El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

HISTORIA DEL CORREGIMIENTO DE SAN CLEMENTE

EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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sábado, 7 de enero de 2017

Altercados, tumultos y luchas banderizas en Santa María del Campo Rus (1580-1586)-IV

Imagen. http://www.ayuntamiento.org/santa-maria-del-campo-rus.htm
Los sucesos de San Mateo de 1582, en los que el alcalde ordinario Martín de la Solana se había enfrentado a la Justicia del Marquesado, representada por el alcalde mayor licenciado Jaramillo, provocaron el apartamiento del poder local del mencionado alcalde. Aún así, las elecciones de primero de enero de 1583, los Gallegos habían conseguido poner un próximo, Francisco Galindo, para compartir el poder con los Rosillos, que, poniendo a Alonso Rosillo como alcalde ordinario por el estado de los hijosdalgo, fueron los principales beneficiados del ostracismo en que cayeron la mayoría de los oficiales del concejo de Santa María del Campo . La revuelta de San Mateo de los vecinos santamarieños contra el gobernador Mosén Rubí de Bracamonte, que había seguido a esa otra del día de Santa Ana, y en la que el pueblo había hecho piña en torno a su alcalde Martín de la Solana, había dejado a la autoridad del Marquesado huérfana de apoyos en la villa de Santa María del Campo. Apoyarse en los Rosillo era demasiado arriesgado, pues los Rosillo eran muy ambiciosos y despertaban muchos odios en la villa. Así, con la elección como alcalde de Francisco Galindo se procuraba un frágil equilibrio de poderes. Pero Francisco Galindo era una figura lo suficientemente débil como para que los Gallego y Ortega no usarán su oficio en favor de sus intereses. Y los Rosillo eran demasiado impetuosos como para no avivar los conflictos. A finales de septiembre de 1582, el alcalde ordinario Alonso Rosillo intentó apresar al licenciado González y a Hernando Gallego Rubio con la excusa de que estaban quebrantando el destierro al que estaban condenados. La respuesta fue que el licenciado González espada en mano hirió a Alonso Rosillo en su intento de apresarle. Ante la pusilanimidad del otro alcalde Francisco Galindo, Alonso Rosillo intentó llevar la causa a San Clemente ante el alcalde mayor, sin duda escarmentado de los recientes sucesos de San Mateo. A hacer las averiguaciones a Santa María del Campo fue enviado el escribano Francisco de Astudillo, que sin duda conocedor del clima alterado de la villa, pasaría de puntillas en su comisión pero fiel a su oficio y amistad con el licenciado Jaramillo reunió cuanta información inculpatoria pudo. Así el licenciado Jaramillo rescantando el caso del alcalde de cañadas y el quebrantamiento de destierro dictaría sentencias ejemplarizantes en diciembre de 1583. La sentencia a cuatro años de galeras contra Hernando Gallego Rubio ya la conocemos, el licenciado González será condenado a dos años de destierro y el alcalde Francisco Galindo a un año de suspensión de oficio y dos de destierro. El problema es que el alcalde mayor, que fue recusado por el licenciado González, se veía impotente para imponer estas condenas, pues no había alguacil que osara pisar la villa de Santa María del Campo para ejecutarlas.

Sin embargo, lo que enturbió especialmente el conflicto fue un acto infortunado de los Rosillo. El bachiller Alejo Rosillo de Mendoza era abogado de la villa de Santa María del Campo, en una información de testigos a pedimento de Catalina de Araque había incluido en el interrogatorio una maliciosa pregunta que insinuaba la ascendencia mora de Gallegos y Ortegas. La acusación de ascendencia mora de Gallegos y Ortegas será una acusación recurrente de los enemigos de estas familias. La descendencia de un moro llamado Macacho volverá a reaparecer en la información de testigos efectuada con motivo de la obtención del hábito de Santiago de Diego de Ortega Guerrero en 1648. Claro que para entonces Ortegas y Rosillos ya habían emparentado y sus dos ramas familiares en San Clemente y Santa María del Campo, haciendo causa común frente  a la acusación vertida contra el padre de don Diego de Ortega; acusación que andaba en los chascarrillos populares, a saber, que había trocado una abuela morisca por otra cristiana vieja. Del mismo modo los Rosillo de Santa María del Campo se habían librado de su pariente Hernando de Sanclemente, morisco cuyo sambenito colgaba de la iglesia mayor de Santiago de San Clemente, al que todos tenían por ascendiente de la familia. Y es que a la altura de mediados del siglo XVII todo el mundo quería olvidar aquel cambiante siglo XVI, donde las alianzas matrimoniales miraban más al dinero que a la limpieza de la sangre; ahora, en el seiscientos, todos preferían olvidar el pasado no deseado propio y el ajeno. Por aquel entonces, el tan manido y actual tema de la memoria histórica era dejar enterrados en el olvido los antepasados con alguna gota de sangre judía o mora, o simplemente cortar las ramas de los árboles genealógicos y en su lugar implantar nuevos injertos.  Pero en 1580, la acusación de ascendencia mora debió doler a Gallegos y Ortegas tanto o más que ver el poder local arrebatado en manos de los Rosillo. A pesar de los expedientes judiciales y condenas sufridas, estas dos familias tenían suficientes influencias y relaciones familiares en toda la comarca como para aceptar un sino adverso.

Los Gallego de acusados tomarían la iniciativa para ser acusadores. Se había mancillado su honra con graves acusaciones de ascendencia mora. Ante el Consejo Real, en el mes de octubre de 1583, se querellaron los regidores Hernando Gallego Patiño, Pedro Gallego Patiño, el licenciado Hernando González Gallego y el alférez mayor Pedro Ortega Montoya, así como sus esposas y hermanas (Elvira Gallego o Posadas estaba casada con el licenciado González y Jerónima Gallego con el alférez mayor Pedro de Ortega), pero también el señor de Montalbo, Pedro Coello Carrillo, casado con Catalina González, y el licenciado Pedro de la Jara, vecino de Cañavate y casado con Ana Gallego, hija a su vez del licenciado González. La idea era que se comisionara al gobernador del Marquesado, como así se hizo, para que entendiera en las injurias de los Rosillo. Pero ni el Mosén Rubí de Bracamonte parecía tener prisa en su cometido ni los Gallego tiempo que perder, así que aprovecharon la presencia de un deudo como alcalde, Francisco Galindo, para meter en la cárcel de la villa, esta vez bien guardada, al bachiller Rosillo. No obstante, saldría pronto de ella por la puerta y bajo el amparo legal de un auto dado por el otro alcalde ordinario, Alonso de Rosillo, y la protección del regidor Cristóbal Rosillo, hermano del alcalde. Los Gallego acudirían de nuevo al Consejo Real, ahora acusando a los tres Rosillos, consiguiendo prisión del bachiller Alejo Rosillo, sobrino de Alonso y Cristóbal e hijo de una tercer hermana llamada Mencía López, durante dieciséis meses y apartar del poder local a los hermanos Alonso y Cristóbal Rosillo.

