El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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sábado, 10 de junio de 2017

Felipe III se casa y se va de viaje... pagan sus súbditos (1599)

Felipe III (1578-1621)
Intentamos hacernos una idea aproximada de cuánto costaba mantener un séquito real de viaje con su comitiva a través de diversos testimonios que nos han quedado en la época.
En este caso, tratamos el viaje del rey Felipe III a Valencia para finales de enero de 1599. El motivo no era otro que el desposorio con su prima Margarita de Austria, a celebrar en la ciudad de Valencia. Él no llegaba a los veintiún años, ella apenas si pasaba de los catorce. El encargado de proveer los bastimentos necesarios para el viaje de Felipe III fue el licenciado Gudiel, alcalde de casa y corte. Gudiel fue cometido para abastecer a todas las personas que acompañaban al joven rey.




Gudiel exigió que para el 21 de enero, día que el rey partía de Madrid, Villarrobledo entregara en Las Pedroñeras, donde Felipe III permanecería un día y haría noche (pensamos que el 28 de enero (1), lo siguiente:

  • Cien fanegas de pan cocido
  • Doscientas fanegas de cebada
  • Cuatro carretadas de paja
  • Cien arrobas de carbón
  • Cincuenta gallinas, treinta capones y seis pavos
  • Cuarenta pares de perdices
  • Veinte cabritos
  • Ochenta conejos
  • Mil quinientos huevos
  • Sesenta camas, sacadas de los vecinos de Villarrobledo, con sus colchones, dos sabanas, almohada de lienzo y manta 
En el cabildo de 25 de enero, se reconoce que de lo aportado, pasada la comitiva, Villarrobledo solo recuperará nueve fanegas de trigo. Además el paso de Felipe III por otras poblaciones supuso nuevas contribuciones a Villarrobledo:
  • Doscientas fanegas de trigo y doscientas de cebada y cuarenta carretadas de atocha, aliaga y retama para cocer el pan a entregar en la villa de San Clemente
  • Ciento veinte fanegas de trigo y doscientas fanegas de cebada en Minaya
  • Cincuenta fanegas de cebada en la villa de El Provencio
San Clemente tendría el honor y obligación por partida doble de contar con la presencia del rey, en el camino de ida y en el de vuelta. En el camino de ida, San Clemente debió proveer seiscientas fanegas de cebada, que se compraron en Villarrobledo por Mateo Salcedo. Se gastaron además 1000 reales de pescado, otros 1400 de caza y adobo de la misma, ochocientos reales de vino y otros tantos reales de gastos diversos. Entre ellos, la reparación de edificios y limpieza de calles y caminos.

El nueve de febrero llega mandamiento del alcalde mayor del corregimiento  a todas las villas del partido para que nombren dos procuradores que asistan a una Junta en la villa de San Clemente, a celebrar el día diez, donde se hará nuevo repartimiento de aportaciones para el séquito real que se espera tome desde Valencia el camino de vuelta a la Corte.
por nos y en nombre de este concejo se puedan hallar y hallen para la Junta que el señor alcalde mayor deste partido mandó hacer en la villa de San Clemente a todas las villas deste partido a diez del presente mes de febrero sobre el rescibimeinto y fiestas que se ha de hacer al rey quando venga del la xornada que paso al reyno de Valencia

Así las viejas juntas del Marquesado de Villena, se seguían celebrando, ahora como juntas del corregimiento de las diecisiete villas. Tenemos constancia de nuevas juntas en 1605, para abastecer de trigo a una hambrienta San Clemente y en 1610 para nombrar por las villas una capitán de la milicia general del Reino creada unos años antes.

Todos los pueblos del sur de Cuenca tratan de recordar hoy con orgullo el paso del joven monarca. Sin embargo, para los vecinos fue una auténtica calamidad. Conocemos el caso de Villarrobledo. Allí el juez Gudiel había requisado previamente 6400 fanegas de trigo y 800 de cebada a los vecinos villarrobletanos. Se trataba de trasladar este grano a Madrid, para evitar la generalización del hambre en la Corte. En un principio se habían pedido 9000 fanegas; por eso, ya antes de la llegada del monarca se mandó otro juez de secuestros a esta tierra y, pasada la comitiva real, los embargos continuaron de mano del juez Castro del Peso. En vano, pedirá, un cuatro de marzo, el cabildo villarrobletano que los embargos no afecten al grano necesario para el consumo de los vecinos.

El 17 de marzo el alcalde mayor del partido anuncia que el monarca, acompañado de su joven esposa, ha decidido volver a la Corte por el mismo camino que le ha llevado a Valencia. Se pide al concejo villarrobletano que demuestre su devoción al monarca. Villarrobledo ofrece tres mil reales a sacar de sus propios y qué mejor presente que contribuir a un buen festín de sus cortesanos: capones, pavos, conejos, terneras y otras cosas semexantes. Apenas pasado un mes, el juez Castro embarga 1795 fanegas de trigo de los pósitos de la villa para abastecer Madrid. Los pósitos de Villarrobledo, que no han podido cobrar de los agricultores las mil quinientas fanegas de trigo prestadas para la sementera, quedan exánimes.

Margarita de Austria (1584-1611)
Para finales de marzo es inminente la llegada de la pareja real a San Clemente. Nuevos gastos se acumulan. En este caso, y entre otras cosas, tres mil fanegas de cebada y diez toros. El aspecto positivo, es que la villa de San Clemente se embellece; no solamente por el boato de sus fiestas y libreas, sino por el ensanchamiento de la plaza con el derribo de casas y tiendas. San Clemente ha quedado endeudado. A comienzos de julio se reconoce una deuda por la compra de cebada de seis mil reales y la necesidad de pagar los réditos de un censo de mil ducados tomados con motivo del viaje real.










ARCHIVO MUNICIPAL DE VILLARROBLEDO. ACTAS MUNICIPALES DE 1599
DIEGO TORRENTE PÉREZ. Documentos para la Historia de San Clemente. Tomo II. pp. 208-210
AMSC. Sección Ayuntamiento. ACTAS MUNICIPALES DE 1599

(1) La estancia de Felipe III en Las Pedroñeras. Las Pedroñeras, Blog de Ángel Carrasco Sotos

sábado, 3 de junio de 2017

La peste de San Clemente de 1600, vista desde Villarrobledo

Ilustración de la Biblia de Toggenburg
La peste hizo su aparición en la villa de San Clemente en junio de 1600, aunque en la villa ya se conocía de su propagación por Castilla de mucho antes y desde el 26 de mayo de su proximidad a la villa. Desde el primer momento el pueblo fue consciente del mal contagioso que padecía. Se esperaba a la peste desde hacía dos años. El cabildo de Villarrobledo de 20 de junio de 1598 anunciaba ya de la extensión del mal por el Reino y tomaba las primeras medidas de vigilancia de los ocho caminos de acceso a la villa y el control de forasteros en los mesones.  Hacia el 25 de julio de 1598 se denunciaba la presencia de la peste en la comarca. La reacción de la villa de San Clemente fue ambigua. Por un lado, el 20 de junio de 1600, el ayuntamiento reconocía que la peste había alcanzado una calle próxima a la Cruz Cerrada, pero, por otro, de cara al exterior, se intentaba negar la existencia del mal. El interés por ocultar la enfermedad fue inútil, pues el mal se extendía y los apestados eran hacinados en las ermitas del pueblo.

Una de las primeras poblaciones donde las alarmas saltan es la vecina Villarrobledo. Su ayuntamiento se reúne el 17 de julio. Preocupación, recelo y miedo van juntos en la declaración de los ediles villarrobletanos. Pero las noticias que llegan a Villarrobledo todavía son confusas, motivadas sin duda por el interés de los sanclementinos en ocultar el mal y quizás todavía convencidos de que pueden limitar la peste a una parte del vecindario. Algunas personas an muerto en zierta parte de la dicha villa (de San Clemente) y se dize que es de mal contagioso y que se pega, se dice en el cabido villarrobletano, añadiendo que los enfermos los sacan en una hermita fuera de la dicha villa a los curar; la de Santa Ana, como veremos, aunque el primer foco de pestilencia se sitúa en torno a la Cruz Cerrada. Es de pensar que la peste llegó por el camino de Belmonte. La preocupación se convierte en miedo y se apela al alcalde mayor del corregimiento Aguiar para que dé licencia para que Villarrobledo se guarde de la peste, cerrando sus entradas al pueblo y limitando el acceso a los foráneos. El recelo y desconfianza a la vecina San Clemente, distante tan solo poco más de tres leguas, aumenta. Se decide mandar al médico y al cirujano del Villarrobledo a indagar sobre el mal que padecen los vecinos. El médico licenciado Valero y el cirujano Tomás de la Serna acudirán a la villa de San Clemente el diecinueve de julio; un día después nos dejarán testimonio de lo que han visto en la villa vecina. Primeros síntomas de una peste que parecía controlada (u ocultada) y que para nada anunciaba la tragedia posterior
Ermita de Santa Ana (http://cofrades.sevilla.abc.es) 
fueron a hacer la diligencia a la dicha villa de San Clemente ayer diez y nueve del presente mes de jullio y que lo que pasa es que los enfermos que estavan del contagio los sacavan a una hermita de Santa Ana orilla de la dicha villa... preguntaron qué enfermos avía y dixeron que siete u ocho enfermos avía de los quales eran algunos ya convalecientes de las dichas enfermedades contagiosas e preguntados que qué gente estavan quexicosas dixeron que era un viejo de setenta años y otro de quarenta y después ... preguntando a dos forasteros que sy morían algunos enfermos o avía escándalo del morir mucha gente y rrespondieron que ninguna cosa avían hallado de consyderación y ansymismo los médicos dixeron que no avía negocio de escándalo ni peste ni otros enfermos que aquellos que estavan apartados de contagio y aquellos enfermos se curavan con las condiciones con que se suele curar la peste
A pesar de las palabras de médico y cirujano, los regidores de Villarrobledo no se dejaron calmar por la moderación de su testimonio, concluyendo que el hecho incontestable era que había peste. Para constatarlo con un nuevo testimonio, enviaron cuatro días a San Clemente a un vecino llamado Yuste Martínez de Jávaga de profesión barbero. Su declaración de 24 de julio ante los oficiales villarrobletanos fue tajante: muchos se morían de unas secas en las ingles. Villarrobledo pedía al alcalde mayor de nuevo licencia para que sus vecinos se guardaran de las peste de los sanclementinos. Sin esperar respuesta, el veintiocho de julio se decide poner guardas en todas las entradas del pueblo para impedir el paso a los forasteros.

