El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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domingo, 23 de abril de 2017

Alonso de Torres e Isabel López: moriscos de San Clemente

Alonso de Torres tenía 51 años cuando fue condenado por la inquisición en 1601. No tenía hijos, su mujer, Isabel López, era cinco años mayor que él. Completaba el hogar familiar su sobrina de 20 años. De profesión joyero de cosas de mercería, como él mismo se llamaba, su trabajo le había reportado una posición desahogada en la sociedad sanclementina. No ocultaba su riqueza; tanto él como su mujer hacían ostentación de ella: les gustaba vestir bien y en su casa, decorada con buen gusto, se podían encontrar un ajuar y muebles dignos de cualquier hogar de las familias ricas del pueblo. Quizás esa misma ostentación de la riqueza y las envidias que despertaba fue la causa de su infortunio personal. Al igual que otros había forjado su riqueza en los años ochenta y había sabido sacar partido a las deseos de la nueva clase de ricos que forjada en las dos últimas décadas quería visualizar de cara al exterior su estatus social.

Pero Alonso de Torres era morisco. El medro y éxito personal de un miembro de una minoría marginada chocaba con los fracasos ajenos. Más si cabe en aquellos años de cambio de siglo, en los que la crisis de subsistencias y la peste del año 1600 provocaron la ruina de muchas familias. Ruina que fue acompañada de la desestructuración social: tras la peste, un cuarto de las casas sanclementinas tenían por cabeza de familia una viuda, la mortalidad infantil había hecho estragos. Un hombre rico, como lo era Alonso de Torres, pronto sería víctima de las envidias y la estigmatización social; al margen de la sociedad por su sangre mora y con una familia atípica, dos mujeres en su casa, sin varón para heredar, su mujer  y una sobrina. No tardó el Santo Oficio en fijarse en la rectitud de la costumbres morales y religiosas del joyero, quizás no tan escandalosas como su confiscable riqueza. Denunciado al Santo Oficio en 1600, sus antecedentes, había sufrido otro proceso en 1580, poco le ayudaron. Acusado de hereje y apóstata fue reconciliado y condenado. Sus bienes confiscados. Alonso dejó sola a Isabel López, que sin asustarse, decidió litigar con el fisco por los bienes confiscados a su marido: como suyos reivindicó los bienes que había aportado como dote del matrimonio, inexistentes, pero también la mitad de los bienes gananciales de sus años de matrimonio.

que todos los vienes que se hallan quando se disuelue el matrimonio son gananziales si no prueban el marido y muger ser capitales suyos y también está determinado por ley del rreyno que la muger por el delito del marido no pierda los bienes multiplicados

Isabel López era una morisca, natural de la comarca de Zenete en el Reino de Granada, al igual que su marido, que era de Andarán, desde donde habían llegado en 1571 con aquellas columnas de moriscos que paulatinamente se fueron asentando por los pueblos manchegos y de Castilla. Alistados, es decir, asentados en los padrones que la Corona realizaba, obligando a la población morisca a fijar su residencia en los pueblos. Isabel López era una viuda litigante, capaz de enfrentarse a la Suprema de la Inquisición en un largo y costoso pleito durante ocho años, gracias a la solidaridad y apoyo jurídico de otros moriscos como Jerónimo de Renera de Pastrana o Juan de Ceraín, criado del Rey. El pleito sobre restitución de bienes embargados sería ganado por Isabel López por sentencia de 19 de septiembre de 1609, que venía a ratificar otra de 2 de noviembre de 1605, pero todavía en noviembre de ese año su procurador pedía ejecución de sentencia, que nunca se produjo. El proceso finalizaría bruscamente por la expulsión de la población morisca decretada en 1610.

Isabel López se reivindicaría a sí misma como artífice de la fortuna amasada por su marido. Ambos eran pobres en el momento de casarse
y lo que ay de hacienda ... lo an ganado y multiplicado durante su matrimonio ayudándose el uno al otro 