Los Rosillo tardarían en reaccionar, mientras su deudo, el bachiller Alejo, letrado e hidalgo, veía pasar los días en la cárcel de Santa María del Campo sujeto con dos grillos. Solo en septiembre de 1584, convencidos de la inutilidad de las acciones del gobernador, acuden al Consejo Real pidiendo amparo, que obtendrán en marzo del año siguiente, cuando se le ordena al gobernador que saque al bachiller Rosillo de la cárcel de Santa María del Campo y lo traslade a la de Quintanar del Rey. La respuesta del licenciado González Gallego cuando se le notificó la provisión del Consejo Real ordenando el traslado del bachiller fue de altanería: puesto que se había cometido al gobernador para tal misión, que se presentará él mismo y no mandara alguaciles ni al alcalde mayor Jaramillo, recusado por no respetar la primera instancia de la villa. El bachiller Rosillo conseguiría salir de la cárcel un trece de marzo, pero con fianza de dos mil ducados, para ser trasladado a la cárcel de Quintanar. Era suficiente, desde Quintanar podía organizar su defensa, acusando a los Gallego de no obedecer las comisiones otorgadas por el Consejo Real a la justicia del Marquesado.

Los Gallego, acusados y condenados por la justicia, no parecían temerla en exceso, aunque prudentemente se habían ausentado de sus domicilios cuando los alguaciles hicieron acto de presencia en Santa María del Campo para llevarse al bachiller Rosillo a Quintanar y seguían llevando su vida cotidiana sin más alteraciones. Aparte de Pedro Coello y su familia que residía en Montalbanejo, lugar de la jurisdicción de Alarcón, el licenciado González seguía en Santa María del Campo con sus negocios y sus papeles de oficio de abogado, ahora centrados en el pleito del bachiller Rosillo, y Hernando Gallego había ido hasta Cifuentes a comprar trigo para el pósito de la villa. Pero para el 30 de marzo todos estaban en sus domicilios; un día antes el bachiller Rosillo era libre de la cárcel de Quintanar. El alcalde mayor Jaramillo ha decidido actuar de oficio en la causa del bachiller Rosillo y nombrar fiscal en la persona del alguacil mayor del Marquesado Cristóbal Coello. Considera que lo que se pone en duda es la misma justicia real. Los Gallegos guiados por el licenciado González habían decidido convertir el caso particular del bachiller Rosillo en un pleito centrado en la defensa de las libertades de la villa y su jurisdicción propia frente a la intromisión del poder y la justicia real.

En los años cincuenta los gobernadores del Marquesado habían fracasado en su intento de dotarse de un escribano de provincia ante quien pasaran los autos judiciales incoados en las villas donde se hallaran presentes dichos gobernadores. Su fracaso era el triunfo del reconocimiento de la primera instancia de las villas. Ahora en la década de los ochenta la figura de Francisco Pérez de Oviedo, escribano de comisiones del Marquesado se parecía bastante  a esa figura del escribano de provincia, más si tenemos en cuenta que las comisiones encargadas al gobernador o su alcalde mayor eran repetidas en el tiempo, hasta seis para la villa de Santa María del Campo, y sin término de plazo. Las intromisiones continuas del alcalde Jaramillo en los asuntos de la villa y que los pleitos se sustanciasen y juzgasen desde las vecinas villas de San Clemente y Villanueva de la Jara crearon un clima de odio y animadversión a la justicia real en Santa María del Campo. A la generación de ese odio contribuían hechos como el remate de cincuenta fanegas de trigo y cincuenta de cebada embargadas a Hernando Gallego Rubio para pagar los veinte mil maravedíes en que había sido condenado por el alcalde mayor Jaramillo. Trigo y cebada se remataron por valor de nueve reales y medio y tres reales y medio la fanega en favor de Francisco de Astudillo, que actuaba como escribano  en alguno de los juicios de Jaramillo. La subasta además de beneficiar a un hombre próximo a la justicia del Marquesado, Francisco de Astudillo, que nacido en 1560 por entonces contaba veinticinco años, se celebró en la Plaza Mayor de San Clemente, pues en Santa María del Campo no hubo quien se atreviera a pujar por el cereal embargado. Ya el año de antes, el de 1584, considerado como un año de excelente cosecha de cereal en Santa María del Campo (no así en San Clemente deficitaria de trigo por su monocultivo de viñas), el alcalde Jaramillo se había hecho traer para consumo de su casa diecisiete fanegas de trigo y más de cuarenta de cebada. El bachiller Rosillo citaba como curiosidad la calidad del trigo de Santa María del Campo frente al de San Clemente, cuyo trigo era rrubión de menos valor e no tan bueno para pan coçido.

El escribano Francisco de Astudillo es el ejemplo más claro de aquellos oficiales públicos sanclementinos que medraron y se enriquecieron a la sombra del poder. Es el modelo de la nueva élite que aprovecharon su cargo en beneficio propio. Cuando el concejo de Santa María del Campo acuse con ciento veinticinco capítulos en el juicio de residencia, obligado al finalizar su mandato, al alcalde mayor Jaramillo y al gobernador Mosén Rubí de Bracamonte, Francisco de Astudillo defenderá con ahínco la probidad del alcalde mayor en sus cuatro años y siete meses de ejercicio del oficio público. A su entender hombre de probada rectitud que no aceptaba nunca regalo alguno. Francisco de Astudillo hablaba con la autoridad, y complicidad de quien había acompañado al alcalde mayor como escribano durante cuatro años por las villas del norte del Marquesado. El testimonio de Astudillo sería corroborado por otros vecinos de San Clemente como los regidores  Francisco de Pacheco, de 50 años, y Juan de Oropesa, de 48 años, o gente principal como Andrés Granero y Alarcón, de 38 años, o Jerónimo Carrasco de Herreros, de 35 años, y por varios escribanos, entre los que destacamos a Miguel Sevillano, nacido en 1556,  y abogados de la villa como el licenciado Agüero o el licenciado Diego de Montoya. Otros testimonios favorables al licenciado Jaramillo eran parte interesado, como era el caso de dos santamarieños ya conocidos y no ajenos a los disturbios: Alonso Rosillo y el bachiller Alejo Rosillo, su sobrino. Los testigos declarantes, que debían su fortuna a su relación de servicio con el gobernador del Marquesado, constituían un partido de hecho favorable a la política de centralización de la Corona que chocaba con los particularismos de las oligarquías locales. Por supuesto que tal partido se alimentaba también de los miembros de esas mismas oligarquías alejadas del poder local.

