pero el principal control que ejercerá Alonso del Castillo sobre los vecinos de San Clemente será la molienda del trigo con la posesión de los molinos de la ribera del Júcar, en especial los molinos de La Losa. Los conflictos de los Castillo con las villas de realengo comenzaron con el enfrentamiento entre Hernando del Castillo, alcaide de Alarcón, y Villanueva de la Jara, cuando esta villa intentó construir un molino en las aguas del Júcar allá por 1489. Ocho años después el conflicto seguía latente, las formalidades jurídicas de un Hernando del Castillo a punto de morir, intentado ver reconocidos sus derechos posesorios sobre la ribera del Júcar con la colocación de nuevos mojones, de lo que daba fe el escribano y testigos que le acompañaban, fueron respondidas un veinticinco de febrero de ese año 1497 por los vecinos de Villanueva, que armados a pie y caballos hicieron valer por las bravas sus derechos sobre la margen izquierda del Júcar. Los jareños se presentaron con ochenta hombres armados, hasiendo asonadas de guerra con tanbor e pendón. Los derechos feudales de los Castillo sobre la ribera del Jucar, concedidos por Juan Pacheco en 1462 a Hernando, se habían convertido en un estorbo para el desarrollo de las villas de realengo. En primer lugar, afectaban a la libre circulación de las personas; por eso los jareños contaron con el apoyo de la Corona cuando se propusieron construir un puente sobre el río Júcar en 1501, obviando los derechos de barcaje que pudiera tener la villa de Alarcón. Estos impedimentos a la libre circulación de las personas, iban más allá de los derechos medievales de la villa de Alarcón. La existencia de señoríos como el de El Provencio, en manos de los Calatayud, y Santa María del Campo Rus, propiedad de los Castillo Portocarrero, se traducía en la imposibilidad de sus habitantes, atraídos por las libertades y desarrollo económico de las villas de realengo, de abandonar estos pueblos, pero también en un freno a la libre circulación de mercancías. Obstáculos que venían de la existencia de portazgos en estas villas. Ambas mantenían una posición nodal en los caminos de la época. El Provencio, situado un poco antes de llegar a Villarrobledo y San Clemente, estaba en el camino que desde el Reino de Toledo llegaba hasta el Reino de Murcia; Santa María del Campo Rus, se situaba en medio del camino romano que por Villar de Cantos y Vara del Rey (con un ramal derivado hacia San Clemente) se dirigía hacia La Roda con el mismo destino que el anterior. Los gravámenes de estos portazgos era una agresión directa a la villa de San Clemente, que  había visto ratificado  en los años 1484 y 1508 su derecho al mercado franco de los jueves, ya concedido en 1476.

No obstante el principal enemigo de la república pechera de San Clemente, en los comienzos de siglo fue Alonso del Castillo, y por extensión, dadas las alianzas familiares, los Pacheco de Minaya, ahora asentados en San Clemente por el matrimonio de Alonso Pacheco, hermana del señor de Minaya, con Juana de Toledo, hermana de Alonso del Castillo. Aunque ambas familias solo confluirán con el matrimonio de Juan Pacheco Guzmán y Elvira del Castillo Cimbrón, en la segunda mitad del siglo XVI. Alonso del Castillo ejercía una clara extorsión sobre los vecinos de San Clemente. Aparte de sus discutidos derechos de patronazgo sobre el convento franciscano de Nuestra Señora de Gracia y de jurisdicción señorial sobre la aldea de Perona, la base de su poder estaba en sus extensas posesiones de tierras cerealistas y en el monopolio de los molinos harineros de La Losa, en el río Júcar. De su trigo dependía, en gran parte, el abasto de pan de la villa de San Clemente. Ya en 1502, año de carestía, había prestado 518 fanegas de trigo para el abasto de la villa; la contrapartida fue que la villa de San Clemente tuvo que renunciar en un concejo abierto a su pretensión de edificar un molino propio. Ello condenó a la villa los siguientes años, que tuvo que soportar maquilas aberrantes, incrementadas en un cincuenta por ciento, por el concierto entre Alonso del Castillo y su cuñado Alonso Pacheco, propietario de otros molinos en el Batanejo.

Concejo abierto
La reacción señorial de la primera década del siglo provocó la solidaridad pechera. Nunca los ayuntamientos de la villa de San Clemente fueron tan abiertos y democráticos Al igual que en 1502, en 1513 tiene lugar un nuevo concejo abierto para sufragar la construcción de un molino harinero, repartiendo los gastos entre los vecinos, contribución que se hace extensiva a los hidalgos. El pueblo participa mancomunadamente con sus limosnas a la edificación del convento de Nuestra Señora de Gracia. Los ayuntamientos que han dejado de celebrarse en la iglesia de Santiago Apóstol para hacerlo en un nuevo edificio, son de base más amplia, junto a los dos alcaldes, alguacil y cinco regidores aparece el ya mencionado síndico personero, pero también numerosos diputados del común, que han ampliado su número inicial de dos, confundidos con la presencia de otros vecinos bien como testigos bien rescatando la vieja fórmula de omes buenos. Hasta incluso se rescata la vieja figura del jurado, esta vez como garantía de la probidad de las reuniones y dando fe de las mismas. En 1511 junto a los cinco regidores, nos aparecen hasta un total de siete diputados del común. La celebración de los concejos se hacen según el uso y costumbre que parece invitar al conjunto de la comunidad, a canpana tañida para las cosas de nuestro concejo, pro y bien de la dicha villa e rrepública della. Los Herreros y los Origüela dominan la escena municipal, siempre presentes como alcaldes, regidores o diputados. Junto a ellos otros vecinos de notoriedad, como los López Perona, López de Tébar, Olivares, Andújar, López Cantero o López de Ávalos. En plenos  sucesivos se incorporarán nombres que marcarán la historia sanclementina como Alfaro,  Huertas (emparentados con los Origüela), Simón o Ángel. La aparición de este último apellido en la vida sanclementina a fines del cuatrocientos es una incógnita, más que nada por su origen milanés; su presencia en el gobierno de la villa como alcaldes en tiempos de la emperatriz Isabel será una constante. No obstante, llama la atención que el cargo de síndico personero es ocupado por desconocidos en lo que es una muestra del valor de esta figura como defensora de los intereses populares. Entre los presentes en las reuniones nos aparece en ocasiones algún peraile o destaca la presencia de un cantero llamado Pedro de Oma, que junto a otros vizcaínos, sin vecindad reconocida, se les llama para escuchar su parecer.

Sin embargo, el apogeo de los pecheros, esconde sus propias diferencias y las contradicciones de una sociedad que, recuperado el bache de la crisis de comienzos de siglo, va ganando en número de habitantes y se va haciendo más compleja. A engrosar la población de la villa acuden numerosos vecinos de señorío, que cuentan con la licencia de la reina Juana para abandonar las tierras de los Calatayud, Portocarrero, Pacheco, Castillo o Ruiz de Alarcón. Una nueva ola roturadora de tierras baldías y llecas y de ejidos, acompañada de la desecación de lavajos, pone en explotación nuevas tierras. De nuevo, aparecen los conflictos por el dominio de la tierra y la lucha entre ganaderos y agricultores. San Clemente sigue ganando su espacio interior, pero pierde el acceso a las tierras comunes del suelo de Alarcón frente al resto de villas de realengo que empiezan a cerrar sus términos. Antonio de los Herreros, el hijo de Miguel Sánchez de los Herreros, asume los intereses generales de la villa ante el Consejo Real. ¡Qué contradicción, el hombre más rico de los pecheros de la  villa defendiendo los intereses generales de la comunidad!

En 1512 la confrontación de intereses contrapuestos se nos presenta como un revivir de la vieja lucha entre pecheros e hijosdalgo de fines del siglo anterior. Los hidalgos protestan ante la Chancillería de Granada su exclusión de oficios públicos. Juntos, y en torno a Alonso del Castillo, aparecen los apellidos que pronto marcarán las élites dirigentes de San Clemente en el futuro: Guzmán, Vázquez de Haro, Ruiz de Villamediana, Alarcón, Mejía, Rosillo, Ortega, Valenzuela, Abengoça y otros, procedentes de Vara de Rey, de menos futuro, como de la Serna o Palacios. Junto a ellos, un Antón García, que ha defendido en la década anterior los intereses de la villa como procurador y cuyo hijo Francisco no tendría descendencia masculina y acabaría legando a mediados de siglo su patrimonio a los Haro, y el vizcaíno Pedro de Oma. Este cantero vasco hará una gran fortuna con la fiebre edificadora de comienzos de siglo, su presencia está constatada en San Clemente, pero también inicialmente en Belmonte y en zonas más distantes como Jumilla. Pero los pecheros tienen razones sobradas para excluirlos de los oficios concejiles. Acusan a los hidalgos de ser los protagonistas de los procesos de rapiña de los bienes comunales y propios de la villa, pues tenían tomados muchos términos comunes e baldíos de la dicha villa e dehesas del coonçejo, e que cada día tomavan e ocupavan arándolos e senbrándolos, e los apropiavan ansy, e comyan con sus ganados los panes de los vezinos, e cortavan los montes públicos e vedados.

La acusación de los pecheros era cierta, pero solo en parte. Del proceso de rapiña participaban hidalgos, pero también pecheros como los Herreros, cuyos intereses comenzaban a confluir. La solidaridad de los pecheros se resquebraja. La traición viene de los Herreros. Grandes ganaderos, sus intereses son similares a los de los hidalgos. En el campo pechero, los Origüela se quedan solos. ¿Cuál era el patrimonio de los Origüela? Lo desconocemos, pero sí sabemos por la sucesión de sus testamentos que su patrimonio estaba alejado de los bienes raíces. De la lectura de los testamentos destaca sobre todo una prolífica descendencia que en cada generación supera la decena de hijos. Parece como si su única herencia fuera inundar con la sangre de sus hijos las venas de las familias sanclementinas... infectarla dirán sus enemigos. La acusación llega contra el más señalado de los Origüela, Luis Sánchez de Origüela. Al primogénito, Pedro, casado en segundas nupcias con Ana de Tébar, se le respeta, pero no así a los familiares que el clan tiene en Castillo de Garcimuñoz. El órgano ejecutor es el Santo Oficio; los procesos inquisitoriales se multiplican en toda la comarca.
Sambenitos
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La principal víctima es Luis Sánchez de Origuela, imbuido de ideas avanzadas reflexiona en voz baja contra las tallas de madera religiosas que durante Semana Santa procesionan por las calles de San Clemente, simples iconos sin espiritualidad alguna en su opinión. Las envidias se cebarán contra este hombre, que más de cien años después será recordado por el escribano Miguel Sevillano como un hombre bueno. Su destino, la hoguera, su recuerdo infame permanecerá colgado en un sambenito a la vista de todos los sanclementinos que accedían a la iglesia parroquial por la puerta de Santiago. Otro hombre habituado a ocupar oficios concejiles en el ayuntamiento le acompañará en los procesos de 1517 y en la hoguera: Hernando de Sanclemente, acusado de moro y apóstata.

