El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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martes, 12 de septiembre de 2017

Santa María del Campo Rus según Tomás López (1787)


Descripción de Santa María del Campo Rus según el Diccionario Geográfico de Tomás López (1787):

La villa de Santa María del Campo Rus tomó su denominación de una hermita antigua de Nuestra Señora de la Concepción que havia en la situación donde se halla el conbento de religiosos calzados de la Santísimo Trinidad, muchos años antes que hubiese casas ni población (Fray Francisco de la Vega y Toraya, en la 2ª parte de las Crónicas de la Religión de la Santísima Trinidad. Libro 556). No se hallan documentos del villazgo, pero por los años de quatrocientos y sesenta se registran algunos papeles en la que la apellidan villa. Por los años de 1564 era propia de Don Antonio del Castillo Portocarrero; después se redimió y últimamente se vendió segunda vez de 1608 a Don Diego Fernando Ruiz Alarcón, del Consejo de Su Majestad, y por herencia se halla en la Casa del Excelentísimo señor duque de Granada de Ega, conde de Xavier, con jurisdicción alta, vaja, mero mismo imperio y actualmente consta de 490 y se gobierna por dos alcaldes ordinarios que elige el señor a propuesta de la villa.


Ay una sola iglesia parroquial, sin anejo, con la advocación de Nuestra Señora de la Asunción. Extramuros de esta población y mui inmediato a ella está fundado desde el año de 1564 el conbento de los religiosos calzados de la Santísima Trinidad, con los privilegios del señor rey Felipe Segundo y del señor don fray Bernardo de Fresneda, obispo de Cuenca. Su iglesia es de vella fábrica y primor, su advocación Nuestra Señora de la Concepción cuya hermita y territorio cedieron el señor y la villa a la religión. En dicha iglesia se venera la prodigiosa imagen del Santo Cristo del Buen Temporal, de vulto de medio cuerpo desnudo, heridas las carnes, coronado de espinas, abiertas las manos y elevados los ojos al cielo, dávida de la señora doña Mariana de Austria, madre de Carlos Segundo a fray Diego Jacinto Galindo, religioso trinitario natural de dicha villa y confesor de la familia real. Dentro de la población se halla situado el santo hospital de Nuestra Señora del Amparo, patrona de la villa, que se venera en su hermita pequeña, situada en proporción para que puedan oir el santo sacrificio de la misa los pobres enfermos que se admiten de todas parte, y para su manutención y medicinas está agregado el medio beneficio servidero de esta parroquia y heredad de tierras, que todo compondrá la cantidad de quatrocientos ducados, poco más o menos.

Está distante de esta población, su capital la ciudad de Cuenca, diez leguas al levante, y dos leguas de distancia se miran las villa de Onrrubia y el Cañabate al mediodía, y a la distancia de tres leguas San Clemente, una legua y al poniente la villa de La Alverca, y otra legua y al norte la de el Pinarejo. La extensión de su término de levante a poniente es de una legua y diez partes de un quarto de otra. De mediodía al norte de legua y media, y de circunferencia, poco más o menos, de cinco leguas, regulada cada una por diez mil varas o pasos castellanos, y todo su término asciende a la cantidad de veinte y siete mil ciento quarenta y tres almudes, poco más o menos, según consta de las operaciones de la Unica Contribución.

Un pequeño arroyuelo de aguas saladas que no tiene denominación nace a la parte de el norte de este término y corre por junto la población hacia el mediodía; sale de esta comprensión por la casa del Villar de Caballeros, y se une en el Término de San Clemente por el que vaja desde la villa de El Cañabate.

Carece este territorio de montes y vosques, y sólo ay unas huertas pequeñas que no producen suficientes hortalizas para el avasto del pueblo.

No se halla documento de su fundación, ni armas ni otros monumentos de antigüedad. Se señalan entre los sujetos más condecorados de esta villa los ilustrísimos don Francisco de Alarcón, obispo que fue de Pamplona, y don Pedro Ruvio Benedicto, actual obispo de Mallorca, y el venerable fray Andrés Ruvio, religiosos trinitarios y mui conocido por su vida penitente y repetidos milagros que hobró Dios por su mediación.

En este territorio se coge trigo, cevada, centeno, avena y demás semillas; vino y azafrán medianamente; y por un quinquenio asciende la cosecha del trigo a diez y ocho mil fanegas, la de cevada a nueve mil fanegas, a quatro mil la de centeno y la de avena a diez mil.

En el año de 1782 se estableció en esta villa de cuenta de la Real Hacienda la Real Fábrica de Salitres, que en lo sucesivo puede ser una de las mejores del reyno, así por el excelente salitre que se labra como por la cantidad que puede producir en lo sucesibo.

Las enfermedades que se padecen más comunes son tabardillos, dolores de costado, y en los dos últimos años tercianas malignas. Los niños que han nacido en cada año, regulados por un quinquenio, son ochenta, y los muertos en cada año, por la misma regulación , ascienden a cinquenta y ocho, de que resulta haver veinte y dos más nacidos que muertos en cada año.

No hai en toda la jurisdicción aguas minerales, piedras preciosas ni otra cosa más notable que las ya manifestadas, y en fe de ello y para que conste lo firmé en dicha villa de Santa María del Campo Rus, a 16 de abril de 1787.

Doctor don Benito de la Torre, cura.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Santa María del Campo Rus en 1566: ¿delincuencia común o subversión social?

Santa María del Campo Rus, pueblo levantisco e ingobernable donde los haya, nunca aceptó el dominio señorial de los herederos del mayorazgo fundado por el doctor Pedro González del Castillo. Ya en 1521, con ocasión de las Comunidades de Castilla, don Bernardino del Castillo Portocarrero vio su casa saqueada;  ahora en 1566, parecían repetirse los altercados. La plaza de Santa María del Campo Rus estaba dominada por su Iglesia y las casas palacio de los Castillo Portocarrero. La casa principal de los Castillo Portocarrero, objeto de continuas amenazas, era muestra de la escasa integración de estos nobles en la villa. El castillo de Santiago de la Torre, por contra, era objeto de temor, y con sus mazmorras, símbolo de la opresión señorial.

Los Castillo Portocarrero habían formado un pequeño estado en la zona, formado por la villa de Santa María del Campo Rus y la villa, con su castillo, de Santiago de la Torre. Dicho estado estaba dirigido por un gobernador para la villa de Santa María del Campo y un alcalde mayor para Santiago de la Torre (que actuaba asimismo como alcaide de la fortaleza). Ambos pueblos, desde su concesión al doctor Pedro González del Castillo tenían la condición de villas y presentaban jurisdicciones propias e independientes.
que la dicha villa de Santiago de la Torre no está debaxo de la gouernaçión desta villa de Santa María del Campo porque es jurisdiçión de por sy y es alcalde mayor de la dicha villa el dicho Juan Cano
Un alguacil mayor, junto a un escribano, completaban la organización política establecida por los Castillo Portocarrero. Al mismo tiempo, se respetaba el gobierno local de Santa María del Campo, formado por dos alcaldes ordinarios y dos de la hermandad, regidores, alguacil mayor y otros oficios menores y también se respetaba la jurisdicción propia de Santiago de la Torre, aunque en este último caso, la organización concejil, pensamos que tendería a la desaparición por el poco peso de la villa, asumiendo las funciones de justicia y gobierno el alcalde mayor. Organización concejil tutelada y previamente aprobada por el señor de la villa. El mayorazgo fundado por el doctor Pedro González del Castillo en 1443, incluía como bienes la villa de Santa María del Campo Rus, el lugar de Santiago de la Torre, la heredad de Las Pedroñeras, otra del Robledillo, una casa en Castillo de Garcimuñoz y diversas posesiones en Salamanca: casas en la colación Santa Olalla, cuatro ruedas de aceña en el río Tormes y la heredad de Villorruela, en cuyo lugar se subrogó la heredad de Palacios Rubios.  Don Pedro González del Castillo siempre tuvo especial querencia por la villa de Santiago de la Torre, donde levantó el castillo tal como lo conocemos hoy, de indudables similitudes constructivas a la Torre Vieja, que en San Clemente levantó su hermano Hernán. En la iglesia de Santiago de la Torre pidió ser enterrado, aunque su cuerpo fue trasladado posteriormente a Castillo de Garcimuñoz.

El caso es que para 1566 los Castillo Portocarrero estaban cansados de unos santamarieños cada vez más díscolos. Los incidentes, aun siendo tratados como problemas de delincuencia común, eran desafiantes desplantes al poder señorial. Santa María del Campo Rus tuvo todo el siglo XVI fama de ingobernable. Actitudes agresivas como la de Miguel García arrancando de un mordisco la oreja al alguacil de don Antonio Castillo Portocarrero daban fe de ello. No tardarían los Castillo Portocarrero de deshacerse de los bienes patrimoniales de un mayorazgo en tierras manchegas, causa de molestias y quebraderos de cabeza.

Francisco Moreno, alguacil mayor de la gobernación  de las villas de Santa María del Campo Rus y Santiago de la Torre, llevaba varios días detrás de Miguel García, acusado de matar a uno de los principales vecinos del pueblo: Martín Chaves. Lo encontró una noche de junio, en la calle de la Puerta de la Villa, pero Miguel García, defendiéndose, arrebatándole la espada, se zafó del alguacil, ante la mirada cómplice de una plaza llena de gente. De nuevo, se volverían a encontrar días después, el doce de julio, en el lugar llamado el Pozo de Gil Martínez, camino de San Roque; esta vez, el alguacil sería más expeditivo a la hora de agarrar al fugitivo, pero éste, pasada la primera sorpresa, y ya en la plaza del pueblo, reaccionaría rompiendo la vara de justicia del alguacil y, en un gesto de rabia, arrancando su oreja izquierda de un mordisco. Al alboroto debió acudir el propio Antonio Castillo Portocarrero con sus criados; Miguel, temeroso, se refugió en la iglesia. La iglesia era lugar sagrado, donde la justicia no podía pasar. La iglesia de Santa María del Campo vio, como las de otras muchas villas, retraerse en ella a algunos de sus vecinos perseguidos por la justicia. De hecho, allí se refugiaba un tal Hernando Villagarcía. Poco pareció importar a Juan Fernández, teniente de alguacil y carcelero, a Francisco Moreno, sin oreja y ensangrentado y a otros hombres que pasaron a la Iglesia con intención de detener a Miguel García. Lo ocurrido en la iglesia es digno de aparecer en cualquier novela de aventuras. Juan Fernández, que agarró a Miguel García en la misma puerta de la iglesia e intentó sacarlo de forma violenta, recibió como respuesta un golpe con una piedra que llevaba el huido. El otro delincuente retraído invitaba a Miguel García a encerrarse con él en la sacristía, pero éste veía como se le echaba encima Francisco Moreno, que, entre lamentos y sin oreja, había acudido en persecución de Miguel. Entre refugiarse en la sacristía o hacer frente al alguacil mutilado, Miguel eligió lo segundo al grito de detente bellaco. Esta vez Francisco Moreno fue más expeditivo arrojando su daga, pero errando su blanco, pues la daga acabó clavada en las gradas del altar de Santiago. Miguel respondería, esta vez, tirándole la piedra que llevaba en la mano, sin alcanzar al alguacil.

