El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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jueves, 3 de agosto de 2017

Cómo los Garnica entroncaron con la Grandeza de España (1593)

                                                   

Don Jorge de Mendoza, nieto y hermano de Marqués de Mondéjar, joven de 18 años, se presentó un veintinueve de septiembre de 1593 en la villa de San Clemente; seis días después a las nueve de la noche se casaría con María, la hija de Juana de Valderrama, viuda de Hernando de Avilés, que vivía en la ya entonces llamada plazuela de Astudillo, antes que esta familia adquiriera notoriedad en la villa. Provisto de un mandamiento del provisor del obispado de Cuenca que autorizaba su casamiento con la hija de Juana, María de Garnica y Avilés, estaba dispuesto a formalizar en contrato matrimonial lo que sin duda eran auténticos sentimientos de amor hacia la joven María, mezclados de la fogosidad propia de la edad. La familia del joven, Grandes de España (el grupo nobiliario de mayor prestigio social y acceso a la Corona) era, por supuesto, desconocedora de lo que estaba pasando aquella noche de San Miguel en la lejana villa manchega.

El matrimonio se celebraría, siendo el sacerdote oficiante el doctor Tébar. Don Cristóbal de Tébar es conocido como el inmaculado cura que fundó el Colegio de la Compañía de Jesús en la villa de San Clemente, pero cada vez que nos aproximamos a su figura, nos aparece como un hombre muy comprometido con su tiempo, y con los bienes materiales. Ese día de San Miguel, que casó a los dos jóvenes enamorados, Jorge y María, no se encontraba en la mejor situación en la comunidad eclesiástica. Dicho sin rodeos, el doctor Tébar se encontraba excomulgado por un asunto turbio relacionado con la administración de las rentas eclesiásticas.

Pero la familia Mendoza no estaba dispuesta a aceptar un matrimonio que por la condición de los contrayentes era, en palabras de la época, de gran disparidad: no era imaginable que un joven emparentado con los Grandes de España casará con la hija de un hombre pechero y llano y una humilde mujer, cuya nobleza no era pareja a su posición social. Además, en el pueblo estaba presente el corregidor don Juan de Benavides y Mendoza, dispuesto a desbaratar tal despropósito matrimonial. Actuando como confidente de los Marqueses de Mondéjar, intentó compaginar su actuación legal para invalidar el matrimonio con el papel de un actor más implicado en este vodevil. Tal como comunicaba el corregidor al Marqués de Mondéjar el día 9 de octubre de 1593, en su apreciación, el matrimonio de los dos jóvenes era una confabulación de curas, emparentados con los Garnica y los Oma:
El día de San Miguel que se contaron 29 del pasado vino a esta villa (de San Clemente) don Jorje de Mendoza, hijo de Yñigo López de Mendoza en compañía de un Gaspar de Garnica, vezino della, el qual a lo que yo he podido alcançar le deuió de engañar y persuadir con sus deudos a que se casase con una hermana suya y para haçerlo ganaron liçençia con secreto del probisor de Cuenca para desposarlo como lo hiçieron sin que se hiçiesen las amonestaçiones que manda el Santo Conçilio y ymagino que ayudaron a este negoçio que tan mal a pareçido en esta tierra: en Cuenca el dotor Martín de Garnica, canónigo, y aquí el dotor Tébar, cura desta villa, y Tristán de Pallarés, clérigo, por ser deudos y amigos
El corregidor ampliaba la trama denunciando a Antonio de Oma Zapata, primo hermano de la viuda Juana de Valderrama, que por entonces vivía en Belmonte, bajo la protección del marqués de Villena. Asimismo informaba que había mandado encerrar con grillos en la cárcel de la villa al principal inductor del matrimonio, Gaspar de Garnica, hermano de María de Garnica, mientras que mantenía en arresto domiciliario a la novia y a su madre. El joven don Jorge de Mendoza quedaba confinado en la casa del corregidor a espera de que se aclarasen los hechos.

A pesar de las diligencias del corregidor, el matrimonio se consolidaría y María de Garnica y Avilés, quedaría convertida en la esposa de don Jorge Mendoza, marqués de Agrópoli desde 1617. Su hermano, Gaspar de Garnica, superando el amargo contratiempo de la prisión, llegaría a ser prior y canónigo de la catedral de Santiago y consultor de la Suprema del Santo Oficio. El doctor Tébar se convertirá en benefactor de la villa con su legado jesuítico y los Oma volverían desde Belmonte a su villa natal de San Clemente para convertirse en una de las principales familias del pueblo.

Pero a nosotros nos interesa el incidente del matrimonio para conocer un poco más del San Clemente de 1593.


La excomunión del doctor Tébar

Doña Juana Valderrama, a quien su marido Hernando de Avilés, había dejado como curadora y tutora de sus hijos Gaspar y María, no estaba dispuesta a que las diligencias del corregidor para anular el matrimonio de su hija con don Jorge de Mendoza dieran su fruto ni mucho menos a que su hijo Gaspar siguiera en la cárcel pública. Por eso, con fecha 25 de octubre encargó su defensa ante el Consejo Real a dos letrados de prestigio de la villa, el doctor Pedro Alonso de Arce y el licenciado Alonso González de Santacruz. El primero, que era un médico de prestigio en la Corte, pronto delegaría su poder en el procurador Baltasar Romero. Al mismo tiempo se recurrió a la jurisdicción eclesiástica del provisor del obispado, doctor Rueda, que mandó le remitieran las actas del matrimonio que obraban en poder del notario de San Clemente, el presbítero Cristóbal de Iranzo. Mientras el corregidor Juan de Benavides y Mendoza seguía inflexible; un mes después de los hechos, tal como atestiguaba el escribano Gaspar Llanos, mantenía encerrado en la cárcel al joven licenciado Gaspar de Garnica.

Don Jorge de Mendoza, era hijo de Iñigo López de Mendoza y natural de la villa de Uclés.
Había conocido a María de Avilés a través de su hermano Gaspar de Garnica, que estudiaba en Alcalá de Henares junto a Jorge de Mendoza. Se había presentado en la villa de San Clemente el 29 de septiembre, pero aún esperaría hasta el cinco de octubre para casarse con doña María de Garnica y Avilés. Los días que transcurrieron entre las dos fechas los aprovechó para obtener mandamiento del juez ordinario del obispado de Cuenca, doctor Rueda, que le autorizara al casamiento. Alegaba don Jorge que no podía esperar a las tres amonestaciones preceptivas, porque sus deudos se opondrían maliciosamente al matrimonio si se alargaban los trámites. Conseguiría la licencia del matrimonio, condicionada a que no cohabitase con la novia hasta no cumplir con las necesarias amonestaciones, relegadas al momento posterior al acto sacramental. El mandamiento del provisor ordenaba al doctor Tébar celebrar el matrimonio, que se aseguró bien de guardar las formas, examinando a los testigos, Antonio de Oma Zapata y Gaspar de Garnica, advirtiendo a los novios de la disparidad de condición social,

que mirase que era noble y generoso, que podía ser uno de los grandes de España y que todas estas calidades le faltaban a la dicha doña María de Avilés
de su libertad para contraer matrimonio y de evitar la cohabitación de momento y asegurándose que la ceremonia matrimonial fuese pública, abriéndose las puertas de la casa de doña Juana Valderrama.
que los matrimonios no se hacen a puerta cerrada sino muy abiertas y que lo sepa Dios y todo el mundo y no solamente los de los aposentos, sino los de la calle y llamen testigos e ansí luego mandó abrir las puertas

Es de destacar la premura con la que el corregidor iniciará las averiguaciones, desde el mismo momento del casamiento; pero también la celeridad, 20 de octubre, con que el Consejo Real pide le sean remitidos los autos del corregidor e inicie informaciones de testigos para saber lo acaecido. Pronto las tomas de declaraciones dejan bien definidos dos bandos en el pueblo. En el primero, se sitúan los Garnica, los Oma y el doctor Tébar, junto a otras figuras menores del momento. En frente, los vecinos principales del pueblo se ven obligados a tomar partido a favor o en contra del cura. El número de enemigos era mayor que el de amigos.

La declaración tomada al doctor Tébar por el corregidor Juan de Benavides fue agria. Intentaba demostrar el corregidor el poco celo religioso del doctor Tébar, que había celebrado el santo sacramento con testigos que eran parientes de la novia y del propio cura, de modo secreto (¿Cuántos testigos pasaron al abrir las puertas?, preguntó con malicia el corregidor) y estando excomulgado. El doctor Tébar se negó a contestar y también a firmar su declaración. No se detendría el corregidor que inició una serie de declaraciones para demostrar que el cura no era quién para celebrar un matrimonio estando excomulgado.

El corregidor tomaría declaración al sacristán de la Iglesia de Santiago, Millán Martínez, que con apenas un mes en el oficio, reconocería saber de la excomunión del cura Tébar. A continuación se consultó en la iglesia la tabla de memorias donde se asentaban los nombres de los excomulgados; allí aparecía el nombre del cura junto a otros vecinos, socios suyos, con la fecha del 25 de septiembre como día de la excomunión. Desde esa fecha tenía prohibido decir misa y administrar los sacramentos. La excomunión por el ordinario de Cuenca tenía su origen en la irregular administración del cura Tébar de la administración de las rentas eclesiásticas, que había dejado de ingresar en el obispado de Cuenca, y la pena se había aplicado también a sus fiadores. Curiosamente, algunos de estos fiadores aparecen también como aliados del cura en el expediente promovido contra su sobrino el licenciado Herriega quince años después. Entre ellos, Francisco Carrera, padre del dicho licenciado, o Miguel Cantero. El escribano del ayuntamiento Martín de la Cámara daría fe

que un hombre de Cuenca abía venido e traya un braço seglar contra el dicho doctor Tébar.

Los testigos, sacristán y socios, reconocerían lo que había negado el cura: el doctor Tébar no sólo no decía misa sino que tenía prohibido acudir a ella. El corregidor, demostrada la incapacidad del cura para administrar el sacramento del matrimonio, iniciaría su particular cruzada. Esta vez se trataba de acumular testimonios de las personas principales contra el clérigo. No todos declararon contra él.

El buen nombre de la familia

El Consejo Real tendría conocimiento del desposorio de San Clemente con fecha de veinte octubre, ordenando al corregidor que iniciara una serie de pesquisas tendentes a averiguar lo sucedido. Las informaciones de testigos se desarrollaron a lo largo del día 31 de octubre de 1593; el corregidor elegiría personas próximas y de confianza, pero con influencia y poder en la villa, pues con sus testimonios se trataba de demostrar la poca calidad y nobleza de los Garnica.

El primero de los testigos llamados sería Martín Alfonso de Buedo, tesorero de rentas reales de Marquesado de Villena. Avecindado en San Clemente, este hombre contaba con treinta y tres años. Doce años después, en 1605, moriría. Su repentina muerte, dejaría a su viuda Catalina de Buedo incapaz de defender los derechos a la tesorería de su hijo menor Martín, frente a su tío. Le seguiría en las declaraciones el licenciado Alonso Ruiz de Villamediana, de 62 años, de familia cristiana vieja y con fama de limpia y noble en la villa, y cerrarían los testimonios dos Ortega. Francisco de Ortega, el padre, de 64 años, ya había cedido el testigo familiar a su hijo Rodrigo, el futuro señor de Villar de Cantos, y fundador del mayorazgo familiar junto a su esposa Ana Rosillo años después. Rodrigo de Ortega era regidor perpetuo de la villa y contaba entonces con 32 años.

