El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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domingo, 2 de julio de 2017

Los Sevillano de la villa de San Clemente


                                                                         
Firma del escribano y regidor Miguel Sevillano. 1629 (AMSC)



Muy magnífico señor: el bachiller Françisco Sevillano, vezino de San Clemente, como mejor aya lugar de derecho parezco ante vuestra merzed y digo que por quanto Martín Sánchez de Posadas mi padre fue vezino e natural desta villa (de Socuéllamos) el qual hera honbre christiano viejo de linpia casta e generaçión el qual nunca fue penitençiado ni punido por la Santa Ynquisiçión syn rraza de converso ni de moro ni de judío

Hasta Socuéllamos se desplazó el bachiller Francisco Sevillano, nacido en 1559, en busca de los orígenes de sus ancestros un 13 de julio de 1574. Era bajo de cuerpo, moreno y de rostro cejijunto. Su padre, Martín Sánchez de Posadas, era hijo de Pedro Sánchez de Posadas y Leonor Gómez, y había emigrado de joven desde Socuéllamos para establecerse en la villa de San Clemente. Los abuelos del bachiller todavía vivían en su villa natal de Socuéllamos ocho años antes.

                                                               
Firma del bachiller Francisco Sevillano. AGI

Buscaba el bachiller Sevillano la limpieza de sangre de unos ancestros tan necesaria como para tantas otras cosas en aquel tiempo y, en este caso concreto, para pasar a Indias como criado de un clérigo, maestrescuela de la catedral de Nueva Galicia, conocido como el doctor Alonso Larios. Estos procesos de examen de testigos para obtener la licencia para pasar a Indias se eternizaban en el tiempo. El ocho de abril de 1575, Francisco Sevillano acudía ante el alcalde ordinario de la villa de San Clemente, Pedro de Tébar Llanos, para obtener una información sobre la limpieza de sangre de su madre Elvira Sánchez Sevillana que ya había fallecido. La información de testigos pasaría ante el escribano Francisco Fernández, cuyo hijo y nieto cambiarían tan vulgar apellido por otro de connotaciones más nobiliarias, el de Astudillo. Paradojas de la vida, un converso daba fe de la limpieza de sangre de los Sevillano, extranjeros en el pueblo, pero orgullosos de su naturaleza de cristianos viejos. Aunque las familias Astudillo y Sevillano tenían algo en común. Miguel Sevillano, el hermano del bachiller, era también escribano.

Elvira Sánchez Sevillana, o simplemente la Sevillana, es la progenitora de los Sevillano. Los apellidos de su padre y madre señalan ese origen dispar de los vecinos de la villa de San Clemente, raíz de esa diversidad que propició su riqueza y esplendor. Elvira era hija de Clemen Saiz Sevillano y María Catalana. Unos foráneos en el pueblo, pero, es de suponer, que en modo alguno iletrados y que procuraron darle una buena educación a sus hijos. A favor de la limpieza de su sangre, y de no profesar la fe luterana,  declararon no principales de la villa sino hombres comunes y anónimos que para dar fe y veracidad a su palabra solo contaban con su honestidad y el ejemplo de su vida. Eran hombres recién llegados a una villa en pleno desarrollo que ofrecía oportunidades a todos: Francisco de Cárceles, Miguel López de la Serna, Francisco del Castillo, calcetero, y Francisco Díaz, o vecinos de antaño, como los que declararon en nueva información de dos años después, Juan de Iniesta o Pedro Romero.

El bachiller Sevillano partiría a Indias, después que la Casa de Contratación le concediera licencia para pasar a Indias el 27 de mayo de 1577. Unos se iban a Indias; otros se quedaban en la villa de San Clemente. A Miguel Sevillano, el hermano del bachiller y de oficio escribano, le tocó quedarse en San Clemente y dar origen a una de las principales sagas del pueblo. Desconocemos la fecha de nacimiento de Miguel, pero también estaría en torno a la mitad de la centuria. Formaba parte de ese conjunto de hombres que nacieron y vieron a San Clemente en el clímax de su apogeo y atisbarían en su vejez la ruina de la villa. Coetáneos suyos eran el doctor Cristóbal Tébar, Francisco de Astudillo, padre, o el alférez mayor de la villa Juan Pacheco Guzmán.