Ayuntamiento de Villarrobledo
El treinta de julio el que es invitado al ayuntamiento de Villarrobledo a declarar sobre la peste de San Clemente es un médico de la ciudad de Cuenca, el doctor Hernández. Testimonio tras testimonio los villarrobletanos seguían su cruzada particular para convencer a las autoridades del corregimiento de la conveniencia de aislar a la apestada San Clemente. La rivalidad no perdonaba las desgracias. Los testimonios y la propia realidad estaban del lado de Villarrobledo en sus acusaciones, que contaba con el ejemplo de la ciudad de Cuenca, que ya había cerrado sus puertas a los sanclementinos
lo que pasa es que abrá cosa de un mes que se empezó a sospechar en la dicha çibdad de Quenca que la dicha villa de San Clemente no estava sana ni segura de enfermedades de males contagiosos sospechosos de pestilencia de cuya causa la dicha çibdad pusso ympedimento e mando a los guardas no dexasen entrar libremente a los de San Clemente y de que la dicha villa de San Clemente oyendo el impedimento que se les hazía despacho un propio de parte de la villa de San Clemente a la cibdad de Quenca a tratar con la cibdad no fuesen servidos de hacerles el dicho ympedimento porque su villa estava buena y sana y que la villa de San Clemente fuesen servidos de por berificar enbiasen un médico
La muerte estrangulando a un apestado.
Ilustración bohemia s. XIV
San Clemente ofrecía dar de salario al médico así enviado la cantidad de cien reales diarios, que, para hacernos una idea, era cincuenta veces superior a la que podía recibir un jornalero del campo en la época. Al mismo tiempo el alcalde mayor del corregimiento de San Clemente mandaba a Cuenca una carta, con testimonio inserto de un regidor conquense, Hernando Porres, estante a la sazón en la villa, declarando que el pueblo estaba sano. Sin embargo, los informes oficiales contrastaban con los testimonios de primera mano. Un hombre, vuelto a Cuenca de su estancia en San Clemente, narraba cómo, tomando posada en una casa de esa villa, había visto morir  en la misma tres o cuatro personas y cómo se había habilitado una casa en las afueras del pueblo donde se dejaban a los enfermos a su buena suerte y que la propia fortuna, aliada a la fortaleza de cada uno de estos hombres, decidiera entre la vida y la muerte. Quizás la casa referida sea la que donó don Juan Pacheco Guzmán, alférez mayor de la villa, en la Celadilla, próxima a la ermita de Santa Ana, mientras él había huido a sus tierras de Perona. La ciudad de Cuenca, pues, decidió poner guardas y cerrar sus puertas a los vecinos de San Clemente, echando a los que estaban presentes en la ciudad. Medida que repitió Villarrobledo y debió ser común a otros lugares. De hecho, en el cabildo villarrobletano de treinta de julio se presentó una relación dada por la villa de Belmonte de los pueblos comarcanos que habían decidido cerrar sus puertas ante el temor al mal pestífero. En total, se reconocía de modo genérico que treinta pueblos ya impedían la entrada a los apestados. El memorial que llegaba desde Belmonte incluía, sin que tengamos noticias de ellas, salvo la propia San Clemente, las villas afectadas por la peste; pedía que dicho memorial se pregonara públicamente en toda las plazas de los pueblos comarcanos y que
que ningún mesonero ni otra persona particular pueda rrezevir ni rreziva por huesped a ningún vezino de las cibdades villas e lugares de las dichas cartas e certificaciones so pena de docientos açotes e de zinquenta mill mrs. para la cámara de su magestad
Mientras Villarrobledo cerraba con guardas su acceso por el camino de San Clemente y El Provencio, pero asimismo los caminos de las Mesas, Alcaraz, Minaya y de otras villas comarcanas. Además, suspendía las fiestas de toros previstas y ordenaba devolver las reses compradas en Villanueva de los Infantes. Era tal el temor al contagio que cualquier medida tomada era insuficiente. Entre las medidas de prevención que se tomaron estaba la obligatoriedad de asistir a los pobres enfermos en el hospital de la villa y garantizar su cura por los cuatro médicos existentes en la villa, subiéndoles el salario.

Villarrobledo, aislada y libre de la peste, se olvida de San Clemente, pero el día veintiuno de agosto llega a su ayuntamiento la petición desesperada de los sanclementinos pidiendo trigo para el abasto de sus vecinos. Previamente los sanclementinos son expulsados por los vecinos de Vara de Rey cuando van a moler a los molinos ribereños del Júcar en el término de Sisante. Villarrobledo responde con buenas palabras, nombrando comisarios, que con asistencia de médico, vean lo que es menester para el socorro de la enfermedad. La poca voluntad villarrobletana queda patente en los dos decretos concejiles que acompañan al primero: reparación de las cercas que se han levantado y renovación de los guardas puestos por la villa en sus cuatro puertas.

Para el cuatro de septiembre, se levanta una nueva tapia para proteger la pueblo de los apestados
yten mandaron que se eche en la zerca que se ha hecho en esta villa para la guarda de la peste una tapia más por ser nezesario para la dicha guarda y que las quatro puertas que se dexaron y ay abiertas en esta villa para el seruicio della se echen puertas para que quando convenga se zierren con llaves,
se prohibió a los vecinos de Villarrobledo acudir a las ermitas Fuensanta y Cañabate por ser lugares donde acudían por costumbre los sanclementinos, se eligieron hombres a caballo entre los principales de la villa, cuyo único cometido era echar de Villarrobledo a aquellos sanclementinos que se acercaran a sus muros. Más oprobiosas  para los sanclementinos fueron las condiciones que las villarrobletanos pusieron para ceder el trigo que los apestados necesitaban. El primer ofrecimiento de cuatro mil fanegas se quedó en mil a pagar en plata
se escriba al concejo de la dicha villa (de San Clemente) haciéndoles saber como esta villa tiene comprado de vecinos della mill fanegas de trigo los quales dan bozes por su dinero para que bengan con su dinero mañana por todo el día a la hermita de San Antonio de esta villa y sea en plata puesta y así ofrecido a las personas que dan el dicho trigo y no viniendo quando se dize se tengan por despedidos
Se comunicó al alcalde mayor del corregimiento que no era bienvenido a Villarrobledo y se mandó a Miguel Sánchez de Peralta que acudiese a las heredades fronterizas con la villa de San Clemente para dar razón si había sanclementinos  para echarlos de allí. Villarrobledo había utilizado la crisis pestífera en beneficio propio. Sin duda, tenía contenciosos planteados con el alcalde mayor Aguiar, pues un mes antes le recordó los privilegios que de primera instancia tenía la villa. Su petición de trigo para San Clemente a precio fijado por la tasa de granos era una intromisión en la libertad de precios que defendían los labradores villarrobletanos. Incluso ahora en época de necesidad.

El corregidor de las diecisiete villas, Antonio López de Calatayud, se decantó por una solución de compromiso, destituyendo al alcalde mayor y nombrando para el oficio a un vecino de Villarrobledo, el licenciado Perona. ¿Alturas de miras del corregidor? No, tal como recogen las actas municipales, un mendigante Antonio López de Calatayud pide a Villarrobledo que acoja a sus hijos que están fuera de San Clemente en una aldea de campo. Del trigo villarrobletano, tan necesario para San Clemente, nada. Es más, el concejo pide al Consejo Real que del trigo existente en los pósitos se reserve para la sementera de sus vecinos la cuarta parte, pues la mala cosecha del verano por la langosta que ha aovado en los campos lo hace necesario. Villarrobledo asume el papel de víctima. Pide que los pueblos comarcanos paguen el coste de la matanza de la langosta, cuyo dinero pretende utilizar para comprar trigo para sembrar ahora los campos en barbecho. Trigo que se comprará a la tasa del requisado de las tercias reales.

Las quejas de Villarrobledo, egoísmo aparte, tienen su razón: el granero villarrobletano está entrando en crisis y da muestras de agotamiento. Pero la crisis de la producción villarrobletana viene del acotamiento y roturación de tierras poco aptas para el cultivo por los labradores más acaudalados. De ahí, la existencia de tierras en barbecho que necesitan períodos más amplios de descanso. Su avaricia entra en colisión con la ricardiana ley de los rendimientos decrecientes. También entra en conflicto con los alcaldes entregadores de la Mesta. La consecuencia será que la economía economía regional diversificada, especializada e interdependiente entre las diferentes villas se rompe. San Clemente, especializada en una economía de servicios y con sus campos cultivados de viñas, ya no podrá confiar el abasto de trigo a villas como Villarrobledo, que lo necesitan para su consumo. La falta de este trigo y una población subalimentada ha sido la causa de la fácil propagación de la peste, especialmente en barrios pobres como el del Arrabal, cuya población morisca y enferma es hacinada en la ermita de los Remedios. De la gravedad del mal contagioso tenemos referencias indirectas en el siglo XIX de lo que decían los registros parroquiales.

Ermita de San Roque (http://cofrades.sevilla.abc.es)
Habiendo habido en la villa de San Clemente una peste en el año de 1600, fue tal el desmembramiento que causara en la población que murieron tres mil quinientas personas á pesar de las disposiciones que se tomaron para aminorar los efectos de aquel espantoso azote. Se habilitaron cuatro hospitales: uno exclusivamente para los moros en la ermitas del Remedio; otro en la de San Cristóbal; otro en la de San Roque y otro en la iglesia de los Evangelistas. Todas las personas que caían enfermas eran forzosa é inmediatamente conducidas al hospital á que correspondían sin consideración á clases ni jerarquías. Las que fallecían se sacaban del hospital para darles luego sepultura ,y las ropas que habían usado eran depositadas en las afueras de la ermita de Santa Ana, siendo tal el cúmulo de ropas que se amontonó que llegó a subir más alto que el tejado de la ermita, estas ropas fueron luego quemadas (1)

Ermita de los Remedios (http://cofrades.sevilla.abc.es)
Aunque el texto nos diga que no había consideración de clase o jerarquía en el tratamiento de la enfermedad, tal hecho se fundaba más en la realidad de una villa sobrepasada por la enfermedad que en los buenos gestos de sus vecinos principales, los cuales huyeron a sus casas de campo. Así el alférez mayor, Juan Pacheco, que huyó a sus propiedades de Perona, donde cerrado a cal y canto no dejó pasar a nadie. Los sanclementinos solo contaron con la solidaridad desprendida de villas como La Roda y de los hermanos del hospital madrileño de Antón Martín.

La población de San Clemente muere de peste, pero la enfermedad ataca cuerpos hambrientos. Villarrobledo lucha por disponer su trigo para sí. A las mil fanegas sacadas del pósito para sementera de los campos de sus labradores, se unen otras mil fanegas más el dos de noviembre.

El frío invierno en la transición de los años 1600 a 1601 contribuyó a acabar con la epidemia. Para el dos de enero los campos de Villarrobledo presentaban una espesa capa de nieve que se extendería sin duda por los campos sanclementinos
en el término de esta villa ay mucha niebe y los ganados de los vezinos della padezen mucho daño y están a peligro de se perder y acabar para rremedio de lo qual dieron y conzedieron lizencia a todos los ganaderos desta villa para que libremente y sin pena puedan entrar sus ganados en los pinares de la Bernagosa y Calaberón 
El cuatro de enero de 1601, la villa de San Clemente se da por desapestada y el nombre del pueblo desaparece del registro de pueblos apestados que se lleva en una tablilla en Madrid. Las consecuencias son conocidas. Villarrobledo viviría una decadencia irreversible; San Clemente, superada la crisis de comienzos de siglo, aún viviría dos décadas de esplendor más, antes que en la década de los treinta la declinación fuera definitiva.


(1) PÉREZ ESCRICH, Enrique: La Mancha: Narraciones venatorias, segunda parte de "los cazadores". Imprenta de Fortanet. 1881, pp. 89 y 90

BNE, 9/223291


Archivo Municipal de Villarrobledo. Acuerdos municipales del concejo. Año de 1600


Firma del doctor Tébar, cura de San Clemente en 1600 y fundador del Colegio de la Compañía de Jesús en la villa


EL DOCTOR TÉBAR Y LA PESTE DE 1600



MOTILLA DEL PALANCAR Y LA PESTE DE 1559





ANEXO I:  Acuerdo del cabildo municipal de Villarrobledo de 17 de julio de 1600

En Villarrobledo lunes día hordinario de cavildo diez e siete días del mes de jullio de mill e seysçientos años

dixeron que por quanto avían tenido noticia de que en la villa de San Clemente algunas personas an muerto en zierta parte de la dicha villa y se dize que es de mal contagioso y que se pega y por entender esto se conozca a el licenciado Aguiar alcalde mayor deste partido pide diese licencia a esta villa por se poder guardar de la dicha villa el qual sirva se enbíen personas del oficio que lo entiendan, porque si ay enfermedad contagiosa se guarde y aviendo tratado sobre ello y que en esta villa se a dicho que ay las dichas enfermedades y que los enfermos los sacan en una  hermita fuera de la dicha villa a los curar y tienen médico y ciruxano asalariado para los dichos enfermos y para saver si esto es ansy y que el rremedio conviene se ponga por ser general e común que el doctor Garcés médico desta villa y Tomás de la Serna ciruxano vecinos desta villa vayan a la dicha villa de San Clemente y sepan y averigüen lo que ay en esto y si ay peste en la dicha villa de San Clemente


domingo, 19 de marzo de 2017

Los pesos y las medidas en el Marquesado de Villena

La diversidad de pesos y medidas variaban según las comarcas y tierras. Tal diversidad era un obstáculo para los tratos entre las comunidades, especialmente en el comercio de dos productos: el trigo y el vino, 
es notorio quanta deshorden ay en los dichos nuestros rreynos por la diversydad e diferençias que ay entre unas tierras e otras de las medidas de pan e vino 

Media fanega
Sobre pesos y medidas ya el rey don Juan II promulgó ciertos capítulos insertos en una ley de 1435, que fue confirmada el año siguiente en las Cortes de Toledo. Otra ley, en este caso de Enrique II, sería promulgada por las Cortes también celebradas en Toledo el año de 1462. Dichas leyes fueron recopilada en una pragmática de nueve de enero de 1496, que, por la misma universalidad de la norma, venía a resolver las disputas existentes por la aplicación de dos patrones en los pesos y medidas: el de la ciudad de Ávila y el de la ciudad de Toledo. La medidas adoptadas para los granos fueron la media fanega y el medio celemín de Ávila y la adoptada para el vino, la cántara del Reino de Toledo
...enbiar a esas dichas çibdades e villas e logares que son cabeças de partido para que lo traygan e fagan traer a devido efecto a las quales mandamos que lleven e tomen la medida de la media hanega de pan e medio çelemín de la dicha çibdad de ávila e la medida de la cántara de vino de la dicha çibdad de toledo
Se obligaba primero a las cabezas de partido y, posteriormente, en un plazo de treinta días a disponer de patrones para la medidas al resto de lugares. En el caso del pan, entiéndase granos, los concejos debían disponer de medidas hechas de piedra o madera con chapas de hierro y para el vino hechas de cobre. Las medidas de los diferentes lugares debían ser iguales a las existentes en las cabezas de partido, dando fe de ello los escribanos con su sello.