Las declaraciones de estos testigos obviaron las acusaciones contra el cura Tébar, para centrarse en las calidades de los Garnica. No es extraño, pues Francisco de Ortega estaba casado con una Tébar de nombre Jimena. En la declaración de otros como Martín Alfonso de Buedo debió pesar más su proximidad al poder público ostentado por el corregidor, pues él también desempeñaba un cargo público. Es más dudosa la declaración de Alonso Ruiz de Villamediana y el interés que podía tener en declarar contra los Garnica, pero fue la declaración que más detalles aportó. Por el licenciado Ruiz de Villamediana, sabemos que el día del matrimonio, cinco de octubre, fue martes y que en el pueblo no se supo nada del mismo hasta el domingo 10 de octubre, cuando el matrimonio fue denunciado en la Iglesia Mayor de Santiago

este testigo no supo del dicho desposorio hasta o quatro o cinco días después de hecho porque dicen que fue secreto e sin amonestaciones y que el probisor deste obispado de Quenca había dado licencia para que se desposasen de presente syn denuciación alguna y que después de desposados se hiciesen, e ansí después una fiesta oyó este testigo denunciarlos en la yglesia desta uilla

la denuncia debió venir desde el púlpito, pero ¿quién hizo la acusación en ausencia del excomulgado doctor Tébar? No lo sabemos. Pero las acusaciones pusieron en acción al corregidor Benavides que veía en este enredo matrimonial la sombra de dos clérigos, el propio doctor Tébar y Tristán Pallarés. Pero si en el primer caso, hasta el sacristán puso su pequeña parte en la acusación, nadie se atrevió (a excepción del corregidor) a acusar a Tristán Pallarés. Este clérigo, que había nacido en la época en que murió su antecesor García Pallarés, vivía el final de su vida por estos años y heredará de su antecesor la memoria de aquel noble hombre de clara estirpe para cuantos viajeros pasen ante su epitafio, en la capilla de su nombre; pero al igual que el doctor Tébar era un hombre de su tiempo, ya su tío Tristán Pallarés el viejo estuvo implicado en los sucesos de julio de 1553, ya narrados, y el sobrino andará metido en otros más mundanos, que narraremos, como sus amoríos con la viuda de uno de los Herreros, allá por 1566.

La actuación del corregidor, tras la denuncia, fue inmediata, ordenando el arresto domiciliario de Juana de Valderrama y su hija María y la reclusión de don Jorge en su propia casa. Pero fue especialmente apasionado, tal como denunciará la familia Garnica, en el proceder contra Gaspar Garnica, que sin duda sabedor de lo que se le venía encima había huido a Motilla del Palancar, donde fue apresado y trasladado a la cárcel de San Clemente, para iniciar allí un auténtico calvario. Más suerte debió tener Antonio de Oma Zapata, alejado en Belmonte, bajo el amparo de la jurisdicción privada del marqués de Villena.

Posteriormente vendría la información de los testigos arriba referidos, donde el corregidor Benavides obviaría los temas más escabrosos de las detenciones, para centrarse en la poca calidad del difunto Hernando de Avilés, hombre llano y pechero, al fin y al cabo un origüela que escondía su apellido, y minusvalorar la hidalguía de Juana de Valderrama, por los cuatro costados, pues era gente humilde. Las acusaciones continuarían contra los testigos del matrimonio Antonio de Oma y Gaspar Garnica, cuyo valor de testigos debía ser puesto en entredicho, pues eran deudos de la contrayente. La información sería remitida al Consejo Real por el corregidor Benavides.

Pero los Garnica no estaban dispuestos a jugar el papel de espectadores y víctimas de las diligencias del corregidor. Doña Juana de Valderrama, desde su arresto domiciliario, apoderaría a Diego de Palomares para que se encargara de presentar testigos que defendieran la limpieza, nobleza y calidad de su familia. Además pidió, en lo que sin duda era un menosprecio a la competencia jurisdiccional del corregidor, que sus testigos fueran examinadas por el alcalde ordinario de la villa de San Clemente, el licenciado Alonso Muñoz. La defensa del honor familiar, en una familia que como pocas en el pueblo podía presumir de nobleza, se intentaba extender a la defensa del buen nombre del difunto Hernando de Avilés, que era un miembro del clan de los Origüela, pero a decir de sus defensores

fue ombre muy principal y onrrado y rregidor perpetuo desta villa de San Clemente hasta que murió muy emparentado con toda la gente más onrrada y noble y principal del pueblo y su comarca y él y sus padres e agüelos e antepasados ostentaron siempre mucha honrra e autoridad y buen punto e como los más delanteros desta tierra e como personas que siempre an podido y valido mucho, tiniendo de ordinario los oficios de alcaldes e rregidores desta villa e de presente es rregidor perpetuo della Gaspar de Gárnica e Avilés hijo del dicho Hernando de Avilés

Destacamos intencionadamente ese an podido y valido mucho, en lo que tiene de voluntad de anteponer una nobleza fundada más en el mérito y el valor personal, que conduce a la primacía social, por encima de una nobleza de la sangre. Los testigos ratificarían el poder de la familia Avilés-Garnica en la vida municipal sanclementina, pero también la exhibición de ese poder y riqueza con los aderezos propios de su condición hidalga. El primer espaldarazo a los Garnica vino de los Pacheco, en concreto de Francisco Pacheco de Guzmán, que, a sus sesenta años de edad, era propietario de una de las regidurías perpetuas del ayuntamiento. Su testimonio tenía el valor que le daba su propio apellido y fue parco. Pero sería ratificado por el siguiente testigo, Alonso de la Fuente Zapata, aportando los detalles de un hombre mayor de sesenta años que conocía a la familia

conosció a Fortuno de Garnica, padre de la dicha doña Juana, hombre hijodalgo, christiano viejo e muy principal e a Mari Pérez de Oma su madre, hija de Pedro de Oma, hijodalgo executoriado y al dicho Hernando de Avilés su marido... hombre principal y tener casa e criados como tal e aderezos de casa y plata que ningún cavallero de toda la tierra le hazía ventaja... con mucha autoridad e con mucha ventaja en el tratamiento de sus personas como de criados e muy bastecidas e muy regalada la dicha su casa de todo lo necesario y de manera que se tenía particular quenta en esta villa de buen término y buen tratamiento que en la dicha su casa avía

Doña Juana de Valederrama, en palabras de otro testigo, el regidor Llanos de Tébar, a la sazón de 53 años, había procurado que su hija María apareciera como mujer principal de cara a sus vecinos

llevándola siempre delante bien aderezada y vestida con escudero e criadas como hija de padres tan onrrados y principales

Otros testigos, personas principales y mayores de la villa, y en algún caso también deudos, defenderían la hidalguía de los Garnica. Entre ellos, Antón Dávalos Jiménez, de sesenta años, que no había sido precisamente amigo de los Garnica en su juventud, y un deudo, anciano de 73 años, Juan Ángel.

Mientras en la Corte, los derechos de los Garnica estaban representados por el procurador Baltasar Romero, que haría llegar al Consejo Real las informaciones hechas en San Clemente. Conseguirá real provisión para la familia el ocho de noviembre, ordenando la puesta en libertad de los Garnica en el plazo de ocho días. La motivación era que el juez ordinario eclesiástico podía, tal como permitía el concilio tridentino, dispensar de las amonestaciones a su libre albedrío. Con esta provisión, llevada a San Clemente, por Diego Palomares, fue requerido el corregidor Benavides el once de noviembre. Eran testigos Francisco de Astudillo y Alonso de Valenzuela. El corregidor, conocedor sin duda del dicho castellano obedézcase pero no se cumpla, atrasó el cumplimiento de la real provisión a que el Consejo Real se pronunciara sobre las informaciones que él mismo había remitido.

Baltasar Romero pediría el 16 de noviembre se diera nueva sobrecarta para la soltura de sus partes. Se unía a la petición, la querella que, contra el corregidor, presentaba ante el Consejo Real el propio don Jorge Mendoza, que se quejaba de su prisión, que ahora, en condiciones menos benignas, se había trasladado a la casa del ayuntamiento bajo custodia de un alguacil. El Consejo Real decidirá la libertad de los detenidos el 18 de noviembre. Esta vez el corregidor Juan de Benavides cumplirá la orden. A la casa de Juana de Valderrama, acudirá el joven Jorge de Mendoza en busca de la compañía de su esposa María. Poco les duró la felicidad a la pareja, pues hasta allí mandó el corregidor un alguacil para sacar a don Jorge, pues el auto del Consejo Real en modo alguno toleraba la cohabitación de los recién casados sin amonestaciones ni él corregidor estaba dispuesto a permitir tal escándalo público.

Además, el auto del Consejo Real excluía de la libertad a Gaspar de Garnica. Sin duda lo comprometido que había estado el joven en el matrimonio, trayendo a San Clemente a don Jorge de Mendoza, pesaba en su contra; aunque creemos que no tanto como su actitud díscola ante el corregidor, que le profesaba especial inquina, poco dispuesto a tolerar los desacatos de un regidor por joven e inexperto que fuera. Don Juan de Benavides lo tenía, en palabras de su madre,

entre galeotes, haciéndole otras muchas molestias, costas y vejaciones

En la cárcel pública de San Clemente permanecería seis meses Gaspar de Garnica, víctima de la enemistad y obcecación de Juan de Benavides y Mendoza. Y cuatro meses más, contados desde el uno de diciembre, mantendrían su pleito los Garnica.


 El calvario de Gaspar de Garnica


En la uilla de San Clemente en veinte y nuebe días del mes de nobiembre de mill e qinientos e noventa e tres años, el señor don Juan de Venavides y Mendoça corregidor e justicia mayor deste partido por su magestad dixo que mandaba e mando se notifique a doña Juana de Balderrama, viuda de Fernando de Avilés, en cuya casa y poder está doña María de Avilés su hija, de oy en adelante no consienta que don Jorje de Mendoça entre ni esté en su casa ni de noche ni de día ni le rreciba en ella y al dicho don Jorje se le notifique lo mismo para que no entre y estando en la dicha casa se salga luego della y así lo cumplan cada uno por su parte so pena de cada mill ducados para la cámara de su magestad y que procederá contra el que no lo cumpliere conforme a derecho y fírmolo don Juan de Venavides y Mendoça, ante mí Francisco Rodríguez

De esta guisa rezaba el auto de veintinueve de noviembre del corregidor Benavides. Dispuesto a hacer cumplir su mandato, envío a notificarlo a casa de Juana Valderrama al escribano, acompañado del alguacil Gonzalo Sánchez de Maguilla, encargado de sacar de dicha casa al infortunado Jorge de Mendoza. Doña Juana de Valderrama no se arredraría y protestaría el auto

v. m. do debe dar lugar que se perturben los matrimonios, apartando y que no estén juntos haciendo vida maridable marido y mujer ...

...que se cumpla

contestaría secamente el corregidor. El dos de diciembre el que protestaba ante el Consejo Real, apoderando a Francisco de la Fuente Comeño, era el propio don Jorge de Mendoza y Aragón. Pero quien llevaba las riendas del pleito era doña Juana Valderrama, por eso, enseguida el procurador de don Jorge delegara sus poderes en favor del procurador de aquélla, Francisco Enrique de Paz, que representaría a toda la familia hasta el final del proceso. Eso sí, don Jorge Mendoza escribiría una carta de su puño y letra dirigida a la Corte, quejándose del corregidor Benavides, cuya acción de gobierno se guiaba por el odio a su persona y tendente a perturbar su vida maridable. Dicha carta acompañaría a una nueva petición de quince de diciembre al Consejo Real para que don Jorge pudiera entrar en casa de su suegra.

Las dudas, que el Consejo Real mantenía, impedían una rápida resolución del conflicto. Es más el pleito se envenenaba con otras desavenencias marginales. En la segunda fase de su arresto, unos pocos días, don Jorge Mendoza había estado confinado en el ayuntamiento de la villa y custodiado por el alguacil Juan Ruiz; el corregidor pedía que los Garnica, responsables solidarios de don Jorge (que para esto si tenía valor legal el matrimonio), pagaran las costas y salarios del alguacil. En total Juan de Benavides pedía a los Garnica cuatrocientos reales, comenzando a sacar prendas como garantía de una futura ejecución de bienes. Además la situación de Gaspar de Garnica, que para finales de diciembre llevaba ya ochenta días preso, acusado de ser testigo en el desposorio, estaba enconando los ánimos, al verse la prisión como acto arbitrario y pasional del corregidor

y caso que ubiera alguna culpa se debe tener ya por bien satisfecha y purgada con tantas días y tan larga prisión

Tras sucesivas peticiones, solo el 23 de diciembre el Consejo Real determinará su libertad condicional por un periodo de cuarenta días, tras satisfacer fianzas y pago de costas del juicio. Esta libertad provisional se ejecutaría por la Pascua de Navidad, pero pasados los cuarenta días Gaspar de Garnica volvería a la cárcel. La situación empantanada intentaría ser desbloqueada por la personación en la causa del otro testigo del matrimonio. Desde Belmonte, el tres de enero de 1594, Antonio de Oma Zapata dará su poder a procuradores para personarse ante el Consejo Real como víctima de la ´persecución del corregidor de San Clemente. Y es que Juan de Benavides había enviado varias cartas requisitorias a la justicia de Belmonte (jurisdicción señorial del marqués de Villena) para prender a Antonio de Oma. Por supuesto al amparo de la jurisdicción señorial las cartas no habían tenido ningún efecto ni parece que se llegase a un conflicto de competencias entre la jurisdicción señorial y real, pero ahora Antonio de Oma planteaba el caso ante la Corte, sin duda en apoyo de su sobrino Gaspar de Garnica y quizás viendo la posibilidad de verse libre de unos cargos, una vez conseguida la medida benevolente de la libertad provisional de su pariente. Y lo consiguió, pues el Consejo de Real determinó la conclusión de las actuaciones contra Antonio de Oma, lo que no dejaba de ser una contradicción, tal como se reconocía en una nota marginal, con la situación de acusado y preso en que quedaba Gaspar de Garnica.