Alonso e Isabel se habían casado en 1572, apenas dos años después que ambos llegaran a la villa de San Clemente. Isabel no tenía familiares; Alonso, un hermano en Murcia llamado Hernando, cuya hija adoptó el matrimonio. Desarraigados y forzados por la necesidad de iniciar una vida en lugar no deseado y unas creencias aceptadas de mala gana, se casaron en la parroquial de Santiago. Es verosímil que llegaran con lo puesto y que con sus brazos desnudos se forjaran su destino y fueran capaces de amasar una fortuna. La pericia de Alonso como mercader, más bien buhonero, facilitaría el ascenso social del matrimonio, que además disponían de una conocida tienda de mercería en el arrabal del pueblo. A decir de algún testigo, no era raro ver en sus inicios a Alonso de Torres pedir limosna o alquilarse a jornal para poder comer. Pero habían sabido hacerse con una posición social respetable. Prueba de ello es que entre los vecinos que testificaron a favor del derecho de Isabel López a la hacienda de su marido estaban gente respetable como el cura Cristóbal de Iranzo, que los había casado, Alonso de Astudillo Ramírez, para el que había trabajado Alonso Torres,  el regidor Francisco Serrano, Andrés Granero y Alarcón, el clérigo Diego de Villanueva Montoya, el capitán Juan de Fresneda, Francisco de la Carrera. Muchos de estos hombres eran advenedizos en la sociedad sanclementina que, al igual que el morisco, con su trabajo se habían ganado el respeto social y también los odios; algunos de ellos a su éxito personal unían el estigma de ser conversos. El éxito acompañado del rechazo social provocó la solidaridad entre estos hombres del arrabal.

Alonso de Torres era un hombre de éxito. Del trapicheo, Alonso trasegaba con vino con los cueros a cuestas, y mercadeo de baratijas había pasado a poner una pequeña tiendezuela de mercería en su casa particular, que poco a poco se convirtió en popular centro de transacciones. Sus ganancias y hacienda crecieron de forma desmesurada, provocando el recelo de otros vecinos. Pero Alonso de Torres siempre se mantuvo fiel a sus orígenes. Mantuvo sus tradiciones y creencias traídas desde Granada y puso su riqueza al servicio del resto de sus hermanos moriscos, ayudando a casar huérfanas, dando limosnas a los necesitados y rescatando a algunos de su nación.

Nos quedamos maravillados con el despegue y desarrollo económico de la villa de San Clemente en el siglo XVI, que deviene en la llamada pequeña corte manchega, pero viendo las obras civiles y religiosas e imaginando las desaparecidas casas palacio de las que apenas quedan blasones, cerramos nuestros ojos e imaginación soñando en lo que fue el auténtico motor del desarrollo sanclementino: hablamos del barrio del Arrabal. Este abigarrado barrio, con el que solo pudo acabar aquella riada del río Rus del año 1600, que se llevó cuatrocientas casas, era el San Clemente feo, el de la arquitectura popular de casas de mampostería, el San Clemente maldito, donde no faltaba un prostíbulo junto al juego de la pelota, adonde de modo indiferenciado, a lo uno y a lo otro, acudían los jóvenes de familias de bien del pueblo; el Arrabal era asimismo el San Clemente hereje de población conversa y luego morisca y refugio de clérigos que en algún caso sabían escribir con carácter hebraicos; era el San Clemente recluido en su gueto que los domingos acudía a misa a la parroquial de Santiago Apóstol, accediendo por esa puerta gótica que dejaba a un lado el altar y las capillas nobles, pero que se abría de forma cruel con dos hileras de una docena de sambenitos pertenecientes a aquellos vecinos del Arrabal quemados por sus ideas. Pues quemado por sus ideas librepensadoras lo fue Luis Sánchez de Origüela, como por la misma razón acabaría quemado el morisco Hernando de Sanclemente.

San Clemente perdió en 1600 alrededor de tres mil habitantes por la peste, pero más calamitosa para su historia fue la riada del río Rus. Con la riada, además de las cuatrocientas casas, se fueron dos cosas: el ímpetu de los moradores de un barrio como el Arrabal y la memoria colectiva de la villa de San Clemente. La principal minoría que vivía en ese barrio, los Origüela, y sus descendientes los Galindo, los Astudillo o los Tébar abandonan su espíritu emprendedor de comerciantes y tenderos buscando primero la prebenda del oficio público, la canonjía religiosa o la rentas censales, y luego, el ennoblecimiento social o su integración en las cofradías de cristinos viejos. Cuando la riada se lleva los registros parroquiales que el clérigo Juan Caballón el viejo guardaba en su casa del barrio de Roma, se pierde algo más que un conjunto de papeles. Con los papeles se van las señas de identidad de muchas familias sanclementinas. Señas no deseadas pues en las partidas de bautismo aparecían parentescos no queridos, como los que emparentaban a muchas familias con sangre conversa o, caso de los Ortega, con el referido morisco Hernando Sanclemente. Tal como nos recordaba el licenciado Miguel de Perona Montoya en 1641, prácticamente todo el pueblo estaba infectado por la sangre de los Origüela, que ha cundido tanto. Pero la sangre conversa, acompañada del dinero, se diluía con facilidad en las venas de los cristianos viejos. La sangre morisca, no.

