El corregimiento de las diecisiete villas

IGNACIO DE LA ROSA FERRER

Imagen del poder municipal

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EL CORREGIMIENTO DE LAS DIECISIETE VILLAS EN LA EDAD MODERNA
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domingo, 31 de diciembre de 2017

Las viñas de San Clemente y el esplendor de la villa en el Siglo de Oro

Paisaje en Casas de Fernando Alonso, aldea de San Clemente
Aquella pequeña villa, que apenas llegaba a las mil almas a la muerte de Isabel la Católica, se había convertido en uno de los principales centros políticos de Castilla a mediados del quinientos. Tal era la villa de San Clemente, que tras un despegue económico asombroso en las primeras cuatro décadas del siglo, pretendía ahora convertirse en centro político del antiguo Marquesado de Villena, invitando al gobernador a fijar su sede en la villa o, de la mano de Diego de Ávalos, centralizando la recaudación de las rentas reales.

Las cuatro primeras décadas del siglo XVI se nos quedan en la penumbra. Apenas unas pinceladas: la lucha por la libertad de la villa frente a los hermanos Castillo; las disputas entre pecheros y nobles por el poder local, o quizás sería mejor decir las intrigas de los ricos, ya pecheros ya hidalgos; la intromisión interesada de la Inquisición al final de la segunda década en estas riñas; una rebelión de las Comunidades en la que los sanclementinos tomaron partido frente al Emperador, y de las que apenas si sabemos nada, para acabar rindiendo pleitesía como feudatarios a la Emperatriz Isabel; periodo que pasa por el de mayor esplendor de la villa, pero que nos es completamente desconocido.

¿Por qué sabemos tan poco de la historia de la villa de San Clemente en los primeros cuarenta años del quinientos? Obviamente por la escasez de documentos, valga como muestra que las actas municipales, que hasta el fin de la Edad Moderna se conservaron fielmente y encuadernaron en pergamino diligentemente, han desaparecido hasta el año 1548. Pero quizás hay una razón de más peso: la sociedad sanclementina trabajaba abnegadamente. No buscaba su reconocimiento en los papeles sino en sus obras, improvisando un espacio urbano que se presentaba como aglomeración de casas, donde cada cual luchaba porque la suya fuera más principal. Hasta San Clemente llegaban las carretas de la ciudad de Cuenca, repletas de madera; más cercana se encontraba la piedra, en su aldea de Vara de Rey; desde 1537, villa. Como amalgama de casas se fue definiendo el espacio urbano, en anárquica y sucesiva ordenación perimetral en torno al centro espiritual de la Parroquia de Santiago, solo en la segunda mitad del siglo se plantea la creación de espacios urbanos: la cicatería de su patriciado urbano, capaz de echar por tierra las megalomanías constructivas de Vandelvira,  e imponer un proyecto edilicio, donde la iglesia, cortada a chaflán, se disfraza de palacio para rendirse ante el espacio público de una plaza mayor, que a su vez se rinde o rendirá al monumental ayuntamiento.

¿Cómo fue posible el milagro? No fue milagro, sino persistencia y duro esfuerzo de un pueblo de campesinos. Pero la tierra no ayudaba. Los sanclementinos parecieron inclinarse en un principio por la ganadería, hasta cien mil cabezas se dice que disponían hacia 1530, si bien es verdad que el recuento incluía a Vara de Rey, Sisante o Pozoamargo. Los problemas con los pueblos aledaños se presentan como conflictos de unos propietarios de ganados que ansían los antiguos comunales de la Tierra de Alarcón. Son conocidas las apetencias de los sanclementinos por los pinares jareños, también los conflictos con Cañavate o La Alberca por términos. Sin embargo, la gran apuesta de la villa de San Clemente fue por la tierra. Sus campos roturados eran poco propicios para el cultivo de cereales, el trigo de San Clemente era rubión, dirán sus vecinos santamarieños. Las zonas más aptas para el cultivo del cereal eran las tierras del norte, donde estaban también las zonas de monte. Eran zonas, tal que Perona, donde se concentraban las propiedades de los vecinos principales, como los Castillo.  La poca pluviosidad, unida a unos suelos pobres y pocos profundos, necesitados del barbecho y el correspondiente descanso, daba un escaso rendimiento por grano sembrado. Aún así, los suelos arcillosos del norte toleran el cultivo de cereal, algo imposible en los suelos arenosos del centro y sur del término. No importaba, el trigo que faltaba se podía buscar en la aldea dependiente de Vara de Rey o las villas vecinas de Santa María del Campo o Villarrobledo. San Clemente se pudo dedicar al único cultivo para el que eran aptas sus tierras: las viñas. Las viejas quejas de fines del cuatrocientos por las usurpaciones de la tierra parecen desaparecer a comienzos del nuevo siglo. Las luchas continuaron, pero quedaron ensombrecidas por continuo esfuerzo de unos hombres que roturaban tierras de escasa calidad como tierras de pan llevar, pero aptas para la vid. San Clemente no cultivaba sus campos para comer, plantaba vides para vender vino. Sus habitantes ni buscaban la subsistencia del pequeño propietario ni el acaparamiento del labrador rico, simplemente esperaban la vendimia y los pingües beneficios de la venta de su vino. Los sanclementinos no estaban atados a la tierra como esos otros agricultores de las tierras de pan llevar. El estacional trabajo de las viñas les procuraba tiempo para otras cosas.