Pero tal contradicción no era tan evidente para el corregidor, que, iniciado el mes de febrero y acabada la cuarentena de gracia, metió en la cárcel nuevamente a Gaspar de Garnica. Se le exigía ahora que presentara testigos que dieran fe de su inocencia, pero dado el rigor de la justicia contra el preso pocos se atrevían a testificar. Juana de Valderrama implorará al Consejo Real por su hijo a mediados de febrero. Para entonces el pleito sobre el casamiento está concluso y los novios llevan vida maridable en casa de la madre y suegra. Nuevo auto del Consejo Real que determina, una vez pagadas nuevas fianzas, la soltura, esta vez por treinta días, del preso. Solamente el 31 de marzo de 1594 por auto del doctor Núñez Morquecho se decidirá la libertad definitiva de Gaspar Garnica; tendrá que pagar nuevas fianzas. Como muestra de las resistencias que debió provocar su libertad, baste decir que el auto de libertad viene precedido por otro tachado e ilegible, que no debía ser tan favorable.



AGS. CRC, 434, 7. El corregidor de San Clemente, Juan de Benavides y Mendoza, contra Jorge de Mendoza, hijo de Iñigo López de Mendoza, y María Garnica Avilés, porque se casaron sin amonestaciones. 1593

Luis de SALAZAR: Árboles de costados de gran parte de las primeras casas de estos reynos, cuyos dueños vivían el año de 1683. Imprenta de Antonio Cruzado. 1795. Universidad de Laussane, pág. 171. (Donde aparece el apellido Osma, se corresponde con Oma)

sábado, 6 de mayo de 2017

Los Piquinoti y Carrascosilla de Huete: el condado de Villaleal

Escudo de los condes de Villaleal en la casa palacio Piquirroti de San Clemente
http://sanclemente.webcindario.com
La familia Origüela, esa gran olvidada por la historia de la villa de San Clemente, tuvo que esperar ciento sesenta y ocho años años para ver reconocida la hidalguía a la que tuvo que renunciar el primero de la familia, Pedro Sánchez de Origüela, cuando se avecindó en la villa de San Clemente en 1455. El ennoblecimiento llegó de don Pedro González Galindo, que había amasado su fortuna en el Perú en los últimos años del quinientos; vuelto a España, su posición se vio reforzada por su matrimonio con la también indiana María de Tébar Aldana, prima suya y sobrina del doctor Cristóbal de Tébar. Don Pedro González Galindo consiguió tras litigar con la villa de San Clemente ver reconocida su hidalguía el año 1623. La hidalguía fue acompañada de la correspondiente fundación de mayorazgo, que recaería en un primer momento en su hijo Pedro, aunque la beneficiaria a la larga sería su hermana. Posteriormente, la proyección de la familia escapa del localismo de la villa de San Clemente, por el matrimonio de la hija de Pedro y María, Antonia Galindo, con Francisco María Piquinoti, de familia asentista genovesa, y prestamistas principales de la Corona durante el reinado de Felipe IV. El encumbramiento definitivo de la familia vendría cuando Benito Galindo Piquinoti, hijo de Antonia Galindo y Francisco María Piquinoti, es nombrado Conde de Villaleal el 29 de diciembre de 1676, tal como se reconocía por la escritura otorgada por doña Mariana de Austria, como tutora de su hijo menor Carlos II:

Lo que por mandado de su Magestad la Reyna nuestra señora se asienta y concierta con el señor don Benito Galindo Piquinoti, cauallero de la orden de Alcántara, sobre la merced que su Magestad le haze por vía de venta y contrato onoroso de la jurisdición, señorío y vassallaje del lugar de Carrascosilla del partido de la ciudad de Huete, que se supone tendrá asta treinta vecinos y media legua de término es en la forma y con las calidades y condiciones siguientes

  • La primera condición hace referencia de la venta de Carrascosilla de Huete en el marco del contexto de la venta de veinte mil vasallos del año 1627, para pago del asentista de la Corona Octavio Centurión, a su primer propietario Don Pedro de Amoraga y Salcedo. La aldea vuelve a la Corona el 16 de diciembre de 1673 por no hacer frente a los pagos de la compra Juan Antonio de Amoraga, hijo del comprador. Es entonces cuando Benito Galindo Piquinoti se ofrece a comprar la aldea a la Hacienda Real, que asienta a dicha venta el 24 de junio de 1674, pagando Benito Galindo Piquinoti la mitad al contado y la otra mitad en medias anatas. La escritura de venta es de 28 de junio de 1674
  • La venta se hace por juro de heredad perpetuo con la jurisdicción, señorío y vasallaje de dicho lugar 
  • Benito Galindo Piquinoti debía pagar por cada vasallo dieciséis mil maravedíes en plata  o a seis mil cuatrocientos ducados en la misma moneda de plata por cada legua legal del término, a elección de su majestad o del Consejo de Hacienda
  • Piquinoti debía pagar la media anata de dicha venta 
La venta de formalizó por Real Cédula de Carlos II de cinco de julio de 1674, para entonces ya se había decidido cambiar el nombre al lugar de Carrascosilla a Villaleal. El juez de comisión encargado de dar la posesión de Carrascosilla a Benito Galindo Piquinoti fue Pedro de Herrera Ceballos, acompañado de alguacil y escribano receptor. El acto se celebró un 16 de julio en la casa que en dicho lugar poseía el regidor de Huete don José Graciano Figueroa. Estaban presentes los siguientes moradores del lugar: Juan de Arana, alcalde ordinario, Sebastián Culebras, Sebastián Cantero, Francisco de Arana, Domingo de Arana, Alejo Duque, Jacinto Guijarro y otros vecinos de los que no se dice el nombre. Benito Galindo Piquinoti no estaba presente en el acto de posesión. En Madrid había dado su poder a Pedro Rodríguez Anguix, regidor de Huete, y al capitán Benito Cavero. A Carrascosilla de Huete se le cambiaría el nombre por el de Villaleal, por cédula real de 24 de agosto de 1674. la posesión definitiva de Benito Galindo Piquinoti sobre Carrascosilla de Huete, y creación de facto del Condado de Villaleal, vendría confirmada por escritura dada en Madrid a 29 de diciembre de 1676, que reconocía la venta de dicho lugar el 8 de junio de 1674 por un millón setecientos treinta y cuatro mil novecientos noventa y nueve maravedíes de plata.

La posesión fue contradicha por su anterior propietario Juan Antonio de Amoraga y Espinosa, que era regidor perpetuo de la ciudad de Huete, y el capitán Juan Fernández de Sandoval y Pareja, vecino también de Huete y cesionario de Juan de Vera, que alegaba como acreedor de los Amoraga derechos sobre el lugar, de acuerdo con la venta de 1627 y las obligaciones existentes entre ambos. Pero sus peticiones fueron desechadas.

A continuación se nombraron nuevos oficiales. Alejo Duque como alcalde mayor, Sebastián Cantero por regidor y como alguacil, Francisco de Arana. Luego se tomó posesión simbólica de un horno, que presentaba un lamentable estado de abandono, con la techumbre derrumbada. El pueblo no disponía de cárcel, ni de taberna, ni mesón, ni carnicería, ni tienda.

Carrascosilla de Huete, foto de Faustino Calderón, tomada de la página web
http://lospueblosdeshabitados.blogspot.com.es
Carrascosilla era por entonces un lugar sin vecinos, ocupado por renteros. Tal como se reconocía de mucho tiempo a esta parte a estado sin población esta villa y que los vecinos que auía en ella se an ydo a uiuir a lugares circunuecinos y que los que al presente ay son renteros de don Pedro de Amoraga y don Joseph Graciano (señor de Valdecolmenas), vecinos de Huete. El 19 de julio de 1674 se hizo el recuento de casas y vecinos, que reproducimos por acercarnos al conocimiento del pueblo en aquellas fechas. La villa se había vuelto a poblar en 1672 con renteros, después de estar despoblada desde algunos años atrás, debido a la esterilidad de los tiempos. La villa había estado abandonada durante cuatro años, desde 1669, hasta que en ese año de 1672 se volvió a abrir la iglesia con párroco y de nuevo a lucir la lámpara del Santísimo Sacramento. Propiedad vinculada a los mayorazgos de José Graciano y Pedro de Amoraga, los renteros habían ocupado las casas, incentivados por la exención del pago de impuestos. En realidad, la despoblación de la villa de Carrascosilla fue una artimaña legal de Juan Antonio de Amoraga para no pagar tributos, tal como reconocía el testigo Domingo Duque
que es vecino de la villa de Alcozer y labra diferentes tierras que primero lo fueron de don Juan de Amoragas su tío y su mayorazgo de más de cinquenta años a esta parte y por el pasado del sesenta y nueue diferentes renteros de don Juan Antonio de Amoragas que viuían y heran vecinos desta villa siendo el susodicho señor de ella se fueron a lugares circumbecinos abecindarse así por falta de los frutos como por no pagar su renta y los tributos y hauiéndose quedado el testigo, diciendo el dicho Juan de Amoraga que conuenía que se fuese porque no hauiendo vecindad se daría por despoblada la villa y no pagaría tributos se fue y tomó vecindad en la villa de Valdecolmenas de Abajo
Así, los vecinos de Carrascosilla abandonaron la villa uno tras otro; pero sabedores que no se pagaban tributos, una vez declarada como despoblada la villa, volvieron de nuevo a ella (alguno tan solo dos meses después) para cultivar las tierras. De hecho, la realidad era que los vecinos habían cambiado de vecindad pero no de residencia, por lo que la Iglesia volvió a ser abierta para dar el servicio religiosos a una comunidad estable. Todos los vecinos volvieron, a excepción de tres de ellos, que habían marchado a Saceda del Río. El gran beneficiario de la situación era Juan Antonio de Amoraga que en la argucia había encontrado la solución para recomponer sus decaídas rentas, aunque como sabemos no con la suficiente premura como para pagar sus deudas y evitar que Carrascosilla pasara a los Piquinoti.