El bachiller Alejo Rosillo tenía veintisiete años en 1586 y su testimonio, aunque parcial, nos acerca un poco más al pasado histórico de Santa María del Campo en aquellas fechas. A su juicio la villa estaba tiranizada por el licenciado González sus deudos, enfrentados a la justicia del gobernador del Marquesado de Villena y con tratos en la Corte, donde se había mandado a Diego Baíllo, para tratar que la villa fuera lugar de behetría con posibilidad de elegir quién debía ser su nuevo señor

que fue cosa muy açertada açer contradiçión en corte de su magestad para que no se hiçiese la dicha beetría como en efeto lo pretendían porque si se hiçiera lo que ansí pretendían hera acauar con el pueblo y destruirse los vezinos della si no fuera a los deudos del dicho liçençiado gonçález e consortes como dicho tiene y que llanamente conbino e fue muy nezesaria la contradiçión que fue echa por los demás veçinos de la dicha villa e ansimesmo conbino açerse el gasto que se hizo en la dicha contradiçión para la paz de la dicha villa 

La versión de los Rosillo era totalmente opuesta  a la del licenciado González y parientes, que se presentaban como paladines de los privilegios y primera instancia de la villa. Consideramos que la versión de los Rosillo es más verdadera y, a falta de pruebas, creemos que en el momento que don Antonio del Castillo Portocarrero trocó esta villa por la de Fermoselle, en la Corte se planteó la venta de Santa María del Campo a jurisdicción señorial, si no se hizo fue porque la villa compró su libertad por dieciséis mil ducados, una cantidad demasiado elevada que no evitó que la villa cayera bajo jurisdicción señorial en 1608 de nuevo. Pero a la altura de 1583, una vez comprada la libertad, el debate no estaba en elegir entre jurisdicción real o jurisdicción señorial; a decir del regidor Juan de Toro Remírez lo que los Gallego planteaban era desgajar Santa María del Campo de la gobernación del Marquesado de Villena y su incorporación al partido de Cuenca. Sabemos que hubo una reunión de oficiales y vecinos de Santa María del Campo en la ermita de San Roque para mayo de 1583 en la que se decidió dar poderes a un procurador para acudir a la Corte  a solicitar que la villa se hiciera de behetría y se incorporara al corregimiento de Cuenca

que la dicha villa de santa maría del canpo fuese lugar de beetría e ponello en el partido de quenca

La continuidad de Santa María del Campo Rus en la gobernación del Marquesado de Villena la defendió en Madrid Alonso de Rosillo. En opinión de su hermano Cristóbal, el licenciado González y los Gallegos pretendían exonerarse de la cercana justicia del gobernador y alcalde mayor para aprovecharse en beneficio propio de los propios y alhorí de la villa. La razón que pudieran tener los Rosillo como defensores de la villa de Santa María del Campo la perdieron por su alianza con la justicia del Marquesado. Los errores que cometió el alcalde mayor Jaramillo entrometiéndose en cualquier conflicto de la villa, ya fuera político, de disputas banderizas, o moral era visto como una negación de las libertades de un pueblo cuyo recuerdo de sojuzgamiento señorial bajo los Castillo Portocarrero estaba muy presente. A ellos se sumaba el alto coste que tuvieron para la villa y los inculpados las costas judiciales y salarios llevados por los alguaciles y escribanos enviados por la justicia del Marquesado, vistos por los santamarieños como una lacra cuyo único fin era el enriquecimiento de los oficiales reales. De hecho, la mayoría de los ciento veinticinco capítulos iban en este sentido y las pocas sentencias condenatorias del juez de residencia Noguerol se centraban en los abusos de los alguaciles. Por eso, dada la generalidad de los abusos, en el juicio de residencia contra el gobernador Mosén Rubí de Bracamonte quien se presentó como querellante fue el concejo santamarieño y no personas concretas. Al margen de los Rosillos, siempre fieles a la Corona, firmando los ciento veinticinco capítulos acusatorios estaban juntos los viejos enemigos. Basta enumerar sus nombres para verlo: Pedro de Ortega Montoya y Pedro de Campos, alcaldes ordinarios, y los regidores Alonso Montejano, Fernando Gallego Patiño, Pedro Redondo, Cristóbal de Chaves, Juan Rubio, Andrés Redondo, Francisco de Villagarcía Salas, el síndico Francisco Galindo y el bachiller Jerónimo de Mendiola. Entre los apellidos sólo echamos de menos a Martín de la Solana y su hijo. Sus nombres desaparecen de esta historia tras la actitud gallarda del padre el día de San Mateo de 1582, guiando al pueblo para hacer frente al alcalde mayor. Creemos que su desaparición en los papeles no es casual y que su actitud desinteresada de defender las libertades de la villa la pagaron  con algo más que su marginación.

Poco importa que Mosén Rubí de Bracamonte y su alcalde mayor, el licenciado Jaramillo, salvo alguna pena pecuniaria menor, fueran absueltos de casi todos los capítulos acusatorios, pues su fracaso como gobernantes era evidente. Fracaso doble, pues Santa María del Campo Rus tuvo una integración tan precaria como corta en la gobernación del Marquesado de Villena y la propia institución de la gobernación de lo reducido del Marquesado de Villena desaparecía para siempre. Los gobernadores fallaron como reclutadores militares en la guerra de las Alpujarras y fallaron como recaudadores de las rentas reales, sustituidos por el administrador Rodrigo Méndez. Ahora fallarían como garantes de la paz social y de la prerrogativa regia a la hora de impartir justicia. La gobernación estaba muerta: su división en dos corregimientos con respectivas sede en San Clemente y, de hecho, en Albacete (la capital oficial era Chinchilla), venía a reconocer una realidad ya presente desde hacía años: ¿acaso no reconocía el gobernador Mosén Rubí de Bracamonte, con residencia entre Albacete y Almansa, que desconocía el quehacer diario de su alcalde mayor Jaramillo, residente en San Clemente y distante catorce leguas?


Archivo General de Simancas. Cámara Real de Castilla. Juicio de Residencia de mosén Rubí de Bracamonte. Exp. 311. Pieza 8 bis y pieza 9. 1586

lunes, 12 de septiembre de 2016

Situado de Juan Rosillo en las rentas reales del Marquesado de Villena

El apunte mostrado en la imagen inferior muestra el situado o la pensión que anualmente disfrutaba, a cargo de las rentas reales, Juan López Rosillo, vecino de San Clemente, llamado el reductor del Marquesado de Villena. El montante total ascendía a 15.000 maravedíes.
Moneda de dos mrs., época de los RRCC
Juan Rosillo se nos presenta en esta época como un defensor de los intereses y patrimonio de la corona en la zona. Sus denuncias e informes dan lugar a que se expidan cartas reales comisionando al gobernador del Marquesado de Villena o al corregidor de Murcia para que entiendan en diferentes situaciones en defensa del patrimonio regio.





Juan Rrosyllo, quinze myll mrs.        xv (mil)





AGS, EMR, leg. 70. Relación de las rentas reales del Marquesado de Villena y Reino de Murcia. 1499-1500

sábado, 4 de junio de 2016

La infame memoria de Luis Sánchez de Origüela.

Mencionar el nombre de Luis Sánchez de Origüela y recordar las gotas de su sangre judía que podía llevar cualquier sanclementino era la mayor afrenta que podía sufrir cualquier vecino de la villa. Una sola gota de su sangre en las venas podía acabar con las aspiraciones de cualquiera que quisiera ocupar una posición principal en la villa, pero también un golpe a su buen nombre, a su honra y a su consideración de cristiano viejo. Y sin embargo eran muchos los que participaban de esta sangre; incluso los descendientes de Juan López Rosillo, el reductor del Marquesado, se hallaban contaminados. No es extraño, que cuando Juan de Rosillo, alcalde ordinario el año 1641, lanzó un furibundo ataque contra Francisco de Astudillo Villamediana, sacará a colación una retahíla interminable de parientes judíos del susodicho, penitenciados y relajados, pero evitará mencionar el maldito nombre de Luis. Sí lo hará con motivo del expediente para la obtención del hábito de Santiago de don Rodrigo de Ortega, pero para decirnos que a Luis Sánchez de Origüela lo quemaron por soberbio no por hereje. Todos conocían su historia y su nombre, pues su sambenito colgaba de la puerta principal de la Iglesia Mayor de Santiago. El sambenito denunciaba la herejía, pero ante todo la mezcolanza de una sociedad en rápido crecimiento demográfico, donde todos, adquirido cierto poder, se intentaban presentar como cristianos viejos y donde siempre había enemigos dispuestos a recordar los turbios orígenes sociales de cada cual.