Quizás el único delito de Alonso de Torres, y de su mujer Isabel López, fue buscar el reconocimiento y un hueco en la sociedad sanclementina. Más que la memoria de su marido, Isabel defendió ese derecho al reconocimiento social de los miembros de la minoría morisca. En su caso, el mérito está que esa lucha fue reivindicando su papel como mujer que había ayudado a labrar la fortuna familiar. En su causa no estuvo sola, del expediente se deduce el valor de su joven sobrina María Torres, que asumió la defensa de los intereses de la familia, ya presentando testigos ante el Santo Oficio, ya actuando como procuradora ante la Suprema.

El matrimonio de Alonso e Isabel hizo fortuna rápidamente. El vendedor ambulante de vinos gozaba a finales de siglo de la principal tienda de San Clemente. Sus casas de morada estaban en el barrio de Roma, en la calle llamada de Serna el viejo, junto a las del clérigo Cristóbal del Pozo y las del licenciado Melchor de Perona, aunque una de las entradas de las casas daba a la actual calle Nueva. Las casas no eran del matrimonio sino que las poseían en alquiler de su propietario Cristóbal García de Ávalos. Las casas de su propiedad las tenía cedidas a su sobrina María Torres y a su yerno Luis de Córdoba, morisco natural de Villanueva de la Jara. Las primeras debían ser más espaciosas, nada más pasar al portal se accedía a la tienda llamada de joyería. Tal concepto debemos entenderlo en un sentido amplio, pues las joyas propiamente dichas eran la parte menor de la tienda, dedicándose la venta a todo tipo de lienzos, telas y prendas de vestir. Alonso de Torres era un tendero, pero su fortuna comenzaba a emplearla en la compra de tierras. Poseía un haza trigal, camino del Hituelo, y un majuelo de seiscientas vides, camino de Sisante. Pero Alonso Torres no era agricultor, el haza trigal estaba en barbecho y no explotaba directamente la viña. Era su yerno quien administraba las tierras, llevadas en arrendamiento.

Cuando el veintitrés de octubre de 1601 Alonso Torres ingresa en la cárcel de San Clemente, apresado por el alguacil de la Inquisición Luis Conde, es un hombre de 51 años. El secuestro de bienes comienza por la misma ropa que lleva puesta. Su vestimenta es la de un hombre acomodado, capa y sayo, medias de aguja negras, zapatos negros buenos, jubón y cuello de holanda, camisa de lino, una pretina de cuero y un sombrero negro de toquilla. El inventario de los bienes de su tienda completa setenta folios; una exhaustiva descripción que incluye todo tipo de lienzos y vestimentas, en su mayoría de importación extranjera, calzados, bolsos, bisuterías, piezas de ferretería, botellas, cajas de madera, cuerdas, cueros, jabones, legumbres, especias, imágenes religiosas y rosarios, ropas de frailes, y un largo etcétera de cosas diversas. La tienda de Alonso de Torres se complementaba con la de su yerno Luis de Córdoba, que además de participar de la venta de los enseres de su suegro, comerciaba con granos. Además el morisco Alonso disponía de un macho valorado en trescientos reales y de dinero en efectivo por valor de unos 5000 reales. El negocio de Alonso de Torres carecía de complejidad y era de carácter familiar, a pesar de la diversidad de géneros, aunque Alonso y su mujer asistían en la tienda y Luis de Córdoba asumía el papel de agente comercial para las compras. La propiedad de las mercaderías era a partes iguales entre Alonso y su yerno, aunque una parte menor del negocio intervenía al tercio otro morisco llamado Diego de Benavides. No obstante desconocemos el ámbito de estas transacciones, que sin duda superaban el marco local; por una deuda, sabemos que había comprado veintiuna mantas en Toledo a poco más de veinte reales cada una. Sus clientes eran variados entre los vecinos de la villa, no faltando el mismo corregidor. Luis de Córdoba, pues su suegro era analfabeto, llevaba la contabilidad del negocio en un libro, donde se apuntaban las ventas y las deudas, que eran pocas. No se vendía de fiado y los pagos se tenían que hacer al contado o se admitía el empeño de ciertas cosas; así un sanclementino dejó en prenda al morisco un salero y seis cucharas de plata.

Alonso de Torres, acusado de herejía y apostasía, sería sentenciado por los inquisidores de Cuenca el quince de junio de 1603, admitido a reconciliación con hábito y cárcel perpetua y confiscación de todos sus bienes muebles y raíces para la cámara de su Majestad.  En su confesión reconoció haber apostatado del cristianismo hacía treinta años, que era tanto como reconocer que nunca había practicado la religión católica. Es a partir de este momento cuando Isabel López inicia su contencioso para intentar recuperar la mitad de los bienes del matrimonio.