Que el conflicto era algo más que un problema de delincuencia lo muestra los hechos que siguieron a continuación. Un tal Melchor Rubiales, presente en la iglesia, fue compelido por Juan Fernández a ayudar a detener a Miguel. Pero el mencionado Melchor se puso del lado del preso, gritando a voces favor a la corona, recordando el carácter sagrado del lugar. No era él único en la iglesia que favoreció a Miguel García; allí estaban su hermano Alonso, un tal Alejo Galindo, también refugiado en el templo, y otras personas que siguieron al dicho Melchor en los gritos de favor a la corona. Gritos que demuestran la oposición antiseñorial en el pueblo, que no respetaba los espacios con una jurisdicción privativa, en este caso uno religioso; frente a ellos, los dos alguaciles, Juan Hernández y Francisco Moreno, que contaban con la única ayuda de Juan Rodríguez, repostero de los Castillo Portocarrero, poco podían hacer. Miguel García acabaría encerrándose en la sacristía. Allí continuó hasta que don Antonio del Castillo Portocarrero, acompañado de varios criados, del alcalde ordinario, Francisco de Urriaga, del alcalde de la hermandad, Francisco de Torres, y del alguacil mayor de la villa, Juan del Toro, decidió poner fin a la situación. Con un hacha se derribó la puerta; ante un Miguel García acorralado, don Antonio del Castillo fue el más impetuoso a la hora de arrestarlo, pero fue contenido por el resto de los oficiales que le acompañaban. Miguel García sería conducido a la cárcel con las manos atadas, allí sería sujeto con una cadena y un par de grillos en los pies.

Miguel García fue llevado a la cárcel, primero, juzgado y condenado después, aunque su condena a azotes no se llevó a cabo por la defensa y oposición pública de su padre con la aquiescencia de sus vecinos santamarieños; para finalmente ser llevado a las mazmorras del Castillo de Santiago de la Torre. Hoy vemos esta fortaleza, levantada por el propio doctor Pedro González de Castillo, con cierta pesadumbre al verla en ruinas. Pero en aquel entonces únicamente inspiraba odio y temor. Aunque ni este símbolo de opresión señorial parecían respetar ya los santamarieños, pues por estas fechas la fortaleza era un espacio poco habitable y sin su primigenio uso militar.

Ocho días pasó encerrado Miguel García en las mazmorras del castillo, hasta que en una fuga envuelta en el misterio, y mucho más, en la complicidad de varios convecinos, algunos valedores cercanos, y otros eran hombres que por su oficio debían lealtad a don Antonio del Castillo. En los días sucesivos poco sabemos del paradero de don Antonio Castillo Portocarrero, ausente, mientras Miguel García y sus allegados se paseaban con sus arcabuces y mechas encendidas a plena luz del día, provocando el temor de la justicia del pueblo, que impotente imploraba al Consejo Real que pusiera orden en la villa.

Ya en junio, la situación era muy tensa. Igual que se buscaba a Miguel García, que parecía más ocupado en sus menesteres del campo, otros de los García, como el joven Francisco su sobrino, parecían dispuestos a tomarse la justicia por su mano en la villa. Una noche de junio, haciendo el alcalde Juan Cano de Buedo, el mismo que era alcaide de la fortaleza de Santiago, la acostumbrada ronda nocturna para pacificación y sosiego desta dicha villa, se encontró de bruces con Francisco. El encuentro no respondió a la tranquilidad que buscaba el alcalde, ni se respetaron las pragmáticas que prohibían el uso de armas a partir del tañir de las campanas por la noche ni, lo que era mucho más grave, se respetó la justicia
yendo por la calle donde vive Pero Cano e Martín Blanco, vecinos desta dicha villa en la dicha calle después de aver tañido la canpana de la yglesia desta villa de la queda a Françisco García de Mingo Martín el moço y otro que iva en su conpañía del dicho Françisco Garçía llevavan un arcabuz cargado de polvora e pelota con su mencha ençendida

El clima de tensión que vivía el pueblo lo conocemos por tres testigos, ellos mismos son una muestra de la realidad del momento. Alonso de Rosillo, alcalde de la hermandad, en sintonía con la familia, será un apoyo seguro de los intereses reales en los graves sucesos que la villa vivió por el año de 1583; Pedro de Mondragón es aquel joven sanclementino, hijo de un platero vasco, que vimos enfrentarse a la justicia de su villa en el incidente ya narrado del prostíbulo, y Felipe Vélez, a pesar de su apellido, es uno de esos maestros de cantería vizcaínos que por entonces residían, sin que sepamos por qué, en el castillo de Santiago de la Torre. Francisco García el mozo vivía en casa de su padre, en la llamada calle Nueva; en el incidente de junio, había puesto el arcabuz en los pechos del alcalde Juan de Cano Buedo. Solo la intervención decidida de Pedro Mondragón evitó que el incidente fuera a más. Juan de Cano había iniciado diligencias contra Francisco el mozo, pero llevado por el miedo, había renunciado a proseguirlas, mientras Francisco el mozo seguía en actitud provocadora por el pueblo. Hubo unos días, hasta que Don Antonio Castillo Portocarrero, decide llevar hacia el 23 de julio él mismo la práctica de diligencias para el castigo de culpables, en que el pueblo está sometido a las bravuconadas y a la ley de los García. Incluso el arresto de Miguel García se produce el doce de julio en una situación que, sabiéndose perseguido por la justicia, no parece preocuparle lo más mínimo y realiza sus labores en el campo con toda normalidad. Dicho arresto tiene su causa inmediata en el hecho de que Francisco el mozo se persona en la casa del alguacil Francisco Moreno, arcabuz en mano, a recuperar la espada que previamente el alguacil le ha requisado. Sobre la contumacia de Francisco García el mozo nos da fe el escribano Pedro Gallego; en su testimonio nos presenta a Francisco como un envalentonado que se encomienda a los infiernos, amenaza a sus enemigos con dejarlos muertos a sus pies y con gestos de desafío, tal como hizo delante del teniente de alguacil Juan Hernández, en coger un ascua con la mano para encender la mecha de su arcabuz.

La familia García era temida en el pueblo, especialmente por don Antonio Castillo Portocarrero, al que habían amenazado de muerte varias veces. Razones tenía para ello, pues los oficiales que él mismo ponía eran objeto de las iras de los García de Mingo Martín, que era como les gustaba llamarse al clan.  Miguel García tenía mala fama, ya no solo por matar hacía año y medio a Martín Chaves, también como estuprador de doncellas y provocador de altercados, así cuando apaleó tiempo atrás a un cobrador de la limosna de Nuestra Señora de Monserrate. Junto a su sobrino Pedro, ya había herido al alcalde Pedro Martínez Rubio, y no se echaba atrás en sus insultos y amenazas de muerte contra don Antonio Castillo Portocarrero. Con fama de bravucones, los García se habían convertido en la bestia negra de la nobleza regional. Se jactaban de haber liberado a un santamarieño llamado Andrés Rubio, retraído en la iglesia de Castillo de Garcimuñoz, por una pendencia con un Melgarejo. La hazaña de los hermanos Francisco y Miguel García fue reivindicada por ambos como ejemplo de que únicamente dos santamarieños valían tanto como todos los vecinos de Castillo de Garcimuñoz. Si Miguel García era bravucón no se quedaba atrás su madre, Francisca Redonda, que reconocía que su hijo salía por las noches a practicar el tiro y amenazaba al alguacil mayor de la villa, Juan del Toro, el día que bajaba con el asno por la calle del licenciado González para someter a vergüenzas públicas y azotar a su hijo, que quien osara meterse con su hijo no quedara coxón de ellos. 

Aunque más que de altercados hay que hablar de insubordinación a la autoridad de Antonio del Castillo Portocarrero. En opinión de Ruy González de Ocaña, gobernador del señor en la villa, Miguel García y sus próximos eran un mal exemplo de la rrepública y sus actos iban contra la lealtad e rreverencia que como vasallos deven. Y es que a mediados de julio se había producido un conato de rebelión en la villa. Al conocerse la noticia que don Antonio,el mismo día de la detención de Miguel García, había hecho traer una bestia, a cuyos lomos iba a someter a verguenzas y escarnios públicos al preso; los García, acompañados de otros amigos y valedores, provocaron grandes escándalos, amenazando a su señor y a sus justicias. Amenazas de palabra, pero también se les veía con los arcabuces en la mano rondando por la villa en busca de su señor y de las justicias del pueblo para matarlos. Don Antonio Castillo no se arredraba: formalizó un proceso judicial contra Miguel García de doscientas noventa y ocho hojas, lo encerró con grillos y cadenas e intentó azotarlo después de someterlo a escarnio público. Pero eran muchos los que en el pueblo se le oponían y muchos los que intervinieron en la liberación de Miguel García. Don Antonio Castillo decidió abandonar Santa María del Campo, mientras sus afines permanecían escondidos y encerrados en sus casas. No era para menos, los García se movían en Cuenca para conseguir la excomunión de Antonio Castillo y sus justicias por haber profanado el espacio sagrado de la iglesia y su jurisdicción privativa. La justicia del lugar había sido sustituida por paisanos que rondaban las calles, armados con arcabuces.

Castillo de Santiago de la Torre
La liberación de Miguel García de las mazmorras del castillo de Santiaguillo, tal como la conocemos hoy, fue novelesca. El preso había sido llevado, encadenado en un carro, desde la cárcel de Santa María del Campo al castillo de Santiago de la Torre por el alguacil Juan del Toro y varios guardas, que lo entregaron al alcaide de la fortaleza Juan Cano de Buedo. Allí quedó encerrado en una mazmorra, con dos pares de grillo y la vigilancia de un guarda llamado Juan de Torres. Aunque, contraviniendo las órdenes de don Antonio Castillo, se le quitó la cadena. Miguel García fue encerrado en la mazmorra, sita en lo hondo de la torre de la fortaleza, que era un habitáculo con un único agujero en la parte superior, desde donde se bajaba al preso con una cuerda. Sobre el techo de la mazmorra había una primera pieza y desde aquí por unas escaleras se accedía a una piso superior, la cámara de armas, encima de la sala de armas había otras piezas superiores, aunque no se dice cuántas, todas ellas sin puertas y de libre acceso. Los testigos decían que para sacar a un hombre de la mazmorra eran necesarios otros tres o cuatro hombres tirando de una soga. Difícilmente podía escapar de allí el preso, aparte que el acceso exterior a la torre donde se hallaba era por una puerta con llave y un guarda de vigilancia. Sin embargo, la vigilancia del preso parecía relajada, pues recibió la vista de sus padres y cuñada al menos dos veces, que le llevaban comida, en la que no faltaba la carne y el vino, ropa, sábanas y un almadraque (colchón pequeño) y almohada de lana. Las visitas eran habituales, sobre todo, de la madre y su cuñada, que acudían hasta Santiago con un cherrión (carro de la época). Para el día de Santiago, el preso recibió la visita de su padre y una sobrina llamada Cristina Redonda. Desplazados hasta la fortaleza en un macho y un pollino, llevaron al preso una camisa limpia, una pierna de carne y un pan de una libra. Posiblemente en el pan, esta vez, iba una lima para serrar los grillos de sus pies. Tal vez la lima entró escondida en el pequeño colchón o la almohada, al igual que una soga, o, sencillamente, lima y soga se pasaron al preso a través de una lumbrera en la torre, a poca altura, y que daba luz a la mazmorra. Dicha lumbrera era de cierta anchura, pues por ella metía la cabeza Cristina Redonda, la joven sobrina del reo, de dieciocho años.