En realidad, la decadencia de Carrascosilla de Huete había comenzado mucho antes. A decir de un testigo, la escribanía del concejo había desaparecido hacía cincuenta y siete años, aunque esporádicamente había suplido sus funciones un fiel de fechos. En 1674, la villa ya estaba poblada por once casas que detallamos a continuación
Primeramente entró en una casa que está a la orilla de esta villa como se sale de ella a la ermita de San Seuastián que es del maiorazgo que posee don Juan Antonio de Amoragas, rexidor de la ciudad de Huete, según dijo el dicho alcalde (Alejo Duque), en la qual declaró el susodicho viuía como su maiordomo y asimismo Juan González y Alonso Garrido, mozos de la labranza, vecinos de la ciudad de Huete y que unos ni otros no tenían vecindad en esta villa
Entróse en una cassa acessoria del dicho maiorazgo en que viue María Cantera, viuda de Afonsio de Arana, tiene dos hijos sin hauer tomado estado Domingo de veinte y dos años y Isauel de diez y ocho, y dijo no tenía tomada vecindad y que la tenía en el lugar de Saceda del Río, no tiene criados
Entróse en cassa de Seuastián Cantero, regidor de esta villa, que asiste a esta diligencia, que dijo ser rentero de don Joseph Graciano y ser natural de esta villa casado de primer matrimonio con Francisca García de quien tiene seis hijos: Seuastián de diez y siete años soltero, Julián de doce, Diego Felipe de diez, Ana de siete, Francisco de cuatro y María de diez meses y no tiene criados
Entróse en cassa de Domingo Duque, cassado que fue de primer matrimonio con Isauel Alonso de quien tuuo dos hijos que son vecinos y naturales de Valdo Solmenas, donde están cassados mucho tiempo a y de segundo matrimonio con Catalina de Ygueras, de quien tiene tres hijos, Alonso de veinte, Ysauel de diez y ocho y Ángela de doze, y ninguno a tomado estado y que no tiene tomada vecindad y lo está en Bal de Colmenas y que es rentero de don Gómez de Amoraga vecino de la villa de Alcozer y que en la cassa en que viue es de su maiorazgo
Entróse en cassa del maiorazgo que posee don Joseph Graciano Figueroa, vecinos que dijeron ser de Madrid y señor de Val de Colmenas de Arriua, viue en ella Seuastián de Culebras, cassado de primer matrimonio con María Domínguez, tiene siete hijos: Romualdo de veinte y tres años, Seuastián de diez y ocho años, Ysauel de diez y séis, Lucía María de catorce, Juan de treze, Jacinta Josepha de nueue, Teresa Marta de ocho, no tiene criados ni tomado estado ningún hijo y que no tiene tomada vecindad y que solo es rentero del dicho don Jose Graciano
En dicha cassa viue en compañía de los referidos el licenciado Juan Cano García presuítero, theniente de cura de la parrochial de esta villa no tiene criados
Entróse en cassa que viue Francisco de Arana rentero que dijo ser de don Juan Antonio de Amoraga, casado con Ana de Moia, de primer matrimonio no tiene hijos ni criados ni vecindad tomada
Entróse en una cassa de Gregorio López, que se dijo estar ausente y siruiendo, en la ciudad de Huete de tres años a esta parte y es cassado con María de Arana, que viue en dicha cassa, tiene cuatro hijos, Julián de once años, Francisco de seis, Joseph de cinco y Ana de dos y que no tenía tomada vecindad
Entróse en cassa de Juan de Arana, rentero de don Juan Antonio de Amoraga, cassado de primer matrimonio con Jazinta de Agraz, tiene cinco hijos de Juan de diez años, Ysauel de ocho. Joseph de seis, Afonso de quatro, y Antonio de seis messes y que no tiene criados ni tomado vecindad aunque es natural desta villa 
Entróse en casa de Xacinto Guijarro rentero que dijo ser de don Joseph Graciano y vecino de Valparaiso, cassado de primer matrimonio con Quiteria Martín, tiene un hijo que es de seis meses, nombrado Xacinto que no a tomado vecindad en esta villa
En la cassa última de la dicha villa viue Chistóbal Gómez de hedad de treinta años, soltero, rentero de don Joseph Graciano y dijo no tener vecindad mediante la despoblación
Los mismos renteros de Carrascosilla, en sus testimonios,  nos  dejaron una descripción del pueblo, gracias a la cual podemos recorrer sus términos, bienes de realengo y propios del concejo, incluyendo el deslinde con  un antiguo despoblado llamado Tejer Viejo, el lugar de Saceda del Río y la villa de Verdelpino
y que por auer andado muchísimas veces el término saue que ni en él ni en esta villa no ai castillo ni cassa fuerte ni montes ni prados y valdíos que toquen a su magestad ecepto un ejido que está cercano a el orno del Concejo que será de asta dos fanegas poco más o menos y en él ay el passo y camino para los ganados y fuente y no se a arrendado y se arreinda porque cuando ay obligado assí él como el prado del concejo que está a la salida de el camino de Huete se da para el ganado de la carnicería y sirue también para el ganado de lauor y que assimismo tiene el concejo y son sus propios un montecillo vaxo que es carrascal y algunos robres pqueños que está a la uista del término de el despoblado de Texer Viejo, que era aldea de la ciudad de Huete y lo que produce de los propios y término cerrado seruía para aiuda para pagar los tributos de que se sacó despacho en el tiempo que tomó possesión del señorío para hacer el costo don Andrés de Andrada a quien se le dió y después que se dio por despoblada la villa ymportando mil reales antes más que menos cada año no an perciuido los vecinos marauedís algunos y lo a hecho el mayordomo que es y a sido de don Juan Antonio de Amoraga y se acuerda lo tuvo un año un vecino de Saceda del Río y otro año el licenciado León y el licenciado Vallesteros que son de Valdemorillo y al presente lo tiene y tuvo el año passado el licenciado don Antonio Oroquieta, cura de Caracenilla y a unos y a otros los a visto pastar con sus ganados y que en quanto al término lo que toca a la ciudad de Huete empieza en lo alto del sitio de la Varga y va corriendo por vaxo de la Morrilla asta el cerro de las Puercas donde cierra su término y entrada el de la villa de Verdelpino y va corriendo todas las cumbres de los Hoiaços aguas vertientes las que miran a esta villa y de allí se va continuando en derechura hasta el varranco de la Culebra por encima de el colmenar de el portugués y de allí en derechura al corral de Pascual Gutiérrez, dejándole en la jurisdicción de Verdelpino y de allí se prosigue por la cabeza del cerro de el Enebro asta encima de el poço  de esta villa donde cierra el término de la de Verdelpino y entra el de el lugar de el Texer Viejo, que al presente está despoblado y sin cassa alguna y de el ua siguiendo en rredondo por la cumbre de la buelta del poço quedando las aguas vertientes a esta villa asta llegar al corral que llaman de Pedro Sanz que quedan dentro de esta jurisdición y continúa asta el corral que llaman de Roque, que al presente es del licenciado Juan Cano García theniente cura de esta villa y que da dentro y cierra el término de el dicho lugar despoblado de Texe Viejo y entra en el lugar de Saceda del Río y corre asta el corral de la Senda Blanca por el visso que está por encima del camino de Bonilla y de allí corre asta la caueça de arriua atrauesando la hoia de la Verdad y prosigue a la caueça de el medio, de allí a la caueça de auajo aguas vertientes a lo que mira a esta villa y desde allí corre por deuajo de los Silancos asta el camino real de Huete y mojón de la Varga que es donde se començó 

Archivo Histórico Nacional, CÓDICES, L. 1151. Privilegio a Benito Galindo Piquinoti, conde de Villa Leal, de la jurisdicción, señorío y vasallaje de la villa de Carrascosilla, partido de Huete (Cuenca), a la que se le cambia el nombre por el de Villa Leal. 1676

sábado, 4 de junio de 2016

La infame memoria de Luis Sánchez de Origüela.

Mencionar el nombre de Luis Sánchez de Origüela y recordar las gotas de su sangre judía que podía llevar cualquier sanclementino era la mayor afrenta que podía sufrir cualquier vecino de la villa. Una sola gota de su sangre en las venas podía acabar con las aspiraciones de cualquiera que quisiera ocupar una posición principal en la villa, pero también un golpe a su buen nombre, a su honra y a su consideración de cristiano viejo. Y sin embargo eran muchos los que participaban de esta sangre; incluso los descendientes de Juan López Rosillo, el reductor del Marquesado, se hallaban contaminados. No es extraño, que cuando Juan de Rosillo, alcalde ordinario el año 1641, lanzó un furibundo ataque contra Francisco de Astudillo Villamediana, sacará a colación una retahíla interminable de parientes judíos del susodicho, penitenciados y relajados, pero evitará mencionar el maldito nombre de Luis. Sí lo hará con motivo del expediente para la obtención del hábito de Santiago de don Rodrigo de Ortega, pero para decirnos que a Luis Sánchez de Origüela lo quemaron por soberbio no por hereje. Todos conocían su historia y su nombre, pues su sambenito colgaba de la puerta principal de la Iglesia Mayor de Santiago. El sambenito denunciaba la herejía, pero ante todo la mezcolanza de una sociedad en rápido crecimiento demográfico, donde todos, adquirido cierto poder, se intentaban presentar como cristianos viejos y donde siempre había enemigos dispuestos a recordar los turbios orígenes sociales de cada cual.

Hoy menospreciamos el valor de los símbolos en aquélla sociedad del seiscientos, pero para los contemporáneos eran muy importantes. Recuerdo que el primer documento que leí sobre la villa de San Clemente, allá por el año 1985, fue un testamento que hoy sería incapaz de situar en los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, por aquel entonces en la Casa de la Cultura. Inmerso en los estudios de las mentalidades y los cambios en la religiosidad, me encontré con este documento tan curioso y su protagonista tan singular. El protagonista era un hombre que, como última voluntad testamentaria, mandaba se le enterrara cubierto por una estera en el suelo de la entrada principal de la Iglesia mayor de Santiago para ser pisoteado por todos los feligreses; pretendía así redimir su principal pecado en vida: su vanidad en el vestir.

Valga la digresión para entender cómo impresionaban en aquella sociedad las imágenes visuales o los simples gestos rituales. Todavía en 1641, ciento veinticuatro años después de su muerte, se conservaba colgado a la entrada de la Iglesia de Santiago el raído sambenito del quemado Luis Sánchez Origüela. Hasta allí fueron los comisarios del Consejo de Órdenes, don Antonio Pimentel y Sarmiento y don Andrés de Nieva y Salazar, un veinticuatro de abril de 1641, con motivo de la pruebas para el hábito de Santiago del III señor de Villar de Cantos, encontrando fijado en la puerta principal de la Iglesia el mencionado sambenito:

sambenito que está fixado sobre la puerta principal de la iglesia mayor de esta billa que mira a medio día ... 
"Luys Sánchez de Origüela vecino de San Clemente hereje y judaiçante quemado año de mil i quinientos i diez i siete"

(AHN. ÓRDENES MILITARES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 6008. Don Rodrigo de Ortega y Monteagudo. 1641, fol. 182)*

¿Sería aventurado decir que la construcción de la fachada norte de la Iglesia de Santiago esconde la intención de ocultar la infame memoria de Luis Sánchez de Origüela y su sambenito? Ese lienzo de muro corrido de la Iglesia de Santiago que da su espalda a la plaza del ayuntamiento nos parece el símbolo de una construcción celosa de sus secretos que quiere ocultar su pasado a la modernidad.

Las dudas nos surgen a la hora de determinar la verdadera razón del proceso inquisitorial que acabaría con Luis Sánchez de Origüela en la hoguera. La versión de la figura del judío falsamente convertido, que se burlaba de las imágenes de Semana Santa y comía carne los viernes, rivalizaba con la propia versión de los Origüela y sus aliados, que recordaban a su antepasado en la viva memoria oral como víctima de las rivalidades políticas de aquellos años de comienzos del quinientos. Nosotros nos quedamos con esta segunda versión, sin dudar de los orígenes judíos de la familia Origüela.

La presentación de Luis Sánchez de Origüela como víctima de las rivalidades políticas fue recordada por Miguel Sevillano en 1641. Miguel Sevillano, que había nacido hacia 1579 y contaba por entonces sesenta y dos años, fue uno de los hombres más influyentes de la vida sanclementina de la primera mitad del seiscientos. Escribano y regidor del ayuntamiento de la villa, era hijo de forasteros que habían llegado a la villa en la segunda mitad del siglo XVI y ejemplo de hombre hecho a sí mismo. Su proximidad al poder local y al corregidor, su propio oficio de escribano, que le permitía controlar todas las transacciones económicas, y su habilidad para mantener un equilibrio entre las rivalidades de las familias le había servido para medrar personalmente. No faltó alguna afortunada alianza matrimonial. Su padre del mismo nombre, había recibido una rica herencia de su suegra María de Montoya; era hijo de Martín Sánchez de Posadas, que de Socuéllamos había ido a vivir a San Clemente, donde casaría con Elvira Sainz Sevillana, que a su vez, como delatan los apellidos era hija de dos foráneos: Clemén Sainz Sevillano y María Catalana. El caso es que Miguel Sevillano, el hijo, consolidará una gran fortuna personal, en la que no faltará el negocio ganadero, y será determinante en la política sanclementina de la primera mitad del siglo XVII, apoyando la política central del corregidor y ayudando al encubramiento de las dos familias que dominarán los años centrales del seiscientos: Astudillos y Ortegas.