Miguel Sevillano era escribano, como lo serían su hijo y sus nietos. Estaba casado con Aldonza Suárez, hija de otro escribano de la villa de San Clemente, Juan Robledo y de su mujer María Montoya. El matrimonio de Miguel con María le ayudaría en su progreso personal tanto como su valía. Sin duda su suegro, Juan de Robledo, le abriría en vida el acceso al oficio de escribano y con su muerte le legaría su riqueza. El matrimonio de Miguel Sevillano y Aldonza Suárez se comprometió a cuidar de la viuda María Montoya. Pero es creíble que entre suegra y yerno había sus diferencias. Por eso la relación entre ambos adquirió una forma contractual: María de Montoya cedería en 1582 un tercio de sus bienes a su hija, e indirectamente a su yerno. El paso del tiempo haría el resto. Una viuda cada día más impedida acabaría por ceder cuatro años después a su yerno la totalidad de sus bienes, a cambio de la manutención de la dicha María Montoya. Con su riqueza, la viuda le cedió un apellido, el de Montoya, que permitía su integración entre las viejas familias de la villa.

El matrimonio tendría un hijo, también llamado Miguel. Nacido en 1579, Miguel Sevillano heredaría el oficio de escribano del número de su padre. Durante toda la primera mitad del seiscientos, a la escribanía del número sumaría la escribanía del ayuntamiento. El nuevo oficio le daba una posición privilegiada en el pueblo. Por las manos del escribano Miguel Sevillano pasaron todos los actos de relevancia de la villa de San Clemente de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XVII. De dar fe de los actos municipales pasó a ser, como regidor, actor de primer orden en la vida política sanclementina. Su papel fue de equilibrio en el juego de intereses y luchas de poder que entonces vivía el pueblo. Hacia 1620, le tocó convivir en el ayuntamiento con los sempiternos Pacheco que veían contestado su poder por familias como los Perona, pero también con otras familias que en los fines del quinientos lo habían sido todo y que estaban a punto de desaparecer de la escena política, bien por agotamiento de su linaje, como los Monteagudo, bien por retiro voluntario de la escena, como los Tébar. Pero sobre todo su papel como elemento moderador fue clave en la rivalidad que mantenían los Ortega y los Astudillo. A unos y otros les recordó que sus intereses particulares se debían supeditar a unos intereses del Estado, que él mismo comprendía cómo cada día eran más descabellados. Fue un hombre noble, heredero del espíritu que hizo progresar a San Clemente en la primera mitad del quinientos, que no es otro que el quijotesco cada uno es hijo de sus obras. Llevado de este principio, defendió indistintamente a Rodrigo de Ortega o a Francisco de Astudillo, frente a las acusaciones de ascendencia conversa. Quizás defender a estos dos hombres era demasiado sencillo, pues eran los hombres más poderosos del pueblo de aquel entonces. Pero más difícil era enfrentarse al Santo Oficio y a los principales valedores en el pueblo, los Rosillo o los Perona, de una sociedad que devenía más cerrada, viendo cómo el espíritu renacentista y abierto de la villa se desmoronaba. El alegato de Miguel Sevillano defendiendo, ciento veinte años después de ser quemado por la Inqusición, a Luis Sánchez de Origüela demostraba la valentía y honestidad de este hombre. Para Miguel Sevillano, el hereje Luis Sánchez de Origüela era simplemente un hombre bueno, víctima de las rivalidades personales, cuyas ideas, por las que fue condenado en 1517, no eran ajenas a las que podían profesar otros sanclementinos. Defender en 1640 la memoria de este Origüela, cuyo sambenito colgaba en la parroquial de Santiago, es muestra de la integridad del escribano.

Pero Miguel Sevillano era un hombre de su tiempo. Aprovechó la herencia familiar, su posición privilegiada como escribano y regidor y su propia valía para incrementar su patrimonio y riqueza. María de Montoya ya había adquirido varios majuelos, que pasarían a su yerno y a nuestro personaje. Miguel Sevillano adquirió ganados, que llevaba a pastar al valle de Ricote o a las dehesas de Copajilico o Villares de Cehegín. Los papeles que de él nos han quedado en el Archivo Histórico de San Clemente nos muestran a un hombre que realiza múltiples transacciones en todos los pueblos de la región: Castillo de Garcimuñoz, Valeria, Almagro, Torrubia o los pueblos más lejanos de Murcia. Fe de su riqueza son las cuentas de los salarios de sus trabajadores, conservadas entre 1626 y 1630, y entre los que no faltaba algún portugués, tal era su mayoral Martín Collado. Su afán por incrementar su patrimonio se tradujo en los testimonios conservados sobre las muchas veces que tomó dinero prestado a censo para adquirir más bienes.