Hoy menospreciamos el valor de los símbolos en aquélla sociedad del seiscientos, pero para los contemporáneos eran muy importantes. Recuerdo que el primer documento que leí sobre la villa de San Clemente, allá por el año 1985, fue un testamento que hoy sería incapaz de situar en los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, por aquel entonces en la Casa de la Cultura. Inmerso en los estudios de las mentalidades y los cambios en la religiosidad, me encontré con este documento tan curioso y su protagonista tan singular. El protagonista era un hombre que, como última voluntad testamentaria, mandaba se le enterrara cubierto por una estera en el suelo de la entrada principal de la Iglesia mayor de Santiago para ser pisoteado por todos los feligreses; pretendía así redimir su principal pecado en vida: su vanidad en el vestir.

Valga la digresión para entender cómo impresionaban en aquella sociedad las imágenes visuales o los simples gestos rituales. Todavía en 1641, ciento veinticuatro años después de su muerte, se conservaba colgado a la entrada de la Iglesia de Santiago el raído sambenito del quemado Luis Sánchez Origüela. Hasta allí fueron los comisarios del Consejo de Órdenes, don Antonio Pimentel y Sarmiento y don Andrés de Nieva y Salazar, un veinticuatro de abril de 1641, con motivo de la pruebas para el hábito de Santiago del III señor de Villar de Cantos, encontrando fijado en la puerta principal de la Iglesia el mencionado sambenito:

sambenito que está fixado sobre la puerta principal de la iglesia mayor de esta billa que mira a medio día ... 
"Luys Sánchez de Origüela vecino de San Clemente hereje y judaiçante quemado año de mil i quinientos i diez i siete"

(AHN. ÓRDENES MILITARES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 6008. Don Rodrigo de Ortega y Monteagudo. 1641, fol. 182)*

¿Sería aventurado decir que la construcción de la fachada norte de la Iglesia de Santiago esconde la intención de ocultar la infame memoria de Luis Sánchez de Origüela y su sambenito? Ese lienzo de muro corrido de la Iglesia de Santiago que da su espalda a la plaza del ayuntamiento nos parece el símbolo de una construcción celosa de sus secretos que quiere ocultar su pasado a la modernidad.

Las dudas nos surgen a la hora de determinar la verdadera razón del proceso inquisitorial que acabaría con Luis Sánchez de Origüela en la hoguera. La versión de la figura del judío falsamente convertido, que se burlaba de las imágenes de Semana Santa y comía carne los viernes, rivalizaba con la propia versión de los Origüela y sus aliados, que recordaban a su antepasado en la viva memoria oral como víctima de las rivalidades políticas de aquellos años de comienzos del quinientos. Nosotros nos quedamos con esta segunda versión, sin dudar de los orígenes judíos de la familia Origüela.

La presentación de Luis Sánchez de Origüela como víctima de las rivalidades políticas fue recordada por Miguel Sevillano en 1641. Miguel Sevillano, que había nacido hacia 1579 y contaba por entonces sesenta y dos años, fue uno de los hombres más influyentes de la vida sanclementina de la primera mitad del seiscientos. Escribano y regidor del ayuntamiento de la villa, era hijo de forasteros que habían llegado a la villa en la segunda mitad del siglo XVI y ejemplo de hombre hecho a sí mismo. Su proximidad al poder local y al corregidor, su propio oficio de escribano, que le permitía controlar todas las transacciones económicas, y su habilidad para mantener un equilibrio entre las rivalidades de las familias le había servido para medrar personalmente. No faltó alguna afortunada alianza matrimonial. Su padre del mismo nombre, había recibido una rica herencia de su suegra María de Montoya; era hijo de Martín Sánchez de Posadas, que de Socuéllamos había ido a vivir a San Clemente, donde casaría con Elvira Sainz Sevillana, que a su vez, como delatan los apellidos era hija de dos foráneos: Clemén Sainz Sevillano y María Catalana. El caso es que Miguel Sevillano, el hijo, consolidará una gran fortuna personal, en la que no faltará el negocio ganadero, y será determinante en la política sanclementina de la primera mitad del siglo XVII, apoyando la política central del corregidor y ayudando al encubramiento de las dos familias que dominarán los años centrales del seiscientos: Astudillos y Ortegas.

Miguel Sevillano, conocedor como nadie de las rivalidades por el poder, supo presentarnos a Luis Sánchez de Origüela, como una víctima más de las mismas. Exagerando en su defensa como cristiano viejo, acertaría en la valoración política de los hechos ocurridos ciento veinte años antes, aprovechando para lanzar una clara acusación de mestizaje no deseado contra los Rosillo y dudando así de la limpieza de sangre de una familia de las rancias y de abolengo, que hacía de su capilla de Santa Ana el símbolo de su pureza:

preguntado si sabe que Luys Sánchez de Origüela fue relaxado al braço seglar por el Santo Oficio de la Ynquisición y por qué= dixo que el dicho Luys Sánchez de Origüela siendo como era christiano biejo e noble abía tenido algunos enemigos e conspiraron contra él diciendo auía dicho mal de los monumentos de la Semana Santa y abía comido carne en biernes y otras cosas que en aquellos tiempos debieron de sonar mal e por ello fue relaxado y quemado en esta villa año de mill e quinientos e diez y siete y sabe este testigo que el dicho Luys Sánchez de Origüela era como tiene dicho christiano viexo e hidalgo porque era nieto por baronía de Juan González de Origüela caballero de la banda y espuela dorara en tiempo del rey don Juan el segundo e porque era ermano de don Gonçalo de Origüela que casó una hija con hijo de Juan López Rosillo  por donde entró el apellido en casa de los Rosillo

(AHN. ÓRDENES MILITARES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 6008. Don Rodrigo de Ortega y Monteagudo. 1641, fol. 174)

Ser hidalgo, y más en esta zona, no significaba ser cristiano viejo. En San Clemente contaba más la segunda condición que la primera. San Clemente no aceptaba a los hidalgos: nunca tuvo, a diferencia de otras villas, un padrón de hidalgos. Cuando un jovenzuelo llamado Pedro Sánchez de Origüela, el primero de los Origüela, llegó con pretensiones nobiliarias a la villa de San Clemente el 30 de junio de 1455, tuvo que renunciar a ellas para ser aceptado como vecino, además de pagar dos mil maravedíes:

Pedro Sánchez de Origüela el qual fue reçiuido por veçino hidalgo y hauiendo pedido en su petiçión que le metiesen en los ofiçios deste conçejo no se le conçedio hasta que rrenunçiase su hidalguía y él la rrenunçió y con esto fue rresçiuido con condiçión que diese dos mill mrs. para el dicho concexo 

(de la copia de ejecutoria e hidalguía de Pedro González Galindo, folio 12 vº, inserta en el expediente del hábito de Santiago de Francisco de Astudillo Villamediana. AHN. ÓRDENES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 2798)