Miguel Sevillano, conocedor como nadie de las rivalidades por el poder, supo presentarnos a Luis Sánchez de Origüela, como una víctima más de las mismas. Exagerando en su defensa como cristiano viejo, acertaría en la valoración política de los hechos ocurridos ciento veinte años antes, aprovechando para lanzar una clara acusación de mestizaje no deseado contra los Rosillo y dudando así de la limpieza de sangre de una familia de las rancias y de abolengo, que hacía de su capilla de Santa Ana el símbolo de su pureza:

preguntado si sabe que Luys Sánchez de Origüela fue relaxado al braço seglar por el Santo Oficio de la Ynquisición y por qué= dixo que el dicho Luys Sánchez de Origüela siendo como era christiano biejo e noble abía tenido algunos enemigos e conspiraron contra él diciendo auía dicho mal de los monumentos de la Semana Santa y abía comido carne en biernes y otras cosas que en aquellos tiempos debieron de sonar mal e por ello fue relaxado y quemado en esta villa año de mill e quinientos e diez y siete y sabe este testigo que el dicho Luys Sánchez de Origüela era como tiene dicho christiano viexo e hidalgo porque era nieto por baronía de Juan González de Origüela caballero de la banda y espuela dorara en tiempo del rey don Juan el segundo e porque era ermano de don Gonçalo de Origüela que casó una hija con hijo de Juan López Rosillo  por donde entró el apellido en casa de los Rosillo

(AHN. ÓRDENES MILITARES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 6008. Don Rodrigo de Ortega y Monteagudo. 1641, fol. 174)

Ser hidalgo, y más en esta zona, no significaba ser cristiano viejo. En San Clemente contaba más la segunda condición que la primera. San Clemente no aceptaba a los hidalgos: nunca tuvo, a diferencia de otras villas, un padrón de hidalgos. Cuando un jovenzuelo llamado Pedro Sánchez de Origüela, el primero de los Origüela, llegó con pretensiones nobiliarias a la villa de San Clemente el 30 de junio de 1455, tuvo que renunciar a ellas para ser aceptado como vecino, además de pagar dos mil maravedíes:

Pedro Sánchez de Origüela el qual fue reçiuido por veçino hidalgo y hauiendo pedido en su petiçión que le metiesen en los ofiçios deste conçejo no se le conçedio hasta que rrenunçiase su hidalguía y él la rrenunçió y con esto fue rresçiuido con condiçión que diese dos mill mrs. para el dicho concexo 

(de la copia de ejecutoria e hidalguía de Pedro González Galindo, folio 12 vº, inserta en el expediente del hábito de Santiago de Francisco de Astudillo Villamediana. AHN. ÓRDENES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 2798)

La renuncia a su hidalguía posibilitó el ascenso de los Origüela a los oficios municipales. Su acceso a las alcaldías está constatada. La participación de esta familia en los cargos municipales en los años previos a la condena de Luis fue muy activa. Dos hijos del primer Origüela accedieron a los cargos de alcaldes ordinarios en 1514 y 1515, Pedro Sánchez de Origüela y Alonso Hernández de Origüela. Por aquella época la lucha banderiza entre familias era el pan de cada día. Don Diego Torrente Pérez ya atisbó algo de esta situación. Los documentos que nos aporta sobre Lope Rodríguez, macero real, nos hablan de la familia Origüela, de los hijos de Pedro, como aliados y hemos de suponer defensores oportunistas de los intereses políticos de los Reyes Católicos. Pero también de las luchas de dos hombres defensores de los intereses reales, Alonso López Rosillo, hermano del reductor del Marquesado, Juan López Rosillo, y Juan López Tendero. No olvidemos que con la hija de este López Tendero, de nombre Elvira, casaría el primogénito de los Origüela, Pedro. Por eso la situación de los Origüela cambia. De perseguidos y solicitadores de seguro y amparo real en 1478, pasan a triunfadores de la vida municipal de la villa de San Clemente en 1491. La situación tras la muerte de Isabel la Católica en 1504 y las dos décadas siguientes desataría las rivalidades. Perona o Herreros y también los Rosillo, en un bando, y Tendero y Origüela, en otro.

Las alianzas y las rencillas entre Rosillo, Origüelas y otras familias se fraguaron en esta época, en la que alternan los odios y matrimonios según los intereses de cada momento. Pero, los odios de los Rosillo (que vienen de estos años ochenta del siglo XV, embarcados en pleitos con los vecinos de Castillo de Garcimuñoz y con la comunidad judía), pudieron más que las alianzas matrimoniales. Y es de suponer que renacerán en la segunda década del quinientos con Alonso López Rosillo, el hijo de Juan, alternando y rivalizando en la alcaldía del pueblo con los Origüela. Dicho de otro modo, Alonso López Rosillo, casado con la hija de un Origüela, rivalizaba y compartía el poder municipal.

En las rivalidades intervino un segundo factor, como fue la marginación del poder local de los hidalgos. Estos en su mayoría se había refugiado en la aldea de Vara de Rey, pero ya en 1480, habían intentado participar en el poder local de San Clemente con matrimonios con las hijas de los vecinos principales sanclementinos. Aunque fueron rechazados en aquel momento, por la exención fiscal que pretendían, los sanclementinos llegados por vía matrimonial a la nobleza.

El conflicto se plantearía años después en la Chancillería de Granada. En los años que van de 1512 a 1519, los hidalgos de San Clemente intentarán vía judicial el acceso al poder local. Curiosamente los Rosillo harán valer su condición hidalga en el pleito, pero no los Origüela ni Alonso López Rosillo, casado con una Origüela, que prefieren seguir controlando el poder municipal desde su condición pechera. La sentencia no vendría hasta 1537, en una época que ya no tenía mucho sentido, pues pocos años después el acceso al poder se haría a través de regidurías perpetuas. Ese mismo año los hidalgos de Vara del Rey conseguían una parcela propia de poder con el título de villa de este lugar y la exención jurisdiccional de la villa de San Clemente. El hecho es que durante todo el primer tercio del siglo XVI, se impidió el acceso al poder, al menos sobre el papel, de varias familias principales, tentados de acceder a él vía matrimonial. Eran los años del inicio de la pujanza de la villa, que recibía numerosos inmigrantes, vecinos de las villas comarcanas o de lejanas tierras.

Es en ese contexto, de una sociedad temerosa de perder su identidad por la avalancha de recién llegados, donde se dan los procesos inquisitoriales contra los Origüela, no sólo en San Clemente, también en su tierra solar del Castillo de Garcimuñoz. Ya en 1510, el presbítero Alonso González de Origüela había sido penitenciado por decir misa sin guardar el ayuno. Los procesos inquisitoriales entre 1518 y 1521 persiguieron a los Origüela tanto en San Clemente como en su villa natal de Castillo de Garcimuñoz. En la Iglesia mayor de esta villa, la de San Juan Bautista, colgarían varios sambenitos de esta familia condenados en esas fechas. La condena de Luis Sánchez de Origüela vino precedida por un cambio en los cargos municipales en San Clemente. que, aparte de la natural rotación del poder, mostraba la marginación de los Origüela: Francisco de los Herreros sustituiría a Alonso González de Origüela como alcalde ordinario en 1516.

Los intentos de aproximación al poder de los Origüela a mediados de siglo, serían respondidos con nuevos procesos inquisitoriales. Entre las condenas de ese momento destaca la de Pedro González de Origüela en 1561, el nieto del quemado Luis, acusado de palabras contra el Santo Oficio e inhabilitado para desempeñar oficios públicos. Conocedor de la inhabilitación y temeroso del Santo Oficio, se hallaba en Córdoba ejerciendo de alguacil.

Hoy planteamos muchas de las rivalidades citadas como hipótesis, el tiempo y la consulta de los documentos de la época nos dará o nos quitará razones. Pero creemos que estamos obligados a plantear hipótesis que animen a la investigación del pasado histórico olvidado de la villa de San Clemente. Las luchas banderizas en las ciudades y villas en Castilla a la muerte de Isabel Católica fue algo común en todas ellas; la lucha por el poder de las oligarquías locales a costa de los recién encumbrados conversos también. Si conocemos estas disputas quizás lleguemos a saber qué fue de San Clemente en 1521 con ocasión de la guerra de las Comunidades.

 Mientras, olvidado y esperando nuestra curiosidad, permanece en una de las estanterías del Archivo Diocesano de Cuenca el proceso de Luis Sánchez Origüela. Su infame memoria que sería recordada durante ciento cincuenta años por las familias rivales sanclementinas como la mancha y raíz infecta de la que había que huir, hoy reposa plácidamente junto a un puñado de legajos. Es un reto y una obligación moral recuperar la memoria de este hombre, víctima de sus ideas y sus ambiciones personales y políticas.

* También en el expediente para la obtención del hábito de la orden de Santiago de Francisco de Astudillo, se puede leer sobre el mencionado sambenito:
hallamos uno con llamas que es el primero de la segunda ilera que dice ansí= Juana Hernández de Astudillo, muger de Pedro Hernández de Hellín vecina de San Clemente hereje judaiçante quemada año 1521= iten hallamos otro sambenito con llamas que es el quinto de la primera hilera y dice ansí= Luis Sánchez de Origüela vecino de San Clemente hereje judaiçante quemado año de 1517 (fol. 123 vº)

viernes, 3 de junio de 2016

La ascendencia conversa de los Ortega y los Marqueses de Valdeguerrero

El licenciado Juan Villanueva Merchante era hacia mediados de siglo XVII comisario del Santo Oficio de la villa de San Clemente. Por el mismo oficio que desempeñaba era muy dado a los árboles genealógicos de los vecinos de la villa y, en concreto, parecía tener especial obsesión por la ramificación del apellido Origüela entre los diferentes linajes de San Clemente. La difusión de estas genealogías entre los contemporáneos era auténtica munición contra aquellos que pretendían llegar al poder local en manos de sus enemigos. Los conocimientos que el licenciado Villanueva tenía del pasado de Francisco de Astudillo Villamediana convirtió su camino para lograr el hábito de Santiago en calvario. Algo parecido le sucedió a don Rodrigo de Ortega y Monteagudo, III señor de Villar de Cantos. Pero don Rodrigo, que participaba del apellido Avilés, contó con el apoyo de los Pacheco, no de todos, en la defensa de su limpieza de sangre e hidalguía; Francisco de Astudillo Villamediana solo contó con su dinero.

En una sociedad con unas familias ricas tan mezcladas, donde primaba más el dinero que la limpieza de sangre, no tardaría en encontrar nuestro licenciado Villanueva sangre judía en la bisabuela paterna de don Rodrigo, Jimena de Llanos Tébar, y en el abuelo materno, Baustista García de Monteagudo. Otros apellidos que daban gloria al linaje, como el de Avilés que los entroncaba con los siglos de la reconquista también fueron objeto de debate. Ocasión tendremos para hablar de ello Reproducimos el testimonio de Juan de Villanueva por su interés para el conocimiento de la participación Origüela en la familia Ortega y, por ende, en sus sucesores, los marqueses de Valdeguerrero. La declaración del licenciado Villanueva nos acerca también a la sucesión familiar de los Rosillo:

En la dicha villa dicho mes i año para la dicha información recibimos juramento en forma de derecho al comisario Joan de Villanueba vecino i natural de esta villa i lo hiço de decir verdad i guardar secreto i dixo lo siguiente

Preguntado si en años pasados a tenido algún pleito con don Rodrigo de Ortega, padre del pretendiente vecino de esta villa i sobre qué materia i de que se originó: dixo que abrá cinco o seis años poco más o menos que don Fernando Rosillo natural i vecino de la villa de Leçuça diócesis de Toledo capituló a este testigo en el Consejo Supremo de la Inquisición imputándole abía echo áboles de  genealogías de todos los linages de esta villa de San Clemente i veinte leguas en su contorno quiándoles la onrras y este pleito debió de fomentar don Rodrigo de Ortega padre del pretendiente por ser primo segundo del dicho don Fernando u el origen fue según piensa este testigo por auer ellos entendido que este que declara auía dispuesto contra la limpieza de don Alonso de Rosillo pretendiente residente en Indias hermano entero del dicho don Fernando Rosillo que pretendía ser comisario del Santo Oficio