                                                                         
Firma Juan Sevillano. 1647. AMSC

Sabemos que Miguel tuvo al menos dos hijos y una hija. Al primero, Diego Sevillano, le tuvo que salvar con su dinero de sus errores juveniles, pues allá por 1618 se enzarzó en una pelea con un vecino de Valera de Abajo, Bartolomé Sáiz, al que mató. No obstante, heredó la carrera política del padre y lo vemos en alguna ocasión ocupando el puesto de teniente de corregidor y alcalde mayor del partido de San Clemente o cargos al servicio de la nobleza regional como alcalde mayor de Minaya o gobernador de Olivares del Júcar. Aunque nosotros guardamos especial gratitud a su hijo Juan Sevillano, que continuando con el oficio de escribano del padre, nos legó esa documentación única de rentas reales y que nos demuestra que el origen de la moderna organización política de la España moderna se fraguó en estas tierras.

Como toda familia fue presa de la ambición y de la necesidad del reconocimiento social. Miguel Sevillano anduvo en pleitos con su madre Aldonza Suárez por la herencia paterna. El declinar de la familia lo marcó un acto que habría de suponer ese mismo reconocimiento. En 1641, Miguel Sevillano casa a su hija con un hidalgo. Se trata de Diego Gutiérrez Villegas, sargento mayor de las milicias del corregimiento de San Clemente. Este santanderino de Santa Cruz de Mudela es poco amigo de las aventuras militares que se viven con motivo de la guerra secesionista catalana. Deja su puesto militar en agosto de 1641; para noviembre pide su vecindad como hijodalgo en el ayuntamiento de San Clemente y se casará con Josefa Sevillano, la hija menor de Miguel. Son los últimos  datos que tenemos de los Sevillano, más allá de la labor burocrática de Juan el escribano.

Hemos hecho una recreación histórica de una familia que marcó la historia sanclementina, llegada en la mitad del siglo XVI  y que vivió el esplendor y ruina de la villa. Hemos visto el devenir de los miembros más notorios de esta familia, aunque el apellido Sevillano está extendido por toda la comarca en la actualidad como lo estuvo hace cuatrocientos años. Desgraciadamente la historia de esos otros Sevillano se nos queda oculta. Tal es el caso de aquel calderero llamado Julián Sevillano, llegado de Villarrobledo y avecindado en San Clemente en 1567.






Archivo General de Indias, CONTRATACION, 5226, N. 3, R. 2 Francisco Sevillano. 1577

sábado, 1 de julio de 2017

Juan de Valladolid, vecino de Alberca de Záncara y pasajero a Indias (1510)

                                                                         

Se reproduce la licencia concedida a Juan de Valladolid en 1510 para pasar a Indias en la nao del maestre Diego Basurto. Una muestra, con este vecino de la Alberca, de la temprana emigración a Indias en la gobernación del Marquesado de Villena


En veynte e vn días del mes de hebrero de mill e quinientos e diez años paresçió ante nos los dichos ofiçiales Juan de Valladolid veçino de la villa del Alberca que es en el obispado de Cuenca e dixo que por quanto el quería pasar a las Yndias en la nao de que es maestre Diego de Basurto nos pidió le diésemos liçençia para ello e para ynformar de cómo no hera persona de las proybidas puso por testigos a Gonçalo Rruyz clérigo e a Fernán Gallego e Françisco Martínez bancalero los quales so cargo del juramento que fizieron declararon no ser persona de las proybidas e que es que no tenía ofiçio ninguno e que hera fyjo de Juan de Valladolid e dimos liçençia para pasar a Yndias



Archivo General de Indias, CONTRATACION, 5536, L. 1, F. 12(2). Juan de Valladolid, vecino de la Alberca de Záncara, Pasajero a Indias (1510)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Carta de un pedroñero desde Perú (1596)

Alonso Sánchez Coello, Sevilla en el siglo XVI
Reproducimos una carta de 1596 de un vecino de Las Pedroñeras, Bartolomé Martínez, emigrado a Indias, en la que solicita que alguno de sus hijos pase al Perú. Dos años después dos de los hijos de este pedroñero, llamados Matías Martínez y Juan Gómez, solicitarán por escrito de 25 de agosto de 1598 pasar a Indias, según era el deseo de su padre.

La carta es de gran ternura. Bartolomé Martínez que ha enviado dinero a su familia en España, añora a su familia y desea volver, pero sintiéndose viejo pide que uno de sus hijos pase a Indias para acompañarle en el viaje de regreso. En el Perú se ha debido hacer con una pequeña fortuna y desea que la disfruten sus hijos y darles buena vejez. Se preocupa por el futuro matrimonio de su hija María, para la que sin duda dispondrá de buena dote para procurarle un aceptable marido. No deja de acordarse de sus parientes y amigos. No era la primera vez que escribía a su familia, haciéndoles llegar dinero. El correo, como en ocasiones anteriores, es un padre jesuita.