En los terrenos rojizos del sur y centro del pueblo, formados de arenisca y guijarros, se levantarían desde comienzos del quinientos las enormes extensiones de viñedos. El clima ayudaba, dando un grano de uva, rico en azúcar y pobre en acidez, de buena gradación alcohólica . El proceso de plantación de viñas fue muy rápido. La única limitación que encontró fue la necesidad de la villa de contar con un pinar propio de una legua de largo, el Pinar Viejo, que se comenzó a plantar en los años cuarenta, tras la pérdida de la jurisdicción sobre aldea de Vara de Rey y, en consecuencia, la del pinar del Azraque, situado en su término, en los lugares llamados las Torcas y el Horno Negro. El auge de la villa de San Clemente va ligado a sus viñas, y su crisis a la desaparición de sus majuelos.

Hoy vemos el paisaje sanclementino inundado de viñas; su existencia es reciente y debe mucho a la creación de la Cooperativa de Nuestra Señora de Rus en 1945. Pero hasta esa fecha fue un cultivo marginal, que apenas, tal como nos señala el amirallamiento de 1880, suponía el cuatro por ciento de la superficie cultivada. La ruina de las viñas sanclementinas ya se vislumbró con la decisión del concejo de 1580, que prohibieron la plantación de más vides, y se agudizó con la crisis del granero villarrobletano a comienzos del seiscientos, que obligó a la villa de San Clemente a abandonar el monocultivo y adaptar su economía a una agricultura más diversificada y apoyada en el cereal para garantizar la alimentación de sus habitantes. Aunque el declinar de las viñas ya se presentó sus primeros síntomas desde 1550, cuando los peones exigieron más salarios y mejores condiciones de trabajo, que redujeron la ganancia de los propietarios, y cuando una nueva hornada de propietarios de ganados, privados de los pastos en los pueblos comarcanos, frenaron la expansión de los viñedos. Después vendría la citada crisis de inicios del seiscientos y, en las décadas siguientes, una política impositiva con el servicio de millones muy dura, que acabó con la rentabilidad del vino.

La decadencia de las viñas hizo a San Clemente más pobre, pero también más desigual. Los mayorazgos de los Pacheco en Santiago de la Torre, con más de siete mil celemines (algo más de dos mil de cultivo de cereal y el resto de dehesas); de los Ortega, luego marqueses de Valdeguerrero, en Villar de Cantos, diez mil almudes (cerca de cuatro mil de cereal y el resto de dehesas), o de los marqueses de Valera en Perona, 3.500 almudes, daban fe la concentración de la propiedad en pocas manos y del monocultivo del cereal.

La realidad que nos presenta el catastro de Ensenada en 1752 es de absoluto predominio de las tierras de cereal, que de forma brutal han suplantado a las viñas en el paisaje agrario. De los 81.000 almudes de labrantío en el término de San Clemente, 71.000 almudes corresponden a tierras de cereal y apenas dos mil cuatrocientos almudes al cultivo de la vid. Algo similar ocurre en las aldeas. Casas de Fernando Alonso, donde el doctor Tébar cedió cincuenta mil vides en la finca de las Cruces para la fundación del Colegio de la Compañía de Jesús, las viñas apenas si ocupan 300 almudes de los 1.300 las tierras labradas. El espacio ocupado por la viñas en Casas de los Pinos y Casas de Haro es similar, pero sobre un espacio labrado mayor de 3.200 y 3.400 almudes, respectivamente.