El trato de Miguel García en la mazmorra del castillo fue bueno. La mazmorra se limpió antes de meter al preso. Además de sus familiares,que le aportaban compañía, alimentos, vestido e incluso algunos enseres (un escriño y una estera), recibió la visita de otros parientes de El Provencio, tres mujeres y dos hombres que le llevaron melones, agraces y dulces, y la de un clérigo para cumplir con las obligaciones religiosas. Su carcelero Juan de Torres mantenía conversaciones con él hasta pasada la medianoche y su comida era preparada en casa del alcaide Juan Cano. El castillo ya por aquel entonces estaba bastante desangelado. Aparte del preso en la mazmorra y su carcelero, que dormía en el patio de armas, los únicos moradores eran unos vizcaínos, que no estuvieron presentes durante el cautiverio de Miguel García. El alcaide se pasaba durante el día, pero por la noche se quedaba en su casa, permaneciendo en el castillo su hija, durmiendo con un ama vizcaína. Quizás por esta misma existencia sórdida, Miguel García fue sacado de la mazmorra un rato al día siguiente de llegar, que aprovechó para jugar a los naipes con los dos hombres que le sacaron y el propio alcaide Juan Cano, el cual, perdiendo la partida, debió pagar dos ducados al preso. Con el tiempo la vigilancia se relajó, muestra de ello es que los familiares de Miguel García accedieron a la primera pieza de la torre para tratar con él por la apertura superior de la mazmorra y volvieron a hacerlo pero esta vez con total libertad, pues la puerta de la torre estaba abierta, mientras carcelero y alcaide estaban escuchando misa.

Torre en la que estaba encerrado Miguel García,
 delante una parte del lienzo de la muralla desplomada en 2011
Miguel García escapó de su cárcel el día siguiente a la festividad de Santiago, logrando evadirse a través de la lumbrera de la torre con la ayuda de los jirones anudados de una sábana que previamente hizo trizas, o quizás su huida fuera simplemente por la puerta de la torre a la vista de todos. Aunque el alcaide de la fortaleza no dudaba en describir la fuga del preso con un matiz novelesco, cuyo fin no se sabía si era bien para eximirse de toda culpa o bien para realzar la proeza del retenido. Con una soga había ascendido desde el fondo de la mazmorra y utilizando la misma soga, atada al pilar de una ventana geminada de la sala de armas, y una sábana hecha jirones se había descolgado por la pared de la torre. A los testigos, especialmente a los más incrédulos, asombraba la habilidad de Miguel García para lanzar desde el fondo de la mazmorra la soga con un palo atado y más que hubiera quedado atravesado, para hacer de apoyo, en la apertura del techo de la mazmorra y subir hasta él. El tema era objeto de discusión entre los vecinos, aumentando la aureola de Miguel García como un héroe
que el palo que diçen que travesó en la dicha boca de la dicha mazmorra, avía de ser por milagro e no por fuerça echándolo desde abaxo para que se trabesase en la dicha boca, porque syno fue puesto por mano
Así para no aumentar la leyenda de Miguel García se optó por buscar cómplices en la fuga y éstos sólo podían ser los familiares y el guarda de la torre. A falta, pues, de presidiario, le tocó pagar las culpas a su anciano padre, Pedro García. Si su mujer tenía genio, este hombre no lo había perdido a pesar de su vejez. Hasta su casa fue el fiel Juan del Toro a cumplir con las órdenes del señor: pago de cincuenta reales, o embargo de bienes en caso de impago, y prisión del padre del fugitivo. El anciano juramentó a Dios que ni iba a pagar ni a ir a la cárcel, y mucho menos a dejarse arrebatar unas fanegas de cebada como pretendía el alguacil; además sacó a relucir un viejo asunto, maldiciendo a los bellacos y malsines que le habían llevado ochenta reales por echar un asno a las yeguas. Amenazante se mesó las barbas diciendo que ni el alguacil ni su teniente eran hombres para él y que si tuviera las barbas prietas como las tengo blancas aún fuera el diablo. El gobernador ordenará después al alcalde de la hermandad de la villa, Francisco de Torres, para que acompañado de los alguaciles llevaran preso a la cárcel a Pedro García. De nuevo los alguaciles se personaron en la casa de Pedro García para embargar unos costales de cebada, encontrándose con la oposición de su mujer que atrancó las puertas y agredió al alguacil Juan Hernández. Francisca Redonda seguiría a su marido en el mismo destino. Uno y otro, dos ancianos, serían atados con grillos y una cadena. Era un cinco de agosto de 1566. Diligencias similares se llevaron a cabo en la casa del hermano de Miguel, en busca de su sobrino Francisco, pero éste ya se hallaba huido y ni siquiera aparecía amenazante por el pueblo, tal vez había ayudado a la fuga de su tío. Aunque más bien su huida responda al temor a las represalias, pues en un primer momento se refugia con su padre, también en fuga, en el convento de frailes trinitarios. Posteriormente ambos, junto a otro hermano, Alonso García, abandonarán la villa.

Pero hasta ese momento, el pánico se apoderó del pueblo. A los García, bien al fugitivo Miguel o bien a su hermano Francisco y a su sobrino Francisco el mozo, se les veía por las calles con arcabuces o perjurando que iban a matar al señor de la villa o profiriendo sus amenazas en el monasterio de trinitarios de Nuestra Señora de la Concepción, donde se solían esconder, hasta que los frailes atemorizados los echaron. Por un momento la historia de estos días de Santa María del Campo es un anticipo de la España del bandolerismo del siglo XIX, donde los delincuentes tienen cierta aureola de defensores del bien común frente a los poderosos. Ahora, la colisión de intereses es más simple: los agricultores acomodados aguantan cada vez menos las presiones señoriales de los Castillo Portocarrero.

Si la figura de Miguel García es la del campesino afrentado que se ve inmerso en un proceso judicial, visto por el interesado y su padre como un escarnio público, ante sus convecinos, que mancha el buen nombre y honor de la familia. La figura de Francisco García el mozo sobrepasa a la de su tío y su abuelo, va más allá, pues pretende simple y llanamente matar al señor de la villa, como única forma de reparar el honor familiar. Con él, arrastra a toda la familia. Es entonces, cuando don Antonio del Castillo Portocarrero, consciente del peligro subversión que corre la villa, publica su edicto contra Francisco el mozo; el mismo edicto es pregonado en la plaza pública. Va contra el delincuente pero va dirigido a todos los vecinos, como señal de advertencia
Sepan todos los veçinos y moradores abitantes en esta villa de Santa María del Campo y a los parientes, amigos y valedores de Francisco García de Mingo Martín el moço veçino desta dicha villa cómo el Illre. señor don Antonio del Castillo Portocarrero çita, llama y enplaça por primero pregón a Françisco García de Mingo Martín el moço, veçino desta villa, hijo de Françisco Garçía de Mingo Martín sobre rraçón del delito que cometió contra Juan Cano de Buedo, alcalde hordinario desta villa, que andando rrondando a veynte y dos días del mes de junio topó con el dicho Juan Cano de Buedo alcalde y le puso el arcabuz a los pechos... e lo quiso matar ... y le manda que dentro de los nueve días primeros syguientes se venga a presentar en la cárçel pública... y mando poner sus cartas de heditos en la audiençia pública desta villa donde manda que esté los dichos nueve días ... en veynte e nueve días del mes de julio

Lo preocupante era las complicidades con las que contaba Miguel García y sus deudos en el pueblo. El arresto de Miguel García no se nos antoja como el de un perseguido de la justicia. De hecho, se produjo en el pozo de agua, mientras daba de beber con un caldero a sus mulas, cargadas de mies. Según narraba Juan de Toro Ramírez, alguacil mayor de la villa, de treinta y cinco años, el incidente del mordisco había ocurrido a plena luz del día, en la plaza pública y ante varios vecinos, todos ellos en actitud pasiva y de complacencia. Juan de Toro, había ayudado a don Antonio a sacar de la iglesia a Miguel García, pero antes tuvo que escuchar de un vecino llamado Agustín Segovia, que no se entrometiera en el asunto si quería seguir teniéndole como amigo y fueron varios los vecinos que prestaron su apoyo al retraído en la iglesia. Incluso el alguacil Juan del Toro sospechaba que alguien había ayudado a escapar al preso del castillo de Santiago de la Torre. Es más, el carcelero Juan de Torres acabó en presidio.

El carcelero del castillo, Juan de Torres era el que más sabía y así lo demostró en su confesión. Su defensa fue torpe, este hombre reconocía haber cenado la víspera de la fuga con Miguel García, charlando amigablemente hasta la una de la noche, pero después se había quedado dormido profundamente junto a la lumbrera de la mazmorra. Reconocía que Miguel García confesaba querer irse de su prisión, y lo contaba como algo natural, aunque siempre procuraba implicar a Juan Cano como último responsable. Esto era demasiado, pues desbarataba la historia romántica del prófugo Miguel García, para concluir que todo era una componenda del alcaide de la fortaleza, un hombre de confianza de los Castillo Portocarrero.