No sabemos si Bartolomé Martínez regresó a su pueblo natal de Las Pedroñeras, pero de la petición de su hijo para pasar a Indias junto a su hermano se deduce que eran más los deseos de ambos hermanos por abandonar el pueblo definitivamente. No les faltaba motivos, 1598 fue un año de malas cosechas; los años siguientes serían de enfermedades y carestía.



                                                                            (cruz)

Hermana, con un padre de la Conpañía del nonbre de Jhesús que fue destos rreynos a esos el año pasado de 95 os escreuí muy largo de lo que por acá pasaua y de mi lado decía en ella como os inbiaua un poco de plata la cual no llegó a tienpo para que el padre la lleuase y ansí se quedó en esta ciudad de Arequipa donde al presente estoy y estaré hasta que llegue algunos de mis hijos para irme con él a ueros que es lo que más deseo después de saluarme porque quisiera daros buena bejez ya que la mozedad auéis tenido mala y poner vuestros hijos como mereçe su (con)suelo; esto de la venida de mi hijo escriuo al padre que os lleuo la otra carta que a de bolber a esta ciudad que le trayga y costee que yo pagaré todo lo que gastare en su venida, quisiera que fuera Matías porque es más ombre y si no pudiere venga Juan, yo os ruego que hasta que yo llegue u sepades de mí que no se case María ni ninguno de los muchachos, aora os inbío trecientos reales de a ocho para que gastéis mientras que yo voy que será sin falta en llegando vuestro hijo porque como estoy viejo no me atreuo a ir solo, estos reales os dará el padre que os e dicho porque se los inbío a él para que os los dé. Dios os guarde hasta que os vea y me cumpla este deseo, encoméndame a Dios y a mis hijos y a vuestro tío Andrés Velloso si fuere uiuo y a todos uestros parientes y amigos; de Arequipa 22 de março de 1596

buestro marido                    Bartolomé Martínez (rúbrica)




Archivo General de Indias, INDIFERENTE, 2104, N. 71. Matías Martínez. 1598

domingo, 31 de julio de 2016

¿Había hidalgos en Motilla del Palancar en el siglo XVI?

Ermita de Motilla del Palancar
Motilla del Palancar no ha conservado sus respuestas de las Relaciones Topográficas de Felipe II, con ello hemos perdido una fuente de información inigualable. Un testimonio quince años posterior nos presentan a Motilla como una población de 557 vecinos, alrededor de dos mil habitantes, cinco clérigos y sin hidalgos conocidos. Otro testimonio de 1572 suple escasamente el vacío dejado por las inexistentes Relaciones Topográficas de cuatro años después; se corresponde con un concejo abierto celebrado el 12 de octubre y nos ofrece una somera información de un pueblo que ha padecido por la Guerra de las Alpujarras

dixeron que en esta villa no ay cavalleros ni hijosdalgo y que tienen conoçidos los veçinos desta villa que son todos labradores y no son acostumbrados a tener cavallos ni usar del ofiçio militar demás están muy pobres gastados y neçesitados de causa de lo que se gasto en la guerra del rreyno de granada y por la esterilidad que a avido de frutos en los años pasados y ansí tienen por çierto que no ay quien pueda comprar cavallos ny armas y el dicho conçejo desta villa es pobre y de muy pocos propios de tal manera que podrá hazer muy poca ayuda y el término desta villa es angosto y pequeño de tal manera que no ay en él donde se puedan fazer dehesas aunque les pareçe por lo que su magestad manda es cosa justa y que conviene a su rreal serviçio que aya gente de cavallo en los pueblos en los pueblos y convenya mucho demás de la abtoridad rreal a la onor de la rrepública y veçinos della pero que si su magestad de otra cosa fuere servido harán todo aquello que pudieren y más en servicio de su magestad cada que les fuere mandado

La Manchuela, tierra cuyos gobiernos locales en el siglo XVI siempre fueron monopolio de los labradores ricos, estuvo mal avenida con los hidalgos. El testimonio anterior nos dice que no los había en 1572. ¿Pero realmente era así? Sin dudar que Motilla fuera una población de labradores, las informaciones que se realizaron con motivo de un pasajero a Indias nos dan a conocer la existencia de una familia de hidalgos, los de La Casa.