El paisaje agrario de 1752 hubiera sido completamente ajeno a un sanclementino de doscientos años antes. Don Diego Torrente, de un modo aventurado, hacía sus cálculos sobre la abundancia de viñas a mediados de la década de los  cuarenta del siglo XVI, cuando el gobernador Sánchez de Carvajal ordenó plantar cuatro pies de olivos por cada ochocientas vides existentes en una aranzada de tierra; teniendo en cuenta que se plantaron cuarenta mil olivos, la cifra de vides resultantes es de ocho millones. Si nosotros seguimos con estos aventurados cálculos, podemos deducir que la superficie de aranzadas ocupadas por las viñas era de diez mil; reducida esta medida a almudes, la superficie ocupada por los viñedos ascendía a cerca de 14.000 almudes, unas 4.500 hectáreas, una superficie superior en cuatro veces a la existente doscientos años después e inferior a la de veinte años después, tal como informaban los testigos. Es posible que el terreno cultivado fuera mayor, pues la plantación de viñas continuó bien entrada la segunda mitad del siglo XVI al amparo de unas ordenanzas concejiles muy proteccionistas con la vid, que impedía la venta de majuelos si no era con la obligación de mantener ese cultivo.  A los ojos de los contemporáneos los viñedos, especialmente en la zona del sur del término sanclementino, se extendían con una continuidad donde cada majuelo lindaba con otros. En esa homogeneidad del cultivo jugaba el interés de los propietarios que evitaban los corredores entre las viñas y mucho menos los campos de cereales que pudieran servir de paso o agostaderos para los ganados.

Los contemporáneos se referían a las viñas como la principal granjería de la villa. El valor de la superficie que ocupaban los majuelos se entiende mejor si pensamos que la superficie ocupada por los cereales estaba sometida a prolongados períodos de barbecho, habitualmente de dos años, que mermaba la superficie real de cereal a la mitad o a la tercera parte. El procurador Juan Guerra declaraba el valor de la producción vitivinícola en la riqueza de la villa, que abastecía de vino a las regiones vecinas
por ser la principal grangería e hazienda de los vezinos de la dicha villa el vino que en su término se coje por ser bueno, del qual se bastecen las ciudades e villas comarcanas del marquesado de Villena e de la serranía de Quenca e aún se provehe el rreyno de Murcia por ser como está dicho muy bueno y muy saludable (2)
A las relaciones de comarcas aportadas por Juan Guerra, habría que añadir las tierras de Alcaraz e incluir entre las villas del Marquesado que se abastecían de vino sanclementino a Villanueva de la Jara, Iniesta o la propia Albacete. En la exportación del vino concurrían dos razones: la enorme cantidad producida y la poca pericia de la época en su conservación. El vino se daña presto, se decía; obligando a tirar el vino no consumido. El negocio del vino se fundaba entonces más en la cantidad que en la calidad, basado en la comercialización de ingentes cantidades de vino joven,que apenas si alcanzaba, para el año de 1545, el precio de un real por arroba vendida. De la extensión del cultivo de viñedos ya tenemos pruebas a comienzos del  quinientos. Una de las personas que hizo fortuna con el vino fue Antón García. De la descripción detallada de sus bienes se desprende que poseía ya en el año 1508

e que el dicho Antón Garçía tiene en esta villa e sus términos los bienes syguientes rrayzes: unas casas en esta calle donde biue, alinde de casas de Juan de Yuste, clérigo, e de Alonso Barvero en la calle pública, que puede valer quarenta mill mrs. (sesenta mil mrs. según Juan López de Perona) e un majuelo çerca la cañada alinde de majuelo de Juan Picaço e Françisco de los Herreros de çinco arançadas e media que puede valer a justa e comunal estimaçión quarenta mill mrs. e otro majuelo en la senda de el Medianil de dos arançadas e tres quartillos. alinde de viñas de juan del Castillo, que puede valer veynte mill mrs. e otro majuelo en las Pinuelas de tres arançadas, alinde de viñas de Juan Cantero e Juan Sánchez el viejo, que puede valer quinze mill mrs. e otros dos pedaços de viñas, uno alinde de Pedro Rruyz de Segouia e otro alinde de Luys Sánchez de Orihuela que podrá valer çinco mill mrs. e çiertas tierras que heredó de su suegro, que no sabe todos los alindes en término de esta villa que pueden valer poco más o menos syete o ocho mil mrs. e allende desto sabe que es honbre que tyene buen abono de ganados e otros bienes muebles (3)
A los cinco majuelos que poseía Antón García habría que añadir otra viña aportada por su mujer como dote matrimonial. Su hacienda debía aproximarse a las quince aranzadas, es decir, unas doce mil vides. Era una de las personas atrevidas que a comienzos de siglo se decantó por el vino, que por el valor de las tierras tenía una rentabilidad superior a esas otras tierras heredadas de su suegro. La aranzada de cepas se valoraba en aquella época en cinco u ocho mil maravedíes, dependiendo de la calidad de las tierras.