Cántaras del museo de Cerámica de Chinchilla
Apenas habían pasado cinco años de la publicación de la pragmática, cuando Villanueva de la Jara se quejaba de ser la única villa del Marquesado que la aplicaba: el resto de villas seguían usando las medidas antiguas en perjuicio de los jareños que veían como los mercaderes dejaban de ir a su villa a comprar el trigo.
(el resto de villas del Marquesado) miden con las medidas que antes medían e a esta cabsa los mercaderes que solían venir a conprar pan a la dicha villa de villanueva no quieren venir por ser la dicha medida chica

El gobernador del Marquesado sería comisionado para intentar igualar las medidas a los patrones de la pragmática, que recogía fuertes penas por su incumplimiento que iban de los cinco mil maravedís a los veinte mil por la reincidencia del uso de medidas antiguas.

El desorden de la medidas continúo durante todo el siglo XVI. Las medidas unificadoras de Felipe II en 1563 y 1568 fijaron respectivamente la arroba como medida de peso para el aceite y la vara burgalesa para el comercio textil (San Clemente tuvo que cambiar su vara toledana de 906 mm. por la burgalesa de 836 mm.), pero en el ámbito del pan y el vino siguieron vigente las medidas de la pragmática de Tortosa de 1496. Tenemos constancia que en más de una ocasión, en 1552 o 1577, los sanclementinos fueron hasta Ávila para confrontar sus medidas con el patrón existente en el archivo de esta ciudad y obtener patrones iguales para la villa de la media fanega, celemín y cuartillo existentes en aquella ciudad, sellados por los fieles como signo de autenticidad.

Todavía en 1580, según documento conservado en el Archivo Histórico de San Clemente (1), las relaciones entre San Clemente y algunos lugares de la tierra de Alcaraz, como Lezuza, el Bonillo o Munera, se veían entorpecidas por el uso de patrones diferentes; ordenando Felipe II el sometimiento a las medidas oficiales
por quanto entre las leyes de nuestros Reynos ay una que dispone que en todos los pesos, que sean las libras yguales, de manera que ayan en cada libra 16 honzas, y esto sea en todas las mercaderías y carne y pescado y en todas las cosas que se vendiesen por libras: yten, que toda cosa que se vendiere por arrova, que aya en cada arrova 25 libras y no más ni menos: yten, que la medida del vino, ansí de arrobas como de cántaras y açunbres y quartillos, que sean la medida toledana: yten, que todo el pan se obiere de vender y conprar, que se venda y conpre por la medida de la ciudad de Avila, y esto así en la fanegas como en los celemines o cuartillos.
La diversidad en las medidas entre las tierras del Marquesado y las poblaciones de la tierra de Alcaraz afectaba especialmente al comercio de granos con la villa de Villarrobledo, que utilizaba una media fanega más pequeña que la existente en Ávila, obteniendo un pingüe beneficio en las ventas. De ello se quejara San Clemente en 1613 (2)
la villa de Villarrobledo tiene e usa e a usado de una media fanega con que se mide el trigo que es pequeña e falta e no corresponde con el patrón de Abila... porque se a visto y averiguado e liquidado que en treinta fanegas falta una, de lo que es notable daño a todo el Reino por ser la dicha villa donde su trato es la venta de trigo e particularmente a esta villa le resulta e a resultado notable daño, porque como circunvecina a acudido y les fuerza acudir a la dicha villa a lo comprar.


Archivo General de Simancas, RGS, Leg, 150107, 443 Sobrecarta de la ley de pesos y medidas. 1501

(1) TORRENTE PEREZ,  Diego: Documentos para la Historia de San Clemente. Tomo II, p. 40
(2) Instrucción del concejo de San Clemente al procurador Francisco Rodríguez de Tudela para representación ante el Consejo Real de 25 de mayo de 1613. AMSC. AYUNTAMIENTO. Leg. 30/77

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  • La cántara o arroba tenía 8 azumbres; la azumbre, 4 cuartillos; y el cuartillo, 4 copas. La arroba o cántara de vino contenía poco más de 16 litros, a diferencia de la de aceite que contenía, después de su fijación en 1563, doce litros y medio
  • La fanega contiene doce celemines y dos almudes. Su capacidad, según las comarcas, variaba en torno a los 55 litros y medio. También se entendía como medida de superficie, equivalente a alrededor de 6459 metros cuadrados

miércoles, 12 de octubre de 2016

Los Vargas y el crimen en el Villarrobledo de 1611 (II)

El proceso por la muerte de Catalina Martínez fue llevado en primera instancia por los alcaldes ordinarios de Villarrobledo Antonio Moreno de Palacios y Bartolomé Gómez Ortiz. Las primeras pesquisas ratificaban las complicidades de Juan García de Vargas que, después del asesinato había estado escondido en casa de varios vecinos del pueblo, entre ellos su cuñado Gregorio Millán, su concuñado Mateo Díaz sastre, el batanero Pedro Martínez y el tundidor Cristóbal Coronado. Todos ellos huyeron y contra todos ellos los alcaldes ordinarios emitieron órdenes de prisión.

Fue una mujer, Catalina López, quien con su testimonio implicaría a Ginés de Haro Cueva, familiar del Santo Oficio de la villa de San Clemente*. En la casa de Ginés servía como ama María de Vargas, la madre de Juan y viuda del pintor Cristóbal García; en esta casa se había refugiado el asesino tres semanas antes de cometer el crimen. Juan había mantenido una conversación con Catalina López en la que reconocía su voluntad de matar a Catalina y a su hermano el escribano Francisco Rodríguez. Pero la palabra de Catalina López, una expresidiaria valía muy poco y no era creíble. A pesar de que Francisco Rodríguez fue avisado de las aviesas intenciones y las comunicó a su hermana y de que los bandoleros andaluces fueron vistos por un mesón del pueblo propiedad de Baltasar Ortiz, Catalina Martínez volvió con su marido poco antes del crimen, quizás por los buenos sentimientos que albergaba hacia él o simplemente por la debida obediencia que la mujer debía al esposo; obediencia impregnada en el pensamiento de la época de resignación cristiana, tal como reconocía Catalina en sus palabras: no sé lo que se tiene en su coraçón, yo estoy confiada en la Virgen de los Ángeles, que en su bendito día me junte con él con buen pecho e para seruir a Dios y ella me a de librar. 

Aunque no todos en el pueblo tenían de Catalina una imagen de mojigata y buena cristiana. Algunas habladurías del pueblo, de las que se hacía eco el alguacil Alonso Pérez, contaban que la ruptura del matrimonio hacía cuatro o cinco años fue causada por la mujer que había cometido adulterio con un vecino llamado Juan Parra. Ante el escarnio público, Juan García Vargas había abandonado el hogar familiar y después de errar por Andalucía, había sentado cabeza en Zahara. A principios de julio de 1611 había vuelto a su tierra a recomponer su vida y después de unos días en casas de familiares, primero en casa de su hermana tres o cuatro días y luego en casa de su madre en San Clemente otros doce días y otros tantos en la feria de Villanueva de los Infantes, el primero de agosto había vuelto al hogar hasta el desenlace fatal de tres días después.

¿Cuál era el verdadero rostro de Catalina Martínez de Arce? Su matrimonio con Juan García Vargas era su tercer matrimonio; de sus dos matrimonios anteriores había enviudado: tanto del primero con Diego Martínez, vecino del Bonillo. como del segundo con el escribano Miguel Fernández, vecino de Villarrobledo. Que en el concierto de estos matrimonios debía estar Francisco Rodríguez de Arce es muy plausible, pues aparte del segundo marido, el tercero, nuestro Juan García de Vargas, también era escribano. Aunque Francisco Rodríguez negaba la concertación en este matrimonio,  era evidente que el interés importaba más que el amor o al menos de eso acusaba Francisco Rodríguez a su cuñado que había llegado al matrimonio no solo por la buena fama de su mujer sino por poseer gran cantidad de bienes muebles e rrayzes que tenía con promesas e halagos e otros tratos la atrajo a que se casase con él contra la voluntad de todos sus parientes. Catalina Martínez era una viuda rica codiciada por casamenteros, favorecida por la muerte de sus dos primeros maridos y con una amplia hacienda repartida entre el Bonillo y Villarrobledo (unas casas principales en la primera villa y bienes muebles por valor de 5.000 reales en la segunda). Esa era la visión de Francisco Rodríguez, que denunciaba el papel de su hermana en el matrimonio como la de una víctima, aunque consideraba que los ataques iban contra él. Francisco Rodríguez recordaba el pretendido caso de adulterio de Juan Parra con su hermana para denunciarlo como una trama organizada por sus enemigos, donde además de los Vargas estaban implicados otros amigos de esta familia como el alcalde Isidro Merchante y el escribano Alonso Ramírez, para dar fe del escándalo, que se habían presentado en el domicilio pillando juntos a Juan Parra y Catalina. La adúltera sería conducida a prisión donde permanecería ocho meses hasta confesar, vería embargados parte de sus bienes por valor de 500 ducados que acabarían en manos de Gregorio Millán, el cuñado de Juan García Vargas y solo conseguiría la libertad después del arreglo que le procuró su hermano. El marido de Catalina, Juan García de Vargas, que tenía bastante que callar, pues mantenía relaciones con otra viuda de nombre Isabel de Espinosa, retiraría la querella por adulterio, abandonaría la villa y a cambio el escribano Francisco Rodríguez de Arce le procuraba 1.000 reales. A partir de aquí comienza el periplo de Juan García de Vargas, que según la versión de Francisco Rodríguez, se asienta en Zahara, presentándose como hombre soltero y consiguiendo los favores de una mujer del lugar, conocida por el intachable nombre de doña Mariana la discreta. A pesar de su discreción doña Mariana, otra viuda rica, quedó preñada, para gran escándalo de una familia conocida por su buena fama y hacienda en la villa de Zahara. Como era costumbre en estos casos, y después de comprender lo inútil de mantenerlo preso durante seis meses en la cárcel o de enviarlo a galeras y de que el honor familiar solo se limpiaba con el matrimonio, que en esta situación exigía la muerte de la esposa legal. Así volvería Juan García de Vargas en abril de 1611 desde Zahara con los dos bandoleros y alojándose en Villarrobledo en casa de su hermana María y en San Clemente en casa de Ginés de Haro, intentaría matar a su mujer, aunque previamente se exigía asesinar a su hermano el escribano que desconfiaba de su presencia. El fracaso de este primer plan, llevó a Juan García de Vargas a presentarse de nuevo el mes de julio, esta vez como el marido arrepentido vuelto al hogar conyugal para rehacer con su mujer una vida cristiana, en el sentido literal de la palabra, pues no era raro ver a Juan García de Vargas esos tres primeros días de agosto rezando con un rosario en sus manos. Previamente se intentó vencer las resistencias del desconfiado Francisco Rodríguez con una inventada carta de arrepentimiento procedente de Socuéllamos y la intervención de algunos vecinos que abogaban por la reconciliación del matrimonio, entre ellos el batanero Pedro Martínez y el mayordomo del pósito Alonso Valero. Así hasta la noche del crimen que con el subterfugio de buscar un candil en la bodega de la casa, Juan García de Vargas había conducido a Catalina hasta la mencionada bodega, donde le aguardaban para matarla los dos bandoleros (en realidad uno de ellos era un criado de doña Mariana y el otro el propio Juan García de Vargas) y Gregorio Millán. Cometido el crimen Juan García de Vargas había acudido a Zahara para casarse con doña Mariana; dejaba tras de sí el cadáver de su mujer ensangrentado y semidesnudo con una camisa, unas calzas y unos zapatos y olvidados sus pocos objetos personales, testimonio de su oficio de escribano: unos papeles y un libro de prácticas de escribano.