En 1590, don Francisco de Cepeda solicita ante la Casa de Contratación pasar al Perú con dos criados: Juan de Montoya, vecino del lugar de Manzanos, y Sebastián de la Casa, vecino de la villa de  Motilla del Palancar. Sebastián de la Casa, para obtener la correspondiente licencia de pase a Indias, presentará la preceptiva información de testigos elaborada por Francisco Moreno, alcalde ordinario de Motilla del Palancar, ante el escribano Juan de la Jara. A las rituales informaciones genealógicas, que se remontan ante los abuelos, las declaraciones de ser cristiano viejo, no pertenecer a orden religiosa, ser soltero o excluir la consabida filiación con los Pizarro, añadirá un acto positivo más en su favor: ser hijodalgo notorio de la villa.

Sebastián de la Casa era un joven de 19 años, que emprendió la aventura americana en busca de nuevas oportunidades, pues su pueblo natural no ofrecía muchas ese año de 1590. Así nos lo presentaban sus regidores en un memorial de 1591, sin duda, con algo de exageración, pues se trataba de eludir el nuevo pago del servicio de millones

la dicha uilla esta muy agrauiada porque demás de ser de poca veçindad la mayor parte es gente muy pobre y neçesitados y ay muchas biudas y demás desto no tiene propios ni rrentas ni otra granjería ninguna sino sólo su cosecha de pan y vino y ésta es muy poca rrespecto del poco término

Es difícil saber cuál era el estado de necesidad de la familia de la Casa en esa época, pero es innegable que en la probanza de testigos tuvo el apoyo, no de muchos, pero sí vecinos principales del pueblo: Benito Muñoz, regidor de la villa, el bachiller Pedro Valverde, abogado, Pedro de Lucas, alférez y regidor de la villa, y Francisco de la Jara, labrador. Aunque el pase a Indias de Sebastián de la Casa se hará en 1591, la probanza de testigos sobre su limpieza de su sangre se iniciará un doce de agosto de 1588, a instancias del interesado en su pueblo natal Motilla del Palancar, que, tal como dice la probanza, es en la Mancha de Aragón y en el Marquesado de Villena. Doble adscripción geográfica y política, que todos los pueblos de la zona mencionarán con orgullo durante toda la edad moderna y hoy ya olvidado, anteponiendo esa adscripción a la de su pertenencia al obispado de Cuenca.

Sebastián de la Casa era hijo de Julián de la Casa y Catalina Martínez. Huérfano de padre, muertos sus abuelos y con una madre viuda y sola, esta situación familiar debió pesar en su pase a Indias. Sus abuelos paternos eran Juan de la Casa y Catalina de Moya. Sus abuelos maternos eran Pedro Cortijo e Isabel de los Paños. Presentaba a sus antepasados como 

naturales de la villa de la Motilla e de los más honrrados e principales della ... y los dichos mi padre y abuelo de partes de padre somos caualleros hijosdalgo notorios y como a tales e a cada uno de nos en sus tiempos nos an sido e son guardadas las honrras, franquezas y libertades que a los demás caualleros hijosdalgo se les acostumbran y suelen guardar e como tales hijosdalgo notorios abemos sido y somos libres de los pechos y derramas que los hombres buenos pecheros suelen pagar y contribuir y por tales hijosdalgo notorios abemos sido y somos tenidos y rreputados en esta dicha villa y do quiera que somos conocidos y dello a sido siempre la pública voz y fama 

Era nuestra protagonista un hombre orgulloso de sí mismo. hombre de buena vida y fama, nos dirá de él, convertido ya en hombre maduro, pero que aún presentaba en su aspecto físico muestras de una mocedad y adolescencia no superada

pequeño de cuerpo, carirredondo, que empiezo a barbar de barbibermexo y los dientes atrauesados un poco

Declaró en primer lugar a su favor, Benito Muñoz, regidor de la villa de 60 años, que, sin concretar, reconoció que el joven tenía otros hermanos y la condición hidalga de Sebastián por parte de padre, algo que en su memoria estaba presente por lo menos desde hacía cincuenta años, y que como regidor podía certificar que nunca se les había incluido en los padrones de los pecheros (en Motilla, como otras villas de la Manchuela, por contra, nunca hubo padrón de hidalgos). Presentaba a Motilla ser tierra tan corta y de poca población y becindad.

El bachiller Pedro Valverde, abogado de la villa, era hombre de cincuenta años, ratificó las calidades de Sebastián de la Casa. Igual hizo el alférez y regidor Pedro de Lucas, de cincuenta y cinco años, que apoyó la condición hidalga de la familia de las Casas en lo que oyó decir a sus mayores y más ancianos. Cerró los testimonios el labrador Francisco de la Jara; el valor de su testimonio se apoyaba en su edad, setenta años, y sirvió para ratificar la hidalguía del joven Sebastián, apoyada por remontarse el testigo para reafirmar la calidad noble en el recuerdo de sesenta años atrás.