Desgraciadamente las escrituras notariales conservadas, reflejando los actos de compra y venta, son escasas, pero llamativamente la primera que se nos conserva del año 1536 es la venta de un majuelo. Más allá de la anécdota, el dato viene corroborado por la representación que Pedro Barriga hizo ante el Consejo de la Emperatriz Isabel en diciembre de 1630, año en el que las viñas se habían quemado y las vendimias estaban perdidas. Se reconocía que en una villa de ochocientos vecinos, apenas cien familias era labradoras, sustentadas por las tierras de pan llevar, el resto, en su mayoría, vivía de la granjería de la viñas (5). La documentación existente en Simancas y en El Escorial sobre tercias reales nos refieren un valor de más de dos mil arrobas para las tercias del vino (6). Estaríamos hablando de una producción de cien mil arrobas de vino para la villa de San Clemente. Cifra muy corta, pues los datos que disponemos sobre averiguación de fraudes en las rentas reales nos dicen que apenas si se declaraba un veinte por ciento de la riqueza. El fraude del vino tiene más razón de ser si pensamos que los clérigos, parte interesada en las rentas decimales, formaban uno de los principales grupos propietarios de viñas.

Si comparamos las cifras de las tercias de San Clemente con las conocidas de Albacete para los años ochenta se constata el dominio apabullante en el caso albaceteño de la producción ganadera y cerealista. El valor de las tercias de Albacete ascendía a 725.700 maravedíes por 261.105 maravedíes que valían las tercias de San Clemente. Basta comparar, fraudes aparte, las 140 cabezas de ganado de las tercias de San Clemente con las más de 1.000 cabezas de Albacete o las 500 fanegas de granos de tercias (215 y 237 fanegas de trigo y cebada) de la primera con las 580 fanegas de trigo, 738 fanegas de cebada y 48 fanegas de centeno de la segunda villa. Datos aportados en el caso de Albacete para  1582 y  el año 1581 para San Clemente.

La dependencia en granos de San Clemente era clara, su limitado desarrollo ganadero en comparación con Albacete también. Cuando San Clemente intentó a finales de siglo el desarrollo ganadero llevando sus ovejas de los pastos comunes de la tierra de Alarcón a integrarse en los circuitos trashumantes que tenían por extremos los pastos de Chinchilla y los valles de Murcia obtuvo por respuesta las cortapisas de Albacete. Valga como ejemplo la exigencia de derechos aduaneros por pasar las ovejas los límites de las diez leguas de la raya de los Reinos de Aragón.

Y sin embargo, San Clemente tenía una ventaja en la producción vinícola. El valor de las tercias de vino y cargas de uva rondaba en esta villa las 2.000 arrobas. Aunque no disponemos de datos del valor en especie del producto de la uva de Albacete, sabemos que traducido el producto de las tercias a dinero era de 39.627 maravedíes por los 124.000 maravedíes de San Clemente; es más la alcabala cobrada por las ventas del vino, alcanzaban en San Clemente los 454.600 maravedíes por los 60.250 de la villa de Albacete. El año 1581, el valor de las tercias de San Clemente fue de 1504 arrobas (¿hecho circunstancial por mala cosecha, cifras que reflejan el fraude o bajada en la producción respecto a las 2000 arrobas de 1552) y ciento treinta y nueva cargas de uva, que se vendieron a dos reales la arroba de vino y dos y medio la carga de uva, duplicando el precio de treinta años antes.