La derrota de los Origüela, que aún resistirán de modo marginal en los oficios públicos, es el triunfo de los Herreros, que abandonan la causa pechera. Antonio de los Herreros reivindica la condición noble como cofrade de la orden de San Juan, la familia ya había fundado su memoria en la capilla de San Antón, lindante con la de San Antonio de los Pacheco y, aparte de la rama familiar que pervive y mantiene el apellido, lega su patrimonio a tres de las principales familias del pueblo, por casamiento de las tres hijas de Antonio de los Herreros con los antecesores de tres linajes de la villa: Pacheco, Haro y Villamediana.

Carlos V
Los procesos inquisitoriales de 1517 no suponen el fin de la causa pechera, sino que la refuerzan moralmente y la radicalizan socialmente, apoyándose en los sectores de artesanos y menestrales de la sociedad. La solidaridad pechera trasciende las fronteras de las villas y se convierte en movimiento de protesta regional, independientemente de la condición de realengo o de señorío de las villas. Es el movimiento de las Comunidades, que en las tierras de señorío de El Provencio, Santa María del Campo Rus y la más distante de Moya se convierte en movimiento de subversión social contra unos señores que por robar habían arrebatado hasta la honra a sus vasallos. Por un momento se revive el movimiento insurreccional de las guerras del Marquesado. El Provencio se alzará por sus magestades e por la corona rreal, discutirá los títulos jurisdiccionales que sobre la villa tiene su señor don Alonso de Calatayud, y lo expulsará de la villa, que esperará su oportunidad de revancha desde su destierro en Las Mesas. Los vecinos de Santa María del Campo forman comunidad y juran fidelidad al capitán Juan de Padilla, se rebelan contra su señor Bernaldino del Castillo, declarado partidario realista, conscientes que enfrentarse a su señor es enfrentarse al Emperador. Saquean la casa de su señor y su hacienda. Si en el caso de El Provencio es su justicia la que cambia de bando, en Santa María del Campo los alcaldes nombrados por Bernaldino son despojados de sus oficios y nombrados nuevos alcaldes favorables a la causa comunera. El movimiento se dota de una rudimentaria organización militar. En Santa María del Campo, se nombra capitán a Diego Esteban Blanco, en El Provencio a Juan Martínez Bonillo. Más destacable es la solidaridad de las villas de realengo que todavía en abril de 1521 contestan a las peticiones de ayuda de la Junta de Tordesillas (conservamos las respuestas de Villanueva de la Jara y Las Pedroñeras). El ideal que une a villas de señorío y de realengo es el mismo: la reincorporación de los señoríos al patrimonio real y el fin de la injerencia de la baja nobleza regional próxima al marqués de Villena en el gobierno e intereses económicos de las villas. De ahí, la solidaridad pechera que envuelve el movimiento: San Clemente, El Provencio y Cañavate enviarán hombres armados en defensa de sus vecinos sublevados en Santa María del Campo Rus. Lo mismo harán Motilla e Iniesta, que, junto a hombres de Mira y Requena, acudirán en defensa de los sublevados contra los Cabrera en Moya, que para febrero de 1521 están asediando la fortaleza de su señor. Hasta aquí se desplazó el obispo Acuña dispuesto a sumar hombres para la causa, en Iniesta llegó a reclutar cien hombres; los reclutados en Motilla se pusieron bajo las órdenes del capitán Juan de Jara. La represión fue terrible, la conocemos para el caso de Moya, pues nos ha dejado testimonio aquel que la aplicó, el licenciado Montalvo, de las sentencias, muchas de ella a muerte, no se libraron Iniesta y Motilla. Desconocemos el alcance de la represión en El Provencio, Santa María del Campo Rus, Cañavate o San Clemente, que participaron activamente con hombres armados en el movimiento, pero no debió haber indulgencia, dado el carácter popular del movimiento, formado por lo que conocemos de El Provencio, por menestrales, artesanos y otros oficiales, ajenos en su mayoría al cultivo de la tierra. que vivían de su oficio y de la prestación de servicios esporádicos a sus señores o a los concejos.

Carlos V e Isabel de Portugal
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La radicalidad del movimiento comunero no supuso cambios en el gobierno municipal de la villa de San Clemente. Al menos aparentemente, pero la realidad es que el gobierno municipal ganó en estabilidad y cesaron las luchas banderizas. A pesar del vacío de la documentación para el período que va desde el fin de las Comunidades hasta mediados de los años cuarenta, se pueden sacar algunas conclusiones. Los hidalgos siguieron apartados del gobierno de la villa. La sentencia de la Chancillería de Granada que posibilitaba el acceso a la mitad de los oficios municipales es de 1537. Los Origüela volvieron esporádicamente al gobierno municipal, aunque compartiéndolo con familias que, aunque antiguas, ahora adquieren más notoriedad. Hablamos de los Simón, Ángel, Barriga, Olivares o  Perona. De entre ellos destacamos los Simón, de los que poco sabemos, pero que desde mediados de los treinta aparecen muy ligados a la cofradía de Nuestra Señora de Septiembre. Quienes desaparecen de la escena son los Herreros, quizás por dos razones: la falta de herencia masculina en la rama principal y el proceso de reconocimiento de su hidalguía. En el acto de recibimiento de la emperatriz Isabel, el 19 de junio de 1526, los Herreros ya están excluidos del poder concejil y se sitúan del lado de los hidalgos del pueblo (los Castillo, Pacheco, Ortega, Haro o, sorprendentemente, un López de Perona). Fueron años pacíficos de los que poco se sabe, pero la villa debió recibir un nuevo impulso, muestra de ello es que en 1533 se decide construir una nueva iglesia parroquial. Los tratos y ventas debieron aumentar y hubo necesidad de regular el uso de pesas y medidas para evitar los fraudes; señal de que los intercambios eran tan numerosos que ya escapaban del control del almotacén y fieles del ayuntamiento y que en muchas ocasiones se realizaban en los domicilios, entre particulares y ajenos a todo control. Es ahora cuando San Clemente da otro salto cuantitativo en su población, duplicándola desde los setecientos vecinos reconocidos en el censo de pecheros de 1528. San Clemente empieza a definir su estructura productiva, abandonando el cultivo de cereales y decantándose por las viñas, que necesitan una mano de obra menor o al menos más estacional. En 1530, año de penurias, sabemos que de los ochocientos vecinos largos de la villa, apenas cien son labradores, siendo el principal trato la granjería de las viñas. La estructura social de la villa comienza a cambiar, las seis tiendas que la villa tiene en la plaza se muestran insuficientes para abastecer a la población como pequeña se queda la plaza para el mercado de los jueves, que una década después será trasladado a la calle de la Feria, desde el puente del río Rus hasta la misma plaza. Esto dinamizará el barrio del Arrabal, barrio industrioso con sus artesanos con tienda abierta a pie de calle. La república de pecheros agricultores y ganaderos deviene en república de tenderos. Tenderos, vendiendo vino, trigo o cualquier otra mercancía fueron los Tébar, que ahora ponen las bases de su riqueza personal. Los regidores tendrán que ceder, intentarán controlar el abasto al por mayor de la villa, pero la venta al detalle está condenada a escapar a partir de los años cuarenta del control municipal.

La integración de San Clemente en un distrito propio, junto a Villanueva de la Jara y Albacete, y separado del resto de la gobernación del Marquesado, contribuyó a fijar los límites de su territorio frente a las villas comarcanas, de forma no querida en el caso de Vara de Rey, que con sus aldeas de Sisante y Pozo Amargo, fueron amputadas con el proceso de villazgo de 1537. Ese mismo año, los hidalgos obtienen el reconocimiento a disfrutar del acceso a la mitad de los oficios municipales. Pero la victoria hidalga ya no tiene mucho sentido, pues tan solo seis años después se venden las primeras regidurías perpetuas a cuatrocientos ducados cada una. El gobierno ya no es un gobierno ni de pecheros ni de hidalgos; es un gobierno de ricos.
Ayuntamiento de Vara de Rey
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San Clemente se ha hecho tan grande que debe conceder a Vara de Rey su independencia, pues los pleitos y asuntos quedan sin resolver. Las formas tradicionales de gobierno comienzan a entrar en crisis.

A pesar de los reveses económicos de los años cuarenta o cuarenta y uno, la villa siguió un proceso de desarrollo económico continuo. San Clemente empezó a rivalizar como centro administrativo y político del Marquesado. La venta de los oficios de regidores devuelve a primer plano de la política local a los Castillo y, en concreto, a Hernando, uno de los hijos de Alonso del Castillo. Las regidurías perpetuas suponen una crisis de las formas tradicionales de gobierno y de elección de los oficios. La justificación doctrinal del nuevo gobierno lo hará un miembro de una de las familias más favorecidas por el establecimiento de los regidores perpetuos. El doctor Alonso de los Herreros defenderá el gobierno de los escogidos por su capacidad y suficiencia, visible en su riqueza, frente al gobierno de los inhábiles e idiotas, al que lleva la elección por suertes de los oficios, defenderá la autonomía local frente a la intromisión de la justicia real en el gobierno municipal, negando su papel de defensores del bien común de la República, para acabar mostrándose favorable a la transmisión hereditaria de los oficios. Su propuesta era dejar el gobierno municipal en manos de un patriciado urbano, capaces y suficientes, y ricos añadiríamos nosotros. La república de pecheros ha devenido en república de patricios. Pero la sociedad sanclementina no estaba dispuesta a dejar el poder en manos de unas pocas familias que se transmitieran los cargos hereditariamente. Todavía les quedaba una baza: defender la autonomía de los oficios alcaldes, alguaciles, escribano o mayordomo frente a los intentos de convertirlos en cargos añales al servicio de los ricos.