Preguntado si sabe obtuviese el dicho Alonso Rosillo el título de comisario i que se despachasen las pruebas en su fabor dixo que Alonso Rosillo natural de esta villa i abuelo del dicho  Alonso Rosillo pretendiente de la dicha comisiatura casó en Alcaraz con Veatriz Cano abuela ansimesmo del dicho Alonso Rosillo pretendiente de comisiatura i a entendido que este testigo que se probó por dicha Veatriz Cano tenía ascendientes penitenciados con sanbenitos en la dicha ciudad de Alcaraz i que no saldría con su intento el dicho Alonso Rosillo demás que por auer de hacerse el despacho en Murcia i residir como dicho tiene en Indias puede auer salido sin que este testigo lo sepa i que dicho don Rodrigo Ortega pretendiente no es descendiente de dicha Veatriz Cano y preguntando por donde tienen el parentesco de primos segundos que lleba de esto dixo que Joan Rosillo que llaman el reductor del Marquesado de Villena tuvo entre otros hijos a Fernando Rosillo que casó con Elvira González en San Clemente i estos entre otros tubieron a Alonso Rosillo i Fernando Rosillo y este Fernando Rosillo casó en Bara de Rei con María de Gabaldón= y estos tubieron entre otros a doña Ana Rosillo abuela paterna del pretendiente i dicho Alonso Rosillo abuelo i dicho Alonso Rosillo abuelo del dicho Alonso Rosillo que pretendiente de la comisiatura que como dicho es casó con Beatriz Cano era hermano de Fernando Rosillo padre de la dicha doña Ana Rosillo i así por lo Rosillo son primos segundos como lleba dicho sin tocarle nada de la dicha Veatriz Cano=

Preguntado si al dicho don Rodrigo de Ortega le toca el apellido de Origüela i si tal apellido es limpio sin raça ni mezcla de moro judío ni converso en ningún lado por remoto i apartado que sea= dixo que el dicho pretendiente don Rodrigo de Ortega es hijo de don Rodrigo de Ortega i doña Ines de Ortega i nieto de don Rodrigo de Ortega i de doña Ana Rosillo: y dicho abuelo fue hijo de Francisco de Ortega i Joana Ximénez de Llanos i esta Joana Ximénez fue hija de Cristóbal de Tébar i de Ginesa de Llanos: i dicho Cristóbal fue hijo de Pedro Sánchez de Origüela i de Ana de Tébar natural de la villa del Castillo i dicho Pedro Sánchez de Origüela fue hijo de Pedro Sánchez de Origüela el primero de este apellido que vino a esta villa de la del Castillo i allí que es su origen se sabrán las calidades a que por aora  se remite=

Preguntado si por otra parte toca al pretendiente dicho apellido de Origüela dixo= que Bautista García abuelo materno del pretendiente fue hijo de Antón García i de María de Tébar i esta fue hija de Cristóbal de Tébar i de Ginesa de Llanos de manera que el abuelo paterno y materno del pretendiente eran primos hermanos por lo Origüela: y la decendencia del dicho Cristóbal de Tébar ya la tiene dicha= y preguntado si los apellidos de Tébar, Llanos  Origüela i Rosillo es limpio dixo que los Rosillos y Llanos son de esta villa i los tiene por limpios de toda raça: i que para los Origüela y Tébar se remite al Castillo donde son originarios donde se podrá probar la verdad= i preguntado si del dicho Pedro Sánchez de Origüela de quien deciende el pretendiente ay algunos decendientes con actos positivos de limpieza dixo= que Pedro González Galindo vecino de Madrid i natural de esta villa fue familiar del Santo Oficio i este tiene un nieto hijo de Francisco María Piquinoti del háuito de Alcántara: i fray Pedro de Tébar religioso franciscano i fray Bartolomé de Tébar de la orden de San Agustín consultores del Santo Oficio i lo fue don Gaspar de Garnica prior de Santiago i don Francisco de Montoya vecino de esta villa es familiar: i un hijo suyo don Diego de Montoya fue del háuito de San Joan i don Alonso de Montoya sobrino del dicho don Francisco es Inquisidor de Murcia todos los cuales son descendientes de Pedro González de Origüela el primero que vino a esta villa i Aldonça Sánchez su muger cada uno en grado diferente pero todos dentro del sesto y el pretendiente es quinto nieto del dicho Pedro Sánchez de Origüela que para que conste de los grados y actos positiuos le pedimos hiciese un árbol y lo dixo lo daría firmado de su nombre i juro sería cierto i verdadero leyósele lo ducho ratificóse en él i lo firmó

Don Antonio Pimentel i Sarmiento (rúbrica)
Licenciado Juan de Villanueva Merchante (rúbrica)
Don Andrés de Nieba Salazar (rúbrica)


Árbol genealógico

1.-Pedro Sánchez de Origüela natural de la villa de Castillo de Garcimuñoz vino a San Clemente y casó con Aldonça Sánchez

     2.- Gonzalo de Origüela casó en Albacete con Leonor González

                   3.- Gonzalo de Origüela casó en el Castillo casó con Francisca Fernández de Valenzuela
                          4.- Hernando de Avilés casó en San Clemente con doña Juana de Valderrama
                                 5.- Don Gaspar de Garnica, prior de Santiago y calificador Sto. Oficio

    2.- Pedro Sánchez de Origüela casó iº en San Clemente con Elvira López Tendero i 2º en el Castillo con Ana de Tébar

                    3.- Gonzalo González de Tébar casó en el Castillo con María de Araque Valenzuela
                           4.- Diego de Tébar casó con doña María Aldana
                                 5.- Fray Pedro de Tébar religioso franciscano calificador Sto. Oficio

                    3.- Christóbal González de Tébar casó en San Clemente con Xinesa de LLanos
                          4.- Bartolomé Llanos de Tébar casó en S. Clemente con Dª Gerónima de Garcilópez
                                 5.- Fray Bartolomé Llanos de Tébar religioso agustino calificador Sto. Oficio 
                          4.- Joana Ximénez de Llanos casó en S. Clemente con Francisco de Ortega
                                 5.- Don Rodrigo de Ortega casó con doña Ana Rosillo
                                        6.- Don Rodrigo de Ortega casó en San Clemente con doña Inés de Ortega
                                              7.- Don Rodrigo de Ortega que pretende un hábito de Santiago

                     3.- Pedro Sánchez de Origüela casó en Santa María de Campo con María Galindo
                          4.- El licenciado Pedro González Galindo casó en San Clemente con Isabel García de Monteagudo
                                  5.- Pedro Galindo familiar del Sto. Oficio casó con doña María de Tébar
                                        6.- Doña Antonia González de Tébar casó en Madrid con Francisco María Piquinoti
                                              7.- Don Benito Piquinoti del hábito de Alcántara

    2.- María Sánchez del Origüela casó en el Castillo con Gabriel Caballón

                     3.- María Sánchez de Origüela casó con el Castillo con Gabriel de Caballón
                          4.- Juan de Caballón casó en el Castillo con Inés Sánchez
                                 5.- Isabel de Caballón casó con Juan de Montoya
                                         6.- Don Pedro de Montoya casó en el Castillo con doña Ana Fernández   Cobos
                                               7.- Don Francisco de Montoya familiar del Santo Oficio casó en   Cuenca con doña Isabel de Salazar
                                                        8.- Don Diego de Montoya del hábito de San Juan
                                               7.- Don Pedro de Montoya casó en Cuenca con doña María Ana de Salazar
                                                       8.- Don Alonso de Montoya inquisidor de Murcia
                       
     2.- Alonso de Origüela
                              .... Rama de los Astudillo.


AHN. ÓRDENES MILITARES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 6008. Don Rodrigo de Ortega y Monteagudo. 1641, fols. 62-64 vº. (Árbol geneálogico del licenciado Villanueva en folio 258 rº)

jueves, 28 de abril de 2016

Cómo los Garnica entroncaron con la Grandeza de España (1593): la excomunión del doctor Tébar

Doña Juana Valderrama, a quien su marido Hernando de Avilés, había dejado como curadora y tutora de sus hijos Gaspar y María, no estaba dispuesta a que las diligencias del corregidor para anular el matrimonio de su hija con don Jorge de Mendoza dieran su fruto ni mucho menos a que su hijo Gaspar siguiera en la cárcel pública. Por eso, con fecha  25 de octubre encargó su defensa ante el Consejo Real a dos letrados de prestigio de la villa, el doctor Pedro Alonso de Arce y el licenciado Alonso González de Santacruz. El primero, que era un médico de prestigio en la Corte, pronto delegaría su poder en el procurador Baltasar Romero. Al mismo tiempo se recurrió a la jurisdicción eclesiástica del provisor del obispado, doctor Rueda, que mandó le remitieran las actas del matrimonio que obraban en poder del notario de San Clemente, el presbítero Cristóbal de Iranzo. Mientras el corregidor Juan de Benavides y Mendoza seguía inflexible; un mes después de los hechos, tal como atestiguaba el escribano Gaspar Llanos, mantenía encerrado en la cárcel al joven licenciado Gaspar de Garnica.

Don Jorge de Mendoza, era hijo de Iñigo López de Mendoza y natural de la villa de Uclés.
Había conocido a María de Avilés a través de su hermano Gaspar de Garnica, que estudiaba en Alcalá de Henares junto a Jorge de Mendoza. Se había presentado en la villa de San Clemente el 29 de septiembre, pero aún esperaría hasta el cinco de octubre para casarse con doña María de Garnica y Avilés. Los días que transcurrieron entre las dos fechas los aprovechó para obtener mandamiento del juez ordinario del obispado de Cuenca, doctor Rueda, que le autorizara al casamiento. Alegaba don Jorge que no podía esperar a las tres amonestaciones preceptivas, porque sus deudos se opondrían maliciosamente al matrimonio si se alargaban los trámites. Conseguiría la licencia del matrimonio, condicionada a que no cohabitase con la novia hasta no cumplir con las necesarias amonestaciones, relegadas al momento posterior al acto sacramental. El mandamiento del provisor ordenaba al doctor Tébar celebrar el matrimonio, que se aseguró bien de guardar las formas, examinando a los testigos, Antonio de Oma Zapata y Gaspar de Garnica, advirtiendo a los novios de la disparidad de condición social,

que mirase que era noble y generoso, que podía ser uno de los grandes de España y que todas estas calidades le faltaban a la dicha doña María de Avilés

de su libertad para contraer matrimonio y de evitar la cohabitación de momento y asegurándose que la ceremonia matrimonial fuese pública, abriéndose las puertas de la casa de doña Juana Valderrama.

que los matrimonios no se hacen a puerta cerrada sino muy abiertas y que lo sepa Dios y todo el mundo y no solamente los de los aposentos, sino los de la calle y llamen testigos e ansí luego mandó abrir las puertas

Es de destacar la premura con la que el corregidor iniciará las averiguaciones, desde el mismo momento del casamiento; pero también la celeridad, 20 de octubre, con que el Consejo Real pide le sean remitidos los autos del corregidor e inicie informaciones de testigos para saber lo acaecido. Pronto las tomas de declaraciones dejan bien definidos dos bandos en el pueblo. En el primero, se sitúan los Garnica, los Oma y el doctor Tébar, junto a otras figuras menores del momento. En frente, los vecinos principales del pueblo se ven obligados a tomar partido a favor o en contra del cura. El número de enemigos era mayor que el de amigos.

La declaración tomada al doctor Tébar por el corregidor Juan de Benavides fue agria. Intentaba demostrar el corregidor el poco celo religioso del doctor Tébar, que había celebrado el santo sacramento con testigos que eran parientes de la novia y del propio cura, de modo secreto (¿Cuántos testigos pasaron al abrir las puertas?, preguntó con malicia el corregidor) y estando excomulgado. El doctor Tébar se negó a contestar y también a firmar su declaración. No se detendría el corregidor que inició una serie de declaraciones para demostrar que el cura no era quién para celebrar un matrimonio estando excomulgado.