La plantación de viñas continuaba a buen ritmo en la década de los sesenta, pero los intereses de los viticultores estaban entrando en colisión con los dueños de ganados, los hombres más ricos de la villa, que, además dominaban el gobierno municipal. Fue el año de 1562, cuando este dominio del gobierno local por los ganaderos se quebró, con el acceso a los cargos municipales de hombres más próximos a los intereses de los viticultores. Las tensiones en el ayuntamiento se reflejaron en la vida cotidiana. Juan de Oma se quejaba de que los ganados del escribano Ginés Sainz se comían sus viñas.  Aunque el más odiado era Francisco Rosillo, cuyos ganados pastaban por viñas y cebadales con total impunidad. Los dueños de viñas se aprestaron a poner por sus propios medios las guardas que no ponía el ayuntamiento para la conservación de las viñas propias, amenazando con tomarse la justicia por su mano y descalabrar a algún ganadero. Se temía que los ganados se comieran los zarcillos y hojas de las vides, pero más aún la propagación de un gusano que acababa con la planta. Era el llamado gusano blanco, que se desarrollaba en el estiércol dejado por los ganados en las villas, comiéndose los brotes de los sarmientos. La epidemia era causa, para algunos testigos, de la escasez de vino obtenido en los últimos años. Menos sentido tiene culpar a los ganados de la ruina del olivar, que se plantó entre las cepas en los años cuarenta. El olivo es un árbol que necesita de veinte años para dar fruto. El caso es que de los treinta o cuarenta mil pies de olivos que se habían plantado una quincena de años antes, en 1562 apenas si quedaban unos pocos. La causa era que el clima de San Clemente es demasiado extremo para este cultivo.

Entre las quejas de los vinateros contra los ganaderos estaba el aprovechamiento del Pinar Viejo. Dicho pinar había sido plantado en los años cuarenta para poner fin a la escasez de leña que padecía la villa (más acuciante desde la pérdida del pinar de su antigua aldea de Vara de Rey). Los propietarios de viñas cedieron a la expropiación de tierras para la plantación de pinos, pensando en el bien común de los vecinos y, especialmente, en la indemnización de 1500 ducados que se les prometió. Veinte años después, tal como nos cuenta el regidor Antón de Ávalos, no habían recibido compensación alguna, a pesar de lo cual se había iniciado en esos años la plantación de otro pinar llamado Nuevo. Pero lo más sangrante para los propietarios de majuelos era que el aprovechamiento principal del pinar era como lugar de refugio de los ganados, desde donde se internaban en las viñas. Traemos a colación el testimonio de Antón de Ávalos por su objetividad. A Antón de Ávalos le unía amistad con Francisco Rosillo (acusado como él de intentar matar en 1553 al alcalde Hernando de Montoya, ganadero como ellos), que vio embargada cuatrocientas cabezas de ganado por el intento de linchamiento. Claro que el conflicto entre ganaderos y viticultores era algo más complejo que enfrentamiento entre grupos diferenciados. Algunos de los vecinos veían en las viñas y los ganados, intereses complementarios. El principal acusado de intentar matar al alcalde Hernando de Montoya en 1553 fue Francisco Jiménez, el padre de Antón de Ávalos, que desde el 24 de junio se había hecho con el abasto de las carnicerías de la villa. Fue en la carnicería donde surgió la disputa por un trozo de vaca, riña que acabó violentamente. Tanto Francisco Jiménez como Hernando Montoya tenían en común la composición dual de su patrimonio, presente en los bienes embargados a Francisco Jiménez: mil cabezas de ganado lanar y cabrío, cuarenta arrobas de lana prieta y seiscientas arrobas de vino en veinte tinajas.

Aunque los sucesos de 1553 contaran con una víctima y unos agresores dueños de ganados, la lucha de bandos se desató entre la gente del Arrabal, encabezada por la familia Origüela, y los hijos de una generación de ganaderos, llamados a ocupar el poder municipal en los años siguientes. Entre los jóvenes que participaron en las reyertas e implicados en el intento de asesinato del alcalde Hernando de Montoya estaban los futuros regidores y ganaderos de la villa de San Clemente: el mencionado Antón de Ávalos, los Rosillo, Antón Barriga, Diego de Alfaro (hijo de Alonso de Oropesa) o Antón García de Monteagudo.

Las fallidas ordenanzas de 1562 intentaban dar salida al conflicto entre vinateros y ganaderos. Fueron confirmadas por concejo abierto y ratificadas por el gobernador del Marquesado, Carlos de Guevara, que, guiado por la bien común, echó atrás el intento de los regidores de asignarse un salario de tres mil maravedíes al año por las visitas a las viñas y montes, pues tal como decía el gobernador ni el trabajo de las tales visitas es tanto ny menos la dicha villa tan rrica de propios.