El año de 1547 había un divorcio entre los cargos perpetuos de los regidores y los oficios anuales de alcaldes, alguacil y mayordomo de propios. Los representantes de los oficios anuales del ayuntamiento se estaban haciendo eco de un sentir popular que añoraba los viejos tiempos en que los oficios concejiles estaban al servicio de la res pública y del bien común. Rodrigo de Ocaña en nombre de la villa de San Clemente, cuya representación se arrogaba, además de la de los cargos añales, defendía ante el Consejo Real los viejos tiempos en los cuales los mayordomos de los propios y alhorí y escriuano del concejo y procurador de la rrepública de la dicha villa los eligiese el pueblo y justiçia dél y que la dicha justiçia y dos personas nonbradas por las personas pobres de la dicha villa diesen alvalaes para cortar en los montes y que no tuuiesen mano ny voto en todo ello los rregidores perpetuos de la dicha villa. 


Escribano
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Hay, además, un problema de competencias entre la jurisdicción real, encarnada por el gobernador y su alcalde mayor, y la primera instancia de los alcaldes ordinarios. El problema se agrava porque el gobernador comienza a residir largas temporadas en San Clemente, interviniendo en los asuntos de la villa. De hecho, en 1550 el ayuntamiento le pide que fije su residencia en la villa, pero el gobernador rechaza la invitación. ¿Por qué? pues porque posiblemente se intente hacer del carácter itinerante del gobernador un instrumento para acabar con los despropósitos en materia judicial y de gobierno de las ciudades y villas del Marquesado a cargo de las oligarquías locales. Se intenta crear una escribanía de provincia. Un gobernador itinerante, acompañado de su escribano, podrá advocar para sí el conocimiento de cualesquier causas en las que estén conociendo los alcaldes ordinarios de las villas. La oposición de las villas es frontal y después de varios años de contenciosos acaban consiguiendo la eliminación del nuevo escribano. Con el tiempo la Corona solo conseguirá la creación de un escribano de comisiones, pero ésta es una figura ad hoc y con término de plazo en las comisiones, aunque casi nunca consigue acabar los pleitos iniciados. Las oligarquías de los ricos y el común de las villas se han puesto de acuerdo. Los primeros llevados por el interés sin duda de evitar la injerencia en los propios y pósitos que controlan para su beneficio personal, los segundos en la añoranza de mantener los privilegios concedidos en los últimos años de la reina Isabel otorgando como un propio más la escribanía del ayuntamiento, que debía recaer en personas examinadas, hábiles y suficientes. El escribano era la garantía de la independencia y transparencia de los actos concejiles. El triunfo de las villas es total, es el primer aldabonazo que marcará el fin de la gobernación del Marquesado. Las villas acuden a los tribunales reales para obtener confirmación de su primera instancia en materia civil y criminal. San Clemente obtiene la garantía del respeto a su primera instancia civil y criminal, mero y mixto imperio en 1548, 1549 y 1551. En 1554, obtiene que los presos no saldrán ni serán trasladados de su cárcel.

Alarcón, de donde fue alcaide el primer Hernando del Castillo
Creemos que el agente de la Corona en San Clemente es Hernando del Castillo, regidor perpetuo al menos desde 1547. Es el hijo menor de Alonso del Castillo y en los años finales de la década de los cuarenta es el dominador de la vida municipal. Hasta tal punto que algunos plenos se celebran con Hernando, el gobernador Godínez y los dos alcaldes,alguacil y escribano de comparsas. Pero el dominio es solo aparente. Las tensiones por el poder municipal son muy graves y estallarán de forma violenta. El San Clemente de los años cuarenta es una sociedad rica, aunque cada vez más desigual, donde las esporádicas crisis de subsistencias golpean muy fuerte a los desfavorecidos. Es una sociedad, trasladando conceptos modernos hacia atrás, corrupta. En la multiplicación de los intercambios, en la expansión del negocio del vino, en la incapacidad del concejo por controlar las ventas, algunos encuentran la vía del enriquecimiento fácil. Los arrendadores de los ramos de las alcabalas se quedan para sí gran parte de lo recaudado, pues los conciertos están muy por debajo del valor real de las transacciones, no se llevan libros de registro. La alcabala, impuesto del diez por ciento ad valorem de las mercancías no llega en su recaudación al uno por ciento. La venta de productos básicos está bajo el control del ayuntamiento en sus seis tiendas existentes en la plaza, pero la realidad de las ventas escapa del intervencionismo municipal. Gonzalo de Tébar hace fortuna vendiendo un vino aguado (acusación, es verdad interesada, contra un Origüela), del que sisa seis maravedíes por arroba. Antón Dávalos especula con el pan, aprovecha que la cosecha del cuarenta y ocho ha sido mala; pero se equivoca, es víctima de movimientos especulativos de mayor calado y pierde dos maravedíes por cada libra de pan vendido.

Escudo de los Melgarejo. RAH
Antón Dávalos y Gonzalo de Tébar son peones de poca importancia en este juego de la especulación. Los hilos los mueve, desde Castillo de Garcimuñoz, el licenciado Melgarejo y su madre Catalina Olivares. Con la complicidad de los regidores perpetuos sanclementinos. El ayuntamiento de 9 de noviembre de 1548 es el ejemplo más vivo y vergonzoso de cuando la res pública se humilla y subordina a los intereses privados. Presidía el ayuntamiento Luis Godínez de Alcaraz, a su lado, Hernando del Castillo, junto a los otros regidores, que esta vez sí están presentes en un pleno de enjundia. Son Francisco Pacheco, Sancho López de los Herreros, Cristóbal de Tébar, Francisco de Herreros y Alonso de Valenzuela. Como invitado especial el licenciado Melgarejo. El tema de debate: el abasto de pan a la villa. El año 1548 tendrá una cosecha nefasta, la langosta ha arrasado los campos. La Corona es consciente de la gravedad del problema. Perdona las alcabalas de ese año a los pueblos de la Mancha conquense e incluso las Cortes adelantan seis mil ducados a los pueblos para combatir la plaga (pedirán su devolución en 1555). El problema del abasto de pan se hace acuciante en la villa de San Clemente. Antón Dávalos, abastecedor de panaderías, compra 500 fanegas de trigo, ve una buena oportunidad de negocio. Pero manejando la situación está el licenciado Melgarejo. Ya en 1545, aprovechando la mala cosecha del año anterior, había prestado mil ducados a la villa de San Clemente, que se emplearon en comprar el trigo que el propio Melgarejo vendió, eso sí, obteniendo un margen de beneficio adicional del diez por ciento. La operación se ampliaría en otros mil ducados, en esta ocasión, con intervención directa del regidor Hernando del Castillo.

Para noviembre de 1548, la situación de desabastecimiento de la villa era calamitosa, el trigo alcanza los catorce reales la fanega. De nuevo, en el pleno de 9 de noviembre estaban los mismos actores de 1545. La excusa era pedir un nuevo préstamo de dos mil ducados al siete por ciento de interés, para redimir los censos que la villa tenía contraídos al diez por ciento. El licenciado Melgarejo, que aportaba el dinero, acudió a la reunión sin un real. No importaba, el dinero era virtual, mil ducados, más los intereses, los aportaba con el dinero del censo de 1545, que ahora se redime, el resto con la aportación de varios cientos de fanegas de trigo excedentario que posee y a las que tiene necesidad de dar salida. En la operación intervienen los regidores que obtienen liquidez, en un momento crucial de operaciones especulativas, recuperando el dinero prestando a su propia villa unos años antes. Los precios del pan se hunden, contentando a un pueblo que ha pagado precios de oro desde la primavera del año anterior. Se liberan las doscientas fanegas de trigo del alhorí para abastecimiento de la villa, resultado de las requisas de las cosechas de agosto, para pago de las tercias, de los agricultores y que ahora, habiendo retenido parte del trigo restante para la venta, esperando precios altos, veían como se hundía hasta los nueve reales y medio.

El año de mil quinientos cuarenta y ocho es el año del divorcio entre las capas populares de la sociedad sanclemetina y sus élites dirigentes. Mientras las élites dirigentes entran en disputas por el control del poder municipal, con la compra de regidurías perpetuas, las capas populares comprenden la importancia de la elección de los cargos municipales de alcaldes ordinarios para la defensa de sus intereses y que la oligarquía, en expresión de la época, intenta reducir a cargos añales. Esas mismas capas populares focalizan su odio hacia Hernando del Castillo y sus hermanos Alonso y Francisco, que, en estos momentos intentan conseguir ejecutoria de hidalguía en la Chancillería de Granada. Las acusaciones de criptojudaísmo afloran de nuevo, con una violencia y expresividad que obligarán a sus sucesores, desde sus cargos en el Santo Oficio, a intentar destruir estos expedientes o al menos dejarlos olvidados en las cámaras del secreto. El resultado es que los Castillo son apartados del poder municipal y solo volverán veinte años después, diluidos en los Pacheco, de la mano del alférez mayor de la villa Juan Pacheco Guzmán, casado con Elvira Cimbrón, la hija de Francisco del Castillo. Francisco Mendoza, el hijo de otro de los hermanos, Alonso, casado con doña Juana Guedeja, aprovechará la notoriedad de su suegro en la Corte, para adquirir allí influencia y evadirse de los asuntos locales de su villa natal.

Antes, en las elecciones para alcaldes del año 1549, la alianza circunstancial entre Herreros y Castillos, compartiendo y repartiéndose el poder municipal, se ha roto. Pachecos y Castillos intentan imponer dos testaferros como alcaldes, pero los Herreros deciden tomar el poder con la elección de dos familiares directos como alcaldes: Sancho López de los Herreros y Miguel de los Herreros. El Arrabal no acepta esta elección y su presión consigue imponer como alcalde por los pecheros a un Origüela, Andrés González de Tébar. Será encarcelado y los Herreros se mantendrán en el poder. En la elección de 1552, los Origüela consiguen poner un próximo como alcalde, Hernando de Montoya. La elección ha contado con la oposición de los Herreros, apoyados por familias como los Rosillo, Oviedo o Jiménez Dávalos y un regidor que cada vez tiene más peso, Francisco García, hijo del hidalgo Antón que ya en 1512 se había personado con el resto de hidalgos para obtener la mitad de los oficios de la villa. La lucha de bandos se radicaliza, es una lucha por el poder pero asimismo un conflicto social donde los sectores populares del Arrabal no quieren ser marginados.