El corregidor tomaría declaración al sacristán de la Iglesia de Santiago, Millán Martínez, que con apenas un mes en el oficio, reconocería saber de la excomunión del cura Tébar. A continuación se consultó en la iglesia la tabla de memorias donde se asentaban los nombres de los excomulgados; allí aparecía el nombre del cura junto a otros vecinos, socios suyos, con la fecha del 25 de septiembre como día de la excomunión. Desde esa fecha tenía prohibido decir misa y administrar los sacramentos. La excomunión por el ordinario de Cuenca tenía su origen en la irregular administración del cura Tébar de la administración de las rentas eclesiásticas, que había dejado de ingresar en el obispado de Cuenca, y la pena se había aplicado también a sus fiadores. Curiosamente, algunos de estos fiadores aparecen también como aliados del cura en el expediente promovido contra su sobrino el licenciado Herriega quince años después. Entre ellos, Francisco Carrera, padre del dicho licenciado, o Miguel Cantero. El escribano del ayuntamiento Martín de la Cámara daría fe

que un hombre de Cuenca abía venido e traya un braço seglar contra el dicho doctor Tébar.

Los testigos, sacristán y socios, reconocerían lo que había negado el cura: el doctor Tébar no sólo no decía misa sino que tenía prohibido acudir a ella.

El corregidor, demostrada la incapacidad del cura para administrar el sacramento del matrimonio, iniciaría su particular cruzada. Esta vez se trataba de acumular testimonios de las personas principales contra el clérigo. No todos declararon contra él.


                                                                                                      (continuará)




AGS. CRC, 434, 7.  El corregidor de San Clemente, Juan de Benavides y Mendoza, contra Jorge de Mendoza, hijo de Iñigo López de Mendoza, y María Garnica Avilés, porque se casaron sin amonestaciones. 1593

viernes, 15 de abril de 2016

Genealogía de los Piquinoti y alianza matrimonial con los Origüela de San Clemente

Andrea Piquinoti casó con Isabel Pinelo

     -Benito Piquinoti Pinelo casó con María hija de Francisco el Negro y de Batina Spínola

          -Francisco María Piquinoti caballero de Calatrava casó con Antonia González Galindo y Origüela natural de San Clemente, hija de Pedro González Galindo y Origüela, tesorero del Supremo Consejo de la Inquisición, y de doña María de Tébar Aldave y Origüela, natural de San Clemente (en realidad, nació en Lima en 1586)

                -Don Benito Galindo Piquinoti, conde de Villaleal, caballero de Alcántara, 1635, casó con doña María Gerónima de Sada, hija de don Adrián de Sada y Azcona, caballero de Calatrava, del Consejo de Hacienda, y de doña Francisca Antonia de Marzana y Alvez, señora de la casa de Marzana


Real Academia de la Historia — Signatura: 9/309, fº 208. — Signatura antigua: D-34, fº 208. Tabla genealógica de la familia Piquinoti, vecina de Génova (Italia). [Manuscrito]

jueves, 24 de marzo de 2016

El ocaso de los Buedo y el ascenso social de Francisco de Astudillo

Era el inicio del año 1612 y Martín de Buedo Gomendio se hallaba acorralado por sus deudores. Apenas si habían pasado cinco años desde que su hermana Catalina, tutora del menor Martín y viuda del capitán Alfonso Martín de Buedo, le había cedido la tesorería de rentas reales del Marquesado de Villena. El supuesto acuerdo familiar no ocultaba los apuros de la viuda ni tampoco las ambiciones y falta de escrúpulos familiares de Martín de Buedo. Era nuestro protagonista una persona que no se arredraba; nada más acceder al cargo de tesorero, en noviembre de 1605, había tenido un sonoro encontronazo con el corregidor de Chinchilla por el cobro de las tercias reales en especie. Su ambición por controlar el trigo excedentario de las tercias, y con ello controlar el precio de este producto, posiblemente no le dejara ver su aislamiento, traducido en falta de apoyos y colaboración de las autoridades y personas principales de la villa de San Clemente. Seguramente que sabía que podía confiar poco en don Rodrigo Ortega, cuyas tierras en Vara de Rey eran colindantes y cuya enemistad debía ser fama pública, pero un personaje como Francisco de Astudillo, antiguo escribano y servidor de diversos oficios públicos al servicio del corregidor de San Clemente, denostado y odiado en la sociedad sanclementina, más allá de la natural desconfianza, no debía procurarle más temores ni mucho menos predisposición al rechazo.

Cuando Martín de Buedo Gomedio fue alcanzado en las cuentas de su tesorería de 1610 y 1611 por un total de más de ocho millones de maravedíes, alrededor de 22.000 ducados, el primer postor que acudió a hacer la correspondiente puja sobre los bienes embargados fue don Rodrigo de Ortega. Sólo una persona parecía capaz de mejorar esa postura o al menos era capaz de tejer las suficientes alianzas para una puja más alta, pues nos parece dudoso que en el San Clemente de aquel tiempo, nadie superara en liquidez o numerario en efectivo al referido Rodrigo de Ortega, excluyendo claro está a los hermanos Tébar o al indiano Pedro González Galindo. Ese hombre era un converso, de la familia de los Orihuela, que había medrado a la sombra del corregidor. Había fortunas sanclementinas que venían del último tercio del siglo XVII. Algunas de ellas, con la crisis de comienzos de siglo se arruinaron. Pero los hubo avezados como Francisco de Astudillo que empezaron a descollar con el cambio de siglo. Poco sabemos de la consolidación de su fortuna que comenzaría como servidor público y sabría asegurar cuando entroncó familiarmente con los Rodríguez Garnica de Hellín (conocidos como los Pelagatos, pero con contactos en la corte por medio del procurador Rodríguez de Tudela). Francisco de Astudillo había casado con Ana María García de Villamediana, hija de Francisco Rodríguez Garnica, pero con un segundo apellido materno, Villamediana, que contribuiría a limpiar la imagen de la baja extracción social de su procedencia y hacer olvidar su sangre conversa con su matrimonio con una cristiana vieja, de las familia de abolengo en la villa y ejecutoria de nobleza ganada en la Chancillería de Granada.

Sería Francisco de Astudillo el elegido por Martín de Buedo Gomendio para sacarlo del atolladero en el que se encontraba aprisionado. Para hacer frente a su deuda, Buedo Gomendio vio cómo se ponían en almoneda sus bienes y cómo el principal postor era don Rodrigo de Ortega. La venta del oficio de tesorero era insuficiente para saldar sus deudas, pues Martín Buedo tenía otras obligaciones. No ha mucho que había tomado prestados en dos censos cerca de 4.000 ducados dotados por Juana Guedeja para sufragar las obligaciones que conllevaban la memoria fundada tras su muerte, pero Martín no podía pagar los réditos de los dos préstamos y sus fiadores, entre los que destacaba Diego de Agüero, no parecían muy dispuestos a respaldarle con su dinero, pretendiendo cobrarse de los bienes del dicho Martín el capital necesario para la redención de dichos censos. Se sumaba a estas cargas, el dinero adeudado por Buedo al pósito de Vara de Rey del que había tomado prestado a censo otros 37.000 reales. En resumen, Buedo Gomendio había hecho una apuesta arriesgada, había pedido prestados cerca de 8.000 ducados fiando su futura fortuna al ejercicio del oficio de tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena, pero sus proyectos se había roto por la quiebra de las finanzas de la Monarquía en 1607. La bancarrota de ese año había llevado a Felipe III a postergar los pagos de la Monarquía con los asentistas extranjeros mediante un programa de conversión de la deuda flotante en deuda consolidada; es decir, nuestro tesorero vio como nuevas obligaciones de pago se acumulaban en su tesorería en forma de los llamados juros, títulos de deuda a largo plazo situados en las rentas reales del Marquesado, o lo que es lo mismo, las alcabalas y tercias del Marquesado estaban hipotecadas al pago de los asentistas extranjeros. Hasta San Clemente llegarían las exigencias de un Lucas Palavesín o un Gerónimo Serra y con ellos llegaría la ruina del tesorero.

Don Rodrigo de Ortega con su puja mostraba a Martín de Buedo su penosa situación. Ofrecía 10.000 ducados para adquirir la totalidad de los bienes del tesorero, que quedaba en la más absoluta ruina. Don Rodrigo pretendía comprar el título de tesorero por 8.000 ducados, sus tierras y casas por 1.500 ducados y sus mulas y aperos de labor por 5.500 reales. Martín de Buedo se quedaría sin hacienda y sin blanca para pagar las deudas correspondientes a los réditos del censo del pósito de Vara de Rey y al principal del censo de Juana Guedeja que le pedía su fiador Diego de Agüero para librarse de sus obligaciones. No le quedó más remedio que acudir a buscar la ayuda de quién únicamente en San Clemente estaba dispuesta a prestársela. Ese era Francisco de Astudillo, despreciado en el pueblo por sus antecedentes familiares conversos ligados a los Origüela y su baja extracción social.

Ambos, Buedo y Astudillo, acordarían por escritura de 10 de febrero de 1612 una fórmula transaccional para evitar que los bienes en almoneda cayeran en mano de don Rodrigo de Ortega. Francisco de Astudillo se comprometía en mejorar la puja de don Rodrigo en 2.000 ducados, subiendo la cifra ofertada hasta 12.000 ducados. La oferta por el título de tesorero subía hasta los 9.500 ducados; por las tierras de labor y heredad en Vara de Rey se subía la puja en 500 ducados hasta 2.000 ducados y se mantenían los 5.500 reales en las bestias y aperos de labranza, confiando que, una vez perdida la opción a las tierras, don Rodrigo desistiera.

El acuerdo transaccional entre Astudillo y Buedo radicaba en que se trataba de encubrir la postura de Astudillo como una donación inter vivos de carácter temporal, en el que no había pago de intereses pero si condiciones draconianas para la devolución del dinero. Francisco Astudillo adquiría el título de tesorero por seis años pero con el compromiso de que si Martín de Buedo al cabo de ese tiempo le devolvía los 8.000 ducados, el oficio volvería de nuevo a él o a su familia. Astudillo aportaba los 4.000 ducados necesarios para pagar a Diego de Agüero, fiador de Buedo en los censos tomados de Juana Guedeja, y deseoso de librarse de las obligaciones contraídas. Astudillo incluso cedía la explotación de las tierras de Vara de Rey a Martín de Buedo, para que con su fruto pudiera pagar los réditos del censo de Juana Guedeja y del pósito de Vara de Rey y, es más, cedía en la posibilidad de que Buedo le devolviera los 4.000 ducados prestados a razón de 1.000 anuales y una renta anual, garantizándose la recuperación de sus heredades.

Francisco de Astudillo se presentaba como el benefactor de Martín de Buedo Gomendio, a cambio de las rentas temporales que había de proveerle el uso de la tesorería durante seis años y una exigua renta de arrendamiento a pagar por Buedo por la explotación de sus heredades. Martín de Buedo, en una situación límite, confiaba en recomponer su hacienda en un plazo de cuatro a seis años, cobrando las rentas reales adeudadas por pueblos como Iniesta y la ayuda de algunos familiares de Cuenca. Por supuesto, Francisco de Astudillo pensaba que el desembolso de los doce mil ducados no era sino inversión que recuperaría acrecentada con las rentas reales cobradas en los próximos seis años y maquiavélicamente jugaba la carta de quedarse, dadas las condiciones draconianas, con el oficio de tesorero y convertirse en terrateniente a costa de Martín, cuyas tierras quedaban hipotecadas a los pagos anuales comprometido con Astudillo. Pero uno y otro calculaban mal; don Rodrigo de Ortega se disponía a mejorar su propia oferta de 10.000 ducados  y la de los 12.000 de Astudillo por los bienes de Buedo. Tanto Astudillo como Ortega estaban arriesgando demasiado y poniendo sobre la mesa la totalidad de sus capitales. ¿Qué garantías tenían para incrementar sus ofertas? Esas garantías eran las alianzas familiares que ambos habían tejido en esos años. Era la hora de los cuñados. En ayuda de Rodrigo de Ortega acudió Bautista García de Monteagudo, casado con su hermana Catalina. En socorro de Astudillo llegaría el capitán Francisco Rodríguez Garnica, hermano de su mujer.