La renuncia a su hidalguía posibilitó el ascenso de los Origüela a los oficios municipales. Su acceso a las alcaldías está constatada. La participación de esta familia en los cargos municipales en los años previos a la condena de Luis fue muy activa. Dos hijos del primer Origüela accedieron a los cargos de alcaldes ordinarios en 1514 y 1515, Pedro Sánchez de Origüela y Alonso Hernández de Origüela. Por aquella época la lucha banderiza entre familias era el pan de cada día. Don Diego Torrente Pérez ya atisbó algo de esta situación. Los documentos que nos aporta sobre Lope Rodríguez, macero real, nos hablan de la familia Origüela, de los hijos de Pedro, como aliados y hemos de suponer defensores oportunistas de los intereses políticos de los Reyes Católicos. Pero también de las luchas de dos hombres defensores de los intereses reales, Alonso López Rosillo, hermano del reductor del Marquesado, Juan López Rosillo, y Juan López Tendero. No olvidemos que con la hija de este López Tendero, de nombre Elvira, casaría el primogénito de los Origüela, Pedro. Por eso la situación de los Origüela cambia. De perseguidos y solicitadores de seguro y amparo real en 1478, pasan a triunfadores de la vida municipal de la villa de San Clemente en 1491. La situación tras la muerte de Isabel la Católica en 1504 y las dos décadas siguientes desataría las rivalidades. Perona o Herreros y también los Rosillo, en un bando, y Tendero y Origüela, en otro.

Las alianzas y las rencillas entre Rosillo, Origüelas y otras familias se fraguaron en esta época, en la que alternan los odios y matrimonios según los intereses de cada momento. Pero, los odios de los Rosillo (que vienen de estos años ochenta del siglo XV, embarcados en pleitos con los vecinos de Castillo de Garcimuñoz y con la comunidad judía), pudieron más que las alianzas matrimoniales. Y es de suponer que renacerán en la segunda década del quinientos con Alonso López Rosillo, el hijo de Juan, alternando y rivalizando en la alcaldía del pueblo con los Origüela. Dicho de otro modo, Alonso López Rosillo, casado con la hija de un Origüela, rivalizaba y compartía el poder municipal.

En las rivalidades intervino un segundo factor, como fue la marginación del poder local de los hidalgos. Estos en su mayoría se había refugiado en la aldea de Vara de Rey, pero ya en 1480, habían intentado participar en el poder local de San Clemente con matrimonios con las hijas de los vecinos principales sanclementinos. Aunque fueron rechazados en aquel momento, por la exención fiscal que pretendían, los sanclementinos llegados por vía matrimonial a la nobleza.

El conflicto se plantearía años después en la Chancillería de Granada. En los años que van de 1512 a 1519, los hidalgos de San Clemente intentarán vía judicial el acceso al poder local. Curiosamente los Rosillo harán valer su condición hidalga en el pleito, pero no los Origüela ni Alonso López Rosillo, casado con una Origüela, que prefieren seguir controlando el poder municipal desde su condición pechera. La sentencia no vendría hasta 1537, en una época que ya no tenía mucho sentido, pues pocos años después el acceso al poder se haría a través de regidurías perpetuas. Ese mismo año los hidalgos de Vara del Rey conseguían una parcela propia de poder con el título de villa de este lugar y la exención jurisdiccional de la villa de San Clemente. El hecho es que durante todo el primer tercio del siglo XVI, se impidió el acceso al poder, al menos sobre el papel, de varias familias principales, tentados de acceder a él vía matrimonial. Eran los años del inicio de la pujanza de la villa, que recibía numerosos inmigrantes, vecinos de las villas comarcanas o de lejanas tierras.

Es en ese contexto, de una sociedad temerosa de perder su identidad por la avalancha de recién llegados, donde se dan los procesos inquisitoriales contra los Origüela, no sólo en San Clemente, también en su tierra solar del Castillo de Garcimuñoz. Ya en 1510, el presbítero Alonso González de Origüela había sido penitenciado por decir misa sin guardar el ayuno. Los procesos inquisitoriales entre 1518 y 1521 persiguieron a los Origüela tanto en San Clemente como en su villa natal de Castillo de Garcimuñoz. En la Iglesia mayor de esta villa, la de San Juan Bautista, colgarían varios sambenitos de esta familia condenados en esas fechas. La condena de Luis Sánchez de Origüela vino precedida por un cambio en los cargos municipales en San Clemente. que, aparte de la natural rotación del poder, mostraba la marginación de los Origüela: Francisco de los Herreros sustituiría a Alonso González de Origüela como alcalde ordinario en 1516.

Los intentos de aproximación al poder de los Origüela a mediados de siglo, serían respondidos con nuevos procesos inquisitoriales. Entre las condenas de ese momento destaca la de Pedro González de Origüela en 1561, el nieto del quemado Luis, acusado de palabras contra el Santo Oficio e inhabilitado para desempeñar oficios públicos. Conocedor de la inhabilitación y temeroso del Santo Oficio, se hallaba en Córdoba ejerciendo de alguacil.

Hoy planteamos muchas de las rivalidades citadas como hipótesis, el tiempo y la consulta de los documentos de la época nos dará o nos quitará razones. Pero creemos que estamos obligados a plantear hipótesis que animen a la investigación del pasado histórico olvidado de la villa de San Clemente. Las luchas banderizas en las ciudades y villas en Castilla a la muerte de Isabel Católica fue algo común en todas ellas; la lucha por el poder de las oligarquías locales a costa de los recién encumbrados conversos también. Si conocemos estas disputas quizás lleguemos a saber qué fue de San Clemente en 1521 con ocasión de la guerra de las Comunidades.

 Mientras, olvidado y esperando nuestra curiosidad, permanece en una de las estanterías del Archivo Diocesano de Cuenca el proceso de Luis Sánchez Origüela. Su infame memoria que sería recordada durante ciento cincuenta años por las familias rivales sanclementinas como la mancha y raíz infecta de la que había que huir, hoy reposa plácidamente junto a un puñado de legajos. Es un reto y una obligación moral recuperar la memoria de este hombre, víctima de sus ideas y sus ambiciones personales y políticas.

* También en el expediente para la obtención del hábito de la orden de Santiago de Francisco de Astudillo, se puede leer sobre el mencionado sambenito:
hallamos uno con llamas que es el primero de la segunda ilera que dice ansí= Juana Hernández de Astudillo, muger de Pedro Hernández de Hellín vecina de San Clemente hereje judaiçante quemada año 1521= iten hallamos otro sambenito con llamas que es el quinto de la primera hilera y dice ansí= Luis Sánchez de Origüela vecino de San Clemente hereje judaiçante quemado año de 1517 (fol. 123 vº)

viernes, 3 de junio de 2016

La ascendencia conversa de los Ortega y los Marqueses de Valdeguerrero

El licenciado Juan Villanueva Merchante era hacia mediados de siglo XVII comisario del Santo Oficio de la villa de San Clemente. Por el mismo oficio que desempeñaba era muy dado a los árboles genealógicos de los vecinos de la villa y, en concreto, parecía tener especial obsesión por la ramificación del apellido Origüela entre los diferentes linajes de San Clemente. La difusión de estas genealogías entre los contemporáneos era auténtica munición contra aquellos que pretendían llegar al poder local en manos de sus enemigos. Los conocimientos que el licenciado Villanueva tenía del pasado de Francisco de Astudillo Villamediana convirtió su camino para lograr el hábito de Santiago en calvario. Algo parecido le sucedió a don Rodrigo de Ortega y Monteagudo, III señor de Villar de Cantos. Pero don Rodrigo, que participaba del apellido Avilés, contó con el apoyo de los Pacheco, no de todos, en la defensa de su limpieza de sangre e hidalguía; Francisco de Astudillo Villamediana solo contó con su dinero.