Sin esas complicidades no se entiende que lo que a simple vista parece un problema de delincuencia común se convirtiera en una subversión social. El momento clave se produjo cuando Miguel García fue humillado a vergüenza pública a lomos de un asno. El primero en protestar, al ver a su hijo ante tal humillación, fue Pedro García. Sus palabras eran las de un padre herido en su orgullo, pero ante todo la negación de cualquier subordinación a cualquier señor, pues, reivindicándose como hombre, defendía la valía personal de cada cual, independientemente de las subordinaciones sociales que a cada uno la vida le deparaba. Pedro García, que se presentó como un hombre de verdad y conciencia, lanzó sus palabras valientes y subversivas en medio de la plaza repleta de vecinos, diciendo que no debía nada a su señor y que él era
mejor que el dicho don Antonio e de mejor casta e que él lo provaría sy hera menester e que no lo estimava en lo que pisava arrastrando los pies por el suelo a manera de puntillaços e tornó a desçir otra vez que no lo tenía ny estimava al dicho señor don Antonio en dos marauedís e que no lo afrentavan a su hixo por traidor y por ladrón
El alcalde Francisco de Urriaga mandó echar a Pedro García, que maldiciendo abandonó la plaza. Pero sus palabras eran expresión de un malestar generalizado, que condujo a Antonio del Castillo Portocarrero a suspender la sentencia. Pedro García no estaba solo, un vecino le acompañó en su salida de la plaza; una vez en casa, intentó que un vecino de La Alberca llamado Isidro Sanchez, pariente de la familia, llevará un mensaje hasta Cuenca para censurar allí la conducta de don Antonio del Castillo, aunque, según él mismo, el fin de su viaje era acudir hasta un rastrojo próximo para avisar a Francisco García de las vergüenzas públicas que iba a padecer su hermano Miguel. Es en este contexto, de temor a una reacción violenta de la familia García, en el que Miguel García es trasladado al castillo de Santiaguillo.

Hoy se nos escapa el simbolismo de estas demostraciones de justicia pública, como no llegamos a entender el sentido del honor o el orgullo de los vecinos de Santa María del Campo Rus en aquellos tiempos. Pero hemos de entender que estos escarmientos públicos reducían a la condición de apestados en su comunidad a aquellos que los padecían. A ellos y a sus familias; de ahí la reacción orgullosa del anciano Pedro García, defendiendo su casta personal o denostando a su señor, comparando la valía de don Antonio del Castillo con el escaso valor de una moneda de dos maravedíes. Hemos de imaginar la escenificación de un acto judicial como eran las vergüenzas públicas: una plaza del pueblo a rebosar de vecinos, presidida la ejecución de la pena por el señor del pueblo y sus justicias en un estrado, mientras un pregonero, en altas voces enumeraba los delitos, acompañado, todos ellos a caballo, por el alguacil mayor de la villa y el escribano para dar fe. En el polo opuesto, la humillación de un reo desnudo y atado a lomos de un burro, escuchando las acusaciones, junto a la columna del rollo o picota que estaba situada en medio de la plaza del pueblo. Era una representación que condenaba al reo a la exclusión de su comunidad y a la reprobación de sus paisanos, que condescendían en el acto con la complicidad de su silencio. Fue justamente ese silencio, muestra de obediencia y sumisión a la autoridad, el que se rompió con las valientes palabras del anciano Pedro García. Un hombre herido en su orgullo por la humillación de su hijo. Antes de declamar contra la autoridad de su señor, el pobre anciano, atemorizado, apenas si mascullaba entre bufidos una ininteligibles palabras, mientras se daba valor a sí mismo dando patadas en el suelo. Y lo hace defendiendo su integridad y la de su familia con el enaltecimiento de los valores de la época, entre ellos, y el principal, el de la casta. Es decir, de quien es cristiano viejo libre de toda mancha de casta mora o judía, frente a un señor y nobleza regional, cuyos antecedentes conversos pervivían en la memoria colectiva de la comunidad. La omnipotencia y riqueza del señor de la villa frente a la pureza de la casta de un campesino no valía ni dos maravedíes. De la defensa personal se pasaba a continuación a justificar el asesinato del señor como simple tiranicidio. La suspensión de la condena de vergüenzas del reo, por don Antonio Castillo Portocarrero, deslegitimaba su autoridad ante la comunidad de sus vasallos.

Tras la huida de Miguel García y el arresto de su padre, el clima en el pueblo es de subversión social. Las amenazas de los García, y sus valedores, contra don Antonio ya son de muerte, e que avía de ser la más pequeña tajada el oreja. Amenazas reales, pues un huido Miguel García se paseaba por el pueblo con su hermano Francisco y sus dos sobrinos, Alonso y Francisco, todos ellos armados con sus arcabuces. La confrontación era abierta y directa. Hasta Santa María del Campo Rus acudió Juan del Castillo, tío de don Antonio, con el fin del apaciguar la tensión en el pueblo. Francisco García, hermano de Miguel, se le enfrentó cara a cara a Juan del Castillo en las casas de un vecino del pueblo llamado Andrés Redondo, espetándole que su hermano Miguel era un hombre de bien y que lo único que había que temer no era por su hermano sino por el señor don Antonio si le venía algún mal al reo. La respuesta de Juan del Castillo fue débil: los García no tenían hacienda para sostener un pleito en la Chancillería de Granada. Era darle la razón a los García, cuya única culpa era no disponer de los recursos para defenderse ante la justicia.

Entretanto la tensión crecía en la calle, la cárcel se llenaba de familiares y valedores de Miguel García. El último en llegar un diez de agosto fue el propio carcelero de Santiago de la Torre, Juan de Torres, acusado de complicidad en la fuga de Miguel García. Juan de Torres tenía poco de cómplice, más bien de buena persona, ocupándose que el preso comiera todos los días a través de la lumbrera de la mazmorra que daba al patio de la fortaleza. Aunque hay que reconocer que se excedía en sus obligaciones pues se desplazaba media legua hasta El Provencio para comprar allí pan, vino y pescado. Pronto le seguiría en la cárcel Cristina Redonda, la sobrina de Miguel, aunque logró salir con fianzas. Luego siguieron el destino carcelario otros, como Melchor Rubiales, Martín Blanco, fiador de Francisco hermano de Miguel, Andrés Redondo, fiador de Isidro Sánchez, el pariente de La Alberca. El régimen carcelario se hacía más riguroso, prohibiéndose visitas y llevar alimentos o ropas a los presos.

¿Quiénes eran estos García? Era una familia extensa, a Francisco, hermano de Miguel, se le conocían seis hijos. Sabemos de parientes en La Alberca y en El Provencio. Era una familia muy estructurada y jerarquizada en torno al patriarca de la familia, Pedro, de setenta y ocho años, y su mujer Francisca, de sesenta y seis años. Era asimismo una familia de campesinos, Miguel llevaba mies en sus mulas cuando se enfrentó con el alguacil Francisco Moreno; su sobrina Cristina Redonda estaba trillando en la era a comienzos de agosto y el secuestro de bienes de Pedro García comienza por trece fanegas de cebada y él mismo llega, en el preciso momento del secuestro de bienes, procedente de la era con una horca. Pero es de suponer que era una familia campesina acomodada. Labradores ricos, pero analfabetos. Se dedicaban al cultivo de campos de cereal, cultivo con tierras muy aptas en Santa María del Campo Rus frente a las poblaciones del sur dedicadas a la vid. Los vestidos de Miguel García, encontrados en una arca y embargados, demostraban una posición social: dos calzas, unas plateadas y otras blancas, capa y sayo de velarte, gorra de terciopelo y jubón de telilla. El colchón y almohada que su padre le llevó a la mazmorra estaban rellenados de lana, no de paja. Pedro García es rico; sabemos por su mujer, que en la arenga de la plaza, Pedro le recordó a su señor haberle dado ya once mil maravedíes; muestra que intentó una solución de conciliación en las muertes provocadas por su hijo y muestra de su riqueza. Además, Pedro García estaba metido en el lucrativo negocio de echar las yeguas al garañón; creemos que los problemas que aquí tuvo están relacionados con la orden real de facilitar la reproducción de caballos para la guerra frente a lo más común en la época que era la cría de mulas, un animal que estaba sustituyendo de forma acelerada a los bueyes para la labranza, alcanzando precios astronómicos. Y para ser simples campesinos, eran campesinos muy bien armados. Aunque, como siempre, las armas llegan después, los conflictos de intereses son anteriores.

El veinticinco de agosto don Antonio del Castillo Portocarrero, que ha desaparecido de escena tras la fuga de Miguel García, ya está de nuevo en Santa María del Campo; asiste a la declaración de Melchor de Rubiales, se muestra conciliador y se apiada de este hombre para que quede libre, pues es padre viudo de siete hijos. Pero su misericordia es interesada, Melchor es aquel hombre que gritó en la iglesia lo de favor en la corona, palabras cuyo significado es la defensa de la jurisdicción privativa de la iglesia y la inmunidad de los espacios religiosos y los clérigos coronados. Es más, Melchor debía ser el mensajero para llevar la misteriosa carta que Hernando de Villagarcía, el otro retraído en la iglesia con Miguel García, escribió a Cuenca. Dicha carta denunciaba sin duda la intromisión de don Antonio Castillo Portocarrero en la jurisdicción eclesiástico y le conducía a ser sometido a juicio ante el provisor de Cuenca o, lo que era más posible, a su excomunión y expulsión de la iglesia.

Para el veintiocho de agosto, la situación en el pueblo parece más tranquila. Se toma declaración a Pedro García y su mujer Francisca Redonda. Si Francisca parece más conciliadora, aunque midiendo sus repuestas, negando cualquier respuesta que pueda comprometer a su familia, Pedro García, ya próximo a los ochenta años, no ha perdido un ápice de su orgullo. Niega de forma tajante todas las preguntas una por una. La testarudez del viejo contrasta con la mayor benignidad de la justicia del gobernador, que va dejando en libertad bajo fianza a los presos, acabando con el rigor carcelario. Poco a poco se busca una solución pecuniaria. El primero en salir de la cárcel es Juan Torres, el carcelero de Santiago, con la excusa de unas calenturas. Para el matrimonio de ancianos las posiciones son más enconadas. Es natural, los hermanos Miguel y Francisco el viejo, junto a los hijos de éste, Francisco el mozo y Alonso, y Hernando Villagarcía siguen huidos; según las noticias, en la localidad de Lezuza. Hasta allí se manda carta requisitoria para la entrega de los fugados.Con pocos resultados.

Por fin, ya el cinco de octubre, el que cede es Pedro García, que manda una petición suplicatoria a don Antonio Castillo Portocarrero. Pedro García, acepta a don Antonio como su señor (beso las manos de v.m.), pero no reconoce culpa alguna y pide su libertad y la de su esposa por motivos de edad y por estar enferma su mujer. Su estancia en prisión ya va para dos meses. La solución dada es monetaria, obligación de dar fianza, y política (reconocimiento del vasallaje debido), aunque presentada como solución humanitaria, atento a su edad ya que sus delitos no lo meresçen, dirá don Antonio. El paso del tiempo convierte el potencial conflicto social en hechos de delincuencia común. Solo entonces, el veinte y uno de noviembre de 1566 se pronuncia el Consejo Real, comisionando al gobernador del Marquesado de Villena para actuar contra los huidos. Es una comisión de veinte días de plazo de término y, por tanto, aunque lo desconocemos, poco creíble que diera frutos. Poco importa, pues lo fundamental es que las cosas habían cambiado radicalmente en Santa María del Campo Rus.