La sentencia de dos de noviembre de 1605 sería contraria al fisco real, obligándole a pagar a Isabel López la mitad de los bienes confiscados y la mitad de las costas procesales. Aunque el pleito se enquistaría durante cuatro años por negarse a devolver el fisco real la supuesta parte de Luis de Córdoba, al considerarle socio en los negocios de Alonso de Torres. Hoy nos resulta difícil imaginarnos el valor de las mujeres moriscas, pero la prisión de sus maridos les obligó a defender su hacienda y su familia. Isabel López no se resignó ante la condena de su marido, no lo haría María de Torres, cuando en una actitud vengativa de la Inquisición en 1603 su marido Luis de Córdoba fue encarcelado por hereje. La resistencia de estas dos mujeres es la resistencia del gueto morisco, que en 1605 sufrió una persecución inquisitorial con una inquina que la población morisca no había conocido anteriormente. Alonso de Torres había iniciado los procesos contra moriscos en San Clemente. La población musulmana existente en San Clemente antes de la llegada de los moriscos granadinos debía ser pequeña en número. Sólo conocemos ocho procesos antes de la llegada de los granadinos: el proceso contra Hernando de Sanclemente de 1517, coetáneo del de Luis Sánchez de Origüela, y siete procesos contra mujeres en los años 1562 y 1563. En la década de los setenta, los moriscos sanclementinos gozan de una tranquilidad que contrasta con las acusaciones del Santo Oficio contra los moriscos de Cañavate y Villanueva de la Jara que sufren una enconada persecución de la que el caso más destacado es el de Hernando de Chinchilla, que, sin duda, está provocado por el conflicto que mantiene con Martín Cabronero, vecino de Quintanar, por la explotación de unas tierras. Incluso hasta final de siglo los moriscos sanclementinos no son molestados, pero la causa abierta contra Alonso de Torres en 1580 ya anuncia la tormenta de comienzos de siglo, otros dos moriscos del pueblo son encausados, al igual que Isabel de Herreros en 1582. Los noventa solo se ven marcados por los procesos de 1593, entre los que destaca el de Alonso Molina.

Pero el año 1600, los procesos inquisitoriales se reavivan, al calor de la profunda crisis de comienzos de siglo, esta vez contra los condenados en 1580: dos hombres, Alonso de Torres y Diego Benavides, socios en los negocios, vuelven a ser encausados. Son los líderes de la comunidad morisca. La población morisca de San Clemente se defiende, apoyada como hemos visto, por vecinos no moriscos de la villa. Entre los defensores, un converso como Francisco Carrera, que ve encausado a su hijo Jerónimo de Herriega; aunque los dardos apuntan al doctor Tébar. Otros defensores como el licenciado Perona les motiva un interés económico; los Perona son ganaderos, los moriscos pastores. Moriscos y conversos son víctimas de las acusaciones, pero los conversos son demasiado poderosos y su sangre está diluida entre las principales familias del pueblo. A pesar de las acusaciones, serán los grandes beneficiarios de la crisis. Es en la primera década del siglo cuando los hermanos Tébar, Diego, recién llegado de América, y el cura Cristóbal, mancomunadamente comienzan a adquirir tierras. No tardarán en acusar a los moriscos, buscando un enemigo en quien focalizar las iras. El doctor Tébar denunciará su fe fingida; en el proceso de Luis Cordoba de 1603 se decía sin ambages que estaba mal empleado cuanto se hacía por estos perros moros . No faltaba razón en las acusaciones, esas setenta y tres familias moriscas de San Clemente nunca han estado integradas, ni tampoco se les ha permitido su asimilación. La llegada de los moriscos granadinos vino a reforzar la pequeña comunidad ya existente. Ya nos hemos referido de los procesos de 1563. Entoncés, en torno a María Sanz Horra, se reunían las mujeres para rememorar tierras y tiempos de moros. En 1593, el morisco Alonso de Molina es acusado por su propia esposa, cristiana. No sólo su fe, sus costumbres también son diferentes. Isabel de Herreros afirmará en 1582 ante el Santo Oficio que no solo se lavan con motivo de su casamiento o su muerte, sino que también lo hacen varias veces durante todo el año. En 1605, una vecina delata que los hijos de la morisca Isabel González comen tocino en su casa a escondidas de su madre.