En una sociedad con unas familias ricas tan mezcladas, donde primaba más el dinero que la limpieza de sangre, no tardaría en encontrar nuestro licenciado Villanueva sangre judía en la bisabuela paterna de don Rodrigo, Jimena de Llanos Tébar, y en el abuelo materno, Baustista García de Monteagudo. Otros apellidos que daban gloria al linaje, como el de Avilés que los entroncaba con los siglos de la reconquista también fueron objeto de debate. Ocasión tendremos para hablar de ello Reproducimos el testimonio de Juan de Villanueva por su interés para el conocimiento de la participación Origüela en la familia Ortega y, por ende, en sus sucesores, los marqueses de Valdeguerrero. La declaración del licenciado Villanueva nos acerca también a la sucesión familiar de los Rosillo:

En la dicha villa dicho mes i año para la dicha información recibimos juramento en forma de derecho al comisario Joan de Villanueba vecino i natural de esta villa i lo hiço de decir verdad i guardar secreto i dixo lo siguiente

Preguntado si en años pasados a tenido algún pleito con don Rodrigo de Ortega, padre del pretendiente vecino de esta villa i sobre qué materia i de que se originó: dixo que abrá cinco o seis años poco más o menos que don Fernando Rosillo natural i vecino de la villa de Leçuça diócesis de Toledo capituló a este testigo en el Consejo Supremo de la Inquisición imputándole abía echo áboles de  genealogías de todos los linages de esta villa de San Clemente i veinte leguas en su contorno quiándoles la onrras y este pleito debió de fomentar don Rodrigo de Ortega padre del pretendiente por ser primo segundo del dicho don Fernando u el origen fue según piensa este testigo por auer ellos entendido que este que declara auía dispuesto contra la limpieza de don Alonso de Rosillo pretendiente residente en Indias hermano entero del dicho don Fernando Rosillo que pretendía ser comisario del Santo Oficio

Preguntado si sabe obtuviese el dicho Alonso Rosillo el título de comisario i que se despachasen las pruebas en su fabor dixo que Alonso Rosillo natural de esta villa i abuelo del dicho  Alonso Rosillo pretendiente de la dicha comisiatura casó en Alcaraz con Veatriz Cano abuela ansimesmo del dicho Alonso Rosillo pretendiente de comisiatura i a entendido que este testigo que se probó por dicha Veatriz Cano tenía ascendientes penitenciados con sanbenitos en la dicha ciudad de Alcaraz i que no saldría con su intento el dicho Alonso Rosillo demás que por auer de hacerse el despacho en Murcia i residir como dicho tiene en Indias puede auer salido sin que este testigo lo sepa i que dicho don Rodrigo Ortega pretendiente no es descendiente de dicha Veatriz Cano y preguntando por donde tienen el parentesco de primos segundos que lleba de esto dixo que Joan Rosillo que llaman el reductor del Marquesado de Villena tuvo entre otros hijos a Fernando Rosillo que casó con Elvira González en San Clemente i estos entre otros tubieron a Alonso Rosillo i Fernando Rosillo y este Fernando Rosillo casó en Bara de Rei con María de Gabaldón= y estos tubieron entre otros a doña Ana Rosillo abuela paterna del pretendiente i dicho Alonso Rosillo abuelo i dicho Alonso Rosillo abuelo del dicho Alonso Rosillo que pretendiente de la comisiatura que como dicho es casó con Beatriz Cano era hermano de Fernando Rosillo padre de la dicha doña Ana Rosillo i así por lo Rosillo son primos segundos como lleba dicho sin tocarle nada de la dicha Veatriz Cano=

Preguntado si al dicho don Rodrigo de Ortega le toca el apellido de Origüela i si tal apellido es limpio sin raça ni mezcla de moro judío ni converso en ningún lado por remoto i apartado que sea= dixo que el dicho pretendiente don Rodrigo de Ortega es hijo de don Rodrigo de Ortega i doña Ines de Ortega i nieto de don Rodrigo de Ortega i de doña Ana Rosillo: y dicho abuelo fue hijo de Francisco de Ortega i Joana Ximénez de Llanos i esta Joana Ximénez fue hija de Cristóbal de Tébar i de Ginesa de Llanos: i dicho Cristóbal fue hijo de Pedro Sánchez de Origüela i de Ana de Tébar natural de la villa del Castillo i dicho Pedro Sánchez de Origüela fue hijo de Pedro Sánchez de Origüela el primero de este apellido que vino a esta villa de la del Castillo i allí que es su origen se sabrán las calidades a que por aora  se remite=

Preguntado si por otra parte toca al pretendiente dicho apellido de Origüela dixo= que Bautista García abuelo materno del pretendiente fue hijo de Antón García i de María de Tébar i esta fue hija de Cristóbal de Tébar i de Ginesa de Llanos de manera que el abuelo paterno y materno del pretendiente eran primos hermanos por lo Origüela: y la decendencia del dicho Cristóbal de Tébar ya la tiene dicha= y preguntado si los apellidos de Tébar, Llanos  Origüela i Rosillo es limpio dixo que los Rosillos y Llanos son de esta villa i los tiene por limpios de toda raça: i que para los Origüela y Tébar se remite al Castillo donde son originarios donde se podrá probar la verdad= i preguntado si del dicho Pedro Sánchez de Origüela de quien deciende el pretendiente ay algunos decendientes con actos positivos de limpieza dixo= que Pedro González Galindo vecino de Madrid i natural de esta villa fue familiar del Santo Oficio i este tiene un nieto hijo de Francisco María Piquinoti del háuito de Alcántara: i fray Pedro de Tébar religioso franciscano i fray Bartolomé de Tébar de la orden de San Agustín consultores del Santo Oficio i lo fue don Gaspar de Garnica prior de Santiago i don Francisco de Montoya vecino de esta villa es familiar: i un hijo suyo don Diego de Montoya fue del háuito de San Joan i don Alonso de Montoya sobrino del dicho don Francisco es Inquisidor de Murcia todos los cuales son descendientes de Pedro González de Origüela el primero que vino a esta villa i Aldonça Sánchez su muger cada uno en grado diferente pero todos dentro del sesto y el pretendiente es quinto nieto del dicho Pedro Sánchez de Origüela que para que conste de los grados y actos positiuos le pedimos hiciese un árbol y lo dixo lo daría firmado de su nombre i juro sería cierto i verdadero leyósele lo ducho ratificóse en él i lo firmó

Don Antonio Pimentel i Sarmiento (rúbrica)
Licenciado Juan de Villanueva Merchante (rúbrica)
Don Andrés de Nieba Salazar (rúbrica)