¿Quién había ganado y quién había perdido en este enfrentamiento? Ni don Antonio del Castillo Portocarrero había ganado ni los García habían perdido. Los Castillo Portocarrero abandonaron definitivamente Santa María del Campo Rus y Santiago de la Torre en 1579. Santa María del Campo Rus fue permutada, en un acuerdo con la Corona, por don Antonio Castillo Portocarrero por la villa zamorana de Fermoselle. Pero el precio fue alto para los vecinos de Santa María del Campo, que debieron comprar su libertad por 16.000 ducados. El 17 de marzo de 1579 se les reconocía el derecho de villazgo y jurisdicción propia. La villa de Santiago de la Torre fue comprada por don Alonso Pacheco y Guzmán, que la recuperaba de nuevo para la familia. Don Alonso fundaría mayorazgo con estas propiedades, que de este modo, con sus avatares y disputas familiares, que quedaron convertidas en la finca de los Pacheco de San Clemente y, circunstancias del destino,integrada en el término de esta villa en nuestros días. Los Castillo Portocarrero, que habían adquirido ambas villas de don Rodrigo Rodríguez de Avilés en 1428, perdían definitivamente Santiago de la Torre en favor de los Pacheco.

Si cabe hablar de un gran fracaso, este es el de los García. No es un fracaso personal, es el fracaso de una capa de agricultores acomodados que soñaron hacer de Santa María del Campo Rus una república de labradores ricos. Con el villazgo de 1579, el poder de la villa acabó en manos de escribanos y abogados, la alianza circunstancial de estos advenedizos con los agricultores fue interesada y temporal. Por eso, en los sucesos de 1582, de nuevo un labrador, Martín de la Solana, al igual que el anciano Pedro García, defendió las libertades de la villa ante el gobernador del Marquesado de Villena, Mosén Rubí de Bracamonte. Fue el primer apartado del poder, como lo serán después los advenedizos licenciado González o los Gallego. Cuando en las fiestas de San Mateo de 1582, el gobernador Rubí de Bracamonte se rodea de la vieja nobleza regional en aquel banquete que es respondido por los santamarieños con una rebelión popular, está anunciando el futuro. La rebelión de 1582 sí tiene ahora ese fuerte matiz social que faltaba a los altercados de los García. Sofocada, los agricultores ricos son los perdedores definitivos; el poder local cae de nuevo en manos de los viejos aliados de la familia Castillo Portocarrero, los de Toro y los Rosillo. Pero es algo pasajero, la nobleza regional se está recomponiendo, como lo hacen sus propiedades agrarias,  nuevos actores aparecen en escena como los Piñán Castillo o los sempiternos Ruiz de Alarcón. En 1608, Santa María del Campo pierde su libertad y es vendida a Diego Fernando Ruiz de Alarcón. Cinco años antes, Santiago de la Torre ha devenido en una propiedad integrada en el mayorazgo de los Pacheco.

 AGS. CRC, Leg. 492, Exp, 5. Don Antonio del Castillo Portocarrero frente a Miguel García y consortes. 1566

viernes, 18 de agosto de 2017

Los Rosillo de Santa María del Campo

María Rosillo, era natural de Santa María del Campo, estaba casada con don Miguel de Ortega, vecino de San Clemente. Era mujer de carácter, pero su vida en San Clemente no fue fácil. Su marido estaba enfrentado, más bien habría que decir, enemistad visceral, con Francisco del Castillo e Inestrosa, y estas diferencias las sufriría la propia María Rosillo, cuyos ancestros eran originarios de San Clemente y su aldea de Vara del Rey. Así, la descendiente de Juan Rosillo, el reductor del Marquesado de Villena, sería acusada de tener sangre mora. Se le relacionaba con Hernando Sanclemente, un regidor sanclementino de comienzos de siglo que había sido quemado por moro y apóstata y de otro moro conocido por Macacho.

Sin embargo, doña María era hija de hijodalgo, don Cristóbal Rosillo, que había sido alcalde de la villa por este estado, y podía exhibir muchos actos positivos, entre ellos que un primo hermano suyo, el doctor Pedro García de Campos, era colegial mayor en la Universidad de Alcalá, donde estaban vigentes los estatutos de limpieza de sangre (otros, estaban obligados a estudiar en Salamanca, donde no tenían que responder por su sangre judía o pasado converso). Además tenía otros dos primos hermanos familiares de la Inquisición, Miguel Galindo de Campos, en Santa María del Campo, y Juan de Mena Ortiz, en Las Pedroñeras. La misma María Rosillo había pasado por dos pruebas de limpieza de sangre, como mujer y madre de Miguel y Diego de Ortega, que aspiraban a una familiatura del Santo Oficio. Ambos se investirían con el título de familia, a pesar de las trabas para empatar el proceso de Francisco del Castillo, que trajo a colación algunos matrimonios no muy limpios y cuando los Ortega andaban de críos a pedradas con los oficiales de la Inquisición.

No obstante, la acusación más grave contra María Rosillo es que su hijo Diego de Ortega había mudado de bisabuela para obtener el título de familiar. Es decir, la abuela de doña María Rosillo había sido permutada por otra. Quien traía a colación estas acusaciones era don Francisco de Alarcón Fajardo, vecino de San Clemente, aunque la acusación venía de treinta años atrás, con motivo del expediente de limpieza de sangre del mencionado Diego de Ortega. Los acusados eran Diego del Castillo e Inestrosa, Pedro González de Tébar y Pablo Cuenca. Pero los papeles acusatorios que estaban en el oficio de este último se habían perdido o, pasados ya treinta años, nadie quería saber nada de ellos. Pero la acusación era muy grave, pues el sambenito de Hernando Sanclemente, quemado en 1517, colgaba en la iglesia parroquial de San Clemente.

María Rosillo de Mendoza era hija de Cristóbal Rosillo, alcalde de los hijosdalgo en varias ocasiones en Santa María del Campo. Del papel protagonista de los Rosillo, como defensores de la causa real, en los tumultos de la década de los ochenta del siglo anterior ya se ha hablado.



ANEXO I: Testigos a favor de la limpieza de sangre de María Rosillo en Santa María del Campo Rus en 1641

Don Fernando Ruiz de Alarcón, caballero del hábito de Santiago y señor de la villa, 63 años.
Licenciado Francisco de Mendiola, cura de la villa reservativo, 87 años.
Miguel López de Alarcón, notario del Santo Oficio, 51 años
Don Rodrigo de Ortega, 40 años.
Jerónimo Rubio, 64 años
Jerónimo de Toro Ramírez, 70 años
Juan de Mendiola Ramírez, 61 años
Licenciado Pedro Sánchez de Villamayor, 57 años
Licenciado Juan de Toro Ramírez, 66 años
Licenciado Fernando Gallego Patiño, 71 años
Juan García, 65 años
Juan Ruiz de la Fuente, 66 años
Juan Rubio Carralero, 65 años
Francisco Rubio, 74 años
Jerónimo Galindo, 61 años
Francisco de Chaves, alguacil mayor de la villa, 65 años
Juan Herranz Fromista, 58 años
Jerónimo Patiño, 51 años
Nicolás Martínez Patiño, 72 años
Esteban Rubio, escribano, 51 años
Licenciado Gil García de Campos, 63 años
Francisco de la Solana, 70 años
Pedro Rubio Carralero, 61 años
Miguel Ruiz, 54 años
Martín López de la Torre, 60 años
Domingo Sánchez de Rus, 78 años
Juan de Castro, 75 años
Blas Martínez Bermejo, 81 años
Martín Blanco Muñoz, escribano del ayuntamiento, 56 años
Antonio de Villagarcía y Salas, 70 años
Pedro Pérez, 65 años
Andrés de Vieco, 50 años
Juan de Castro, 64 años
Bachiller Blas Martínez, prebítero, 58 años
Diego Esteban Rubiales, 70 años
Pedro Cano, 70 años
Alejo Martínez, 70 años
Miguel Saiz Jareño, 77 años
Juan Herrainz Patiño, 56 años
Alonso de la Casa, 60 años
Jerónimo de Toro el mozo, 50 años
Juan Rubio Agraz, 58 años
Miguel Redondo Marzo, 67 años
Juan de Requena Galindo, 37 años
Juan de Alarcón, 66 años
Alonso Nieto, 64 años
Pedro Esteban, 66 años
Juan de Castro Gómez, 58 años
Tomé de Vita, 75 años
Licenciado García González de Arrieta, médico, 65 años


Archivo Histórico Nacional, OM-CABALLEROS_SANTIAGO, Exp. 6009.  Ortega Guerrero, Diego de. 1640

sábado, 15 de julio de 2017

De un mercader portugués en Santa María del Campo Rus

En Cubillán, Portugal, a seis leguas de Guarda, nació Florinda, la hija del conde don Julián, llamada por los árabes la Cava, y por quien el último rey visigodo, don Rodrigo, perdió el entendimiento y también el Reino. En Cubillán, villa industriosa en la fabricación de paños, nació también, pero casi novecientos años después, Clara Rodríguez, una judía conversa,  que convencería a su marido Pedro López de Acosta para abandonar el Reino de Portugal. No sabemos el periplo del matrimonio, aunque en 1591 están instalados, desde hace ya veinticinco años, en la villa de Santa María del Campo Rus como mercaderes con tienda propia.

Iglesia de San San Silvestre en Cubillán
http://covilhasubsidiosparasuahistoria.blogspot.com.es/
Cubillán era una villa de la provincia de Beira. Destacamos este dato, porque de esta comarca procedía un grupo de mercaderes portugueses de origen converso que acabarían asentándose en el sur de la provincia de Cuenca.