Huidos los asesinos, el juez  Casillas ordenó la prisión de sus colaboradores y encubridores. Entre ellos, Gregorio Millán, Cristóbal Coronado en Villarrobledo, en Villarrobledo, y Ginés de Haro y María Vargas en San Clemente. Los dos últimos habían huido cuando llegó el alguacil Martín Mondragón, que se tuvo que conformar con recibir la noticia de la huida de boca de la criada Ana Rodríguez y el embargo de los bienes de Ginés. Del detalle de estos bienes, nos aparece la parquedad de la existencia vital de las personas en aquella época: seis sillas de nogal, un banco y una mesa de pino, una cama con su ropa y cortinaje, dos cofres herrados y un arca y dos paños azules. Era de más valor el embargo de diecisiete tinajas conteniendo cuatrocientas arrobas de vino, testimonio de la fuente de ingresos del familiar del Santo Oficio. Las malas relaciones entre Villarrobledo y San Clemente se manifestaron en los obstáculos de la comisión del alguacil Martín Mondragón. Ginés de Haro había encontrado acogida en la iglesia de San Sebastián para evitar a la justicia; en la subasta posterior de su bienes, a pesar de la concurrida asistencia de personas en la plaza del Ayuntamiento no se hizo postura alguna, teniendo que conformarse el alguacil con confiscar los dos paños azules, lo más llevadero, para pago de su salario. Huidos los principales actores villarrobletanos, las actuaciones del juez Casillas fueron obsesivamente contra Ginés de Haro, que por precaución había huido a Murcia. El auto del juez para el embargo de todos los bienes del familiar no llegaría a ejecutarse pues el pleito derivó a un conflicto de competencias entre el juez de comisión y la Inquisición. Esta derivación era intencionada, la Inquisición no entendió del pleito, pero Ginés de Haro consiguió dejar en un punto muerto con sus recursos al tribunal de Cuenca los autos del juez de comisión. Dicha comisión, a pesar de que se prorrogó por veinte días más, no llegó a acabar los autos y el caso quedaría por resolver. Es de suponer, que finalizado el plazo de la comisión, el juez Casillas, volvería a la corte, Ginés de Haro a San Clemente, Francisco Rodríguez de Arce obtuvo poca o ninguna compensación económica de la muerte de su hermana (pedía 1.600 ducados, que al fin y al cabo de dinero es de lo que se trataba); sobre la viuda María de Vargas no sabemos nada de su destino, pero había tenido la astucia de vender la mayor parte de los bienes de su hijo, que huido es de sospechar que rehizo su vida con doña Mariana la discreta.

Los autos judiciales nos muestran al escribano Francisco Rodríguez, contra lo que pudiera parecer, carente de rencor u odio. Francisco Rodríguez nos aparece como un hombre bastante frío, sabedor del peligro que para su vida supone Juan García de Vargas, pero lo considera un vecino más, compañero de gremio, con el que siempre es posible un arreglo. Evita el trato directo con él, pero mantiene la comunicación a través de intermediarios. Intenta un arreglo ofreciéndole cualquiera de la escribanías de El Bonillo, Lezuza o Peñas de San Pedro, pero Juan lo rechaza. Se vale de Mateo Díaz, para que durante ocho días de julio mantenga contactos con Juan en la feria de Villanueva de los Infantes, donde se encuentra. Del expediente judicial se entrevé que Villarrobledo en esta época mantiene una relación distante con San Clemente (y tirante como hemos estudiado en otro sitio) y se vuelca hacia los pueblos de lo que hoy es provincia de Ciudad Real, como Socuéllamos y Villanueva de los Infantes, más lejano, pero con una importante feria el 25 de julio. Incluso tiene la vista más allá: cuando Juan García de Vargas abandona el pueblo, acude a Sevilla. La razón es es que en esta ciudad hay una importante comunidad villarrobletana, entre los cuales intentan indagar los familiares de doña Mariana la discreta los lazos familiares de Juan. Los referidos Mateo Díaz, sastre, y el tundidor Cristóbal Coronado o el boticario Baltasar Moreno viajaban a menudo a Sevilla por negocios. La principal entrada al pueblo era el camino de Socuéllamos a Villarrobledo, que estaría muy transitado y la venta de Baltasar Ortiz debía ser un lugar muy concurrido.

Se nos presenta toda esta trama como un enredo de escribanos y de gente relacionada con el negocio de la lana: bataneros, cardadores, tundidores y sastres. No es casualidad, es más que probable que los negocios y escrituras del oficio del escribano Francisco Rodríguez de Arce se moviera en estos ambientes. Cuando una noche de agosto, Juan García de Vargas, ya juntado con Catalina, se presenta en casa del escribano Francisco Rodríguez, éste redacta unas ejecuciones por impagos de transacciones entre estos personajes. Juan García de Vargas quiere integrarse en ese mundo con su matrimonio, pero parece que este hijo de pintor tenía más dotes como don Juan que como redactor de testimonios notariales. El pleito derivó hacia la petición de responsabilidades en San Clemente; no es casualidad. Villarrobledo mantenía un enconado pleito con San Clemente, no tanto por su exención del corregimiento, como por el respeto de la primera instancia, y por la aportación de soldados de milicia. Muestra de la rivalidad entre ambas villas fue el encarcelamiento del alcalde mayor, doctor Vázquez, y tres alguaciles enviados desde San Clemente unos meses antes. Villarrobledo vivía una declinación irremediable; a las escasas cosechas de comienzos de siglo, se unían ahora otras de suma abundancia en todo el Reino; el trigo villarrobletano no encontraba salida por los precios tan bajos (tal como se reconoce el expediente); San Clemente era el polo opuesto, ser cabeza política del corregimiento le procuró ventajas suficientes para convertirse en centro de actividades diversas y mantener un renacer económico que se prolongó en el primer tercio del siglo.

La persecución y secuestro de bienes a los que se vio sometido el sanclementino Ginés de Haro Cueva contrastan con la inacción del juez Casillas en Villarrobledo. Aquí todo se arreglaba con transacciones. Las mediaciones para evitar que Juan García de Vargas llevase a término sus criminales intenciones fueron constantes durante el mes de julio, una vez detectada su presencia. Destacan las actuaciones en este sentido de Diego Muñoz de la Calera, procurador de la villa en la corte. Pero estos intentos parecían más encaminados a salvaguardar los intereses y la vida del escribano Francisco Rodríguez de Arce que la persona de Catalina Martínez de Arce. Catalina había vivido toda su vida encerrada desde que se casó en su casa, a la que se accedía por una calle que daba a unas puertas cerradas de noche y que daban paso a su hogar pero también al de un alguacil del pueblo y a un horno. Yendo de marido en marido en los matrimonios concertados que le preparaba su hermano, acabó llevando una vida desgraciada junto a la familia Vargas; su corta aventura con Juan Parra fue incluso preparada intencionadamente por su marido. El ensañamiento de su muerte era muestra del odio que se tenían las diferentes personas de esta historia, incapaces de resolver sus diferencias cara a cara y hacer víctima de esos rencores y odios a Catalina.



Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 1923, Exp. 17. Proceso criminal de Ginés de Haro Cueva. 1611-1612


*El cuatro de septiembre de 1602, Ginés de Haro presenta ante el ayuntamiento de la villa de San Clemente el nombramiento que le confiere el título de familiar de la Inquisición para ser aceptado como tal y exigiendo se respeten las prerrogativas que tal título confiere. En la sala se hallaban presentes el corregidor don Antonio López de Calatayud, el alcalde ordinario Alonso de Guevara, y los regidores licenciado Miguel de Herreros, Jerónimo Martínez, Francisco de Astudillo, Pedro de Monteagudo, Pedro de Tébar Ramirez, Antonio García Monteagudo, Miguel de Perona Rosillo,

sábado, 8 de octubre de 2016

Los Vargas y el crimen en el Villarrobledo de 1611


El matrimonio entre Juan García de Vargas y Catalina Martínez de Arce, la hermana del escribano Francisco Rodríguez de Arce, se había contraído a comienzos de 1600. El matrimonio había sido un calvario para la mujer, sometida a un maltrato continuo de palabras injuriosas y agresiones físicas de un marido despreocupado de los asuntos familiares y de la hacienda familiar, que, habiendo sido en parte aportada por la mujer, menguaba de forma continua por los sucesivos derroches del marido. En 1608, este hombre, poco apegado a su familia, había marchado a Andalucía, donde había vagado por la ciudad de Sevilla y otros lugares hasta asentarse en un lugar próximo a Ronda llamado Zahara, allí se había amancebado con una moza, con la que había tenido un hijo. La aventura pasajera había tornado para nuestro inconstante personaje en obligación permanente, incapaz de escapar a las redes familiares de la joven zahareña y preso de una bigamia de hecho, aunque simple amancebamiento y no plasmada en matrimonio como era el deseo de la amante.

Juan García de Vargas tenía que elegir: o su matrimonio con la villarrobletana o regularizar su relaciòn con la zahareña. Una de las dos mujeres sobraba en sus planes y como estos planes eran trazados desde Zahara, era evidente que el destino jugaba en contra de Catalina Martínez de Arce. Su desaparición y asesinato fue planeado en tierras andaluzas en los círculos familiares de la amante zahareña, pero la ejecución se había de hacer en Villarrobledo. La planificación y ejecución del asesinato merecería ocupar la primera página de, valga el atrevimiento, El Caso de la época. En la comisión del asesinato se implicaron tanto la familia de la amante zahareña como la de Juan García de Vargas. Los primeros pondrían el dinero para pagar a dos sicarios andaluces, en palabras del expediente bandoleros, que se desplazaron hasta Villarrobledo. En la casa de la hermana de Juan García Vargas se refugiarían los sicarios andaluces a la espera de cometer su crimen.