Edificio del pósito y carnicerías
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En 1553 las tensiones acumuladas estallan de forma violenta. El motivo aparentemente insignificante, el reparto de la carne de una vaca que el cortador Morillo está despedazando un 24 de julio. El conflicto, narrado en otra parte, acaba con el alcalde ordinario Hernando Montoya herido en la cabeza por jóvenes de las familias Rosillo, Jiménez-Dávalos y Oviedo. Se refugian en la Iglesia tras su acción, arropados por la protección del cura Tristán Pallarés (el tío del que fundará capellanía). Antes los Garnica, padre e hijo, han bajado de su casa en la plaza para defender y salvar la vida del alcalde Montoya. Cuando las noticias llegan al Arrabal se produce una auténtica rebelión popular, varias decenas de vecinos de este barrio suben hasta la Plaza Mayor, no pueden acceder a la Iglesia protegida por varios alguaciles armados, pero asaltarán varias casas en busca de principales del pueblo que han huido, entre ellos, Francisco García, que es el que más odios despierta. Con los jóvenes refugiados en la torre de la Iglesia, la noche es de negociaciones y acuerdos. La justicia del Marquesado se implica para mantener la paz, mientras los más viejos de las familias principales intentan encauzar el conflicto. Los Tébar, la rama más moderada e integrada de los Origüela intenta reconducir la situación llevando el proceso al Consejo Real. Allí denunciarán la acción parcial del alcalde mayor del Marquesado, licenciado Cordobés, a favor de algunas familias principales del pueblo.

Los grandes beneficiarios de 1553 no serán ni Herreros ni Origüelas, sino los Pachecos. Los años hasta final de siglo, son años en los que nuevos actores intervienen en la vida del pueblo. Los Origüela serán marginados por una nueva ola de procesos inquisitoriales en los años sesenta, entre los condenados el nieto de Luis Sánchez de Origüela; varios miembros de la familia emigran a América en busca de fortuna; otros, como la rama de los Astudillos, medrarán desempeñando cargos públicos como escribanos a la sombra del poder de la justicia del Marquesado; unos y otros, irrumpirán con fuerza en la primera década del seiscientos. Mientras tanto, nuevas familias, se hacen un hueco en el panorama sanclementino, destaca entre ellos los Ortega, Francisco intenta patrimonializar el cargo de fiel ejecutor, pero la villa lo reserva para sí por privilegio real. Varios ganaderos como los Monteagudo, Oropesa, Alfaro, Perona o de la Osa incrementan su poder en la villa gracias a su aumento de riqueza, pero tendrán que esperar a la primera década de siglo para dar la batalla en torno a la primera instancia al alférez mayor de la villa, don Juan Pacheco Guzmán, que ahora es el hombre fuerte del pueblo. San Clemente, además de centro administrativo,será centro fiscal. El control de las rentas reales recae en una familia de Vara de Rey, los Buedo. Su ruina será, a comienzos de siglo, la ascensión definitiva al poder de Francisco Astudillo y de Rodrigo de Ortega, primer señor de Villar de Cantos.

Palacio Pedro González Galindo, abuelo de Benito Galindo Piquinoti I conde de Villaleal
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No pretendemos analizar a fondo lo ocurrido en la villa de San Clemente a partir del último tercio del quinientos, dejándolo para otra ocasión. Adelantaremos que la sociedad sanclementina vivió un nuevo impulso tras la guerra de Granada, la presencia de la población morisca, recién instalada, dinamizó la economía el Arrabal, que vio como se multiplicaba las actividades artesanas, esos mismos moriscos aportaron su trabajo como pastores a los ganaderos del pueblo, uno de los sectores con más impulso. Como centro administrativo consolidado desde 1583 con la Tesorería de rentas reales y desde 1586 como cabeza del corregimiento, San Clemente vivió una nueva edad dorada. Pero el desarrollo económico tenía sus pies de barro. El endeudamiento de las familias se incrementó y también el del concejo de San Clemente, que para sufragar los gastos propios de su actividad edilicia o bien para atender las necesidades fiscales de la Corona tomó a préstamo a censo cantidades que finalmente ascenderían a la cantidad de 10.000 ducados. Para pagar los réditos de los censos el pueblo empeñó su patrimonio y sus bienes propios y comunales, incluido el caudal de su pósito, para desgracia de los desfavorecidos. La crisis de 1600 enseñó la realidad descarnada a los sanclementinos y acabó con sus sueños, pero allí estaba Pedro González Galindo, el antecesor de los Piquinoti, dispuesto a arreglar los problemas financieros de la villa y prolongar los sueños dos décadas más. Los Origüela, antiguos tenderos, volvían como rentistas. El odio de la villa se cebó de nuevo contra ellos, su presencia en la villa se hizo imposible. Su casa, el palacio Piquinoti, quedó en ruinas, pero con su maltrecha fachada para recordar al pueblo de San Clemente esa historia olvidada.






                                                                                 *****
Anexo: la añoranza del buen gobierno desde un documento de 1547
Don Carlos por la diuina clemençia enperador de los rromanos, augusto rrey de Alemania, doña Juana su madre y el mismo don Carlos por la misma graçia rreyes de Castilla, ... a vos el que soys o fuéredes nuestro gouernador e juez de rresidençia del marquesado de Villena o vuestro lugarteniente en el dicho ofiçio, salud y graçia, sepades que Rrodrigo de Ocaña en nonbre de la villa de San Clemente y de los alcaldes, alguasyl e mayordomo della nos hizo relaçión diziendo que para el bien de la rrepública de la dicha villa y vezinos della convenía que los mayordomos de los propios y alhorí y escriuano del conçejo y procurador de la rrepública de la dicha villa los eligiese el pueblo y .justiçia dél y que la dicha justiçia y dos personas nonbradas por las personas pobres de la dicha villa diesen alvalaes para cortar en los montes y que no tuuiesen mano ny voto en todo ello los rregidores perpetuos de la dicha villa y que se deshiziese una tienda que los dichos rregidores tenían hecha y se proueyese como la dicha villa se estuuiese proueyda de bastimentos por los grandes dapnos que de lo contrario se seguirían a la dicha villa como nos podría constar por una petiçión de capítulos de que ante nos hizo presentaçión y nos suplicó lo mandásemos rremediar mandando proueyésedes lo susodicho como por la dicha petiçión él en nonbre del dicho su parte nos lo suplicava e proveer sobre ello como la nuestra merçed fuese lo qual visto por los del nuestro Consejo fue acordado que deviamos mandar dar esta nuestra carta para vos en la dicha rrazón e nos tuvimoslo por bien por la qual vos mandamos que luego veais la dicha petiçión de capítulos que de suso se haze minçión que va firmada de Blas de Saavedra nuestro escriuano de cámara de los que rresiden en el nuestro Consejo y os ynforméys y sepáis la horden que sobre lo en ello contenido se tenía en la dicha villa antes que en ella oviese rregidores perpetuos y de lo que agora se vsa y guarda y de lo que sobre todo convernía proveerse para para el bien y pro común de la dicha villa y vezinos della y de lo que más os paresçiere çerca dello y dentro de quinze días primeros siguientes ynbiéys ante los del nuestro Consejo rrelazión verdadera dello juntamente con vuestro paresçer de lo que en ello se deve proueer çerrado y sellado en pública forma en manera que haga fee para que por ellos visto se prouea lo que sea justo e no fagades ende al por alguna manera so pena de la nra. mrd. y de diez mill mrs. para la nra. cámara, dada en la villa de Aranda de Duero a diez días del mes de dizienbre de mill y quinientos y quarenta y syete años

AMSC. CORREGIMIENTO. Leg. 3/4
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*Tº commo fagan iuez e alcaldes
Mando que el primer domingo después de la fiesta de San Miguel el conçeio ponga iuez e alcaldes e notario e andadores e sayón e almotaçán en cada un anno por fuero. Et cada anno dezimos por esto que ninguno non deue tener offiçio de conçeio nin portiello si non por anno o si todo el conçeio non rogas por él. Et aqueste mismo domingo la collaçión onde el iudgado daquel anno fuere del iuez tal que sea sapient y entendido de partir el derecho del tuerto e la uerdat e de la mentira e aya casa enna çipdat e cauallo

BNE, Mss/282. Fuero de Alarcón otorgado por Alfonso VIII. fol. 38 rº. Entre 1201 y 1300?

jueves, 24 de noviembre de 2016

Las Comunidades de Castilla y la rebelión antiseñorial de El Provencio (1520)

                                         La dicha villa  (de El Provencio) se puso debaxo de la proteçión rreal sin obedeçer lo que el dicho don alonso de calatayud querría mandar e fazer en la dicha villa e fizo comunidad según que otras villas del dicho marquesado lo han hecho

Esta pequeña declaración inserta en un memorial que la temerosa comunidad de El Provencio elevó a la Junta de Tordesillas nos aporta un poco de luz sobre el hecho histórico de las comunidades de Castilla en las tierras conquenses del Marquesado de Villena y su naturaleza de conflicto social; auténtica rebelión antiseñorial en las tierras bajo dominio de la nobleza.

El conflicto de las Comunidades de Castilla, estudiado para el caso de Cuenca por Máximo DIAGO HERNANDO (1), se ha centrado últimamente en el estudio de las rivalidades entre las oligarquías locales y su oposición a la corona real, olvidando los estudios que, iniciados por GUTIÉRREZ NIETO (2), veían en las Comunidades de Castilla un movimiento social, y que para el caso de Cuenca se plasmaron en el trabajo de SARA T. NALLE (3) sobre el Marquesado de Moya.

Durante el mes de agosto de 1520 se produce una auténtica subversión social de los vecinos de El Provencio contra su señor Alonso de Calatayud. Además de ser expulsado del pueblo, será sometido a un juicio popular de unos lugareños que han formado comunidad, en el que decenas de vecinos denunciarán públicamente ante los alcaldes ordinarios de la villa los desafueros y opresiones de su señor. Este pequeño pueblo manchego no permanecerá aislado de los sucesos revolucionarios que iniciados en abril en Toledo se extienden por todo el Reino y alcanzan su cénit en el verano de 1520, Por unos meses soñará obtener lo que habían conseguido los pueblos vecinos casi medio siglo antes en las guerras del Marquesado: ser reducido a la corona real y escapar del dominio señorial.