Pedro López de Acosta y su mujer Clara, hija de otro mercader llamada Diego Rodríguez, fue uno de esos conversos, que llegados de Portugal se asentaron en el sur del obispado de Cuenca y, aprovechando la amistad con otros factores portugueses, vendían en esta zona las mercancías, sobre todo telas y lienzos, aunque también especias, que ya compradas en las ferias regionales o ya introducidas en el mercado nacional desde los lugares más distantes de Europa y el mundo, acababan en las tiendas de estos portugueses. Pedro López de Acosta tenía su negocio en unas casas compradas al escribano Juan Muñoz, situadas en un lugar de la villa bien situado para los tratos, alinde de las del clérigo Martín Ruiz, junto al horno de la Torre. El precio que pagó por esas casas fue de doscientos diez ducados y parece, que atisbando el peligro que corría, intentó venderlas por cien ducados más a otro vecino del pueblo llamado Martín de Buedo Hermosa. Era un hombre industrioso, hábil e inteligente en todo tipo de tratos y granjerías, pero ocupaba el punto final de una cadena, la venta al detalle en unas casas habilitadas como tienda, de un comercio cuyas redes estaban integradas en los circuitos internacionales que iban desde las especias de las Molucas a los paños y telas de Holanda o el azafrán local. De la prosperidad del negocio dan fe los quinientos ducados que Pedro ganó en los seis años que fue propietario de las dichas casas. De las casas se aprovechaba todo, incluso el agua del aljibe, cuya venta les procuró algún día quince reales de ganancia al matrimonio portugués. Su tienda ocupaba un lugar privilegiado en Santa María del Campo Rus, en la plaza del pueblo y cercana a la Iglesia, lugar de paso, donde acudían a comprar las mujeres del pueblo
por estar las dichas casas en el mejor puesto de toda la villa para su trato de lençería por estar junto a la yglesia y la plaza y en el paso más común de las mugeres vendía mucha más mercaduría de la que vendiera en qualquier otra parte del lugar y asy tubo grandísimo aprovechamiento y utilidad
Iglesia derruida Santa María del Campo Rus
Pedro López de Acosta había llegado a la Mancha conquense, en contra de lo que pudiera parecer, mucho antes de la integración de Portugal en la corona hispánica. A decir de un testigo, hacía treinta años, por el año 1565. Sus primeros tratos habían sido la venta de machos y mulas (negocio con el que seguiría después). Su éxito como tratante le dio cierta respetabilidad en el pueblo, donde le fue concedida vecindad. Deseoso de lavar su imagen de judío converso, consiguió ser aceptado en la cofradía de la Sangre de Cristo, donde llegó a ser mayordomo, y participar en las suertes para la elección de alcaldes ordinarios. Justamente cuando estaba a punto de integrarse en la sociedad santamarieña fue denunciado, dando con sus huesos en la cárcel del Santo Oficio de Cuenca.

Pedro López de Acosta fue condenado el 22 de noviembre de 1596 por sentencia del Tribunal de la Inquisición de Cuenca. Para entonces ya había muerto en las cárceles inquisitoriales; en el cadalso que se levantó en la Plaza Mayor de la Ciudad de Cuenca, escuchando la sentencia condenatoria de herejía y apostasía estaba, en su lugar, una estatua, pero también sus huesos desenterrados. Todos su bienes fueron secuestrados. La Inquisición le acusó de cometer delitos de herejía desde veintitrés o veinticuatro años atrás. Allí también estaba presente su viuda, Clara Rodríguez, que en una sentencia más benigna fue reconciliada y admitida de nuevo en el seno de la Iglesia católica, aunque ya procuró el Santo Oficio que perdiera todos sus bienes.

El expediente estudiado, tangencialmente, nos muestra otra realidad. La de la villa de Santa María del Campo Rus endeudada por la toma de censos. Ya nos hemos referido al censo de dieciséis mil ducados tomados por la villa para comprar su libertad de los Castillo Portocarrero. Ahora la villa, el catorce de marzo de 1584, toma un nuevo censo por valor de 2600 ducados, prestados por un rico de Sisante, llamado Pedro Girón. No sabemos la finalidad de este censo, pero para hacer frente al pago de dicho censo, el concejo de la villa los volvió a prestar a numerosos vecinos por un interés mayor, que obligados a devolver las cantidades prestadas dos años después facilitarían a la villa la redención del censo, al tiempo que obtenía beneficios con los réditos pagados por los vecinos a un interés mayor. Uno de los vecinos que obtuvo crédito de la villa fue el escribano del número y ayuntamiento, Juan Muñoz, que recibiría 210 ducados. Como prenda de dicho préstamo hipotecó su casa, que con sus cargas, sería la que vendió al portugués Pedro López de Acosta. Inteligente como era el mercader portugués se comprometió con el escribano a adquirir la casa con un valor de venta equivalente a la redención del principal del censo y los réditos anuales del mismo. Satisfechas estas cantidades en su totalidad se haría con la plena propiedad de las casas. Obligado a pagar los 210 ducados del censo en 1591 al concejo de la villa, el portugués, viendo la oportunidad de negocio o la amenaza inquisitorial, decidió vender su casa a Martín de Buedo, por 315 ducados. Quizás el delator del portugués fuera el propio Juan Muñoz, envidioso de ver cómo el portugués había acumulados una riqueza de 500 ducados en su antigua casa de morada y ahora pretendía conseguir otros cien más con su venta.

Pedro López de Acosta, perdería sus bienes, confiscados por el Santo Oficio. Juan Muñoz perdería el pleito en el Consejo de la Suprema de la Inquisición para hacerse con sus antiguas casas. Pero los portugueses y sus tratos no desaparecieron de la comarca. Dos décadas después, durante la apertura del reinado de Felipe III, los portugueses aparecen de nuevo en escena. Esta vez, ya no es el viejo tratante de mulas el que resucita, sino el Pedro López de Acosta, que posee tienda propia. Los nuevos mercaderes portugueses de la mano de Simón Rodríguez el gordo, afincado en San Clemente, insertan a toda la región en los intercambios comerciales internacionales. De nuevo, la Inquisición cortó de raíz esta primavera y despertar mercantil.



Anexo I. Concejos de la villa de Santa María del Campo: oficiales del ayuntamiento

Concejo de Santa María del Campo, 9 de mayo de 1591

Fernando Piñán Castillo, alcalde ordinario por le estado de hijosdalgo, Alonso Galindo Castillo, Juan Hernaiz, Alonso Montejano, Juan Rubio, Domingo Pérez, Diego González, Jerónimo de Toro, regidores

Concejo de Santa María del Campo, 28 de septiembre de 1596

Juan de Luz y Andrés Martínez de Campos, alcaldes ordinarios; Hernando Gallego Patiño, Alonso Galindo Castillo, Juan Rubio, Diego Delgado, Alonso de Polán, regidores


Concejo de Santa María del Campo, 4 de abril de 1598.

Fernando Piñán Castillo, alcalde ordinario por el estado de los hijosdalgo; Pedro Galindo Puerto, alcalde ordinario por los pecheros; Juan Hernaiz, Juan de Cuéllar, Alonso Galindo Castillo, licenciado Alonso Montejano, Miguel López, Alonso de Polán, Juan Rubio, Diego González, regidores

Concejo de Santa María del Campo, 9 de mayo de 1598

Fernando Piñán Castillo, alcalde por los hijosdalgo, Alonso Galindo, Juan Hernaiz, Alonso Montejano, Juan Rubio, Domingo Pérez, Diego González, Jerónimo de Toro, regidores



Anexo II. Testigos de la probanza pedida por Juan Muñoz, escribano, ante el cura licenciado Mendiola

Cristóbal de Chaves, 65 años, de oficio albañil
Alonso Montejano, 71 años, regidor
Francisco de Torres, 47 años
Juan de Luz, 42 años
Bartolomé Ruiz, 33 años, de oficio albañil
Alejo Galindo el viejo, 65 años
Martín Esteban, escribano, 54 años



Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 4532, Exp. 9. Pleito fiscal de Juan Muñoz

sábado, 13 de mayo de 2017

Las Comunidades de Castilla en Santa María del Campo Rus

                         
La guerra de las Comunidades de Castilla adquirió en la Mancha conquense la forma de movimiento antiseñorial, especialmente en la villa de El Provencio, señorío de los Calatayud, y Santa María del Campo, en ese momento bajo jurisdicción de don Bernardino del Castillo Portocarrero, III señor de Santa María del Campo y de Santiago de la Torre. El estado de levantamiento generalizado de la población del sur de Cuenca se entiende mejor si lo insertamos en el contexto de la sublevación de la villa de Moya contra su señor Juan de Cabrera y el apoyo generalizado con que contaron estos movimientos de impronta antiseñorial por parte de los vecinos de las villas de realengo de lo reducido a la Corona en las tierras de Cuenca.

La rebelión comunera en Santa María del Campo la conocemos por la carta que don Bernardino del Castillo Portocarrero envío a Carlos V, solicitando ser resarcido de los agravios cometidos por sus vasallos. El documento ya fue estudiado y transcrito parcialmente por Juan Ignacio Gutiérrez Nieto (1). De su lectura se desprende que los alborotos de los vecinos de Santa María del Campo fueron un auténtico levantamiento (así se define en la carta) contra su señor, al que le negaron la obediencia, depusieron las autoridades y justicias por él nombradas y le requisaron cuantos bienes poseía en el lugar, además de la negativa a seguir pagando renta alguna.

El carácter revolucionario del movimiento se conforma en un primer momento por la proximidad e influencia del movimiento comunero de la ciudad de Toledo, desde donde se extiende a estas tierras, y adquiere singularidades propias con el nombramiento de nuevas justicias y la dotación de una embrionaria organización militar bajo la capitanía del comunero Diego Esteban Blanco. Contra este desconocido personaje santamarieño, líder indiscutible de la rebelión comunera en el lugar, irán dirigidas todas las iras de Bernardino del Castillo Portocarrero.

La rebelión de Santa María del Campo no fue un hecho aislado; en El Provencio hubo similar levantamiento señorial contra su señor Alonso de Calatayud. A diferencia de éste, que tuvo que huir de su villa y refugiarse en Las Mesas, o de Juan de Cabrera, que tuvo que huir de Cardenete, don Bernardino pudo librarse del odio y venganza de sus vasallos santamarieños por residir en Salamanca, donde su familia gozaba de las rentas del mayorazgo fundado por su abuelo el doctor Pedro González del Castillo y un regimiento adquirido por la familia en 1491. Además, las villas de realengo del Marquesado apoyaron con recursos y hombres la revuelta. Al viejo sueño inacabado de librarse de la nobleza local durante las guerras del Marquesado y reducir las villas a la corona real, se unía ahora el interés de unas villas por acabar con enclaves señoriales que con sus viejos derechos feudales entorpecían el desarrollo económico de los pueblos. Igual que solo se entiende la acción decidida de Requena, y el comunero Luis de la Cárcel, contra Moya por los obstáculos que al comercio requenense suponían los derechos de portazgo que disfrutaban los marqueses de Moya, la acción de solidaridad de los vecinos de Cañavate (en este caso, hay intereses agrarios también) y de San Clemente está guiada por el impedimento de las trabas feudales al libre desarrollo del comercio y circulación de personas por la región. Los vecinos de El Cañavate y San Clemente harían comunidad con los vecinos de El Provencio para ayudar a los santamarieños. Conocemos la virulencia que alcanzaron los enfrentamientos por algún caso concreto como el de El Cañavate, el alojamiento de seis o siete compañías de soldados en la villa da fe de la importancia del movimiento insurreccional (2). Pero está por estudiar la generalización del movimiento en las tierras del Marquesado de Villena, de los estudios de la rebelión en las tierras de Moya, conocemos la solidaridad comunera de las poblaciones de Mira, Requena, Motilla o Iniesta, e incluso que esa solidaridad se hizo extensiva a otras villas de realengo del Marquesado de Villena: se intentó reclutar tropas en ayuda de la sublevada Moya por diversas villas de la zona, así, Villena, Fuensanta, San Clemente, Villanueva de la Jara, la Motilla, El Pedernoso, Barchín del Hoyo, El Peral, Alberca, Las Pedroñeras, La Almarcha y la lejana Yecla (3).