Aunque la preparación del crimen tenía tanto de descabellado como de torpeza, el lugar elegido, Villarrobledo, era el más adecuado. Esta villa manchega se extendía por varias hectáreas, sus típicas casas de un sola planta, y un segundo falso piso ocupado por una cámara, se desparramaban apiñadas en una amplia superficie. Contaban con patios interiores, que daban acceso a cuevas o bodegas subterráneas, donde se conservaban los alimentos y vino para consumo doméstico. Un pueblo cuya extensión se desparramaba por el horizonte y cuya existencia vital se recogía en torno a los patios interiores, ocultaba multitud de actos violentos que quedaban sin castigo. Sus secretos quedaban en el interior de sus encaladas paredes. Cuando los delincuentes y asesinos eran descubiertos, aprovechaban las colisión de las jurisdicciones privativas de los lugares de señorío cercanos que chocaban con la real de los alcaldes ordinarios para huir a lugares próximos como El Provencio o Minaya. La justicia local impotente debía elegir entre la intromisión del corregidor en la primera instancia local o el envío desde la Corte de jueces de comisión propios, que solían estar actuando en la comarca. La lentitud de los procesos judiciales provocaban la acumulación de casos sin resolver y que los delitos quedaran impunes o que los delincuentes tuvieran tiempo suficiente para escapar a tierras de señorío, donde se encastillaban los delinquentes. Mientras pueblos como Villarrobledo, cuya producción cerealista, símbolo de su riqueza y poder empezaba a declinar, y mostraban la estampa de una villa en crisis, en la que los actos violentos se multiplicaban:

por ser la dicha villa grande y rrepartida y donde se solían cometer grandísimos delitos de noche y de día sin que pudiesen ser hauidos los delinquentes en todo lo qual abían cometido atrocísimos delitos dignos de exemplar castigo para lo qual convenía que nos fuésemos servido de que se proueyese un juez que castigase los culpados y los sacase de los lugares de señorío donde se encastillaban los dichos delincuentes por no ser castigados y ser hombres temerarios 

Pero al lugar perfecto para un crimen se unió la torpeza de su traza. Incompresible, teniendo en cuenta, como veremos, que los agentes implicados eran muchos y de lugares ajenos a Villarobledo, como San Clemente, y que entre las potenciales y deseadas víctimas estaba también el escribano Francisco Rodríguez de Arce. La presencia de los dos sicarios andaluces fue avisada por Gregorio Millán, marido de la hermana de Juan García Vargas, a las presuntas víctimas: Catalina Martínez de Arce y su hermano el escribano. Pero pronto se había desdicho de sus palabras; Catalina Martínez, engañada inocentemente con buenas palabras, pronto había vuelto, después de la ruptura con su infiel marido,al hogar matrimonial. La noche del miércoles 11 de agosto de 1611 fue el momento elegido para el crimen: Juan García Vargas sacó desnuda del lecho conyugal a su mujer, arrastrándola hasta la bodega situada bajo el patio de la casa, donde estaban los dos bandoleros andaluces, que apuñalaron hasta catorce veces el cuerpo de Catalina hasta dejarlo exánime. Dejaba una niña huérfana, llamada Ana, que, en los planes de los homicidas, sería la mensajera que, por no tener noticias de su madre, avisaría a su tío, el escribano Francisco Rodríguez de Arce. Éste, receloso con razón de ser la próxima víctima, evitó personarse en la casa del crimen, avisando a la justicia y salvando de este modo la vida.

Para entender en el crimen de Catalina se otorgaría comisión al licenciado García Pérez de Casillas, que ya entendía en la cercana localidad de Montalbanejo de otro asesinato: el de Marcos de Lara. Marcos era un labrador al servicio de Pedro de Vargas, alcalde de la hermandad en Montalbanejo. Su propio amo con la implicación de varios familiares había sido el autor de su muerte, intentado evitar así el pago de una deuda contraída con Marcos de Lara por Pedro de Vargas, que le había comprado dos mulas. El cadáver del desgraciado labrador había sido abandonado en un olivar de Villarrobledo para ser devorado por los buitres. El asunto que se había tratado ocultar por el inculpado Pedro de Vargas y algunos deudos de éste, entre ellos su tío Francisco Montoya, alcalde ordinario de Montalbanejo, finalmente había salido a la luz por denuncia de los familiares de Marco de Lara. Pedro de Vargas era hombre rico y se creía inmune a la justicia. Sus lazos familiares se extendían por toda la comarca, sobre todo en Villarrobledo, incluido el citado Juan García de Vargas. Se decía de la familia Vargas que controlaba la justicia de Montalbanejo y algún otro pueblo de la comarca y que no era ajena al control de esa misma justicia en Villarrobledo.  Así el licenciado Casillas, alcalde de casa y corte, veía como en el oficio de su escribano Pedro de Mata iban cayendo las causas contra la familia Vargas. Para actuar contra los Vargas, el licenciado Casillas recibiría los plenos poderes de una justicia privativa, con poder para nombrar alguaciles, secuestrar bienes y encarcelar las personas de los acusados, aunque, como se decía en el mandamiento judicial que le confería tal comisión, de las prisiones debían encargase los propios alguaciles del licenciado Casillas pues el caso era tan grave y la prisión tan flaca.

El juez Casillas pronto sacaría la conclusión que toda la familia Vargas mantenía una estrecha solidaridad entre sus miembros, cuyos delitos mancomunadamente procuraban encubrir. La primera en garantizar el secreto en la familia era María de Vargas, la madre de Juan García de Vargas. Contra ella fueron las acusaciones del licenciado Casillas, pasando por alto que estaba sirviendo en casa de Ginés de Haro Cueva, familiar del Santo Oficio de la Inquisición en la villa de San Clemente. Este conflicto de jurisdicciones no parecía preocupar al licenciado Casillas ni a su escribano que en un momento del proceso llegó a decir: estos dineros de los familiares que buenos son.


El proceso por la muerte de Catalina Martínez fue llevado en primera instancia por los alcaldes ordinarios de Villarrobledo Antonio Moreno de Palacios y Bartolomé Gómez Ortiz. Las primeras pesquisas ratificaban las complicidades de Juan García de Vargas que, después del asesinato había estado escondido en casa de varios vecinos del pueblo, entre ellos su cuñado Gregorio Millán, su concuñado Mateo Díaz sastre, el batanero Pedro Martínez y el tundidor Cristóbal Coronado. Todos ellos huyeron y contra todos ellos los alcaldes ordinarios emitieron órdenes de prisión.


Fue una mujer, Catalina López, quien con su testimonio implicaría a Ginés de Haro Cueva, familiar del Santo Oficio de la villa de San Clemente*. En la casa de Ginés servía como ama María de Vargas, la madre de Juan y viuda del pintor Cristóbal García; en esta casa se había refugiado el asesino tres semanas antes de cometer el crimen. Juan había mantenido una conversación con Catalina López en la que reconocía su voluntad de matar a Catalina y a su hermano el escribano Francisco Rodríguez. Pero la palabra de Catalina López, una expresidiaria valía muy poco y no era creíble. A pesar de que Francisco Rodríguez fue avisado de las aviesas intenciones y las comunicó a su hermana y de que los bandoleros andaluces fueron vistos por un mesón del pueblo propiedad de Baltasar Ortiz, Catalina Martínez volvió con su marido poco antes del crimen, quizás por los buenos sentimientos que albergaba hacia él o simplemente por la debida obediencia que la mujer debía al esposo; obediencia impregnada en el pensamiento de la época de resignación cristiana, tal como reconocía Catalina en sus palabras: no sé lo que se tiene en su coraçón, yo estoy confiada en la Virgen de los Ángeles, que en su bendito día me junte con él con buen pecho e para seruir a Dios y ella me a de librar.

Aunque no todos en el pueblo tenían de Catalina una imagen de mojigata y buena cristiana. Algunas habladurías del pueblo, de las que se hacía eco el alguacil Alonso Pérez, contaban que la ruptura del matrimonio hacía cuatro o cinco años fue causada por la mujer que había cometido adulterio con un vecino llamado Juan Parra. Ante el escarnio público, Juan García Vargas había abandonado el hogar familiar y después de errar por Andalucía, había sentado cabeza en Zahara. A principios de julio de 1611 había vuelto a su tierra a recomponer su vida y después de unos días en casas de familiares, primero en casa de su hermana tres o cuatro días y luego en casa de su madre en San Clemente otros doce días y otros tantos en la feria de Villanueva de los Infantes, el primero de agosto había vuelto al hogar hasta el desenlace fatal de tres días después.

¿Cuál era el verdadero rostro de Catalina Martínez de Arce? Su matrimonio con Juan García Vargas era su tercer matrimonio; de sus dos matrimonios anteriores había enviudado: tanto del primero con Diego Martínez, vecino del Bonillo. como del segundo con el escribano Miguel Fernández, vecino de Villarrobledo. Que en el concierto de estos matrimonios debía estar Francisco Rodríguez de Arce es muy plausible, pues aparte del segundo marido, el tercero, nuestro Juan García de Vargas, también era escribano. Aunque Francisco Rodríguez negaba la concertación en este matrimonio, era evidente que el interés importaba más que el amor o al menos de eso acusaba Francisco Rodríguez a su cuñado que había llegado al matrimonio no solo por la buena fama de su mujer sino por poseer gran cantidad de bienes muebles e rrayzes que tenía con promesas e halagos e otros tratos la atrajo a que se casase con él contra la voluntad de todos sus parientes. Catalina Martínez era una viuda rica codiciada por casamenteros, favorecida por la muerte de sus dos primeros maridos y con una amplia hacienda repartida entre el Bonillo y Villarrobledo (unas casas principales en la primera villa y bienes muebles por valor de 5.000 reales en la segunda). Esa era la visión de Francisco Rodríguez, que denunciaba el papel de su hermana en el matrimonio como la de una víctima, aunque consideraba que los ataques iban contra él. Francisco Rodríguez recordaba el pretendido caso de adulterio de Juan Parra con su hermana para denunciarlo como una trama organizada por sus enemigos, donde además de los Vargas estaban implicados otros amigos de esta familia como el alcalde Isidro Merchante y el escribano Alonso Ramírez, para dar fe del escándalo, que se habían presentado en el domicilio pillando juntos a Juan Parra y Catalina. La adúltera sería conducida a prisión donde permanecería ocho meses hasta confesar, vería embargados parte de sus bienes por valor de 500 ducados que acabarían en manos de Gregorio Millán, el cuñado de Juan García Vargas y solo conseguiría la libertad después del arreglo que le procuró su hermano. El marido de Catalina, Juan García de Vargas, que tenía bastante que callar, pues mantenía relaciones con otra viuda de nombre Isabel de Espinosa, retiraría la querella por adulterio, abandonaría la villa y a cambio el escribano Francisco Rodríguez de Arce le procuraba 1.000 reales. A partir de aquí comienza el periplo de Juan García de Vargas, que según la versión de Francisco Rodríguez, se asienta en Zahara, presentándose como hombre soltero y consiguiendo los favores de una mujer del lugar, conocida por el intachable nombre de doña Mariana la discreta. A pesar de su discreción doña Mariana, otra viuda rica, quedó preñada, para gran escándalo de una familia conocida por su buena fama y hacienda en la villa de Zahara. Como era costumbre en estos casos, y después de comprender lo inútil de mantenerlo preso durante seis meses en la cárcel o de enviarlo a galeras y de que el honor familiar solo se limpiaba con el matrimonio, que en esta situación exigía la muerte de la esposa legal. Así volvería Juan García de Vargas en abril de 1611 desde Zahara con los dos bandoleros y alojándose en Villarrobledo en casa de su hermana María y en San Clemente en casa de Ginés de Haro, intentaría matar a su mujer, aunque previamente se exigía asesinar a su hermano el escribano que desconfiaba de su presencia.

El fracaso de este primer plan, llevó a Juan García de Vargas a presentarse de nuevo el mes de julio, esta vez como el marido arrepentido vuelto al hogar conyugal para rehacer con su mujer una vida cristiana, en el sentido literal de la palabra, pues no era raro ver a Juan García de Vargas esos tres primeros días de agosto rezando con un rosario en sus manos. Previamente se intentó vencer las resistencias del desconfiado Francisco Rodríguez con una inventada carta de arrepentimiento procedente de Socuéllamos y la intervención de algunos vecinos que abogaban por la reconciliación del matrimonio, entre ellos el batanero Pedro Martínez y el mayordomo del pósito Alonso Valero. Así hasta la noche del crimen que con el subterfugio de buscar un candil en la bodega de la casa, Juan García de Vargas había conducido a Catalina hasta la mencionada bodega, donde le aguardaban para matarla los dos bandoleros (en realidad uno de ellos era un criado de doña Mariana y el otro el propio Juan García de Vargas) y Gregorio Millán. Cometido el crimen Juan García de Vargas había acudido a Zahara para casarse con doña Mariana; dejaba tras de sí el cadáver de su mujer ensangrentado y semidesnudo con una camisa, unas calzas y unos zapatos y olvidados sus pocos objetos personales, testimonio de su oficio de escribano: unos papeles y un libro de prácticas de escribano.