Presentada la información de testigos en la Casa de la Contratación de Sevilla, el joven Sebastián de la Casa obtendría licencia para pasar a las Indias. No obstante, un olvidadizo Francisco de Cepeda no sabiendo donde tenía los papeles de sus criados, malogró el año de 1590 el pase a Indias desde Cádiz de Sebastián de la Casa, expectante de embarcarse, teniendo que esperar al año siguiente a que se salvaran los problemas burocráticos, tan onerosos como la propia travesía.



Archivo General de Indias, CONTRATACION, 5231, N.97. Sebastián de las Casas, pasajero de Indias al Perú. 1589-1591

miércoles, 20 de abril de 2016

Martín Rosillo Cano: las memorias de la capilla de Santa Ana (II)


Martín Rosillo Cano añoraba su villa natal de San Clemente, pero también deseaba que su memoria y recuerdo perseveraran en su pueblo y, en especial en la capilla familiar de Santa Ana, para ello dispondrá que allí se coloque una figura devocional de San Martín y diversos objetos y ornamentos religiosos para dar mayor brillo y ornato a la capilla de los Rosillos; tampoco se olvidó en su testamento de sus familiares:

Ansimismo el dicho licenciado Martín Rosillo mandó se impusiesen otros dos mil pesos para que los cumplimientos que resultasen fuesen para el tal el patrón= más se remitiesen otros tres mil y setecientos y cinquenta pesos todo ello horro de costas y se distribuyesen en la forma siguiente = quinientos pesos para una imagen de San Martín obispo de bulto estofado y dorado que se pusiese en la capilla de los Rosillos, un cáliz dorado con su patena y un ornamento, casulla, dalmáticas, frontal y manteles= cien pesos para alcançar el jubileo y altar priuillegiado= ducientos y cinquenta pesos para mil misas reçadas y se digan en el señor San Francisco de San Clemente quinientas; otras quinientas el padre Mº  fray Martín de Zaluide su sobrino de la orden de Santo Domingo y en falta suia se digan todas en San Francisco= iten manda se den ducientos pesos a doña María Rosillo hija del dicho difunto y por su muerte se le digan de misas en San Francisco de San Clemente= yten se den trecientos pesos al dicho padre fray Martín de Zaluide para libros= iten se den mil pesos a doña Catalina Çaluide Rosillo sobrino del dicho difunto y por muerte de ellas a sus herederos= iten trezientos pesos a don Fernando Rosillo hijo de Fernando Rosillo= y otros trezientos pesos a su madre doña Isauel Manuel y por su muerte a sus herederos= iten se den a Blas Cano de Buedo seiscientos pesos, los quinientos para él y los ciento para su hermana y siendo muerto el dicho Blas Cano lo ayan sus erederos: y los cien pesos de su hermana se digan las misas para su ánima y las de sus padres

Las dos memorias constituidas en la capilla de los Rosillos sufragarían sus obligaciones con las constitución de diversos censos instituidos por su patrón Juan Cano Manuel, por entonces alcalde ordinario del estado de los hidalgos en la villa de Lezuza:
  • Un censo contra el licenciado Carretero y el licenciado Matías Carretero y a Isabel Gómez del Abad, vecinos del Bonillo, de 700 ducados y réditos de 12.825 mrs.
  • Un censo contra Pablo el Rubio, vecino del Bonillo, de 5.000 reales y réditos de 250 reales
  • Un censo contra don Gabriel de Encinas y doña Ana Gabaldón, vecinos de la villa de la Roda, de 4.400 reales y réditos de 200 reales.
  • Un censo contra Juan de Aragón Mejía y Joaquín de Aragón y sus mujeres Juana Y Catalina Díaz, vecinos de la Roda, de 7.700 reales y réditos de 13.090 mrs.
  • Un censo contra Bartolomé Jiménez de Contreras y Juana Gómez su mujer y Sebastián Jiménez Cisneros y María de las Casas su mujer, vecinos de la Roda, de 2.200 reales y de réditos 3740 mrs.
  • Un censo contra Diego Vázquez y Catalina Sánchez su mujer, vecinos del Bonillo, de 3.000 reales y 5.000 mrs. de  réditos.
  • Un censo contra Pedro Morcillo y Eufemia Muñoz, vecinos del Bonillo, de 3.300 reales y 5.610 mrs, de réditos.
  • Un censo contra Juan Martínez de la Iglesia y su mujer doña Teresa, vecinos del Bonillo, de 12.000 reales y 20.400 mrs. de réditos
  • Un censo contra Pedro Rubio y su mujer doña Ana de la Hoz, vecinos del Bonillo, de 4.400 reales y 220 reales de réditos.
  • Un censo contra Pascual López Moreno y Juan López Moreno, vecinos de la Roda, de 1.400 reales y 70 reales de réditos.
  • Una carta de pago a favor de doña Catalina Rosillo, vecina de San Clemente, de 9.000 reales
  • Una carta de pago a favor de Mariana Rosillo monja profesa francisca en San Clemente de 1.800 reales
  • Una carta de pago a favor de Bartolomé de Atienza, síndico del convento de San Francisco de San Clemente, de 1800 reales por el pago de 1.200 misas y otra carta de pago de 1.125 reales a favor del mismo Bartolomé de Atienza por 500 misas.
  • Una carta de pago a favor del padre fray Blas Cano, prior del convento de San Agustín de Castillo de Garcimuñoz, de 900 reales por las misas a favor del alma de don Antonio Cano.
  • Dos cartas de pago a favor del padre maestro fray Martín de Zalbide, prior del convento de predicadores del convento de Jaén, de 2.400 reales y 1.000 reales por el pago, en el último caso, por el pago de 500 misas.
  • Dos cartas de pago a favor del presbítero Melchor Cano Manuel y su hermana doña Luisa Cano de 1328 reales cada una 
Las dos memorias fundadas en la capilla de Santa Ana pervivirían en el siglo XVIII y darían a lugar pleitos por la posesión del patronato. Así el pleito entre Tomás Cano de Buedo con otros interesados por el patronato de dichas memorias el año de 1678.