A partir de 1600 la suerte de la comunidad morisca de San Clemente está decidida. La detención de Torres y Benavides es el golpe que pone al grupo ante un sino adverso. En 1603, el detenido es Luis de Córdoba; es un morisco orgulloso de su fe, y a diferencia de su suegro, muy culto; ha ordenado a un compañero morisco que copiase en lengua árabe un ejemplar del Corán. En su biblioteca tiene un libro prohibido para la población morisca: Sermones del anticorán. Es un libro antiislámico, pero que detalla con total precisión, aunque sea para negarlos, los principios de la fe islámica. El proceso de Luis de Córdoba es el principio de la debacle. La sentencia favorable que obtiene Isabel López en noviembre de 1605 sobre los bienes de su marido es un espejismo. Los años 1603 a 1605 marcarán el fin de la comunidad morisca. Los procesos inquisitoriales se suceden en cadena, ahora es cuando se concentran la mayoría de los treinta procesos inquisitoriales contra los moriscos de la villa existentes en el Archivo Diocesano de Cuenca: Luis Herrera, Melchor Barrio, Isabel Vizma, Isabel Molina, Isabel González, María Torres, Jerónimo Muñoz, Marco Martínez, Luis Aguilar, Leonor González y Luis de Córdoba, de nuevo reincidente en 1608.

Mientras Isabel López sigue su cruzada particular en defensa de sus intereses ante la Suprema. Será capaz de mantener vivo el proceso hasta el año 1609; entretanto, cuatro años antes, su marido ha muerto. Sus esfuerzos son baldíos, el 10 de julio de 1610 se hace pública la expulsión de los moriscos de las dos Castillas.



Archivo Histórico Nacional, INQUISICIÓN, 4534, Exp. 11. Pleito fiscal de Isabel López, 1603-1609


GARCÍA ARENAL, Mercedes; Inquisición y moriscos. Los procesos del Tribunal de Cuenca. Siglo XXI editores. Madrid 1978

domingo, 2 de abril de 2017

Las tiendas de San Clemente hacia 1570: la ruptura de la moral y sociedad tradicionales

Grabado de Jost Amman. Siglo XVI
La Plaza Mayor de la villa de San Clemente presentaba hacia 1570 cierto aire desangelado. A pesar del trasiego de viajeros de paso que se alojaban en los mesones existentes en dicha plaza, los bajos de los edificios habían perdido la frescura de hacía algo más de un quinquenio. Las tiendas habían desaparecido. Sus habitáculos a pie de calle estaban abandonados o eran lugares ocupados por el triste oficio de los escribanos.

1570 fue un mal año, quizás de los más amargos de la historia de España. La rebelión morisca de las Alpujarras no pasó de largo por el Marquesado de Villena. El gobernador Francisco Zapata Osorio trataba de reclutar soldados para la guerra. Albacete colaboraba, al menos hasta que sus jóvenes, despavoridos, se enfrentaban a la crueldad de la guerra; San Clemente se excusaba y sus mozos debían ser reclutados a la fuerza por los yermos, donde se escondían tras abandonar sus negocios y trabajos. El imponente edificio del ayuntamiento de la villa no ha muchos años que había sido reformado por Domingo Zalbide, que algunos nos quieren hacer pasar por su autor. Sus arcos, reforzados; construida una nueva sala de reunión de los regidores, Pero la plaza a la que miraba había perdido el ambiente bullicioso de la primera mitad de siglo. El ayuntamiento de la villa reconocía el 20 de marzo que cesaban las contrataciones y los comercios y que el pueblo se despoblaba, huyendo sus vecinos de la guerra y refugiándose en los pueblos de señorío. La guerra era la principal causa del desánimo, pero a la sociedad sanclementina parecía faltarle impulso.

Durante los años de la reforma del ayuntamiento, las reuniones se habían trasladado a la ermita de  Nuestra Señora de Septiembre. La cofradía de cristianos viejos que se reunían allí tenía solera, pero en la opinión de la época no dejaba de ser una calle escondida y oculta. Los Herreros podían tener su casa a unos pasos, en la actual plaza de la Iglesia, pero pesaba más la proximidad de la cárcel y que a sus espaldas se extendía el arrabal de la villa, en el cuartel de Roma. No muy lejos de allí debía estar la calle de la Amargura. Las miradas hacia esta calle y la familia Origüela, que en ella habitaba, eran de desprecio.

Quizás porque las obras del ayuntamiento y de la Iglesia presentaban un escenario un tanto revuelto, quizás porque la actividad se había trasladado con el ayuntamiento cerca de la ermita de Nuestra Señora de Septiembre o simplemente porque las carnicerías, que reclamaban ya un nuevo edificio, eran un foco de atracción. un mercader llamado Antonio López de Garcilópez hacia 1565 decidió mudar su actividad junto a la ermita, con el tiempo Colegio de los jesuitas, abandonando la plaza. No fue el único, otros siguieron su ejemplo.