Los Calatayud eran señores de El Provencio desde 1372, cuando recibieron en señorío esta villa por donación de Alfonso de Aragón. Hacia 1520 era señor de El Provencio don Alonso de Calatayud. Su gobierno fue muy conflictivo para la villa y quedó en la memoria colectiva como símbolo de opresión señorial. Las tensiones afloraron tanto en el interior de la sociedad provenciana como en las relaciones con los pueblos vecinos, especialmente San Clemente. Ya en 1500 se produjo un enfrentamiento entre ambas villas por la delimitación de términos. La intervención parcial de gobernador del Marquesado de Villena a favor de San Clemente provocó la reacción airada de El Provencio y su señor Alonso de Calatayud. Al arresto del alguacil mayor del Marquesado de Villena y de algunos vecinos de San Clemente por don Alonso de Calatayud, siguió la ocupación del pueblo de El Provencio por los habitantes de San Clemente, encabezados por el gobernador. El consejo real determinaría por carta receptoría de 12 de octubre de 1500, que el corregidor de Alcaraz pasará a El Provencio a recoger en información de testigos los descargos de los vecinos y señor de El Provencio. Consecuencia de su actuación fue la condena al destierro de don Alonso de Calatayud; destierro que no sería levantado hasta el 3 de octubre de 1501.

La muerte de Isabel la Católica en 1504 supuso un incremento de la presión señorial sobre los vecinos de El Provencio, sometidos a todo tipo de exacciones y abusos, e imposibilitados de salir de las tierras de señorío para ir a vivir a otros lugares, especialmente San Clemente. Los agravios sucesivos fueron el caldo de cultivo que forjaría la rebelión antiseñorial de agosto de 1520, al calor del clima de subversión social y política que se vivía en todo el Reino con los acontecimientos del movimiento revolucionario de las Comunidades de Castilla. El Provencio no fue ajeno a este movimiento y en un memorable concejo abierto de 17 de agosto de 1520, los vecinos del pueblo con sus autoridades al frente deciden formar comunidad y retirar su obediencia a su señor, poniéndose bajo el amparo de la corona real, y, yendo más allá, someter a su señor al juicio acusador de los vecinos, que uno tras otro denuncian los desafueros de don Alonso de Calatayud

En la villa del Provençio a diez e siete días del mes de agosto año del nasçimiento de nuestro salvador ihesuchristo de mill e quinientos e veynte años este día ante los honrrados pero sánchez carniçero e fernán sánchez de don climente alcaldes hordinarios en la dicha villa pasaron y presentes los honrrados hernán martínez de villamayor e juan martínez pastor e juan del moral e antón climente rregidores de la dicha villa e pero sánchez carniçero el viejo e sancho fernández de titos e juan martínez escribano julián de grimaldo syndicos de la comunidad della e estevan lópez e alonso martínez de la parra e alonso ximénez de haro e pedro catalán e françisco valençiano e gil lópez rromero e juan lópez de mateo lópez diputados de la dicha comunidad e pedro de viniegra comunero e otros muchos veçinos de la dicha villa e comunidad que estavan presentes todos juntamente y de una voluntad dixeron que por quanto esta villa se avía alçado por sus çesárea e católicas magestades por los muchos y grandes y manifiestos e notorios agrauios que el señor don alonso de calatayud señor della avía hecho a los veçinos e moradores de la dicha villa e para los manifestar e yntimar  a sus magestades e a los señores visorrey e los del su muy alto consejo pedían e rrequerían a los dichos alcaldes rreçibiesen juramento en forma de derecho de todos los veçinos e personas de la dicha villa so cargo del qual les preguntasen las estorsyones e agravios e molestias quel dicho señor don alonso les avía fecho e ellos dél avían rreçibido e cuándo y cómo e de la calidad que los hizo ca lo que asy cada uno dixere e dyspusiere en pública forma sygnado en manera que hiziese fee se lo mandasen dar para guarda e conservaçión del derecho de la dicha villa e comunidad e para que sus magestades sepan la causa e rrazón que la dicha villa e comunidad tuvo para se mover a hazer lo susodicho e de como lo podían e rrquerían dixeron e pedían a mí fabián garçía escriuano público en la dicha villa que estaua presente se lo diese asy por testigos

Hasta ochenta vecinos del pueblo se atrevieron a declarar contra don Alonso de Calatayud. El Provencio era un pueblo de agricultores estratificado en tres capas: los agricultores ricos, dedicados al cultivo de viñas principalmente, que constituían una minoría, una importante capa de propietarios pequeños de tierras con lo suficiente para subsistir y en el escalón más bajo los jornaleros y pobres de necesidad. Junto a ellos un grupo de menestrales u oficiales varios. Aunque este grupo era minoritario, las dos capas de pequeños propietarios y jornaleros engrosaban este sector temporalmente con sus trabajos, como única forma de mejorar sus ingresos. Aquí es donde radicaba el problema, pues las sociedades de la villa de la comarca estaban cambiando aceleradamente hacia una economía monetarizada con precios y salarios al alza.

La revuelta no se nos presenta como una algarada campesina. Los campesinos de El Provencio pagaban un diezmo a don Alonso de Calatayud, pero es de creer que aún así disfrutaban de cierto margen para obtener excedentes. Sin duda que la crisis de 1504 a 1508, años de carestía y pestilencias (y también de desgobierno y revancha señorial tras la muerte de la Reina Isabel), mermaron los excedentes agrarios, pero no tanto como cabría suponer en una villa dedicada al cultivo de viñas. Aún así, estos años, que tendrían sus secuelas en los siguientes, eran recordados como los años malos. Las transacciones y servicios pagados en dinero fueron sustituidas por el trueque y por los pagos en trabajo forzoso. El control que don Alonso de Calatayud ejercía sobre las actividades de la villa, que giraban en torno a su palacio y fortaleza, se tradujo en estos años en un renacer de los malos usos señoriales: a los trabajos forzados se unió la aplicación caprichosa de la justicia y las penas y castigos arbitrarios. Los grupos más perjudicados fueron aquellos que se movían dentro del sector terciario, y cuya actividad se desarrollaba en torno al palacio del señor, bien como criados, oficiales, mayordomos o proveedores de diferentes bienes y servicios para don Alonso de Calatayud. Estos menestrales y servidores vieron limitada además su libertad de movimientos hacia las villas de realengo, aunque las huidas estaban a la orden del día. El algún caso, podemos ver una solidaridad de estos poderes feudales en la ayuda prestada por don Bernardino Castillo Portocarrero, señor de Santa María del Campo y Santiago de la Torre, a don Alonso de Calatayud. Símbolo de este renacido poder feudal son las sernas que se imponen a los vecinos por las carretadas de leñas que han de llevar a su señor, la apropiación de tributos reales como el portazgo, el uso señorial del molino o casos más llamativos, como la apropiación indebida por el señor de bienes de los vecinos, que van de telas a simples gallinas, y, sobre todo, la intervención de don Alonso en los casamientos. Los comerciantes extranjeros que se adentraban en el pueblo también sufrían todo tipo de exacciones. Dicho de otro modo, el poder absoluto y feudal de don Alonso de Calatayud era un obstáculo para el desarrollo del pueblo.
 Todos estos agravios se recogieron en la relación de testimonios de los ochenta provencianos que declararon contra su señor a partir del 17 de agosto. Ese día el pueblo se constituye en comunidad de la mano de sus justicias y oficiales, aunque la presencia del comunero Pedro de Viniegra delata cierta intervención extranjera. La revuelta se intenta dotar de cierto legalismo tanto por el proceso judicial que se inicia contra don Alonso de Calatayud como por la elevación de las quejas al poder constituido, el virrey de Tortosa y al Consejo Real.

Señalamos el legalismo de la revuelta porque en la misma hubo mucho de queja contra un señor que impedía al pueblo de El Provencio participar del espectacular desarrollo que experimentaba la comarca y poco de ruptura revolucionaria o institucional. La representación que el concejo de El Provencio otorga a sus apoderados Julián de Grimaldo y Francisco Valenciano el veintidós de septiembre es un poder delegado por un concejo abierto oficiales y vecinos principales constituido en comunidad* y va dirigida a Adriano de Utrecht y al Consejo Real. Sin embargo quien responderá será la Santa Junta de Tordesillas. Se puede considerar la petición de la villa de El Provencio como memorial de agravios, pero sin olvidar que la principal ambición de la villa no es la abolición de los malos usos señoriales sino acabar definitivamente con el poder señorial, liberarse del yugo de don Alonso de Calatayud y reducirse a la Corona real. Este es el hecho verdaderamente revolucionario de la villa de El Provencio, emulando al resto de villas del Marquesado, que lo hicieron medio siglo antes, se alza contra su señor y pide el amparo y sometimiento a la jurisdicción real. Así se reconoce en el poder dado a los procuradores

podades en nombre de nos el dicho conçejo notificar e hazer saber como esta villa del provençio con los veçinos della se an alçado por sus magestades e por su corona rreal de cavsa e por rrazón que don alonso de calatayud señor que se dezía de la dicha villa a hecho y hazía a la dicha villa e veçinos della e a otros de fuera della que a la dicha villa venían a tratar e pregonar e vender sus mercaderías grandes agravios y estorsiones e violençias tuertos yntolerables

y así también se reconoce en el memorial que esos procuradores llevan consigo. El memorial es unos pocos días posterior a la representación que reciben los procuradores. Pero su destinatario es ya la Santa Junta, que se ha trasladado de Ávila a Tordesillas y que está a punto de asumir el gobierno del Reino. Esto indica que los provencianos eran perfectamente conscientes del desarrollo de los acontecimientos, tomando partido por la Junta, a quien reconoce como autoridad legítima del Reino, y abandonando la causa de Carlos V

se puso debaxo de la proteçión e anparo de v. al. e corona real sin obedeçer lo que el dicho don alonso de calatayud querría mandare fazer en la dicha villa e fizo comunidad según que otras villas del dicho marquesado lo han fecho... e que si algún derecho pretende tener (don Alonso de Calatayud) contra la dicha villa lo pida ante v. al. en esta santa junta en su nonbre... mande por su provisión rreçibirnos so su proteçión e anparo

El memorial sería presentado ante la Junta de Tordesillas el primero de octubre, pues desde el 26 de septiembre asumió las funciones de gobierno del Consejo Real y el 30 de septiembre había arrestado a sus miembros. Ese mismo día, uno de octubre, la Junta emitió un decreto concediendo la petición de la villa de El Provencio, poniéndola bajo su amparo y protección, es decir liberándola del poder señorial y dando por nulas cualesquier provisiones de Adriano de Utrecht y del Consejo Real

que se dé una provisión por la qual manda a don alonso de calatayud que no proçeda de hecho contra los veçinos de la villa del provençio veçinos y moradores della ni contra sus bienes e que sy algún derecho tyene contra ellos lo pida en esta santa junta e le hará justiçia e que toma so su guarda y anparo a los dichos veçinos de la dicha villa e sus bienes e que sy alguna provisión tyene don alonso del cardenal de tortosa (Adriano de Utrecht) e de los que heran del consejo que no la obedescan ni cunplan

El decreto de uno de octubre recogía todas las peticiones de la villa, surgidas del acto de rebelión y del temor a la represalias de don Alonso de Calatayud, que andaba reuniendo desde el mismo momento de la rebelión de 17 de agosto gente armada entre fieles, parientes y amigos para tomar la villa.