Encabezamiento de las Ordenanzas de San Clemente de 1562
AGS, CRC, 493-1


La voz de los intereses de los propietarios de viñas la puso Diego Sánchez de Origüela, que se quejaba como la voluntad del pueblo, expresada en concejo abierto era negada por algunos regidores, con intereses ganaderos, que contradecían las ordenanzas aprobadas por el común de los vecinos. Diego Sánchez de Origüela prestaba su voz al clan de los Origüela, con fuertes intereses en el sector del vino (Pedro de Tébar, Pedro Hernández de Avilés, Andrés González de Avilés o Francisco de la Carrera) y a otros vinateros como Francisco de la Fuente Zomeño, Alonso de la Fuente Zapata, Luis de Alarcón Fajardo, Miguel López de Vicen López, Cristóbal del Castillo, escribano, Francisco del Castillo Villaseñor, escribano, o Ginés del Campillo, pero también a otros cuyos intereses en el negocio del vino los complementaban con la posesión de ganados, tales eran Francisco Rosillo (que camaleonicamente pasaba de denunciado a acusador), Alonso Rosillo, Antón Montoya o Diego de Alfaro. Destacar entre los propietarios de viñas el grupo de los escribanos que invertían los ingresos generados en sus oficios en la compra de majuelos. Aunque el sentido de las inversiones cambiaban con los tiempos, el escribano Miguel Sevillano poseía una hacienda de majuelos heredada de sus suegros Juan de Robledo y María de Montoya, pero supo deslizarse con habilidad hacia el campo ganadero.

Nos puede parecer una contradicción que los dueños de ganados estuvieran entre los más importantes propietarios de viñas. Pero tal contradicción no era tal, pues los ganaderos introducían los ganados en sus propias viñas. Era contra esta práctica contra la que iban las ordenanzas de 1562, pues al estar las viñas juntas o separadas por angostas sendas, los ganados acababan comiéndose viñas de los vecinos. El peligro era denunciado fundamentalmente por los pequeños propietarios de majuelos, que además de la desconfianza con la que veían la concentración de propiedades en pocas manos, veían día a día el peligro de ruina de sus haciendas, amenazadas por los principales beneficiarios de las compras, poseedores de ganados.

Las ordenanzas de 26 de febrero de 1562 tenían por objetivo la guarda de las viñas, pero fueron justificadas por la necesidad de guardar los pinares recién plantados y la salvaguarda de unos olivares imprescindibles para una villa necesitada de aceite. Aunque iban mucho más allá. comenzaban por denunciar las ausencias de encinares en el término municipal y recordaba como las carrascas de las dehesas estaban aniquiladas, especialmente en la zona norte y los términos de las aldeas de Perona y Villar de Cantos, donde los ricos del pueblo concentraban sus tierras. A las viejas ordenanzas que regulaban la corta de leña o recogida de la bellota únicamente con licencia o albalá del ayuntamiento, se unían ahora nuevas regulaciones mas punitivas para la conservación de los pinares y olivares. En el caso de los olivos, las penas iban de los doscientos maravedíes por la corta de ramas a los cuatrocientos por comerse los árboles, ochocientos por arrancar un pie de árbol, y hasta mil maravedíes para los propietarios que entraran con más de cien cabezas de ganado.

Las ordenanzas de 1562 se detenían especialmente en uno de sus capítulos en las viñas, por ser la prinçipal grangería de la villa. Don Diego Torrente Pérez examinó el expediente sobre dichas ordenanzas existente en Simancas, donde fueron enviadas para su confirmación por el Consejo Real (8). Aunque transcribió algunas probanzas de testigos, no lo hizo con las ordenanzas. La razón es la dificultad de lectura que presentan por el deterioro y calado de las tintas ferrogálicas, que por su acidez superponen la escritura del haz y del envés de los folios. En realidad las ordenanzas son las mismas que las existentes en el Archivo Histórico de San Clemente, confirmadas por el Consejo Real en 1584, con la salvedad, que, a instancias del gobernador Carlos de Guevara, se suprimieron las ordenanzas 16, 17 y 20. En estas ordenanzas de 1584 falta la cabecera de las mismas, cuya imagen reproducimos supra. Dichas ordenanzas en lo referente a viñas venían a mandar que se penara con cinco sueldos, de a ocho maravedíes y medio, por cada tres vides con fruto que el ganado comiere. La pena iba íntegra para el dueño de la viña perjudicado. El problema radicaba en que por tradición las viñas sin fruto comidas por el ganado no se penaba. Una vez acabada la vendimia, las grandes propietarios de viñas, que lo eran también de ganados, entraban sus ovejas en los viñedos cual si fueran agostaderos o campos adehesados y se comían los pámpanos o sarmientos de las vides propias y, por ser colindantes los majuelos, de los ajenos, incluyendo obviamente los olivares recién plantados. La práctica de los ganaderos perjudicaba a una población pobre, que acabada la vendimia recogía las uvas residuales que quedaban en las cepas. Por esa razón, se establecieron las mismas penas tanto para las viñas con fruto o sin fruto, pero se añadió que el atrevimiento de entrar en las dichas viñas con manadas de más de cien cabeças, y haga daño o no lo haga, por cada una vez que entrare de día en cada viña, mill mrs.; y si fuere manada de cien cabeças abaxo, por cada una vez que entrare de día, pague por cada cabeça diez mrs. Las penas se doblaban de noche y se repartían en tres tercios entre dueño de villa, denunciador, que solía ser el anterior, y juez que sentenciare.