A principios de 1570, el gobernador del Marquesado de Villena, Francisco Zapata Osorio, parecía haber fijado su residencia en San Clemente, después de que su antecesor el licenciado Maldonado Salazar intentara el año anterior desde Albacete el reclutamiento de hombres para la guerra. Desde septiembre de 1569, en una sangría continua para los pueblos, la labor reclutadora corresponde al licenciado Molina Mosquera, comisario de guerra enviado desde la Corte. De la Corte se enviarán alguaciles para perseguir a los sanclementinos huidos. Las penalidades de la población no parecen afectar a la minoría que rige el ayuntamiento. Los regidores, de la mano del gobernador, proponen devolver la vida a la villa en sus principales espacios públicos, pero esta minoría resentida denunciará a aquéllos, que como no podía ser menos en tiempo de crisis, hacen negocio a escondidas y a costa de la necesidad ajena. Cinco años después, Rodrigo Méndez, administrador de rentas reales, alertará de esta riqueza oculta en las villas del Marquesado.

Los regidores de 1570, son aquellos jóvenes acusados en los sucesos de 1553 de agredir al alcalde Hernando Montoya; junto, a ellos los hermanos Pacheco. Sus enemigos los Origüela, están marginados del poder. Aunque la rama de los Tébar conserva su presencia en el poder municipal con la figura de Llanos de Tébar; alguno de ellos ha salido en busca de fortuna a las Indias, como Diego de Tébar; otros, como su hermano Cristóbal, finalizan sus estudios y  preparan su acceso al curato de la parroquia de Santiago Apóstol. Sin embargo su posición en el poder municipal es de marginalidad.

El 18 de marzo de 1570 el gobernador y los regidores sanclementinos se reúnen en la sala de su ayuntamiento. Junto al gobernador Francisco Zapata Osorio, están los regidores Antón de Avalos, Francisco Rosillo, Diego de Oviedo y Diego de Alfaro, son aquellos jóvenes, ya en edad madura, a los que los Origüela, llegados desde el Arrabal, intentaron linchar en 1553. También ocupan regidurías los hermanos Alonso y Francisco Pacheco, un Julián Sedeño, del que desconocemos todo, y dos regidores más, Llanos de Tébar y Diego de Montoya. Los Ortega, comienzan asomar cabeza en el poder municipal: Francisco de Ortega, detenta el cargo de fiel ejecutor. Toma la palabra Diego de Oviedo. Recuerda una pragmática del Rey que manda que no anden por las calles buhoneros ni se establezcan tiendas de mercería por las calles apartadas, pero ante todo recuerda al gobernador la degradación del espacio urbano de San Clemente y llegando más allá denuncia la falta de decoro. A esas tiendas acuden mujeres simples que compran las mercancías por el doble de su valor y doncellas víctimas de los galanteos. Devolver las tiendas a la plaza ennoblecería la villa. Todos los regidores dieron su voto favorable a Diego de Oviedo. Solo Llanos de Tébar se opone, la pragmática citada no contradice que los mercaderes puedan establecer sus tiendas en sus propias casas y habla sin tapujos de la libertad de los mercaderes para poner tienda en cualquier lugar. Seguramente que Llanos de Tébar es parte interesada y perjudicada en el asunto. Pero el resto de regidores no lo eran menos; ya en 1547 se había denunciado que los regidores perpetuos de la villa explotaban las tiendas públicas de la plaza en beneficio propio. Por fin, el uno de agosto se dicta auto para trasladar las tiendas de las casas particulares a la plaza del ayuntamiento y a la calle de la Feria; se da a los mercaderes de plazo hasta San Juan de 1571.

La medida parece que tiene múltiples destinatarios. No en vano, en un padrón de quince años después, ocho vecinos aparecen como tenderos; aunque los artesanos que, como plateros, cereros,
armeros u otros múltiples oficios, tienen sus tiendas abiertas a las calles son decenas. No nos olvidamos de aquellos que arrendando las tiendas públicas, abastecen de productos básicos como el pan y la carne al pueblo. Pero llegado el dos de agosto solo dos mercaderes son apercibidos para mudar sus tiendas. El primero es Antonio López de Garcilópez; el segundo Juan López de Perona, que bifurcando su negocio tiene sendas tiendas en la plaza y en sus casas particulares. Las protestas vienen del primero, que cuenta con una tienda, instalada en su propia casa, sita en la calle de Nuestra Señora de Septiembre (la actual Rafael López de Haro), junto a la cárcel de la villa. Vende especias y lienzos y telas, aunque el ayuntamiento le acusa de buhonero y poseer tienda de mercería. Antonio López de Garcilópez se niega a trasladar su tienda a la Plaza Mayor o a la calle Feria, arriesgándose a una multa de veinte mil maravedíes.