Huidos los asesinos, el juez Casillas ordenó la prisión de sus colaboradores y encubridores. Entre ellos, Gregorio Millán y Cristóbal Coronado en Villarrobledo, y Ginés de Haro y María Vargas en San Clemente. Los dos últimos habían huido cuando llegó el alguacil Martín Mondragón, que se tuvo que conformar con recibir la noticia de la huida de boca de la criada Ana Rodríguez y el embargo de los bienes de Ginés. Del detalle de estos bienes, nos aparece la parquedad de la existencia vital de las personas en aquella época: seis sillas de nogal, un banco y una mesa de pino, una cama con su ropa y cortinaje, dos cofres herrados y un arca y dos paños azules. Era de más valor el embargo de diecisiete tinajas conteniendo cuatrocientas arrobas de vino, testimonio de la fuente de ingresos del familiar del Santo Oficio. Las malas relaciones entre Villarrobledo y San Clemente se manifestaron en los obstáculos de la comisión del alguacil Martín Mondragón. Ginés de Haro había encontrado acogida en la iglesia de San Sebastián para evitar a la justicia; en la subasta posterior de su bienes, a pesar de la concurrida asistencia de personas en la plaza del Ayuntamiento no se hizo postura alguna, teniendo que conformarse el alguacil con confiscar los dos paños azules, lo más llevadero, para pago de su salario. Huidos los principales actores villarrobletanos, las actuaciones del juez Casillas fueron obsesivamente contra Ginés de Haro, que por precaución había huido a Murcia. El auto del juez para el embargo de todos los bienes del familiar no llegaría a ejecutarse pues el pleito derivó a un conflicto de competencias entre el juez de comisión y la Inquisición. Esta derivación era intencionada, la Inquisición no entendió del pleito, pero Ginés de Haro consiguió dejar en un punto muerto con sus recursos al tribunal de Cuenca los autos del juez de comisión. Dicha comisión, a pesar de que se prorrogó por veinte días más, no llegó a acabar los autos y el caso quedaría por resolver. Es de suponer, que finalizado el plazo de la comisión, el juez Casillas, volvería a la corte, Ginés de Haro a San Clemente, Francisco Rodríguez de Arce obtuvo poca o ninguna compensación económica de la muerte de su hermana (pedía 1.600 ducados, que al fin y al cabo de dinero es de lo que se trataba); sobre la viuda María de Vargas no sabemos nada de su destino, pero había tenido la astucia de vender la mayor parte de los bienes de su hijo, que huido es de sospechar que rehizo su vida con doña Mariana la discreta.

Los autos judiciales nos muestran al escribano Francisco Rodríguez, contra lo que pudiera parecer, carente de rencor u odio. Francisco Rodríguez nos aparece como un hombre bastante frío, sabedor del peligro que para su vida supone Juan García de Vargas, pero lo considera un vecino más, compañero de gremio, con el que siempre es posible un arreglo. Evita el trato directo con él, pero mantiene la comunicación a través de intermediarios. Intenta un arreglo ofreciéndole cualquiera de la escribanías de El Bonillo, Lezuza o Peñas de San Pedro, pero Juan lo rechaza. Se vale de Mateo Díaz, para que durante ocho días de julio mantenga contactos con Juan en la feria de Villanueva de los Infantes, donde se encuentra. Del expediente judicial se entrevé que Villarrobledo en esta época mantiene una relación distante con San Clemente (y tirante como hemos estudiado en otro sitio) y se vuelca hacia los pueblos de lo que hoy es provincia de Ciudad Real, como Socuéllamos y Villanueva de los Infantes, más lejano, pero con una importante feria el 25 de julio. Incluso tiene la vista más allá: cuando Juan García de Vargas abandona el pueblo, acude a Sevilla. La razón es es que en esta ciudad hay una importante comunidad villarrobletana, entre los cuales intentan indagar los familiares de doña Mariana la discreta los lazos familiares de Juan. Los referidos Mateo Díaz, sastre, y el tundidor Cristóbal Coronado o el boticario Baltasar Moreno viajaban a menudo a Sevilla por negocios. La principal entrada al pueblo era el camino de Socuéllamos a Villarrobledo, que estaría muy transitado y la venta de Baltasar Ortiz debía ser un lugar muy concurrido.

Se nos presenta toda esta trama como un enredo de escribanos y de gente relacionada con el negocio de la lana: bataneros, cardadores, tundidores y sastres. No es casualidad, es más que probable que los negocios y escrituras del oficio del escribano Francisco Rodríguez de Arce se moviera en estos ambientes. Cuando una noche de agosto, Juan García de Vargas, ya juntado con Catalina, se presenta en casa del escribano Francisco Rodríguez, éste redacta unas ejecuciones por impagos de transacciones entre estos personajes. Juan García de Vargas quiere integrarse en ese mundo con su matrimonio, pero parece que este hijo de pintor tenía más dotes como don Juan que como redactor de testimonios notariales. El pleito derivó hacia la petición de responsabilidades en San Clemente; no es casualidad. Villarrobledo mantenía un enconado pleito con San Clemente, no tanto por su exención del corregimiento, como por el respeto de la primera instancia, y por la aportación de soldados de milicia. Muestra de la rivalidad entre ambas villas fue el encarcelamiento del alcalde mayor, doctor Vázquez, y tres alguaciles enviados desde San Clemente unos meses antes. Villarrobledo vivía una declinación irremediable; a las escasas cosechas de comienzos de siglo, se unían ahora otras de suma abundancia en todo el Reino; el trigo villarrobletano no encontraba salida por los precios tan bajos (tal como se reconoce el expediente); San Clemente era el polo opuesto, ser cabeza política del corregimiento le procuró ventajas suficientes para convertirse en centro de actividades diversas y mantener un renacer económico que se prolongó en el primer tercio del siglo.

La persecución y secuestro de bienes a los que se vio sometido el sanclementino Ginés de Haro Cueva contrastan con la inacción del juez Casillas en Villarrobledo. Aquí todo se arreglaba con transacciones. Las mediaciones para evitar que Juan García de Vargas llevase a término sus criminales intenciones fueron constantes durante el mes de julio, una vez detectada su presencia. Destacan las actuaciones en este sentido de Diego Muñoz de la Calera, procurador de la villa en la corte. Pero estos intentos parecían más encaminados a salvaguardar los intereses y la vida del escribano Francisco Rodríguez de Arce que la persona de Catalina Martínez de Arce. Catalina había vivido toda su vida encerrada desde que se casó en su casa, a la que se accedía por una calle que daba a unas puertas cerradas de noche y que daban paso a su hogar pero también al de un alguacil del pueblo y a un horno. Yendo de marido en marido en los matrimonios concertados que le preparaba su hermano, acabó llevando una vida desgraciada junto a la familia Vargas; su corta aventura con Juan Parra fue incluso preparada intencionadamente por su marido. El ensañamiento de su muerte era muestra del odio que se tenían las diferentes personas de esta historia, incapaces de resolver sus diferencias cara a cara y hacer víctima de esos rencores y odios a Catalina.



Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 1923, Exp. 17. Proceso criminal de Ginés de Haro Cueva. 1611-1612




*El cuatro de septiembre de 1602, Ginés de Haro presenta ante el ayuntamiento de la villa de San Clemente el nombramiento que le confiere el título de familiar de la Inquisición para ser aceptado como tal y exigiendo se respeten las prerrogativas que tal título confiere. En la sala se hallaban presentes el corregidor don Antonio López de Calatayud, el alcalde ordinario Alonso de Guevara, y los regidores licenciado Miguel de Herreros, Jerónimo Martínez, Francisco de Astudillo, Pedro de Monteagudo, Pedro de Tébar Ramirez, Antonio García Monteagudo, Miguel de Perona Rosillo







Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 1923, Exp. 17. Proceso criminal de Ginés de Haro Cueva. 1611-1612

sábado, 21 de mayo de 2016

Villarrobledo en 1604 y 1605: los años del hambre, el desabastecimiento y la especulación (III)

                                                                           y por ser como es la nezesidad y poca cosecha de pan tan general si no se acude a el rremedio con tiempo tercia mucha dificultad y esta villa estaría en  peligro de perderse y despoblarse


De esta guisa rezaba la queja de los regidores villarrobletanos en el ayuntamiento celebrado el 11 de julio de 1605. La escasez se había apoderado del Reino. Hasta Villarrobledo había llegado petición de los Inquisidores del Tribunal de Murcia, pidiendo 1.500 fanegas de la próxima cosecha, pero la cosecha se esperaba nefasta, Los labradores todavía disponían de algún trigo pero se negaban a venderlo. El corregidor de San Clemente había suspendido la almoneda para panadear el trigo del pósito en el año venidero y había impuesto el control directo por el concejo del trigo panadeado. Los regidores daban cartas de poder para acudir ante el Consejo Real en Valladolid para obtener licencia para tomar a censo de 20.000 a 24.000 ducados. Por fin, el 21 de julio, quizás para emular la decisión del canónigo Yáñez, con más probabilidad para adelantarse a sus intenciones, se acuerda requisar el grano a los labradores que ya empiezan a cosechar:

mandaron que dos oficiales de este ayuntamiento juntamente con el rregidor Antonio Téllez alcalde ordinario al campo por las heredades de esta villa por su jurisdición a ver el pan que cada un labrador coje y los pegulajeros y a cada uno tomen para el dicho pósito la quantidad de trigo y centeno que les paresciere pueden dar y hagan cala y cata en las dichas heredades sin exceptar persona alguna

Se les pagará a catorce reales la fanega, cuatro reales por debajo del precio fijado por la tasa; sólo se les compensará esa diferencia de cuatros reales medio año después. El embargo se hizo extensivo a las rentas del diezmo e incluso al trigo acumulado por uno de los regidores, Francisco Martínez Bonillo. Se enviaron comisarios a Aragón y Valencia para la compra de trigo, pero previamente se intentó en Toledo cambiar  por plata la moneda de vellón existente en el caudal del pósito; la plata había desaparecido de la circulación en Villarrobledo. Para obtener el pan se mezcló el escaso trigo con el candeal, pero el precio se mantuvo en diez maravedíes la libra, pues la fanega de trigo ya superaba la tasa del año 1600, fijada en 18 reales, yendo más allá de los treinta reales. Se hicieron ensayos para ver la cantidad resultante de la mezcla del trigo con el candeal, por una fanega del primero se obtenían alrededor de 110 libras de pan, por una fanega del segundo, no llegaba a noventa. Se habilitaron 53 panaderos con licencia para la venta, distribuidos en tres puntos de ventas: uno en la plaza del Pozo y dos en la plaza Mayor. En uno de estos últimos puntos se situaba la venta a forasteros, a los que se vendía la libra a doce maravedíes.

El trigo necesario para el pósito se encontró por fin a comienzos de agosto en manos de un vecino de Villar del Águila, tierra de Huete, y sobre todo, en la comarca de Molina de Aragón, donde se envío a dos frailes para tratar la compra de cerca de 10.000 fanegas. Simultáneamente cuatro regidores, cumpliendo órdenes del corregidor, acompañados de alguacil y regidor, registraban el trigo de los labradores.

Los dos frailes se encontraban en la tierra de Molina a fines de agosto, comprando el trigo para el pósito. Los precios, con la cosecha recién recogida, ascendía ya a 30 y 36 reales la fanega de trigo; el doble del fijado por la tasa. Para evitar pérdidas, el concejo villarrobletano decidió subir el precio del pan a doce maravedíes la libra; el mismo que pagaban los forasteros, que pronto, el 2 de septiembre se subiría en dos maravedíes más. Pero los informes que desde Molina mandaba el padre Serrano, uno de los frailes, avisaban de la escasez de trigo en la zona de Molina obligaría a completar las compras en Aragón y que los costes de acarreo elevarían el precio de la libra de pan cocido a 17 maravedíes. Las noticias del fraile y otras negativas, como las del alférez Sebastián de Losa que se había desplazado a Medinaceli, llevaron a desechar la opción aragonesa e intentar comprar el trigo de Cartagena, ofrecido por el Marqués de la Vélez, gracias a la mediación del corregidor. Pero de nuevo se chocaba con la falta de numerario en plata. De hecho, el único dinero aceptado. la generalidad de las transacciones y pagos se hacía con moneda de vellón. Así se volvió de nuevo a la requisa y embargo del trigo del diezmo, que obraba en poder de los fieles, procedente de la reciente cosecha. Claro que el trigo que se procuraba embargar era el correspondiente a las tercias reales, pues el concejo bien se cuidaba de incluir en este embargo la cuarta parte de las rentas decimales, que se pensaba dedicar a la sementera. Para disponer de esta parte se procuraba utilizar el camino de la mediación con la Iglesia de Toledo. En cualquier caso, la parte de trigo embargado correspondiente a las tercias para comienzos de octubre ya estaba en el pósito. Dicho trigo daría lugar a un pleito con la villa de Almagro, a quien se habían arrendado los frutos decimales. En cuanto al trigo para la sementera sería cedido a finales de octubre por la iglesia de Toledo, pero de fiado y a pagar en la cosecha de agosto de 1606, en unas condiciones tan leoninas en los intereses que se decidió pagar al contado. Aunque el problema era el dinero.