Desconocemos el alcance de la represión del movimiento una vez derrotado, pero en el margen del documento nos aparece la concesión por la Corona de cada una de las peticiones de don Bernardino; incluido un comentario más que inquietante, junto a la petición de castigo para el capitán Esteban Blanco: el proceder contra los insurrectos sería el mismo que contra los comuneros de Moya.




                                                                                 ( cruz )


                                                       S(acra) Ce(sárea) Ca(tólica) M(agestad)


Don Bernaldino del Castillo, vesino de la çiudad de Sal(aman)ca, diçe que el su lugar de S(an)ta María del Canpo que es en la Mancha de Aragón se levantó por Juan de Padilla e la comunidad sin cabsa ni rrasón con gran alboroto e palabras ynjuriosas contra él e le tomaron vna casa que en el dicho lugar tiene con todo lo que en ella estaua e la encastillaron e le tomaron todos los dineros e pan que tenía e se le devían de las rrentas del dicho lugar e le quitaron los alcaldes e justiçia e lo pusieron de su mano e hisieron capitán del dicho alboroto e levantamiento a vn Diego Estevan Blanco e enviaron a la Junta que los faboresçiese e han fecho e hasen de cada día otros ynsultos e daños de que Dios Nuestro Señor e vuestra magestad son deseruidos y el rreçibe mucho daño e agrauio,

suplica a vuestra magestad mande dar sus prouisiones para el dicho lugar e vesinos e moradores de él que le bueluan la obediençia e señorío que syn cabsa le quitaron para que estén como antes estavan e le rrestituyan e tornen todo el pan e dineros e vino e otras cosas que le tomaron e han tomado fasta el día de oy asy de sus rrentas como de lo que tenía en la dicha su casa e mande al dicho Estevan Blanco capitán que vaya a dar rrasón a los sus governadores de sus rreynos de Castilla por qué ha fecho lo susodicho e de los muchos gastos que ha fecho e hase el dicho lugar e a de ver condenar en las penas en que por ello yncurrió

otrosy dize que los vesinos de Sant Climente e Cañavete y la villa de Provençio fueron a ayudar e fauoresçer al dicho lugar de Santa María del Canpo en el dicho alboroto e levantamiento, suplica que tanbién se dé prouisión contra ellos para que den rrasón por que lo hisieron e sean castigados dello

yten suplica que se escriva a los governadores de Castilla que este negoçio ayan por muy rrecomendado para le proueer e rremediar con brevedad e justiçia como cosa de seruidor de vuestra magestad

                                                                               *****

(1) GUTIÉRREZ NIETO, Juan Ignacio: Las comunidades como movimiento antiseñorial. Planeta, Barcelona, 1973. El estudio que afecta a El Provencio, Santa María del Campo y otras poblaciones del Marquesado de Villena en págs. 204 y ss.

(2) La participación de los vecinos de El Cañavate está documentada por las Relaciones Topográficas de Felipe II:
que no saben otros hechos señalados que hayan pasado en esta villa, más que en el tiempo de las Comunidades, el año veinte e uno, haber (a) esta villa venido gente del Marquesado a echar seis o siete compañías de soldados que en ella estaban aloxados sin ellos sentirlo saliendo todo el pueblo; la cual gente trujo el alcalde mayor que a la sazón era para los echar por los grandes daños y fuerzas que hacían a las mujeres y en las haciendas, y haber la dicha gente muerto a saeta y con otras armas a muchos de los dichos soldados y herido gran cantidad, y despojándolos y desnudándolos en cuero sin quedar ninguno, sino fuese alguno que se quedase escondido, y ansí muchos de ellos denudos se escaparon por la sierra arriba, que está junto a la dicha villa, y los que quedaron los llevaron desnudos en cuero de esta villa a la villa de Bala de Rey, el pueblo hacia el medio día de ella; lo cual fue primeros días de hebrero del dicho año con nieves, porque los que los perseguían de Villanueva, Iniesta y El Peral y otras partes, que son otros lugares del Marquesado deben seído muchos afrentados por las dichas villas tomándoles sus mujeres y hijas
ZARCO CUEVAS, Julián: Relaciones de pueblos del Obispado de Cuenca. Edición preparada por Dimás Ramírez. Excelentísima Diputación de Cuenca. 1983. pp. 206 y 207.

También nos ha quedado la relación de los hechos en El Peral, de donde se infiere por las palabras de Benito Gómez, no era hombre de negocios, la oposición de los labradores ricos al movimiento
se dice que en el tiempo de los movimientos y alborotos de las Comunidades, como en esta villa hubiese un levantamiento de ciertos comuneros, andaban de noche por las calles congregados llamando a las puertas de las casas, y llamaban a los que vivían (en) ellas y les hacían jurar la dicha Comunidad  y quitaban las varas a los alcaldes ordinarios y de la Hermandad que había y otros oficios, y les hacían que los tuviesen por la Comunidad. Llegaron a la casa de un vecino de esta villa, que era alcalde de la Hermandad por los vecinos pecheros, y le pidieron que les diese la dicha vara, o que jurase la dicha comunidad, el cual era un hombre labrador, y que no se tenía cuenta con él y que parecía no era hombre de negocios, sino apartado de ellos, y al parecer no era hombre que se entremetía en nada. Dixo a los dichos comuneros: "¿Qué borracherías son estas porquerazos?" Y parece que de estas palabras se dio noticia al capitán de los dichos comuneros, el cual diz que quso informarse de él de las dichas palabras y le dixo: "Vení acá, Benito Gómez; diz qué habéis dicho vos"; refiriéndole las dichas palabras, a manera que lo amenazaba. El cual respondió: "Señor, cuando yo lo dixe no estaba aquí vuestra merced""
Ibidem, pp. 402 y 403

La aldea motillana de Gabaldón, pasado medio siglo, se apuntaba al furor anticomunero, aunque ratificando la presencia de tropas en Cañavate y cómo ocurrió una batalla en un río del Cañavate, el río Rus, que se volvió sangre de una puente abaxo
que en el tiempo de las Comunidades entraron a tirar hombres de armas en cantidad, y que la gente del pueblo con otras comarcanas que les favorescieron y que fueron tras ellos cinco leguas y que siempre fueron en alcance y mataron muchos de los comuneros de tal manera que toparon con río en el Cañavate y que se volvió en sangre de una puente abaxo; y que a un hombre de la villa de La Motilla que dice Juan Portillo, y es vivo, le echaron una saeta por junto a el suelo con yerba y que no se halló quien le chupase la hierba; y que sanó; y a otro hombre del dicho lugar de Gabaldón armando una ballesta se le quebraron entramos los compañones
Ibidem; p. 266

La implicación de la villa de Iniesta en la toma de Moya y las correrías del Obispo de Zamora, Acuña, también nos vienen relacionadas. Destaca la mención a la composición del movimiento, gente de baja suerte y clérigos de corona, excluidos del poder municipal. Iniesta se convirtió en núcleo insurreccional en todo el Marquesado de Villena y nexo de unión de estas tierras con la insurrección del Marquesado de Moya. Más destacable es la conexión del movimiento comunero con las germanías valencianas que se anuncia al final del texto
en el dicho tiempo vino el obispo de Zamora y comunicó con los que pudo levantar, que fueron ciertos vecinos, unos de baxa suerte, y otros de los que no admitían a oficios del concejo por haber asumido corona y por otras causas y promesas que les hizo, y nombraron de ellos capitanes, alcaldes y alguaciles y otros oficiales por la Comunidad, y se levantaron en aquel tiempo que estos tuvieron los dichos oficios por la Comunidad (y) se levantaron otros lugares del Marqués de Moya, Cabrera, y avisaron a la justicia de esta villay Comunidad, y a otras del Marquesado y sacaron gente de a pie y de a caballo y fueron a Cañete y Moya y la ganaron para el Rey, aunque después dicen fueron castigados en penas pecuniarias por un juez de S.M., y desde a un año para ganar Xátiva salio mucha gente de esta villa, donde murieron muchos y asistieron hasta que se acabó y ganó y quedó real.
Ibidem, p. 310

Contrastan los silencios intencionados e interesados de los hechos de las Comunidades en las respuestas de las villas principales como San Clemente o Villanueva de la Jara.

(3) LÓPEZ MARÍN, Mariano: "El levantamiento de las Comunidades de Moya. Apoyo de los comuneros de Requena y Mira. Consecuencias para las aldeas moyanas". Revista Oleana, nº 22. Actas del III congreso de Historia Comarcal: Camporrobles, Mira y Requena, Mira, 9 al 11 de noviembre de 2007; pp. 506-529. 




Archivo General de Simancas, PTR, LEG, 1, DOC. 66. Carta de D. Bernardino del Castillo a S.M. siglo XVI (ca. 1521)

Véase también
La rebelión antiseñorial de El Provencio

sábado, 8 de abril de 2017

Cuando los tejedores, tintoreros, tundidores y perailes de San Clemente huyeron a Santa María del Campo