Los provencianos se tomaron el proceso judicial contra don Alonso de Calatayud con todo rigor, en la esperanza de obtener por la vía legal su incorporación a la Corona real. Declararon en rebeldía a don Alonso y le compelieron a presentar el título de la jurisdicción de la villa, acusándole abiertamente de usurpación. La real provisión de seis de octubre de 1520 colmaba las aspiraciones de los insurrectos provencianos que veían aceptadas todas sus exigencias, incluidas fuertes reparaciones económicas y la exención de la jurisdicción señorial de don Alonso de Calatayud.

mandando vos que prouéis e rrestituyáis a la dicha villa e veçinos della el dicho un cuento de mrs. salva nuestra judiçial tasación privando vos de la jurediçión de de la dicha villa e castigando vos por todo rrigor de derecho e como la nuestra merçed fuese

La provisión sería notificada a don Alonso de Calatayud, que se encontraba en la villa de Las Mesas, el dieciséis de octubre. Poco dispuesto a acatarla pidió traslado de la misma. Sería declarado en rebeldía por la Junta de Tordesillas el cinco de noviembre, después que los procuradores de El Provencio pidieran la ejecución de la provisión real. No obstante, los acontecimientos posteriores, de sobra conocidos, harían imposibles los sueños de emancipación de la villa de El Provencio. Nos queda por conocer la reacción de don Alonso de Calatayud, que sin duda sería muy dura.



Archivo General de Simancas, PTR, LEG, 6, DOC. 7.   Información hecha por la villa del Provencio. 1520








* El concejo abierto de 22 de septiembre se celebró en la iglesia parroquial de Santa María Magdalena. A él asistieron Julián de Grimaldo, alcalde mayor, los alcaldes ordinarios Pedro Sánchez Carnicero y Hernán Sánchez de don Clemente, el alguacil Juan Cabronero, los regidores Juan Martínez Pastor, Fernando de Villamayor, Juan Martínez del Moral y Antón Clemente, los síndicos Sancho Fernández de Titos, Pedro Sánchez Carnicero y Juan Martínez Escribano, los diputados Esteban López, Antón Martínez de la Parra, Alonso Jiménez de Haro, Miguel Romero, Pedro Catalán y Gil López Romero,  el comunero Miguel Sánchez de Ortega y como capitán actuaba Juan Martínez Bonillo, así como un número indeterminado de vecinos.


(1) HERNANDO DIAGO, Máximo: "El conflicto de las comunidades en Cuenca (1520-1522)". Chrónica Nova. 29. 2002, pp. 27-62
(2) GUTIÉRREZ NIETO, Juan Ignacio: Las comunidades como movimiento antiseñorial. Planeta, Barcelona, 1973. El estudio que afecta a El Provencio, Santa María del Campo y otras poblaciones del Marquesado de Villena en págs. 204 y ss.
(3) NALLE, Sara T.:”Moya busca nuevo señor: Aspectos de la rebelión comunera en el Marquesado de Moya” Discurso leído ante la Sociey for Spanisch and Portuguese Historical Studies. Chicago, abril de 1994. Moya. Estudios y documentos I. Págs. 93-102. Grupo de Investigación de Moya. Excma. Diput. Provincial de Cuenca. 1996.



Anexo: los testimonios de los vecinos de El Provencio contra su señor don Alonso de Calatayud