Los veinte años que tardaron en ser confirmadas las ordenanzas dan fe del conflicto de intereses entre ganaderos y vinateros. Tal confirmación en fecha tan tardía llegaba demasiado tarde. El intento regeneracionista de la agricultura de San Clemente de mediados de siglo había fracasado. El intento de autarquía en el abasto de aceite había fracasado, los azafranales que se plantaron hacia 1550 fueron pisoteados y destrozados por los ganados. Tan solo los pinares Viejo y Nuevo aguantaron, en un legado que ha llegado hasta nuestros días, pero las dehesas del norte del pueblo fueron arrasadas, cuando no vendidas, caso de Villar de Cantos a ricas familias, como los Ortega. Pero ganados y viñas continuaron con un crecimiento desordenado, donde podía más la ambición de enriquecimiento de los ricos que la explotación racional de la tierra.  La uva se comenzaba a coger antes de madurar. El ayuntamiento de 3 de septiembre de 1580 intentaba extender el carácter religioso de la fiesta de la Vera Cruz del 14 de septiembre a un día que fijara el desvedamiento para vendimiar la uva. Aunque lo peor de todo fue la extensión de la vid a terrenos con suelo de mejor calidad, pero no aptos para el cultivo de la vid y hasta entonces ocupados por el cereal. La pérdida de calidad de la uva, vino acompañada con una mengua de las cosechas de trigo, justo en un momento en que el granero villarrobletano (que también había extendido su cultivo de trigo a suelos pobres) entraba en crisis. El resultado fue la terrible de crisis de final de siglo. Una población hambrienta fue presa de la peste de julio de 1600, con las consecuencias ya conocidas.

Los contemporáneos fueron conscientes del mal que se avecinaba. El ayuntamiento de seis de noviembre de 1582 prohibió plantar más viñas, porque se estaba reduciendo la producción de trigo y se estaba acabando con los barbechos que servían de pasto para los ganados. Aunque algunas decisiones del ayuntamiento, ya tomadas desde el mismo momento de implosión de la plantación de viñas fueron tan erróneas como letales. Nos referimos a la prohibición confirmada por ordenanzas y acuerdos municipales reiterativos de levantar valladares en torno a las viñas y otras propiedades particulares. Se impidió una política agraria de enclosures, como la que se estaba desarrollando en Inglaterra por las mismas fechas. Pero eso era pedir demasiado para la España del siglo XVI. Hacia finales de siglo, la explotación de las viñas presenta una imagen anárquica: los ganados campando a sus anchas y los pobres, aliviando su necesidad, hurtando las uvas y sarmientos de las cepas.

Pero la crisis de las viñas en estos años tenía causas propias y ajenas a los intereses ganaderos. Entre ellas, la principal y no reconocida, era la evolución de los salarios de unos jornaleros que luchaban por mejorar su trabajo. Ahora, en una villa en ebullición urbanística, podían elegir entre emplearse en el campo o como albañiles en las edificaciones civiles y privadas que se levantaban. Ya en los acuerdos municipales de 1548 hay obsesión por fijar los salarios en una tasa variable según la época del año, pero que en ningún caso debía exceder de real y medio o de un real, en el caso que el jornalero fuera mantenido, es decir, se le diera de comer. Preocupaba tanto o más el que los jornaleros no tuvieran residencia fija y anduvieran de pueblo en pueblo a la búsqueda de mejores condiciones salariales. Los jornaleros eran acusados de su poca predisposición al trabajo, no respetando la jornada de sol a sol. Por tal razón, el trabajo reglamentado a jornal fue muy mal visto (el morisco Alonso de Torres había trabajado a jornal a su llegada a San Clemente en 1571, y sus vecinos se lo recordaban como una deshonra), fue en parte sustituido por el trabajo a destajo, donde los trabajadores ganaban salarios superiores a cambio de mayores exigencias: los podadores cobraban dos reales y medio por el trabajo de una aranzada (unas ochocientas cepas). Pero la presión de unos trabajadores que podían vender su fuerza de trabajo en la multiplicidad de labores, llevó a una excesiva reglamentación del trabajo, que, para el caso de las viñas, recogía el transporte de los cuévanos o la aportación de medios propios.