El problema se había originado cuatro años antes. A decir, de Pedro Hernández de Avilés, las tiendas de mercería y pescadería habían estado, desde tiempo inmemorial, en la plaza
para que públicamente vendiesen las mercadurías porque se biesen y entendiesen los presçios e medidas e pesos que se dan las tales mercaduryas porque en hellas no se pudiese hazer daño ... hasta en tanto que habrá quatro años que se levantaron otros mercaderes e pusieron tiendas en sus casas y en calles yncubiertas y lugares ocultos
La sociedad tradicional se deshacía. Una economía reglamentada en sus pesos y medidas, tasados sus precios máximos y con un estricto control por el ayuntamiento a través del fiel ejecutor (oficio en manos de Francisco Ortega),  ahora se abría a una economía que anunciaba el libre mercado. El paso se había dado por la ruptura de unos cuantos mercaderes, que por su cuenta y riesgo habían decidido abrir nuevas tiendas. Actitud arriesgada de unos pocos hombres, pero que respondía a una sociedad con nuevas necesidades. Antonio López de Garcilópez no es un simple mercero, su negocio se ha ampliado a los productos de lujo. En su tienda vende especias, paños y lienzos; son productos que transcienden los circuitos comerciales regionales y que abren la villa de San Clemente al comercio internacional de productos de lujo. La apertura de la villa manchega a la economía-mundo rompe las viejas reglas e introduce la libertad de precios. También llega la especulación de la mano de lo que se denuncia como precios excesivos y la falta de control municipal de pesos y medidas. Pero más importante es la disolución de las formas tradicionales de vida y el establecimiento de una moral fundada en normas de conducta más relajadas. Los nuevos lugares de venta se convierten en puntos de encuentro de doncellas y mozos; con los encuentros informales vienen las murmuraciones; una parte de la sociedad sanclementina reclama nuevas normas que se censuren las nuevas costumbres: se exige que las mozas no salgan solas a los recados y las compras y que lo hagan con la cabeza cubierta.

La sociedad tradicional cede ante la nueva villa que deviene, rivalizando con Albacete, en capital del Marquesado de Villena. San Clemente se convierte en la pequeña corte manchega. Pero antes que las casas blasonadas aparecen los mercaderes y hombres de negocios. Con la capitalidad, no reconocida oficialmente, surge una capa social de oficios públicos: alguaciles, escribanos, recaudadores, procuradores o abogados. Los mesones, de antaño situados en la plaza, se llenan de forasteros y tratantes que cierran sus negocios, extendidos por toda la comarca, en el mercado que con periodicidad semanal se celebra los jueves. Complementariamente tres ventas en las afueras del pueblo alojan a arrieros y gente de paso, no siempre con buena reputación. Surgen y se estabilizan nuevos oficios, además de los ligados a la actividad pública, al calor de las nuevas necesidades de una población más compleja: maestros de gramática, cirujanos, barberos o médicos. También los clérigos regulares o seculares se multiplican, como se hace más compleja la organización del Santo Oficio con su notario, comisarios y siete familiaturas.

Aunque el surgimiento de nuevas tiendas responde a las dos necesidades básicas de la sociedad: la alimentación y el vestido. Ambas dan su razón de ser a las nuevas tiendas. También al desarrollo de oficios como espaderos, odreros, cerrajeros, caldereros, sombrereros o zapateros. Albacete destacará como una villa de alpargateros, cuya producción se destina a una sociedad agraria. San Clemente tiene una producción de calzado de mayor calidad, aunque, es cierto, mucho más limitada. Hasta veinte zapateros tendrán vecindad en la villa.

El San Clemente de 1570 tiene mil quinientos vecinos, cerca de seis mil habitantes. Muchos para la época, aunque la cifra nos sorprende más si damos veracidad a esas cifras que hacen elevar la población a dos mil vecinos e incluso superar con creces ese número. Números creíbles si pensamos en la numerosa población flotante que acude por negocios a la villa o, al final del verano, a las labores de vendimia. Este peso demográfico de la villa ha permitido el surgimiento de una colonia de trabajadores en torno a la fabricación de paños y vestidos. A pesar de que su producción debe ser local, sastres o tintoreros tienen una marcada conciencia gremial. Otros oficios como pelaires, cardadores, tundidores o algún batanero desarrollan alrededor de ellos su actividad. El negocio de la lana, complementario del abasto de carne, no pasará desapercibido a familias principales del pueblo. Como dueños de rebaños de dos mil a cuatro mil cabezas aparecen en el futuro nombres de regidores como los García Monteagudo, Alfaro, Perona o de la Osa.