Árbol genealógico

1.-Pedro Sánchez de Origüela natural de la villa de Castillo de Garcimuñoz vino a San Clemente y casó con Aldonça Sánchez

     2.- Gonzalo de Origüela casó en Albacete con Leonor González

                   3.- Gonzalo de Origüela casó en el Castillo casó con Francisca Fernández de Valenzuela
                          4.- Hernando de Avilés casó en San Clemente con doña Juana de Valderrama
                                 5.- Don Gaspar de Garnica, prior de Santiago y calificador Sto. Oficio

    2.- Pedro Sánchez de Origüela casó iº en San Clemente con Elvira López Tendero i 2º en el Castillo con Ana de Tébar

                    3.- Gonzalo González de Tébar casó en el Castillo con María de Araque Valenzuela
                           4.- Diego de Tébar casó con doña María Aldana
                                 5.- Fray Pedro de Tébar religioso franciscano calificador Sto. Oficio

                    3.- Christóbal González de Tébar casó en San Clemente con Xinesa de LLanos
                          4.- Bartolomé Llanos de Tébar casó en S. Clemente con Dª Gerónima de Garcilópez
                                 5.- Fray Bartolomé Llanos de Tébar religioso agustino calificador Sto. Oficio 
                          4.- Joana Ximénez de Llanos casó en S. Clemente con Francisco de Ortega
                                 5.- Don Rodrigo de Ortega casó con doña Ana Rosillo
                                        6.- Don Rodrigo de Ortega casó en San Clemente con doña Inés de Ortega
                                              7.- Don Rodrigo de Ortega que pretende un hábito de Santiago

                     3.- Pedro Sánchez de Origüela casó en Santa María de Campo con María Galindo
                          4.- El licenciado Pedro González Galindo casó en San Clemente con Isabel García de Monteagudo
                                  5.- Pedro Galindo familiar del Sto. Oficio casó con doña María de Tébar
                                        6.- Doña Antonia González de Tébar casó en Madrid con Francisco María Piquinoti
                                              7.- Don Benito Piquinoti del hábito de Alcántara

    2.- María Sánchez del Origüela casó en el Castillo con Gabriel Caballón

                     3.- María Sánchez de Origüela casó con el Castillo con Gabriel de Caballón
                          4.- Juan de Caballón casó en el Castillo con Inés Sánchez
                                 5.- Isabel de Caballón casó con Juan de Montoya
                                         6.- Don Pedro de Montoya casó en el Castillo con doña Ana Fernández   Cobos
                                               7.- Don Francisco de Montoya familiar del Santo Oficio casó en   Cuenca con doña Isabel de Salazar
                                                        8.- Don Diego de Montoya del hábito de San Juan
                                               7.- Don Pedro de Montoya casó en Cuenca con doña María Ana de Salazar
                                                       8.- Don Alonso de Montoya inquisidor de Murcia
                       
     2.- Alonso de Origüela
                              .... Rama de los Astudillo.


AHN. ÓRDENES MILITARES. CABALLEROS DE SANTIAGO. Exp. 6008. Don Rodrigo de Ortega y Monteagudo. 1641, fols. 62-64 vº. (Árbol geneálogico del licenciado Villanueva en folio 258 rº)

miércoles, 20 de abril de 2016

Martín Rosillo Cano: las memorias de la capilla de Santa Ana (II)


Martín Rosillo Cano añoraba su villa natal de San Clemente, pero también deseaba que su memoria y recuerdo perseveraran en su pueblo y, en especial en la capilla familiar de Santa Ana, para ello dispondrá que allí se coloque una figura devocional de San Martín y diversos objetos y ornamentos religiosos para dar mayor brillo y ornato a la capilla de los Rosillos; tampoco se olvidó en su testamento de sus familiares:

Ansimismo el dicho licenciado Martín Rosillo mandó se impusiesen otros dos mil pesos para que los cumplimientos que resultasen fuesen para el tal el patrón= más se remitiesen otros tres mil y setecientos y cinquenta pesos todo ello horro de costas y se distribuyesen en la forma siguiente = quinientos pesos para una imagen de San Martín obispo de bulto estofado y dorado que se pusiese en la capilla de los Rosillos, un cáliz dorado con su patena y un ornamento, casulla, dalmáticas, frontal y manteles= cien pesos para alcançar el jubileo y altar priuillegiado= ducientos y cinquenta pesos para mil misas reçadas y se digan en el señor San Francisco de San Clemente quinientas; otras quinientas el padre Mº  fray Martín de Zaluide su sobrino de la orden de Santo Domingo y en falta suia se digan todas en San Francisco= iten manda se den ducientos pesos a doña María Rosillo hija del dicho difunto y por su muerte se le digan de misas en San Francisco de San Clemente= yten se den trecientos pesos al dicho padre fray Martín de Zaluide para libros= iten se den mil pesos a doña Catalina Çaluide Rosillo sobrino del dicho difunto y por muerte de ellas a sus herederos= iten trezientos pesos a don Fernando Rosillo hijo de Fernando Rosillo= y otros trezientos pesos a su madre doña Isauel Manuel y por su muerte a sus herederos= iten se den a Blas Cano de Buedo seiscientos pesos, los quinientos para él y los ciento para su hermana y siendo muerto el dicho Blas Cano lo ayan sus erederos: y los cien pesos de su hermana se digan las misas para su ánima y las de sus padres

Las dos memorias constituidas en la capilla de los Rosillos sufragarían sus obligaciones con las constitución de diversos censos instituidos por su patrón Juan Cano Manuel, por entonces alcalde ordinario del estado de los hidalgos en la villa de Lezuza:
  • Un censo contra el licenciado Carretero y el licenciado Matías Carretero y a Isabel Gómez del Abad, vecinos del Bonillo, de 700 ducados y réditos de 12.825 mrs.
  • Un censo contra Pablo el Rubio, vecino del Bonillo, de 5.000 reales y réditos de 250 reales
  • Un censo contra don Gabriel de Encinas y doña Ana Gabaldón, vecinos de la villa de la Roda, de 4.400 reales y réditos de 200 reales.
  • Un censo contra Juan de Aragón Mejía y Joaquín de Aragón y sus mujeres Juana Y Catalina Díaz, vecinos de la Roda, de 7.700 reales y réditos de 13.090 mrs.
  • Un censo contra Bartolomé Jiménez de Contreras y Juana Gómez su mujer y Sebastián Jiménez Cisneros y María de las Casas su mujer, vecinos de la Roda, de 2.200 reales y de réditos 3740 mrs.
  • Un censo contra Diego Vázquez y Catalina Sánchez su mujer, vecinos del Bonillo, de 3.000 reales y 5.000 mrs. de  réditos.
  • Un censo contra Pedro Morcillo y Eufemia Muñoz, vecinos del Bonillo, de 3.300 reales y 5.610 mrs, de réditos.
  • Un censo contra Juan Martínez de la Iglesia y su mujer doña Teresa, vecinos del Bonillo, de 12.000 reales y 20.400 mrs. de réditos
  • Un censo contra Pedro Rubio y su mujer doña Ana de la Hoz, vecinos del Bonillo, de 4.400 reales y 220 reales de réditos.
  • Un censo contra Pascual López Moreno y Juan López Moreno, vecinos de la Roda, de 1.400 reales y 70 reales de réditos.
  • Una carta de pago a favor de doña Catalina Rosillo, vecina de San Clemente, de 9.000 reales
  • Una carta de pago a favor de Mariana Rosillo monja profesa francisca en San Clemente de 1.800 reales
  • Una carta de pago a favor de Bartolomé de Atienza, síndico del convento de San Francisco de San Clemente, de 1800 reales por el pago de 1.200 misas y otra carta de pago de 1.125 reales a favor del mismo Bartolomé de Atienza por 500 misas.
  • Una carta de pago a favor del padre fray Blas Cano, prior del convento de San Agustín de Castillo de Garcimuñoz, de 900 reales por las misas a favor del alma de don Antonio Cano.
  • Dos cartas de pago a favor del padre maestro fray Martín de Zalbide, prior del convento de predicadores del convento de Jaén, de 2.400 reales y 1.000 reales por el pago, en el último caso, por el pago de 500 misas.
  • Dos cartas de pago a favor del presbítero Melchor Cano Manuel y su hermana doña Luisa Cano de 1328 reales cada una 
Las dos memorias fundadas en la capilla de Santa Ana pervivirían en el siglo XVIII y darían a lugar pleitos por la posesión del patronato. Así el pleito entre Tomás Cano de Buedo con otros interesados por el patronato de dichas memorias el año de 1678.