Archivo General de Indias, CONTRATACION, 398B, N. 1, R. 7. Bienes de difuntos: Martín Rosillo Cano. 1639-1643

lunes, 18 de abril de 2016

Martin Rosillo Cano: las memorias de la capilla de Santa Ana de la Iglesia de Santiago

El licenciado Martín Rosillo Cano era de los pocos sanclementinos que podía jactarse de pertenecer a la nobleza más rancia, pues era descendiente del capitán Juan López Rosillo, conocido durante las guerras de la Beltraneja e Isabel la Católica como el reductor del Marquesado.
Pero como tantos otros había escogido el camino de las Indias, tal vez llevado por su vocación religiosa o simplemente obligado por las circunstancias. Otros familiares le acompañarían en la aventura americana y a ellos encargará como albaceas su última voluntad.

El presbítero Martín Rosillo Cano, natural de San Clemente, había fallecido en el Puerto de la Magdalena de Pisco, en el Perú, en 1631, donde había ejercido como cura y comisario del Santo Oficio. Dejara una fortuna de 15.850 pesos de a ocho reales (128.757 reales), que destinará a la dotación

 de dos memorias de misas rrezadas para que por vía de patronadgo de legos se sigan seis misas rrezadas cada semana con su rresponso por su alma y la de sus padres, ermanos, sobrinos, parientes, bienhechores y se an de seruir para siempre jamas en la Yglesia Mayor de la dicha villa (de San Clemente) en la parte y lugar que el difunto lo ordena (en la capilla de Santa Ana de la familia de los Rosillos) y para los demás, efetos, limosnas y obras pías que el dicho difunto ordena por cláusula de su testamento

Además se añadían otras trece misas anuales, una por la festividad de cada apóstol y otra por el día de San Martín, dejando señalada una renta anual de cuatrocientos pesos.

La fundación de capellanías era algo corriente en la época, a través de ellas, el testamentario segregaba la totalidad o parte de su patrimonio para formar con ellos un vínculo destinado a la manutención de un clérigo, obligado por ello a decir un cierto número de misas por su alma o las de otros familiares y cumplir con ciertas obras pías. El patronato de estas capellanías recaía en algún familiar del difunto, nombrado patrón en el testamento, con facultad para nombrar capellán. Dentro de las capellanías se distinguían dos tipos: las eclesiásticas, integradas como beneficios en el patrimonio de la iglesia, y las memorias de misas o patronatos de legos. A este último tipo pertenecía la fundada por Martín Rosillo en la capilla familiar de Santa Ana, pero también otras como la fundada por Tristán Pallarés en la capilla de San José.

Martín Rosillo Cano nombraría de las dos capellanías fundadas vía testamentaria como patrones a don Fernando Rosillo Manuel y, en caso de muerte, le sucedería Fernando Rosillo Ramírez; como tercero en la sucesión aparecía Blas Cano de Buedo, vecino de Lezuza. Los tres morirían antes de recibir la herencia. Para ejecutar su última voluntad nombraba como albaceas a varios familiares, que también habían emigrado a Indias, los licenciados Alonso Rosillo, Francisco Rosillo y Juan López de Torres.