  • Alonso García acusaba a don Alonso de Calatayud de tomarle una mula hacía diez años para llevar unos paños a Toledo, junto a una cruz y un cáliz de la iglesia para arreglarlos y se la mató de hambre por el camino. El valor de la mula era de seis ducados. También le acusaba de llevarle varias carretadas de leña y costales de trigo al molino sin que se le pagara
  • El herrero Pedro Naranjo le acusaba de no pagarle las herramientas; calculaba las deudas en 2.000 mrs. y una vez que intentó cobrarlas su señor le amenazó con un puñal. En otra ocasión, diez años antes, le ató la pierna con una cadena de hierro hasta que le acabó un arado, que tampoco le pagó
  • A Pedro Fernández de la Mota le quitó en 1507 seis fanegas de trigo y otras seis de centeno sin pagárselas. La fanega de trigo valía a 400 mrs. Su oficio era escribano, pero don Alonso de Calatayud no le pagaba por sus testimonios; es más, en 1503 arremetió contra él en la iglesia con una daga
  • A Antón Ramón, carpintero, lo tuvo preso arbitrariamente tres días después de detenerlo una noche y amenazar con prender fuego su casa. En otra ocasión, siendo alguacil, don Alonso le hizo llegar hasta las carnicerías, donde fue recibido con una bofetada.
  • Alonso Quintanilla actuaba como veredero de su señor. Contaba que en viajes de encargo a las Mesas o a Valencia apenas si recibía salario alguno.
  • Francisco Herrero el mozo acusaba a su señor de tacaño. Durante un viaje en que le acompañó a Toledo tuvo que pagarse la comida; las quejas de Francisco le costaron sesenta días de cárcel. En otra ocasión lo persiguió con una ballesta a caballo hasta apresarlo por una desavenencia en la mujer que había de prender . Francisco acabó de nuevo preso, pero esta vez forzada a fabricar herrajes y herramientas para don Alonso. En realidad, Francisco actuaba como guarda o alguacil de don Alonso, pero con tan mala fortuna que el que acababa encarcelado o malherido era él; así en una ocasión recibió una lanzada de su señor por supuestamente defender a Diego Díaz, marido de la mujer arriba referida, y que no parecía muy dispuesto a cederla a don Alonso.
  • El sastre Pedro Bonillo se quejaba de que nunca se le pagó en los seis años que cosió trajes para la casa de los Calatayud.
  • Juan Clemente el viejo se quejaba de que nunca se le pagó una deuda de cuatro fanegas de trigo, de cómo fue obligado a ir a Toledo a por unas carretadas de harina, recibiendo en las veintidós leguas un misérrimo salario de dos reales y de cómo una noche su señor despechado destrozó las puertas de su casa.
  • Alonso Ballestero trabajaba como molinero para don Alonso. En cierta ocasión que el río se llevó un palo de la presa del río, fue castigado con quince días de cárcel y pasear atado a un asno con una cadena al pie por la plaza del pueblo para vergüenza y escarnio público.
  • Andrés Esteban se quejaba de habérsele expropiado un corral.
  • Juan Ronco riñó con un convecino llamado Rosales, aunque huyó, fue prendido por un alguacil y llevado a la fortaleza que don Alonso de Calatayud poseía en El Provencio. El infortunado al ser detenido no se le ocurrió otra cosa que decir sino Viva el Rey. Tal proclama no fue del gusto del señor que le echó una soga al cuello, dispuesto a colgarlo de una almena. La intercesión de los vecinos le evitó la horca pero no acabar en una mazmorra y la cárcel, de donde saldría para servir en condiciones de esclavitud durante cuatro meses a su señor
  • Hernando del Ronco era un sirviente más de don Alonso, del que no recibía pago alguno ni siquiera en los frecuentes viajes a Toledo que hacía su amo, al que también acompañaba cuando don Alonso iba a visitar a una manceba en La Guardia. 
  • Otras veces los desmanes, tal como contaba María Ortega, no venían del señor sino de las compañías de soldados que pasaban por el pueblo. En cierta ocasión, de estos inicios de siglo, pasó por El Provencio una compañía de 800 soldados, camino de Cartagena, con destino a Orán. Uno de los campesinos murió al intentar evitar que un soldado le robara unas cebollas. El castigo por la muerte acabaría recayendo en el marido de María Ortega. Un hijo suyo padecería por partida doble los abusos señoriales, sufriendo primero la prisión en Santiago de la Torre por parte de don Bernardino Portocarrero y luego del señor del Provencio. Claro que la enemistad del señor Calatayud con la familia de Mari Ortega debía ser grande, pues en cierta ocasión que la susodicha se entrometió en una pelea de la que su hermana era víctima, acusando al agresor que los hombres peleaban con otros hombres y no con gallinas, acabó presa y con una fuerte multa de cuatro ducados.
  • El zapatero Cristóbal de Yáñez acusaba de no habérsele pagado dos pares de zapatos.
  • Juan Triguero y su mujer se habían visto obligados a criar en su casa y a su costa a un hijo bastardo de don Alonso llamado Guzmán sin recompensa alguna. A su decir, esto ocurrió en los años malos, sin duda refiriéndose a la crisis de subsistencias desencadenada en 1504. Sus servicios nunca fueron recompensados ni cuando fue enviado a Ávila ni en su estancia de un mes en Minaya. Sus quejas fueron respondidas con golpes y una prisión de la que solo se salvaría por los ruegos de la señora, doña Leonor. Peor parado saldría Juan Triguero, cuando una noche, haciendo partición de bienes con sus hermanos, don Alonso decidió intervenir en el reparto y quedarse con la casa. Seis años tuvo que pasar expulsado fuera de su casa; cuando la intentó volver a ocupar, recibió un lanzazo del que quedó tuerto, además de ser multado con cuatro ducados.
  • Juan López fue echado de su casa con la excusa de darla a un maestro de primeras letras, aunque quien se trasladó a vivir allí durante siete meses fue Alonso de Calatayud con su mujer. 
  • Miguel Escribano mantenía un pleito con Juan Grimaldo por la ocupación de una viña. Don Alonso de Calatayud evitaría que los alcaldes dictarán sentencia contra Juan Grimaldo. La razón era que don Alonso estaba amancebado con su hermana. No contento con ello, don Alonso le quitaría para su uso un rocín a Miguel Escribano. Otras veces se presentaba en su casa para comer o le mandaba a diversos negocios en Granada, dejando sola a su mujer con dos criaturas, aunque, al menos y a diferencia de otros, recibía en compensación algo de trigo.
  • Aparicio Lozano relataba un viaje a Granada de cuarenta días, por el que recibió solamente una fanega y un real. Medio real recibiría por ir a Ocaña y dos ducados por su servicio como criado en un periodo de dos meses, o simplemente le dejaba de pagar, como cuando durante dos días estuvo haciendo leña.
  • A Juan Rodríguez se le expropió un corral, transportaba carretadas de piedras para el molino y se pasó dieciséis años cosiendo ropas para la familia de su señor
  • El padre de Francisco Molino entregó sin pago alguno una cordera y un costal e incluso prestó cinco reales a su señor sin recibir compensación alguna
  • Pedro Hurtado sastre cosía, como otros, ropas para el señor sin pago alguno. En cierta ocasión fue castigado a golpes por no acudir desde Santiago de la Torre con la suficiente celeridad a la llamada de su señor
  • Juan Martínez Parra siendo regidor tuvo que mantener preso en su propia casa a Francisco Valenciano y actuar como carcelero, bajo las amenazas de don Alonso de Calatayud que prometía sacarle el corazón por las espaldas si se escapaba
  • Alonso de Medina veía como le eran arrebatados sin más explicación veinticuatro reales del cobro del portazgo de la villa. La arbitrariedad llegaba a la aplicación de las ordenanzas: en cierta ocasión que cortó un matacán de una viña fue condenado a seiscientos maravedíes de multa y prisión de ocho días; nada que ver con los sesenta maravedíes que marcaban las ordenanzas. Otra vez fue condenado a veinticinco días de prisión por quejarse del embargo, más bien robo, de catorce fanegas de trigo y de una palanca de hierro que valía un castellano. Siendo tendero en la villa veía como don Alonso no pagaba el aceite ni el pescado que se llevaba. El año de 1520 tenía a su cargo la carnicería y no parecía dispuesto a repetir los casos pasados, oponiéndose a dar carne fiada a don Alonso que mando a un hijo suyo que se dize Amador que le diese de bofetadas. Su negativa a darle una asadura la pagó con la cárcel y todas las reses de la carnicería muertas.
  • Alonso de Haro, también carnicero, evaluaba las deudas de su señor en mil doscientos maravedíes. A él también le degollaron,cuatro criados de don Alonso de Calatayud, varias reses sin necesidad alguna y eso a pesar de que para evitarlo se había ofrecido  a darle una gallina y dos palominos. Sus protestas las pagó con la prisión en la fortaleza del señor, atado a una cadena.
  • Hernando de Haro era un alguacil al servicio de don Alonso. Además era una buena persona, reconocía haberse visto obligado a embargar a sus vecinos veinticinco carretadas de leña y unas cuantas gallinas. Por remordimientos acaba indemnizando a los vecinos de su propio bolsillo. Solía tener en su casa a los presos, aunque con bastante benignidad. En cierta ocasión que los presos jugaban a las cartas, entró el señor, clavando su puñal encima de la mesa y confiscando todo el dinero que se estaban jugando. Hernando de Haro acabó en la mazmorra de la fortaleza. Además era mal pagado en sus funciones de veredero y pregonero o, simplemente, no veía una blanca.
  • Clemente Sánchez se atrevió a denunciar ante un clérigo llegado de Cuenca el amancebamiento del señor con una vecina llamada Felipa. Estuvo cuatro días preso y, cuando fue libre, se le obligó a ir a Santa Cruz de Mudela con su carro y mulas, como se le mandó para San Juan a por una carretada de leña al monte. Pero Clemente se negó, y aunque fue castigado de nuevo a tres días de cárcel, en su caso, el señor siempre medía los castigos. 
  • Antonio Jiménez tuvo que atender negocios dieciocho días en Cuenca y Beteta sin salario alguno. Lo mismo ocurrió por un viaje de ocho días a Getafe. Otras veces era obligado a cazar o ir por leña al monte para su señor.
  • A Miguel Romero, le debían 33 varas de lienzo a 37 maravedíes la vara. Era una pequeña muestra de una larga lista de deudas: una ballesta, cuatro varas de bretaña, otras cuatro de lienzo, un puerco valorado en 1.000 mrs., pescado y aceite por valor de 195 mrs. Don Alonso de Calatayud, para el que trabajaba como mayordomo, en un gesto de tacañería le quitó las llaves de la cámara del pan y de la bodega por gastar demasiado. Acabaría siendo herido por una estocada de un criado del señor.
  • Juan Bonillo también actúo como mayordomo, lejos de recibir salario, se le debían 400 mrs. Los altercados con los criados de su señor se sucedían: uno de ellos lo descalabró por no fiarle un pedazo de carne, el mismo señor le hirió con un puñal por no darle un paño de cabeza y lo encerró en una mazmorra, como hizo con su hija de ocho años. 
  • Francisco de Perea, que había tenido un pendencia en Almagro, sería arrestado a su vuelta al pueblo y condenado a una multa de 600 mrs. En otra ocasión, fue tras Felipa, la manceba del señor, hasta Toledo.
  • Con Diego Carrasco se acumulaban las deudas por varios miles de maravedíes-
  • Elvira de Medina, viuda, fue sorprendida en la cama con un hombre. paseada a lomos de un burro para vergüenza y escarnio público y desterrada a perpetuidad del pueblo
  • Juan Clemente el mozo, con su carro y mulas, iba a hacer encargos de un lado para otro de modo continuo, debiendo recibir regularmente pagos por sus servicios. En su caso se quejaba, que aunque pagado por su señor, lo hacía en escasa cuantía. Sus viajes iban desde los pueblos comarcanos de Osa de la Vega y Villaescusa de Haro, donde se proveía de madera, hasta Valencia
  • A Mingo Tostado le expropió un moral, comiendo moras a su costa durante cuatro años.
  • A Pascual Sánchez le segaba para sí el trigo de una haza que previamente le vendió, rasgando la escritura. En otra ocasión, por una discusión por qué calles del pueblo se había de correr un toro, lo tuvo velando toda la noche las calles por donde se iba a desarrollar el encierro.
  • La viuda Isabel de Vera tenía una posición desahogada como poseedora de una tienda en el pueblo, con criados y obreros a su cargo. De las ventas de zapatos y borceguíes que hizo al señor no recibió cantidad alguna. Las deudas ascendían a cuatro mil maravedíes. Otras veces, su casa era allanada o sufría la prisión de su obrero Córdoba, a quien acusaba de estar amancebado con la mujer, y de su hijo.
  • A Mingo López le arrebató una haza para dársela a Alonso Gómez y se le debía quince capachos de vendimia. 
  • La mujer de Andrés Bermejo pasó doce días en la cárcel por los caprichos de la señora doña Leonor. Habiendo sido encontrada una criatura expósita en el pueblo no se le ocurrió mejor cosa a la señora que pasar revista a las doncellas del pueblo para ver quien como recién parturienta tenía los pechos henchidos de leche. Las quejas de la mujer le costaron la cárcel.