Archivo General de Indias, CONTRATACION, 398B, N. 1, R. 7. Bienes de difuntos: Martín Rosillo Cano. 1639-1643

lunes, 18 de abril de 2016

Martin Rosillo Cano: las memorias de la capilla de Santa Ana de la Iglesia de Santiago

El licenciado Martín Rosillo Cano era de los pocos sanclementinos que podía jactarse de pertenecer a la nobleza más rancia, pues era descendiente del capitán Juan López Rosillo, conocido durante las guerras de la Beltraneja e Isabel la Católica como el reductor del Marquesado.
Pero como tantos otros había escogido el camino de las Indias, tal vez llevado por su vocación religiosa o simplemente obligado por las circunstancias. Otros familiares le acompañarían en la aventura americana y a ellos encargará como albaceas su última voluntad.

El presbítero Martín Rosillo Cano, natural de San Clemente, había fallecido en el Puerto de la Magdalena de Pisco, en el Perú, en 1631, donde había ejercido como cura y comisario del Santo Oficio. Dejara una fortuna de 15.850 pesos de a ocho reales (128.757 reales), que destinará a la dotación

 de dos memorias de misas rrezadas para que por vía de patronadgo de legos se sigan seis misas rrezadas cada semana con su rresponso por su alma y la de sus padres, ermanos, sobrinos, parientes, bienhechores y se an de seruir para siempre jamas en la Yglesia Mayor de la dicha villa (de San Clemente) en la parte y lugar que el difunto lo ordena (en la capilla de Santa Ana de la familia de los Rosillos) y para los demás, efetos, limosnas y obras pías que el dicho difunto ordena por cláusula de su testamento

Además se añadían otras trece misas anuales, una por la festividad de cada apóstol y otra por el día de San Martín, dejando señalada una renta anual de cuatrocientos pesos.

La fundación de capellanías era algo corriente en la época, a través de ellas, el testamentario segregaba la totalidad o parte de su patrimonio para formar con ellos un vínculo destinado a la manutención de un clérigo, obligado por ello a decir un cierto número de misas por su alma o las de otros familiares y cumplir con ciertas obras pías. El patronato de estas capellanías recaía en algún familiar del difunto, nombrado patrón en el testamento, con facultad para nombrar capellán. Dentro de las capellanías se distinguían dos tipos: las eclesiásticas, integradas como beneficios en el patrimonio de la iglesia, y las memorias de misas o patronatos de legos. A este último tipo pertenecía la fundada por Martín Rosillo en la capilla familiar de Santa Ana, pero también otras como la fundada por Tristán Pallarés en la capilla de San José.

Martín Rosillo Cano nombraría de las dos capellanías fundadas vía testamentaria como patrones a don Fernando Rosillo Manuel y, en caso de muerte, le sucedería Fernando Rosillo Ramírez; como tercero en la sucesión aparecía Blas Cano de Buedo, vecino de Lezuza. Los tres morirían antes de recibir la herencia. Para ejecutar su última voluntad nombraba como albaceas a varios familiares, que también habían emigrado a Indias, los licenciados Alonso Rosillo, Francisco Rosillo y Juan López de Torres.

El derecho de sucesión en el patronato sería exigido en 1639, que es cuando se depositaría en la caja de difuntos de la Casa de Contratación de Sevilla, por Juan Cano Manuel, hijo de Blas Cano. Como fiadoras se presentaban las dos viudas de los dos primeros patrones: Catalina Rosillo Zalbide y Luisa Cano Manuel, cumpliendo la voluntad testamentaria de Martín que obligaba a depositar fianza que garantizase que el dinero legado, antes de ser entregado (y que por entonces ascendía a 16.500 pesos de plata) se daría en censo a personas legas, llanas y abonadas.

Se hizo una información de testigos para certificar que ambas viudas eran personas abonadas. Gracias a ello, conocemos el montante de la hacienda de las viudas, a caballo entre San Clemente y Lezuza, pero también las alianzas que se forjaban en torno a los Rosillo:

como la dicha doña catalina rrosillo çalbide y doña luisa cano manuel mis fiadoras son abonadas en más cantidad de treinta mill ducados, que tienen en casas, viñas, cebadales, heredades, censos, güertas, ganados y o menaxes de casas muy considerables

Más llamativo eran los principales de la villa de San Clemente que acudieron con testigos para certificar la riqueza de las dos viudas: el regidor don Lope de Vera y Alarcón, depositario de la villa, don Rodrigo de Ortega, señor de Villar de Cantos y regidor perpetuo, don Pedro Ortega Montoya, don José Francisco Rosillo Ramírez y Arteaga, alcalde de la hermandad por los hijosdalgo. Era la manifestación política del poder económico logrado a través de la fundación de un mayorazgo por la unión matrimonial, una generación antes, de los antecesores don Rodrigo de Ortega y doña Ana Rosillo.

Los cuatro testigos mencionados reiteraron, ante el alcalde ordinario de San Clemente Juan Rosillo, la calidad de personas abonadas de Catalina Rosillo Zalbide, viuda de Fernando Rosillo Remírez, y de Luisa Cano Manuel, viuda de Fernando Rosillo Manuel. Pero además José Rosillo Remírez y Arteaga, un joven de 21 años, que detentaba el cargo de alcalde de la hermandad, y don Rodrigo Ortega, segundo señor de Villar de Cantos, alguacil mayor de Vara del Rey y regidor perpetuo de San Clemente, pusieron por escrito su propio patrimonio como garantía de ambas viudas. Rodrigo Ortega el mayor, contaba por entonces 46 años, y estaba entrando en el cénit de su posición social, consiguiendo para su hijo dos años después, en 1641, el hábito de caballero de la Orden de Santiago.


Archivo General de Indias, CONTRATACION, 398B, N. 1, R. 7. Bienes de difuntos: Martín Rosillo Cano. 1639-1643