El rápido desarrollo de las actividades económicas llevó pareja la necesidad de una regulación de estas actividades, a través de ordenanzas, o simplemente autos de gobierno, que, como en el caso de las tiendas, se dictaban por el gobernador, después de acuerdos municipales, intentando volver a marcos regulatorios antiguos. Sin embargo, las nuevas realidades adquirían carta de naturaleza legal, después de contenciosos que se sustanciaban en el Consejo Real. Tal es el caso de las tiendas aquí estudiado. Antonio López de Garcilópez recurrió el auto del gobernador Zapata Osorio, negándose a llevar su tienda a la plaza. En un principio, el gobernador intento resolver la cuestión delegándola en el regidor Bautista García Monteagudo, que recordó en la información de testigos que llevó a cabo*, cuál era la tradición y lo más provechoso para el bien común e interés de la república. Pero los intereses particulares eran demasiado sustanciosos como para plegarse al bien común. Antón López de Garcilópez presentó sus quejas ante el gobernador un veintitrés de junio de 1571
se hazía agrabio por hecharle de su casa y thener tantos hijos y auer estrecheça en la plaça y ser costosas las tiendas que no tenía hazienda para dos años por la pagar
el gobernador recibió las respuesta sin conmoverse demasiado por las cargas familiares del mercader, pero pareció bastante molesto por la declaración de auer estrecheça en la plaça. Su sobrino había contribuido a la reforma del ayuntamiento, como nos delata hoy la inscripción que aparece entre sus arcos, y el embellecimiento y ornato de la villa era uno de los principales fines de su gobierno. Por eso, en gesto inusual y poco protocolario, agarró a Antonio López de Garcilópez para mostrarle la amplia plaza, de cuya construcción la villa se sentía orgullosa:
y entonçes su merçed le llevó alrrededor de la yglesia e le preguntó a este declarante qué es lo que está dado por plaça y andubo con su merçed alrrededor y le señaló su merçed y dixo todo alrrededor de la plaça puede aver tiendas 
 Era en esa plaza, para mayor ornato de la república, donde debía instalar su tienda. Así lo ordenaba de forma inapelable el gobernador. Antonio López no se amedrentó, manifestó no sentirse agraviado por una orden que afectaba a todos los tenderos. El pleito quedó archivado en el Consejo Real, que dio por buena la relación enviada por el gobernador, ratificando lo que ya se había acordado un año antes. La cerrazón del gobernador y el regimiento en defensa de las viejas costumbres no se tradujo en un revivir de las viejas tradiciones. Pasados unos años las tiendas y negocios aparecían diseminadas por toda la población.

Las tiendas en San Clemente se localizaban en la calle de la Feria y la Plaza Mayor, pero de modo diseminado habían surgido por el pueblo varias tiendas para el abasto de productos básicos como el aceite o el pescado y otras que vendían productos de uso doméstico o quincallería. Antonio López poseía una tienda de mayor calidad en la calle de Nuestra Señora de Septiembre, dedicada a la venta de especias, lienzos y sedas. No era la única tienda existente en esa calle, pues a decir de nuestro protagonista,
en la dicha calle donde estaba la dicha su tienda abía otras muchas de todo género de tratos y bastimentos
 En el litigio debía haber conflicto de intereses que iban más allá de la confrontación entre el interés público del concejo y el privado del tendero. Al fin y al cabo, llevaba razón Antonio López, cuando destacaba que la calle de Nuestra Señora de Septiembre nacía en la misma Plaza Mayor y era tan principal y pública como cualquier otra. A pesar de ello, hoy la calle Rafael López de Haro, antaño de Nuestra Señora de Septiembre, nos aparece triste, sin tiendas, animada únicamente por el uso cultural de su ermita e iglesia recién restauradas.



* Se recibió información de los siguientes vecinos:

Juan López de Perona el viejo, 66 años
Juan de Peralta, 38 años
Licenciado de la Fuente, abogado de la villa, 45 años
Antón de Perona, 45 años


AGS. CONSEJO REAL DE CASTILLA.  507, 28. Antonio López, tendero, vecino de la villa de San Clemente, con el regimiento de la villa, sobre el lugar de las tiendas. 1571