El derecho de sucesión en el patronato sería exigido en 1639, que es cuando se depositaría en la caja de difuntos de la Casa de Contratación de Sevilla, por Juan Cano Manuel, hijo de Blas Cano. Como fiadoras se presentaban las dos viudas de los dos primeros patrones: Catalina Rosillo Zalbide y Luisa Cano Manuel, cumpliendo la voluntad testamentaria de Martín que obligaba a depositar fianza que garantizase que el dinero legado, antes de ser entregado (y que por entonces ascendía a 16.500 pesos de plata) se daría en censo a personas legas, llanas y abonadas.

Se hizo una información de testigos para certificar que ambas viudas eran personas abonadas. Gracias a ello, conocemos el montante de la hacienda de las viudas, a caballo entre San Clemente y Lezuza, pero también las alianzas que se forjaban en torno a los Rosillo:

como la dicha doña catalina rrosillo çalbide y doña luisa cano manuel mis fiadoras son abonadas en más cantidad de treinta mill ducados, que tienen en casas, viñas, cebadales, heredades, censos, güertas, ganados y o menaxes de casas muy considerables

Más llamativo eran los principales de la villa de San Clemente que acudieron con testigos para certificar la riqueza de las dos viudas: el regidor don Lope de Vera y Alarcón, depositario de la villa, don Rodrigo de Ortega, señor de Villar de Cantos y regidor perpetuo, don Pedro Ortega Montoya, don José Francisco Rosillo Ramírez y Arteaga, alcalde de la hermandad por los hijosdalgo. Era la manifestación política del poder económico logrado a través de la fundación de un mayorazgo por la unión matrimonial, una generación antes, de los antecesores don Rodrigo de Ortega y doña Ana Rosillo.

Los cuatro testigos mencionados reiteraron, ante el alcalde ordinario de San Clemente Juan Rosillo, la calidad de personas abonadas de Catalina Rosillo Zalbide, viuda de Fernando Rosillo Remírez, y de Luisa Cano Manuel, viuda de Fernando Rosillo Manuel. Pero además José Rosillo Remírez y Arteaga, un joven de 21 años, que detentaba el cargo de alcalde de la hermandad, y don Rodrigo Ortega, segundo señor de Villar de Cantos, alguacil mayor de Vara del Rey y regidor perpetuo de San Clemente, pusieron por escrito su propio patrimonio como garantía de ambas viudas. Rodrigo Ortega el mayor, contaba por entonces 46 años, y estaba entrando en el cénit de su posición social, consiguiendo para su hijo dos años después, en 1641, el hábito de caballero de la Orden de Santiago.


Archivo General de Indias, CONTRATACION, 398B, N. 1, R. 7. Bienes de difuntos: Martín Rosillo Cano. 1639-1643

sábado, 19 de septiembre de 2015

Los hermanos del doctor Cristóbal de Tébar

La figura del párroco de San Clemente, doctor Cristobal de Tébar Valenzuela y Origüela, se nos presenta ajena, pero poco a poco vamos desvelando su círculo familiar. Ya nos referimos a su padre y los sucesos de San Clemente de 1553; hemos mencionado a Diego de Tébar, su hermano. Pues bien, sabemos que Diego de Tébar Valenzuela, que había pasado a las Indias en 1569 con el alcalde de corte de la Real Audiencia de Lima, licenciado Altamirano, seguía carteándose con sus dos hermanos residentes en San Clemente, uno de ellos sin duda Cristóbal de Tébar, y con otro hermano residente en Madrid llamado Melchor.
A petición de su hermano Diego, Melchor de Tébar solicitará licencia para pasar a la ciudad de los Reyes en 1575, seis años después que lo hiciera su hermano. Por las informaciones de testigos conocemos que Diego de Tébar para ese año estaba casado muy principalmente, con doña Mariana Aldana y Oviedo, procedente de Almagro,  y que servía vara de alguazil de corte en Lima, que sus padres eran Gonzalo de Tébar y fulana Valenzuela,  y que ambos hermanos se criaron con otros dos en la villa de San Clemente.

Fuente.

ARCHIVO GENERAL DE INDIAS. INDIFERENTE,2087, N. 90. Expediente de concesión de licencia para pasar a Lima a favor de Melchor de Tébar, criado del licenciado López de Sarriá (fiscal del Consejo de Indias), hijo de Gonzalo de Tébar y fulana Valenzuela para vivir con su hermano Diego de Tébar.
Revista del Instituto Peruano de Investigaciones genealógicas. Vols. 7 y 8.1954