                                                          (Continuará)





ARCHIVO DE LA CHANCILLERÍA DE GRANADA (AChGr). 01RACH/ Caja 2854, PIEZA 7. Martín de Buedo Gomendio, vecino de Vara de Rey, con Francisco de Astudillo, tesorero de rentas reales del Marquesado de Villena, vecino de San Clemente sobre el oficio de tesorero. 1620

sábado, 12 de marzo de 2016

El doctor Tébar y la peste de 1600

La España del siglo XVII era cada vez menos una sociedad del mérito y un poco más el fruto de la delación. La acusación anónima en el momento oportuno podía hundir la vida de una persona o, en su inoportunidad, acabar con las ambiciones propias. En la sociedad sanclementina de comienzos del seiscientos, el doctor Cristóbal era una figura respetada en una villa muy abierta. Especialmente por el papel central que debió tener la Iglesia en la peste del año seiscientos, auxiliando a muchos vecinos. Pero el doctor Tébar era un hombre también muy rico, muy bien relacionado en la corte y con importantes conexiones con el mundo indiano a través de su hermano Diego de Tébar. Ambos hermanos, Cristóbal y Diego (que vuelve del Perú por estos años), ampliarán su hacienda con la compra de múltiples tierras entre los años 1605 y 1607. No es de extrañar que en este contexto las envidias afloraran y, con ellas, las acusaciones de judaísmo contra una familia cuyos antecedentes eran conocidos por todos en la villa de San Clemente.

La ocasión se presentará propicia cuando un sobrino del doctor Cristóbal de Tébar pase a Indias y deba obtener la preceptiva información de testigos sobre limpieza de sangre. Jerónimo de Herriega y Carrera pasará a Santo Domingo en la Española en 1609, acompañado de un criado llamado Pedro Ruiz de Alarcón, pero antes sufrirá una grave acusación sobre sus antecedentes familiares judaicos.

La acusación contra el bachiller Jerónimo de Herriega (o Arriaga) y Carrera, presbítero y teniente de cura de la iglesia de San Clemente, vino el año de 1607 del licenciado García Ángel, notario del Santo Oficio, haciéndose eco de una acusación de un clérigo llamado Juan del Campo que reconocía haber visto en un breviario propiedad del mencionado Jerónimo los nombres de los meses escritos en lengua hebraica. La acusación, que ya se había formulado con poco éxito dos años antes, no era falsa, pues la página del breviario con los meses en hebreo hoy nos aparece en el expediente conservado entre los papeles del Consejo de la Inquisición. Como acusación complementaria el licenciado García Ángel aportaba los antecedentes familiares de Jerónimo, que se remontaban a Luis de Orihuela:
Meses en hebreo

Gerónimo de Herriega y Carrera, clérigo de la dicha villa, se hordenó de missa abrá siete o ocho años con ynformación que hiço de limpieça con comissión del prouissor, la qual entiendo está en los papeles de Pedro de Pedrosa, notario que fue en la audiencia episcopal desta ciudad y por ella constará de los testigos los quales qualificaron al susodicho falsamente porque es hijo de Bernardina del Castillo y nieto de Juan de Origüela y bisnieto de Luis de Origüela relaxado por el Sancto Officio.

Jerónimo Herriega había mentido dos veces, sosteniendo su limpieza de sangre, en el momento de ordenarse sacerdote y, recientemente, el 10 de marzo de 1608, con motivo de la información de testigos necesaria para pasar a las Indias. Era notorio en el pueblo que su bisabuelo Luis Orihuela había sido quemado en 1517 por judaizante y su sambenito estaba colgado en la iglesia parroquial de Santiago. Uno de los testigos de la información de 10 de marzo de 1608, había sido el doctor Cristóbal de Tébar, cura de la villa y futuro fundador del Colegio de la Compañía de Jesús. García Ángel centrará ahora las acusaciones en el parentesco de Herriega con el doctor Tébar.

Cristóbal de Tébar era amigo de Fray Cristóbal Rodríguez, que recientemente había sido nombrado Arzobispo de Santo Domingo en la isla de La Española. Valiéndose de esa amistad el doctor Tébar vio la oportunidad de colocar a su deudo Jerónimo Herriega como vicario y provisor en el mencionado arzobispado. García Ángel vería el momento de cortar tan fulgurante carrera eclesiástica de Herriega en la información de testigos que sobre la limpieza de sangre se había de realizar a comienzos de marzo de 1608, y de paso, apuntar a su principal objetivo, el doctor Tébar. No dudó en denunciar cómo esa información se estaba preparando falsamente por el doctor Tébar en su propia casa con ayuda de testigos, parientes y amigos de la familia Origüela, entre los que incluía a la justicia que tramitaba los autos:

cómo se hacía en esta villa la dicha información y el juez ante quien era Pedro Sánchez de Santacruz alcalde hordinario que es al presente primo hermano del dicho doctor Téuar y primo segundo o primo hermano de la madre del dicho Gerónimo de Herriega, los quales son todos del linaje de los origüelas

Las acusaciones de García Ángel iban más allá, acusando de judaizantes al escribano y otros testigos, que aparecían en la información que ahora en su poder remitía al tribunal de la Inquisición de Cuenca

la información original que se hiço ante Fernando de Iniesta escriuano, muy deudo del sobredicho y advierto a v.s. que Miguel Cantero testigo presentado es descendiente de Diego Sánchez de Valdoliuas y Teresa Rodríguez, él relaxado en estatua y ella reconciliada con ábito perpetuo y es hombre que hará dos años por la octaua de Corpus Christi que se está excomulgado de participantes y sólo a estado absuelto algunas veces por ocho o diez días o por la solenidad de las pascuas 


La mencionada información de testigos de Herriega fue preparada por el doctor Tébar. Los testigos se limitarían a firmar. La ascendencia del futuro pasajero a Indias no fue más allá de los padres, Bernardina del Castillo y el doctor Francisco Carrera; se resaltaron sus estudios en Derecho por la Universidad de Salamanca, su servicio como teniente de cura durante siete años en la iglesia parroquial de Santiago junto a su tío, y, sobre todo, su compromiso y riesgo personal en la peste que sufrió el pueblo en 1600. Fueron testigos el propio doctor Tébar, Pedro Sánchez Carnicero, Miguel López de Lope el viejo, Roque de Salcedo, escribano público, Miguel Cantero y Agustín Valenzuela. La información remitida por García Ángel al Tribunal de la Inquisición de Cuenca, sería reclamada desde Madrid por el Consejo de la Suprema, donde el expediente quedaría archivado y olvidado. Jerónimo Herriega pasaría a Indias a ocupar su puesto de provisor en el arzobispado de Santo Domingo (1).

Todos los testigos repitieron los mismos argumentos, empezando por el doctor Tébar, y todos recalcaron la labor arriesgada y desprendida del joven Herriega durante la peste de 1600, que en palabras de su tío se expresaba así

Firma del doctor Tébar
el qual administra los sacramentos en su iglesia mayor con mucha aceptación de toda esta villa, especialmente en el año de seiscientos pasado que ubo enfermedad de peste en la que murieron más de tres mill personas y enfermaron más de ocho mill y entonzes fue tan buen obrero de la viña de Dios que administró los santos sacramentos sin adventurar a el peligro de su vida a todos los enfermos de suerte que causó gran devoción que un clérigo tan mozo anduviese tan diligente



El testimonio del doctor Tébar, que por entonces contaba 56 años (lo que nos permite fijar el año de su nacimiento hacia 1552), fue ratificado por el resto de los testigos, haciendo especial hincapié en el valor durante el contagio de 1600 de aquel joven recién ordenado. Lo llamativo son las cifras, el mal había afectado a más de ocho mil personal, de las que más de tres mil murieron. Diego Torrente Pérez estudió este contagio que asoló la villa de San Clemente durante seis o siete meses, confirmando las cifras mencionadas; el propio ayuntamiento reconocía para el 27 de diciembre de 1600 alrededor de 2800 muertos y cuatro mil enfermos. A pesar de los esfuerzos por establecer un cordón sanitario a finales de mayo, el ayuntamiento reconocía que la peste había alcanzado el 20 de junio el pueblo en una calle cerca de la Cruz Cerrada. Los intentos por aislar este foco fueron baldíos. De cara al exterior, se intentaba negar el problema en las contestaciones que se daban al corregidor de Cuenca; hasta que a finales de julio se reconoció la gravedad del contagio, la necesidad de echar mano de las provisiones y dinero del pósito de don Alonso de Quiñones y pedir ayuda urgente a la Junta de Salud constituida en la Corte. La villa se hizo con los servicios de un cirujano, el licenciado Muñoz, que complementó los servicios del licenciado Villanueva, mientras se mandaba a Pedro de Tébar a Madrid para solicitar ayuda a los hermanos del Hospital de Antón Martín y la llegada de un médico entendido de la corte llamado Diego Núñez. Los enfermos fueron trasladados al hospital de Santa Ana y a una casa aneja que en la Celadilla había cedido el alférez mayor de la villa, don Juan Pacheco. Como siempre en estas ocasiones, los gestos más nobles fueron acompañados de los más ruines. La solidaridad de Villarrobledo, cediendo 4.000 fanegas de trigo, escondía la oportunidad del negocio, por contra, el ofrecimiento de La Roda fue desprendido; Vara de Rey, cerró sus puertas a los sanclementinos; mientras los pobres eran hacinados en el hospital, a los ricos se les permitía ser atendidos en su casa; el alférez mayor Juan Pacheco huyó del mal, refugiándose en su lugar de Perona. Para finales de octubre la peste empezaba a remitir y ya el cuatro de enero de 1601 se daba por desapestada la villa. El coste económico del contagio fue desorbitado, alrededor de 6.000 ducados; una villa endeudada entonces ya por los gastos heredados de las suntuosas edificaciones en torno a la plaza y las obras que se llevaban a cabo desde 1593 en la cárcel por Joaquín de Obieta y Juan de Zuri y la nueva construcción del puente de Santa Ana, echó mano de las ganancias del pósito (2).

Nos son llamativas las cifras de enfermos y mortandad. Fueron más de ocho mil los vecinos afectados. Los datos de población que tenemos para San Clemente son para 1591 de alrededor de 1570 vecinos o familias, esto supondría que la práctica totalidad de la población de la villa se vio afectada por la peste y que el índice multiplicador de cuatro para hallar la población de la villa se quedaría corto, siendo preciso multiplicar el número de vecinos por cinco o seis para calcular el número habitantes. Más sorprendente es la capacidad de recuperación de la villa que en poco más de una o dos decenas de años ya contaba con más de dos mil vecinos. ¿Son reales estas cifras?. Quizás el número de victimas esté exagerado, pero también es verdad que la población de San Clemente debió crecer rápidamente, y lo haría desde comienzos del siglo XVII, motivado por el establecimiento en esta villa de la sede del corregimiento, que la convertía oficialmente en capital de la comarca. Se puede añadir como explicación que la villa tenía una población flotante muy importante, especialmente para el verano por las cosechas, vendimias y transacciones comerciales que culminaban en la feria de septiembre; quizás esa fue la causa de no querer reconocer la gravedad del problema, en un momento de máxima actividad y flujo de personas, hasta finales de julio, o que en agosto todavía se negara el mal. En cualquier caso, la villa salió exhausta y endeudada después de la peste; dan fe de ello los registros municipales de comienzos de 1606, con más de mil familias pobres y un cuarto de viudas entre la composición total de vecinos del pueblo.

La peste de 1600, vino precedida por las malas cosechas de los dos años anteriores, que dejaron a la población muy debilitada y propensa al mal. La peste no sólo afectó a la villa de San Clemente; Pérez Moreda (3), que ha delimitado esta peste en los años 1596-1602, la ha definido como peste exclusivamente castellana y ha estudiado como incidió en diversas poblaciones del Sur de la provincia de Cuenca: mortalidad elevada en Belmonte desde 1599, año en que cae la natalidad en El Cañavate y en Motilla del Palancar, caída que se prolongó en esta villa durante 1601. Sobre los estragos de la peste contamos además con el testimonio del médico de la villa de Cañete más al norte, citado por el mismo autor. En suma, se puede dudar de la exactitud de las cifras pero no de la virulencia del mal en algunos pueblos de la Manchuela, cuyo estudio futuro vendrán a complementar y confirmar los datos que disponemos de la villa de San Clemente.




(1) Archivo General de Indias,CONTRATACION,5313,N.9
(2) TORRENTE PEREZ, Diego: Documentos para la Historia de San Clemente. Ayuntamiento de San Clemente. 1975.  Tomo II, pp. 326-330
(3) PEREZ MOREDA, Vicente: La crisis de mortalidad en la España Interior. Siglos XVI-XIX. Siglo XXI. Madrid. 1980. pp. 257-265


Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 1924, Exp. 21 Proceso criminal de Gerónimo de Herriega Carrera, 1607-1608