Tejedores siglo XVI
Por la pragmática de 19 de junio de 1511 se regulaba en su capítulo cien el acceso a los cuatro principales oficios del obraje de las lanas, a saber: tundidores, perailes, tintoreros y tejedores. Se exigía para el acceso a dicho oficio un examen ante dos veedores y dos acompañados*. Castigándose a aquellos que ejercían el oficio sin examen a penas de dos mil maravedíes. Dicha pragmática se completó con otra de 1528, que en su capítulo quince incluía que, aunque examinados, no se pudieran usar los mencionados oficios si no se depositaba fianza de diez mil maravedíes. La habilitación para cualquiera de los cuatros oficios del obraje de lanas se obtenía por un examen ante autoridad judicial del marquesado o, en su defecto, los alcaldes ordinarios de la villa de San Clemente. Así lo expresaba Pedro de Molina, que actuaba como representante del resto de oficiales
que es ansy que en la dicha villa cada e quando que alguna persona quiere o a querido ser hesaminado para qualquiera de los dichos ofiçios de tienpo ynmemorial a esta parte continuamente a avydo en el dicho hesamen tal horden e costunbre que la tal persona que hesaminarse quyere paresçe ante el governador, alcalde mayor o alcalde hordinario de la dicha villa y pide ser hesaminado en el ofiçio que quiere vsar y el juez manda a dos veedores o ofiçiales del tal ofiçio que lo hesaminen con juramento que dellos resçibe y desta manera hallándolo ábil e aviéndolo hesaminado los dichos dos hesaminadores lo dan por ábil para el dicho ofiçio ante el dicho juez el qual le da liçençia para que lo vse como bien e legítymamente hesaminado y dar carta de hesamen en forma debaxo de lo qual el tal hesaminado vsa sus ofiçios libremente
Juan Martínez Bravo recordaba haber sido examinado en tiempos del gobernador Francisco Zapata por los dos tundidores más viejos del pueblo. No obstante, el alcalde mayor licenciado Molina, que acababa de examinar hacía poco a un tal Francisco de Ávila como tejedor, no opinaba igual, pues exigía que además de los veedores, estuvieran presentes en el examen dos acompañados. La introducción en el examen de la figura del acompañado, además de los veedores, constituía una limitación en el acceso a los oficios desde el momento que dichos acompañados, miembros ya de los oficios presentaban a los nuevos candidatos. Así el origen del conflicto desencadenado entre el licenciado Molina y los tejedores no era tanto el interés pecuniario del alcalde mayor por quedarse con la tercera parte de los 52 a 55 reales que de pena impuso a cada tejedor, sino los conflictos internos en el mismo seno de los cuatro oficios de la lana, en un momento claro de expansión, por definir el acceso a los mismos. De la gravedad del conflicto da fe que a mediados de febrero de 1564 la cárcel estaba llena de pelaires, tundidores, tintoreros y tejedores o que un tundidor llamado Manes por el simple hecho de pedir testimonio de la pena impuesta fue llevado de nuevo a prisión. Entre los menestrales detenidos estaban un tal Moya, tejedor, los tejedores y perailes Francisco Dávila, Pedro Dávila, Pedro de Molina, Miguel Montesinos, Juan Copado, Sebastián Manes, un tal Meléndez, los tundidores Juan Martínez Bravo y Sandoval hijo, el peraile Francisco Rosillo y el tintorero Francisco Jiménez. Los pobres hombres estaban hacinados en la cárcel que hoy da a la Plaza de la Iglesia; cada día que pasaba de los ocho que estuvieron presos era un día perdido, por eso no es de extrañar que algunos, como el citado tundidor Francisco Martínez Bravo, se llevaran su tablero y tijeras para seguir trabajando a la cárcel, convertida en taller improvisado. La solidaridad de clase entre los oficiales de la lana se extendió rápidamente. Los trabajadores libres llevaban a los encarcelados la comida, pero también las herramientas de trabajo para continuar con su labor. El conflicto se extendió por toda la comarca, provocando cierta agitación social en los pueblos. Miguel Gómez Paniagua recordaba cómo estando en Villarrobledo veía haçer corrillos de gentes, admirándose de cosas que el dicho alcalde mayor haçía e pretendía.

Las actuaciones del alcalde mayor provocaron el temor generalizado entre los trabajadores de la lana de todas las villas de la comarca, que huían de sus casas y oficios ante el rumor de su próxima venida. Los tejedores sanclementinos habían huido a Santa María del Campo, tierra de los Castillo Portocarrero, lejos de la justicia de San Clemente. Del temor que inspiraba el alcalde mayor daba fe un testigo
estavan los dichos ofiçiales tan escandalizados que les acontezía dezir el alcalde mayor viene aquí esta noche y de miedo cojeron el hato que tenía e anochezer e no amanesçer porque no los penase y molestase 

Desde allí iniciarán su defensa, no ante la Chancillería de Granada, donde los pleitos tenían tal coste que no se lo podían permitir, sino apelando las decisiones de la justicia del Marquesado ante el Consejo Real. En un primer momento obtuvieron provisión favorable del Consejo para ser soltados de prisión y que la justicia del Marquesado enviará relación verdadera en el plazo de ochos días de las razones por las que había encarcelado a los menestrales. El licenciado Molina recibiría la notificación de la provisión en Tarazona el dos de marzo, pero se ratificó en sus sentencias, dadas a su parecer en cumplimiento de la pragmática de 1511. Los trabajadores de la lana se vieron obligados a obtener nueva sobrecarta de veinticuatro de marzo. Esta vez, el alcalde mayor justificó sus sentencias con la obligación de dar fianzas que fijaba la pragmática de 1528. Previamente, para su mejor defensa, los oficiales de la lana han huido a tierras de señorío en Santa María del Campo, huyendo de una nueva orden de encarcelamiento dada por el alcalde mayor el ocho de marzo,desde allí encargan una información de testigos ante el alcalde ordinario de Santa María del Campo, Pedro Martínez Rubio. Entre los testigos, mayoría de los oficiales huidos de la villa de San Clemente**. Contra lo que pudiera parecer, y según se deduce del testimonio del peraile Juan Martínez, de edad de treinta y dos años, y que había obtenido el título a los diecisiete años (edad mínima para obtenerlo), el acceso a los cuatro oficios de la lana estaba controlado por los miembros del ayuntamiento. Para el caso de los perailes, existía un único veedor nombrado por el concejo, que asistía a los exámenes de los nuevos oficiales, junto a un acompañado, figura ésta que solía recaer en aquél al que el concejo tuviera a bien de forma arbitraria. Superado el examen los oficiales recibían una carta, firmada por el gobernador o alcalde mayor, que les declaraba hábiles para el oficio. El Consejo Real fallaría el quince de noviembre a favor de los trabajadores de la lana***, ordenando su libertad y devolución de penas impuestas y bienes embargados. Antes los oficiales sanclementinos han tenido que hacer frente a una nueva prisión en la villa de Santa María del Campo, a requerimiento de la justicia de San Clemente y a la paralización de la información de testigos en el oficio del escribano Pedro Gallego. El triunfo de los perailes, tundidores, tintoreros y tejedores de la villa de San Clemente era en palabras de su procurador Luis de Oribe el triunfo del uso y la costumbre frente a las ordenanzas, aunque se intentaba justificar que el papel a asumir por los oficiales acompañados en el examen se subrogaba en la justicia del Marquesado o, en su defecto, en los alcaldes ordinarios de San Clemente.

Jost Amman, sastre
El desarrollo del sector textil en la villa de San Clemente, y en la comarca, donde destacan los paños de Motilla, tenía un origen reciente. Según los testigos se remontaba a veinticinco años atrás. A diferencia de las viejas ciudades castellanas el arte de la lana apenas si estaba reglamentado en las villas del sur de Cuenca y su auge estaba en relación con la multiplicación de la población, cuya demanda eran incapaces de satisfacer los viejos telares castellanos. Del carácter poco organizado y desarrollado de la actividad es muestra que la producción tenía un carácter individual y que los trabajadores trasladaban su actividad a cualquier lugar, bien  a la propia cárcel o bien a tierras de señorío, cuando huían de la acción judicial del licenciado Molina. Así lo hicieron los trabajadores de la lana de San Clemente para el período que fue desde marzo a noviembre de 1564, huidos en Santa María del Campo. En un informe del gobernador del Marquesado de Villena de 1553, se hace hincapié en el carácter doméstico del oficio de tintoreros, aunque ya se habla de una proyección comarcal de la actividad:
que en la dicha villa de san clemente tienen por costunbre de muchos días a esta parte de aver tintoreros públicos en ella como los ay los quales tienen por costunbre y ofiçio de teñir paños sobre blanco sin les dar los troques e tintas que se deven dar conforme a las leyes destos rreynos concurriendo los vezinos de la comarca a los dichos tintoreros a teñir sus paños e rropas 
El gobernador reconocía que los tintoreros ejercían su oficio en sus casas particulares; la limitación de su oficio en que la única fabricación de paños en la villa era para aprovechamiento de las casas particulares y era de lana grosera, pero al mismo tiempo reconocía que aquellos paños que no fueran para el aprovechamiento de las casas particulares se sometieran al tinte según marcaban las leyes del Reino.

Don Diego Torrente transcribió las ordenanzas de sastres de 1563, existentes en el archivo de Simancas****. Es esclarecedor el testimonio de Gregorio del Castillo, el mozo, hijo de un mercader del mismo nombre asentado en San Clemente en los años veinte y que alcanzó cierta proyección social en la villa, llegando a ser regidor de su ayuntamiento. Señalaba el potencial demográfico de una villa de mil quinientos vecinos, el mucho gasto de paños y sedas y el creciente número de personas que se dedicaban a la fabricación de tejidos: sastres, jubeteros y calceteros, que, siendo advenedizos en sus oficios, no siempre lo ejercían con la suficiente profesionalidad. Una muestra más del rápido desarrollo de todos los oficios en torno al obraje de la lana para satisfacer las demandas locales y su necesidad de la regulación de los mismos. Aunque la regulación del acceso a estos oficios en la villa de San Clemente ya contaba con un cuarto de siglo de existencia, a medio camino entre aquellos que obtenían el título de manos de aquellos oficiales en cuya casa trabajaban como aprendices y las pretensiones ordenancistas del licenciado Molina. En San Clemente uno se convertía en maestro peraile, tundidor, tintorero, tejedor o sastre después de un examen ante dos oficiales expertos en el ramo y en presencia de la justicia, que emitía la carta que habilitaba para el ejercicio del oficio.



*Otrosi mandamos que las personas que huuieren de hazer el obraje de los paños en las Ciudades, Villas y Lugares destos nuestros Reynos, e señoríos, sean desaminados cada uno en su oficio, excepto los que aora están examinados, e que el dicho examen hagan los Veedores que para ello fueren depurados en los dichos oficios con otros dos oficiales acompañados del tal oficio, sobre juramento que hagan todos, que bien e verdaderamente harán el dicho examen, y a los que hallaren áuiles para los dichos oficios, los ayan por examinados e le den carta de examen... e que sin la dicha carta de el dicho examen y sin tener estas nuestras ordenanzas, ninguno pueda tener casa, ni tienda por sí de los dichos quatro oficios e porque mejor se hagan los dichos oficios y más limpiamente, mandamos, que ninguna persona no pueda tener en su casa , ni fuera della más de un oficio de los quatro oficios, que son texedores, y perailes, y tintoreros, y tundidores (Ordenanzas que los muy Ilustres y muy Magníficos señores de Granada mandaron guardar para la buena gobernación de su República. Impresas año de 1552)


**Testigos presentados por los oficiales de la lana, todos ellos compañeros huidos en Santa María del Campo:
Juan Martínez, 32 años, peraile, huido de San Clemente
Juan Martínez Bravo, 30 años, tundidor, huido de San Clemente
Miguel Gómez Paniagua, 42 años, vecino de San Clemente. Ayudó a los encarcelados llevándole víveres a la cárcel.
Esteban Hernández, peraile, 28 años, vecino de San Clemente

***Habían acudido ante el Consejo Real, los siguientes oficiales de la lana: Pedro Molina, Francisco López, Ginés García, Pedro Sainz, Luis García, Julián Martínez, Francisco de Moya, Dámaso Martínez, Diego de Celada y Alonso de Molina.

**** TORRENTE PÉREZ, Diego. Documentos para la Historia de San Clemente. 1975. pp. 339-342

Nota: 

  • Perailes: cardador de paños
  • Tundidor: Cortaban e igualaban con tijeras el pelo sobrante de los paños


AGS. CONSEJO REAL DE CASTILLA.  Leg. 351, 14. Los tejedores, tundidores, perailes y tintoreros de San Clemente sobre el ejercicio de sus oficios con el licenciado Molina, alcalde mayor del Marquesado. 1563