  • De Juan Clemente el viejo hacía uso del macho que poseía.
  • Juan Zapata, alguacil, tenía a su cargo proveer de pollos y gallinas a su señor; incapaz de robarlos a los aldeanos, los pagaba de su bolsillo. Para complementar sus ingresos vendía pescado, aunque don Alonso de Calatayud nunca le pagaba como tampoco las peonadas que para el hacía. 
  • Andrés García se quejaba de los derechos que el señor llevaba en la molienda del grano.
  • Miguel Martínez se quejaba de la crueldad de cómo don Alonso había intervenido en una riña de niñas, en la que estaba implicada su hija de cinco años. Echando a las niñas presas con hierros durante quince días. aparte de una multa de cinco reales.
  • Pedro Escudero se lamentaba de haber recibido como pago de un viaje a Granada de veintinueve días únicamente veinte fanegas de trigo y un real. Por protestar fue arrojado a las mazmorras no sin antes rogar que su señor no dirigiera su espada desenvainada con él. No le fue mejor por la pérdida de un galgo camino de la Solana ni los constantes viajes mal pagados a los molinos de Santa María.
  • De Diego Marín le hacía uso de sus bueyes, le pagaba quince arrobas de vino hechas vinagre a real la arroba y pagaba con la cárcel, en casa de un alguacil, sus protestas.
  • Pedro Medina acogió al alcaide de Santiago de la Torre sin permiso de don Alonso de Calatayud. El señor indignado intentó llevarlo preso, pero no estaba presente, por lo que arremetió violentamente contra su mujer preñada y dejó un guarda a la espera de Pedro Medina. Como éste no volvió a su casa, la pagó con el guarda al que echó una soga al cuello dispuesto a ahorcarlo de una viga, cosa que hubiera hecho de no mediar otra persona presente. Embargó los bienes de Pedro Medina hasta que consiguió apresarle a él y a su mujer y retenerlos dos meses en la fortaleza. El señor le adeudaba varias ventas de pescado, sardinas, aceite y tocino. Además tenía especial enojo al clérigo  Diego de Medina, hermano de Pedro, que se había atrevido espetarle a don Alonso un "viva el Rey", que casi le costó la vida. En otra ocasión le interrumpió la misa. Don Alonso dudaba del carácter cristiano de Diego; de hecho, un Domingo de Ramos se atrevió a interrumpir la procesión y proferir en la cara del cura las palabras injuriosas de bellaco judío. La relación con la madre no era mejor, la tenía presa por una discusión con otras mujeres en el horno, no queriendo aceptar los mil mrs. de la condena del alcalde mayor bachiller Cuenca para su libertad. A otro hermano, llamado Juan Medina lo desterró a Santiago de la Torre, pero envidioso de que trabajara para don Bernardino del Castillo, lo mandó traer a su fortaleza en El Provencio, donde le dio 100 azotes. Su padre depositaría 3.000 mrs. para liberarlo. La inquina del señor llegó hasta el hijo de Juan, que accidentalmente había herido a un hombre en el pozo que se hacía para el suegro de Juan Medina; el incidente le costó un castellano.
  • Francisco de Medina, el viejo, intento mediar entre don Alonso y Juan Bonillo, objeto de las iras del señor, pero su intento de mediación le supuso ocho días de prisión, atado a una cadena. Otra vez, estando enfermo, le obligó a ir a Toledo, teniendo que pagar a un sustituto para evitarse el viaje. Don Alonso estaba omnipresente en cualquier negocio; así intervino en el reparto de las casas del padre entre Francisco y sus hermanos, decidiendo don Alonso el reparto y amenazando a Francisco con pelar su la cabeza en la mazmorra.
  • A Alonso Fernández, mayordomo de la iglesia le adeudaba tres ducados.
  • Juan de Haro contaba que el concejo de la villa, en lo que era una costumbre, le había dado un solar para edificar su casa. Después de llevar treinta peonadas en la construcción, don Alonso le paralizó la obra.
  • A Gonzalo de Albalate le hizo ir con sus bueyes a Cuenca, por un almud de pan candeal, cuyo valor era de apenas real y medio
  • Diego de Ocaña, aficionado a la vihuela, no debió agradar con su tañer  al señor que le rompió dicho instrumento musical.
  • A Alonso Martínez, vecino de Almansa, le intentó robar un carro de naranjas.
  • A Alonso Campillo le debía tres fanegas de trigo. Nunca le pagó una carretada de trigo al molino, que estaba a siete leguas, ni otras sendas carretadas de leña y cal.
  • Juan Martínez pastor, que vivía con sus nietos, vio expropiada su casa para disfrute de un escudero del señor. Una mula de silla que tenía la aprovechó para un viaje a Barcelona. Como ya se ha mencionado, un huerto que tenía plantado con cebollas fue arrasado por los soldados, aparte de la muerte de Pedro Tostado el conflicto se saldó con veintidós días de cárcel de Juan Martínez. En otra ocasión le prestó a don Alonso un paño para pago de un cáliz que había tomado de la iglesia; finalmente doña Leonor se compadeció y le pagó con cuatro arrobas de lana.
  • Después de trece años de servicio, a Juan López le adeudaban 3.500 mrs. El señor hacía uso de sus bueyes y sus mulas para las tareas domésticas o algún viaje a Madrid que le ocupó cincuenta días; como siempre el pago fue con alguna fanega de cereal que dejó insatisfecho a Juan López. Para el caso del viaje a Madrid, dos fanegas de trigo. Las protestas fueron respondidas con amenaza de cien azotes.
  • Francisco de Hungría había llegado de Odón para casarse en el Provencio y trabajar de herrero. Por hacer unos trabajos de herrería para el molino, valorados en 750 maravedíes no cobro nada. Por herrar las bestias del señor tampoco se le pagaron los trescientos maravedíes del trabajo. Curiosa es la historia de una jaca que poseía Francisco de Hungría y que el señor se apropiaba para sus viajes a Belmonte y Villaescusa. Desgraciadamente para Francisco un día que venía con su jaca de darle agua, se topó con el señor Alonso de Calatayud que montaba la suya propia. En un roce de los animales la jaca de Francisco le dio una coz a la del señor. La respuesta de don Alonso fue atravesar con una lanza a la jaca. Francisco de Hungría también era tendero, pero don Alonso no solo no le pagaba el aceite sino que se pasaba por su tienda a las tantas de la noche para servirse pescado. Francisco de Hungría es de los que estando jugando a las cartas en casa del alguacil Hernando de Haro había sido sorprendido por don Alonso y visto requisados sus dineros, antes de acabar en la cárcel. En otra ocasión, don Alonso enredó a Francisco para que se jugase el dinero con un buldero que portaba unas escribanías, que don Alonso codiciaba; el resultado fue que el buldero ganó el juego, el dinero de Francisco, que tuvo que pagar de su propio bolsillo las escribanías para complacer a su señor. Otras veces tenía que aguantar la ira de su señor, sencillamente por estar en el momento más inadecuado, como cuando venía un día de las viñas y fue insultado y vejado en la plaza del pueblo.
  • Gonzalo Zapata nunca vio recompensados sus trabajos, ni por un viaje a Toledo de cuarenta días, ni por el transporte de cal ni por podar las viñas del señor. don Alonso concebía la caza como un derecho señorial, por eso la caza de una liebre le costó a Gonzalo dos ducados de multa y nueve días de cárcel. Aportaba también los capones con los que recompensar al maestro que enseñaba a leer al hijo de don Alonso. Hubo una época en que don Alonso estaba excomulgado, a pesar de ello entró en la iglesia e interrumpió la misa del clérigo. Hallábase presente también en la iglesia el canónigo de la catedral de Cuenca Juan del Pozo, que era asimismo vicario del Provencio, su mediación valió de muy poco.
  • A Juan de Molina se le apresó un hijo sin causa y le confiscó un rocín para un viaje a Granada, devolviéndolo muerto.
  • A Pascual Mateo también le embargó ciertos bienes, entre ellos, varias gallinas.
  • Julián de Grimaldo, tuvo que soportar la intromisión de don Alonso, en su intento de evitar el casamiento de su sobrina. Era tal enemistad que le tenía don Alonso, que un día en compañía de su hijo Tello Guzmán intentó derribar la puerta de su casa para matarle. Una mula de silla le fue embargada tras prometerle entregar tres mil maravedíes, cosa que nunca hizo.
  • A Antón Montoya, carnicero, no le pagaba la carne ni el calzado que solía traer de Socuéllamos. En total le debía 3.000 mrs. En otra ocasión, quizás para congraciarse con los Inquisidores que andaban por San Clemente, don Alonso organizó una capea y mandó a Montoya que trajera los toros. Nunca le pagó los dieciocho reales de traerlos. 
  • Juan López Moreno había acompañado a su señor a Granada en estancias que a veces duraban treinta días; las pagas eran nimias y en cierto viaje que enfermó lo dejó abandonado.
  • A Andrés Morales le arrebató una arroba de aceite y otra de lana blanca. A las quejas se unían el uso indebido de su carro y mulas y la apropiación de leña y gallinas.
  • A Alonso de Escobar le adeudaba ocho peonadas de traer leña y trabajar en el caz.
  • La mujer de Lope Sánchez de la Torre había criado y alimentado un hijo bastardo del señor. Por los siete años de sus cuidados apenas recibió una fanega de trigo y seis reales. Su hijo entró a soldada de don Alonso por un año; gracias a eso, sabemos cuál era el salario anual de un criado de don Alonso de Calatayud: treinta reales y una arroba de lana. No se le pagó nada.
  • A Diego de Arjona, persona necesitada, se le debía seis jornales de retejar. También García López era persona necesitada y no se le pagó nada de un viaje a Toledo.
  • Miguel Sánchez de Ortega tenía tienda de pescado y aceite. Las cantidades que se le adeudaban ascendían a seiscientos maravedíes. A estas deudas se unían las del mayordomo del señor, Pedro Martínez de Portugal: tres reales, gallinas y pollos. Los años de carestía de 1504 a1508, fueron acompañados de la peste, Miguel tenía a su cargo la guarda de las puertas de la villa. En aquellas circunstancias pagó su labor con las mazmorras. Por jugar a los naipes debió pagar un cabrito. El derecho de portazgo que se cobraba en El Provencio iba por mitades; una parte para el Rey, que cobraba don Alonso por medio de Francisco Valenciano, y una parte para la Orden de Santiago, que cobraba Miguel Sánchez de Ortega. Ni que decir que don Alonso no aceptó nunca estas cuentas por mitades. Como arrendador de la alcabala del viento, nunca cobró nada de don Alonso.
  • Pedro Catalán, carnicero, estaba obligado a comprar un toro para ser corrido el día de San Juan. Para su desgracia, el toro no estuvo en la fecha indicada. Don Alonso no quiso hacer uso de ese toro y compró por su cuenta otro en Jarama. Ahora bien, se lo cobró de una arquilla de dineros, que tomó de casa de Pedro, alrededor de 2.000 maravedíes. Como mayordomo que fue de su amo, se le debían 3.000 maravedíes y como tendero, otros mil. Además fue condenado a una multa de nueve reales por vender sardinas a un forastero, usando una romana propia y no el peso de la villa.
  • Pedro Sánchez, siendo regidor, no quiso prestar una jaca del concejo a don Alonso. Lo pagó con sesenta y cuatro días de cárcel. Como carnicero le adeudaba tres mil maravedíes. Como todos los provencianos estaba obligado a pagar a su amo el diezmo; en su caso, treinta reses. Pedro Sánchez se comprometió a pagarle 2.500 maravedíes, pero el pago no gustó a don Alonso que le embargó todas las reses y lo encerró con una cadena en la fortaleza hasta que le pagó las treinta reses, esta vez por un valor de 4.000 maravedíes. 
  • Juan Martínez Escribano fue mayordomo de don Alonso los años 1512 y 1513; se le quedó a deber 390 maravedíes.
  • A Juan Llorente sin mediar palabra le quito de su bolsa cuarenta y cinco maravedíes.
  • Sancho Fernández tuvo que soportar prisión por no atender una petición de una carretada de leña y por tener la desgracia de toparse una noche, que iba acompañado de otras dos personas, con don Alonso. El incidente acabó con insultos de borracho y con Sancho Llorente arrojado a la mazmorra. Sancho Fernández había comprometido a un hijo suyo con una hija de Felipa Grimaldo, manceba del señor, pero don  Alonso no dio el plácet.
  • Pascual de Vieco, tras una discusión con don Alonso, construyendo el andamio para la fiesta de la villa, acabó en la mazmorra, que era un pozo donde los presos eran bajados con una soga. Pascual de Vieco, envalentonado dijo que no necesitaba la soga, por lo que don Alonso de Calatayud le pinchó con un puñal hasta que saltó. Además crío durante diez meses a uno de los hijos del señor, Fernando Guzmán, sin recibir pago alguno.
  • Hernán López. mesonero, lo tuvo seis meses de viaje por Toledo y Segovia. Otras veces, don Alonso provocaba a Hernán y a otros para que revolvieran cuestiones en el pueblo y así poder imponer penas posteriormente.
  • A Pedro López Izquierdo, don Alonso de Calatayud le mandaba a Granada durante el tiempo de la siega. Sin motivo, lo detuvo una vez estando en las viñas y lo encerró en la mazmorra, de donde escapó para permanecer quince meses huido.