Como un agravio en la villa, se debió ver el requerimiento del corregidor de San Clemente, que, con cargo de la parte del diezmo correspondiente a las tercias, decidió asignarse la dotación que, de los cereales villarrobletanos, hacía uso anualmente para su casa y para la casa del alcalde mayor (doscientas fanegas de trigo y ciento cincuenta fanegas de cebada para el corregidor y cien fanegas de trigo y cincuenta de cebada para el alcalde mayor).

El problema de la escasez afecta a todo el corregimiento. El corregidor decide convocar, en la vieja tradición de las juntas del Marquesado, una junta de las diecisiete villas del corregimiento. Se celebrará el domingo 16 de octubre de 1605 en Iniesta y acudirá un regidor o alcalde por villa. Deben acudir con las necesidades de trigo de cada uno de los pósitos locales. Por primera vez, se intenta dar una solución general a las malas cosechas. Se ha concedido licencia real para sacar 300.000 fanegas de trigo del Reino de Aragón para provisión del Reino de Toledo y otras tierras, entre ellas el corregimiento. La junta acordó que el corregidor escribiese al Consejo Real sobre la necesidad de trigo en el corregimiento. La petición sería defendida por Pedro Durango, estante en la Corte, que recibiría un salario de 50 ducados a repartir entre las villas. Las desavenencias vinieron cuando San Clemente y otras villas pidieron socorro económico al resto de villas por la plaga de langosta que estaba azotando sus frutos; Villarrobledo se negó a dárselo con la justificación de que ellos no padecían de esta plaga.

Villarrobledo disponía de otro pósito, el llamado pósito de los pobres, fundado por el doctor Uceda y Torres, cura de la villa. El caudal del dicho pósito, diecisiete mil reales, que obraban en poder del regidor Pedro de Montoya Vizcarra, sería requisado y agregado al caudal del pósito municipal, a cargo de su mayordomo Juan Rosillo. A marchas forzadas, se intentaba acumular suficiente dinero para la compra de trigo para la siembra a la Iglesia de Toledo. Así se conseguía recuperar más de 2.000 reales de algún deudor atrasado del pósito y la villa debió respirar aliviada cuando se conoció la rebaja en un millón de maravedíes del encabezamiento de las rentas reales del suelo de Alcaraz, tierra a la que fiscalmente pertenecía Villarrobledo. Pero a fecha de 13 de noviembre todavía había labradores sin simiente. De nuevo, se intentó obtener la cuarta parte de las rentas decimales de sus tenedores a precio de la tasa.

Durante el invierno, la escasez que vive la villa apenas si se trata  las reuniones del cabildo, hasta que el 13 de febrero de 1606 se recibe mandamiento del corregidor de San Clemente tasando el precio de la venta del pan, a petición del procurador sindico que se queja de que la libra de pan se está vendiendo a un precio superior a doce maravedíes la libra. Pero la situación que se vivía debía ser desoladora. En la vecina San Clemente, sin duda con menos provisiones de trigo que Villarrobledo, el panorama que se nos presenta el 21 de febrero, cuando se decide el reparto de dos mil ducados entre los pobres, es de hambruna:

y este presente año avía sido el más estéril en essa dicha villa y su tierra, que xamás se avía visto, y la gente pobre passava grandísima necesidad y se cayan muertos de anvre: y aunque algunos andavan clamando por las calles, no avía quien tuviesse posibilidad para socorrerlos, ni los que tenían heredades las cultivaban; y se temía que avría de suceder, por la dicha ocasión de aver tanta anvre, alguna enfermedad de peste como la que avía sucedido en essa dicha villa el año de 600 (1)

Las quejas de la villa de Villarrobledo se reavivan el 23 de febrero, cuando llega la noticia de que Villarrobledo debe aportar 30 carros y 90 mulas para la mudanza de la Corte de Valladolid a Madrid.

en esta villa no ay ni se podrán hallar mulas para que puedan servir en la dicha jornada por estar todas hellas muy flacas y decaydas de causa de la gran falta de zebada 

Lógicamente el Rey no podía recibir una simple negativa. Así que a la ritual exposición de motivos, bastante cierta, sobre la esterilidad de los tiempos y la pobreza de los vecinos, se añadía la petición de concesión de arbitrios para sufragar los costes de los carros y mulas, en una decisión que para nada beneficiaba a aquéllos en  cuyo nombre se solicitaban los mencionados arbitrios. La dehesa carnicera se roturaba para tierras de labor por tiempo de ocho años y se arrendaba por el mismo tiempo para pasto la dehesa de Calaverón. A corto plazo, la decisión tomada fue más tajante, para el uno de abril se decidió el embargo de 25 carros a varios vecinos con una compensación de 400 reales a pagar en agosto o septiembre del dinero obtenido con la próxima cosecha. En las actas del doce de abril aparecen los 25 carros finalmente embargados y el nombre de los vecinos afectados con todo detalle. Finalmente en mayo la aportación quedaría en quince carros.

Mientras los problemas de aprovisionamiento de pan se agudizan, viéndose obligada la villa a establecer el 13 de marzo un estricto racionamiento del trigo. Se fija un único punto de entrega del pan a los vecinos, las casas dejadas por el doctor Uceda, antiguo cura de la villa, con asistencia continua de dos regidores para evitar el descontrol en la distribución. A los problemas de distribución se unían los de malversación de fondos. Tal como se reconocía en la sesión de 13 de abril de 1606, varios vecinos encargados de la compra de trigo para el pósito se habían quedado con parte del dinero, tan necesario ahora para la realización de nuevas compras.

Para el 26 de abril la gravedad de la crisis ya nos aparece en toda su crudeza, reconociéndose la labor desinteresada de los médicos por atender el número creciente de los pobres de la villa:

dixeron que de causa de la nezesidad que padezen los vecinos pobres desta villa a avido y ay muchos enfermos y los médicos desta villa an tenido cuydado y lo tienen de presente de visitarlos sin ynterés alguno

Las condiciones de distribución de pan para los forasteros se endurecen, aumentándose el precio a 16 maravedíes la libra. Se intenta restituir la falta de trigo en el pósito con nuevas compras; esta vez en Alcázar de San Juan, que por entonces se llamaba Alcázar de Consuegra. Como el año anterior, aprovechando la procesión de San Nicolás de los Villarejos para el once de mayo, se repartirá pan cocido a los vecino pobres, panadeado del trigo veinte fanegas existentes en el pósito, correspondientes al beneficio curado de la villa, y que cedidas en un contexto de necesidad ahora el párroco pretende cobrar a precio tasado de 18 reales, aunque eso sí, en plata.

Pero ya se sabe que la cosecha del mes de agosto va a ser muy buena. La escasez presente con la abundancia futura desata los procesos especulativos. Desde villas como San Clemente o Belmonte se disparan las ofertas de compra por el grano de la venidera cosecha villlarrobletana. Son los propios vecinos ricos de Villarrobledo, que dando la espalda a la necesidad de sus convecinos, los que se desplazan a las villas comarcanas ofreciendo su futura cosecha al mejor postor. En saco roto caen las peticiones que las ventas se hagan primero entre compradores de la villa. El concejo solo puede ofrecer 22.000 reales para las compras de agosto para proveer el pósito con sus caudales. Se aportarán tres mil ducados más (¿del dinero obtenido a censo?), que se prestarán a vecinos de la villa para que compren trigo a partir del quince de agosto y se comprará más trigo para el pósito para abastecimiento de la villa para el periodo de junio a agosto. Mientras la necesidad y el hambre continúa, el cinco de junio de 1606, Villarrobledo, el granero de España, acuerda que para remediar el hambre se provea a sus vecinos de pan de cebada, se compren cuatro mil fanegas para el pósito, pero esta vez de centeno, y, en una medida sin precedentes en la villa se manda la expulsión de todos los forasteros en un plazo de tres días. La expulsión sería más gesto propagandístico que otra cosa, pues difícilmente podía prescindir Villarrobledo de los peones para la siega. No es de extrañar que pocos días después en otro ayuntamiento se volviera a decisiones anteriores de mantener el precio de pan a los forasteros a 16 maravedíes pero bajando la libra de 16 a 14 onzas.

El desabastecimiento iba acompañado de la especulación, el hambre presente de los vecinos era parejo a unos campos que ese verano mostraban una cosecha abundante como no se recordaba desde hacía tiempo.






Archivo Municipal de Villarrobledo (AMVi), Actas municipales del 1 de julio de 1605 hasta el 29 de junio de 1606



(1) TORRENTE PÉREZ, Diego: Documentos para la Historia de San Clemente. Tomo II. Madrid, 1975. pp. 164


sábado, 14 de mayo de 2016

Villarrobledo en 1604 y 1605: Los años del hambre, hacia una crisis de subsistencias comarcal (II)

Villarrobledo se encontraba por entonces renovando sus edificios civiles. Estaban en construcción las carnicerías públicas y en proyecto una nueva casa del ayuntamiento que de presente se quiere edificar, pero faltaba el dinero. El año de 1604 se había echado mano de las tercias para las obras; ahora, a comienzos de 1605 se acuerda contar para dicho fin con el producto de la renta de la almotacenía, calculado en doscientos ducados anuales.

En estos comienzos de 1605, asiste a las reuniones del ayuntamiento el corregidor del partido de San Clemente, Diego Mudarra de Mendoza. De la lectura de las actas, parecen haber desaparecido del orden del día la realidad de una villa dominada por la escasez. La imagen que se intenta ofrecer al corregidor es la de una villa opulenta, que continúa con sus programas de embellecimiento público. El ayuntamiento del seis de enero acordará seguir adelante con su proyecto de ensanchamiento de las casas del ayuntamiento, construcción de la cárcel y apertura de una gran plaza pública para lo que se embargarán y derribarán varias casas particulares. Asimismo se proyecta la construcción de una lonja delante las puertas de la carmizerías (cuya construcción se encomendara al maestro de cantería Domingo de Aguirre, al que se le adelantarán 400 ducados). Pero una vez que se ha ido el corregidor, el tono de las actas cambia. En la reunión del dieciséis de enero la solidaridad de los regidores en defensa de sus intereses les lleva a mancomunarse para defender sus intereses frente a la Mesta y el alcalde entregador Trillo. Ese día acuden todos, pero cuando al día siguiente se vuelve a tratar el estado de necesidad de la villa faltan muchos. Se reconoce que las existencias del pósito se están agotando. Cuatro días antes, un canónigo de Toledo se ha presentado para cobrar el montante de noventa y seis fanegas del trigo embargado unos meses antes. Se da por imposible encontrar trigo en toda la comarca, pues la esterilidad de las cosechas ha alcanzado a todos los pueblos. Por último, se invita a los labradores que dispongan de grano excedentario a que lo vendan al pósito para sobrevenir las necesidades de los vecinos.

A pesar de ello, el desorden en el abasto de pan se ha instalado en el pueblo. La mayoría del pan cocido queda fuera de la red municipal y su fabricación y venta se hace al margen del control municipal. ¿Son los regidores villarrobletanos ajenos a estos procesos especulativos? Se ha señalado a estos regidores como los principales causantes de la crisis y decadencia de la villa al subordinar el bien público a su propio interés privado. Muestra de ello es que un análisis de las actas municipales nos demuestra la gran cantidad de pleitos que tiene que afrontar la villa; las reuniones municipales es una constante pérdida de tiempo en apoderamiento a procuradores ante las audiencias. La advocación de la primera instancia frente al corregidor de San Clemente acabaría, a partir de 1610, en un largo pleito de ocho años, que costaría entre apelaciones, vistas y revistas 20.000 ducados. Y es que la defensa de la primera instancia era la mejor salvaguarda que tenían los regidores y principales villarrobletanos para defender sus intereses, a cuyo servicio ponían una acción de gobierno donde la malversación de los propios y rentas públicas era la norma. Muestra de ello era la residencia del licenciado Santoren en el año 1600, la nueva residencia del corregidor Mudarra y el alcalde mayor Cid tres años después y la última auditoría de cuentas este mismo año de 1605 a cargo del juez real, el doctor Zarandona. En todas estas residencias quedó demostrada la nefasta e interesada administración de lo público por los regidores, obligados a restituir los alcances resultantes de las cuentas.

La declaración de los regidores de treinta y uno de enero es la prueba de cuánto había de infortunio y cuánto de malversación en el estado de necesidad de la villa. El pósito, que a pesar de la mala cosecha, contaba con 10.000 fanegas en septiembre de 1604, no tenía provisiones para aguantar hasta la cosecha de agosto. Sabemos que la presencia del corregidor en Villarrobledo, entre finales de diciembre y comienzos de enero, había tenido como finalidad descubrir el acaparamiento de trigo por los vecinos ricos, pero se había ido con las manos vacías. Los sembrados ya anunciaban una cosecha nefasta y el caudal y trigo del pósito se dilapidaba demasiado rápido:

dixeron que por el mes de septiembre próximo pasado de seyscientos quatro ubo en el pósito desta villa diez myll fanegas pocas mas o menos con las quales se entendió abía sufyciente abasto por la esperiencia que se tenía de otros años en el gasto del dicho pan y andando el tiempo se a visto que dicha cantidad no es sufyciente para fasta agosto que viene porque en los vecinos se ve en cada día mayores necesidades y están tan apretados con la mucha esterilidad que a sobrevenido, que no solo la nezesidad es presente pero yrá creciendo por la poca agua (tachado= con la mucha agua) que a sobrevenido y por estar los sembrados mal nacidos por cuya causa aún los más rricos compran el pan de que se sigue mayor carga en el dicho pósito y que con las dichas diez myll fanegas no ay sufyciente cantidad para el abasto y esto es más sin duda supuesto que aunque el señor don Diego de Mendoça corregidor deste partido a hecho grandes diligencias y cala y cata para entender quien tenya trigo no a hallado quien pueda rremediar aun asimismo y aunque los dichos señores alcaldes an fecho por su parte las dichas diligencias an hallado la misma dificultad y carestía y que si se aguardase a comprar trigo no se hallaría por ningún precio ni sería posible rremediar la necesidad que ya se be e a de apretar a esta villa y aviendo echo esperiencia del trigo que cada un día se gasta más y el día que menos se gastan sesenta fanegas y para oviar mal tan grande y nezesidad  tan forzosa que se espera= dixeron que mandauan y madaron que del caudal del pósito se compren tres myll fanegas lo qual fuere más nezesario y porque en la compra a de aver dificultades y no se a de hallar a la tasa de su magestad...


Se conminaba a tres vecinos a comprar las 3.000 fanegas de trigo allí donde se pudiere, tanto entre los vecinos de Villarrobledo como forasteros. Se ponía como condición que los precios de compra fueran a precios moderados, cosa difícil de cumplir dada la especulación a que había dado lugar la escasez de grano. Pero las cuentas tomadas por el corregidor denunciaban una deuda con el pósito de 4.900 fanegas de trigo y 6.700 reales. Los deudores tenían nombre y apellidos y lejos de la imagen que se pretendía dar de pobres labradores se correspondían con vecinos principales: así, García Ortiz de Vargas, regidor, debía 300 fanegas.

El caso es que para finales de febrero ningún deudor había satisfecho sus deudas al pósito. Para entonces, el problema había trascendido el ámbito local. El Consejo Real había comisionado al corregidor Mudarra para que examinara el trigo existente en los pueblos de su partido y el estado de la futura cosecha, pues hasta la Corte había llegado la noticia que en muchos pueblos por la falta de simiente los campos estaban sin sembrar:

en el consejo se tiene noticia que a causa de la poca cosecha de pan que ubo el año pasado en esas villas y su tierra y en otras muchas provincias destos rreynos los labradores y personas que an de labrar y sembra no tienen el trigo y simiente que an menester para hazer sementera este año...

La provisión, aunque de 24 de enero, se hacía notoria al ayuntamiento de Villarrobledo el 6 de marzo, del mismo modo que también se había comunicado al resto de las dieciséis villas. El corregidor trataba de saber el trigo real existente en los pósitos, las tierras que se habían dejado de sembrar y, sobre todo, las consecuencias de cara al futuro de una anunciada escasez, a añadir a la ya sabida de la cosecha de 1604. Pero el corregidor Mudarra mostraba una total falta de voluntad y una manifiesta incapacidad para imponerse a los regidores villarrobletanos, que soslayaban hablar de la escasez de trigo en el ayuntamiento, evadiéndose con temas considerados más importantes como la conveniencia de crear un convento de carmelitas descalzas con el legado dejado por Ana Ruiz, viuda de Juan Cano Moragón.

Por más que obviaran la realidad los regidores, ésta se imponía con crudeza, en las actas de cuatro de abril, por primera vez, aunque como una posibilidad, aparece la palabra hambre. Acordándose confeccionar un padrón con las personas necesitadas en el pueblo a las que se ha de repartir pan. Entre los necesitados, el convento de San Francisco, que pide prestadas veinte fanegas de trigo a devolver para Santa María de Agosto, aunque finalmente recibirá doce. Otras dieciséis fanegas de trigo irían para limosnas con motivo de la procesión del Villarejo del primer jueves de mayo. Esta procesión era una romería que se dirigía hasta la ermita de San Nicolás y que se venía haciendo desde que la villa tenía doscientos vecinos; se trataba de una rogativa para pedir al santo por un buen tiempo que facilitara los frutos del verano y se acudía a la necesidad de los pobres con seis mil maravedíes. Ahora, cuando villa contaba con tres mil vecinos se reconocía la impotencia para acudir a las necesidades de tantos pobres como había, las necesidades se traducían en dinero por cuantía de 40.000 maravedíes. Racionamiento y limosna se presentaban como medidas complementarias y solidarias en una sociedad golpeada por intermitentes crisis de subsistencias.

Por supuesto los regidores villarrobletanos veían el panorama de escasez que se presentaba ante sus ojos, pero eran parte interesada y aprovechada. Cínicamente defendían las libertades e independencia de la villa frente a las intromisiones del corregidor. Tal era el caso del regidor Francisco de Lamo, a quien el corregidor Mudarra había encausado por especular con el trigo y venderlo a un precio superior a la tasa. Todos los regidores cerrarían filas en defensa de la primera instancia, en una causa que, sin duda, les afectaba a todos: los autos se debían sustanciar en Villarrobledo y no en  San Clemente. A defender esta postura se mandó al licenciado Mérida de Minaya a la villa de San Clemente. Pendían otras causas ante el corregidor y el alcalde mayor iniciadas en Villarrobledo y llevadas a finalizar a San Clemente y algún vecino villarrobletano, Cristóbal Montoya, estaba preso en la cárcel de esta villa, pero el conflicto giraba en torno al trigo y su especulación por los regidores de Villarrobledo, que elevaron sus protestas a las ejecuciones de los alguaciles mayores del partido en la villa con la excusa de que llevaban un salario superior a los seis reales fijados. Se sumaban asimismo las protestas por apropiarse el corregidor de las penas impuestas por denuncias contra las ordenanzas y que según la costumbre debían ir al concejo. Además, el corregidor de  San Clemente tenía presos en la cárcel de la villa al mayordomo del concejo de Villarrobledo, Alonso Valero, y al arrendador de la correduría, Martín Sánchez de Posadas, por deudas de los salarios de Antonio de Quevedo, alguacil del partido, por valor de 500 reales correspondientes sus desplazamientos a Granada en las diligencias sobre un pleito que sobre ordenanzas de las rastrojeras se había llevado en la Chancillería. Cuando el mencionado alguacil pide sus salarios, recibe 24 reales.

Mientras las existencias del pósito estaban agotadas. El dieciocho de mayo los regidores deciden reponer existencias, echando mano del caudal monetario del mismo, a sabiendas del excesivo precio del trigo en estos momentos y su coste para la villa (o quizás del beneficio que pueden alcanzar como vendedores). El treinta de mayo se reconoce que la cosecha de cebada y centeno del presente año va a ser muy escasa. No solo las personas comen, también las bestias de labor. Para pasto de mulas, jumentos y yeguas se cede el pinar de Bernagosa. Para el ocho de junio se dan por agotadas cualesquier existencias de granos o dineros en el pósito, solo queda moneda de vellón  se que nadie quiere trocar en moneda de plata, única que parece aceptarse para las compras e trigo. Se vuelve a recalcar la pobreza de la cosecha que se espera y se aboga, en una decisión que marcará el futuro de la villa, por pedir a censo 20.000 ducados. Hasta Toledo se manda al regidor Diego de Bustos para implorar al cardenal que la villa pueda disponer del trigo de las rentas pontificales, el cual se promete pagar al contado. Lleva el mandato también de que los clérigos no puedan sacar trigo de la villa para venderlo fuera. Dos regidores recorrerán los campos para ver in situ la futura cosecha que se espera coger y si es tan pobre como se anuncia.

La villa está exhausta, debiendo hacer frente a los réditos de censos y a los salarios sus oficiales y, en mayor cuantía, de sus procuradores y solicitadores de pleitos. Cuando el 14 de junio, con dos meses de retraso, llega la noticia del nacimiento del futuro rey Felipe IV, Villarrobledo responde que fiestas y alegrías por tal acontecimiento se carguen sobre las rentas reales de las alcabalas y no sobre sus propios. El veinte de junio, en lo que se considera un agravio insoportable, el contador de las rentas decimales del obispado de Toledo, Gaspar Yáñez, se presenta ante el concejo exigiendo que los labradores, antes de entrar el trigo de la próxima cosecha en sus graneros, estarán expuestos a la visita de los recaudadores. Aún así, Villarrobledo protesta el mandamiento diplomáticamente: no es posible realizar tales visitas de inspección en una villa que cuenta con quinientos o seiscientos labradores, esparcidos por un término de varias leguas.

El 27 de junio, en previsión de la mala cosecha que se espera, se acuerda idear un sistema de racionamiento para todos los vecinos:

a de ser necesario dar el pan del pósito por red y de causa de no auer auido este año más de una rred se a visto por esperiencia que se a gastado mucho más pan de lo nezesario demás que se tomauan mucho trauajo el pan en la dicha rred y la gente pobre y travajadores toman el pan tarde y pierden mucho de su trauajo y para rremedio de ello combiene se pongan tres casillas donde se dé el pan del pósito y por ello se haga lista de todos los vecinos desta villa a calle hita haciendo cada parroquia de por sí para que en cada una de ellas se ponga una casilla de pan donde se dé y se haga para cada una de ellas una tabla donde se escriban los nombres de las personas que an de acudir a la dicha rred y casilla

Entretanto, hasta que se recoja la nueva cosecha, el sustento de los vecinos se intenta atajar con la última compra de trigo, decidida por los regidores el 18 de mayo: mil fanegas al precio cada una de treinta reales y medio. La libra de pan, que hasta ahora se ha vendido a los vecinos a seis maravedíes, se venderá ahora a ocho. Se pretende que el pósito tenga que soportar graves pérdidas, pero asimismo disponer de liquidez para las mil fanegas de trigo adicionales que se estiman necesarias para llegar a la próxima cosecha.



Archivo Municipal de Villarrobledo (AMVi), Actas municipales del 1 de enero hasta el 30 de junio de 1605