La rebelión de los jornaleros, que tenía mucho más de holganza, porque muchas vezes salían tan tarde que hera pasado mucha parte de aquel día, que de movimiento organizado, llegó hasta el Consejo Real, que por provisión de 13 de junio de 1552 ordenó cumplir las viejas ordenanzas que obligaban a los jornaleros a acudir a las plazas públicas a alquilar su trabajo al alba de cada día, con todas sus herramientas y con sus mantenimientos, y permanecer trabajando hasta la puesta del sol. La fijación de los jornales correspondía a los concejos. Pero la tasación de los jornales iba contra los tiempos, más entre unos jornaleros a los que se abría una amplia panoplia de trabajos y que, en palabras del Consejo Real, se comportaban como mercenarios a la hora de alquilar sus servicios. Las condiciones laborales, doradas a mediados de siglo, empeoraron a partir de los años setenta. Los motivos fueron que la sociedad sanclementina se quebró tras la guerra de los moriscos de 1570 y, sobre todo, que el impulso constructor de edificios religiosos, civiles y particulares, que en la villa venía arrastrándose desde los años cuarenta, comenzó a agotarse. Don Diego Torrente recogió las ordenanzas que la villa fijó en los acuerdos concejiles de 5 de marzo de 1570
Primeramente, que en los meses de março, abril e mayo se les dé a los podadores y cabadores por cada un día, a cada uno, dos reales e un quartillo de vino, manteniéndose ellos de lo demás; y si les dieren de comer, les den real y medio; y que los tales jornaleros sean obligados a salir e yr a la lavor, en estos tres meses, a las syete oras de la mañana, y que no salgan de la lavor hasta puesta de sol.
Yten, que el tienpo que durase la vendimia e cosecha de huva, se dé a cada peón para pisar, real y medio y de comer; e para vendimiar, un real y de comer; e las mugeres e zagales, a veynte mrs. e de comer (9)

El agravamiento de las condiciones laborales venía marcado por unas condiciones laborales que se retrotraían a veinte años antes, con cierta degradación de los oficios mejor pagados, como podadores y pisadores, que veían recortado el mantenimiento a medio litro de vino diario, sin aportación de pan o carne; pero la verdadera devaluación de los salarios venía del proceso inflacionario de precios vivido en el siglo XVI. Según Hamilton, si hasta 1535 los precios marcan en sus fluctuaciones contradictorias oscilaciones al alza y la baja, que provocan, en su brusquedad, cierta estabilidad de los mismos a largo plazo, a partir de la segunda mitad de los años treinta el ascenso es generalizado y podemos decir que brutal en la década de los cuarenta, especialmente en Andalucía y Castilla la Nueva. Pero lo peor estaba por venir, en la segunda década del siglo los precios se duplicarían (10). Las decisiones que hemos visto del concejo sanclementino en materia del salario, se acercaba a la congelación de salarios: en 1570 se imponían los salarios de 1550, e incluso se rebajaban, reglamentando y extremando la duración del tiempo de trabajo. En ese periodo los precios de las cosas costaban un cincuenta por ciento más. Los jornaleros sanclementinos, como otros de Castilla, habían perdido la batalla, viendo la subida de precios en la década de los cuarenta y las amplias posibilidades de trabajo existentes, consiguieron ciertas mejoras hacia 1550, pero fueron transitorias. La llegada de setenta familias moriscas en 1570 contribuiría a la bajada de los salarios. No obstante, la sociedad sanclementina no era una sociedad dual, como lo será siglos después; contaba con numerosos estratos intermedios de funcionarios, artesanos y pequeños propietarios. Antes que sociedad campesina era pequeña corte manchega. Este carácter de capitalidad política, fiscal y de servicios de la gobernación del Marquesado de Villena, y luego de su corregimiento, posibilitó que resistiera mucho mejor la crisis de comienzos del seiscientos que otras villas agrarias como Villarrobledo o Albacete. Al menos hasta 1640, luego la naturaleza de la sociedad sanclementina cambió y se hizo más desigual.

La ganadería era el otro gran negocio de la villa. Los poseedores de ganados disponían de hatos que oscilaban entre las dos mil y las cuatro mil cabezas. Sus detractores los señalaban con nombres y apellidos: Alonso de Oropesa, Hernando de Montoya, Ginés Sainz, escribano, Sebastián Cantero, Francisco Rosillo, Gregorio de Astudillo, Juan López de Perona y Francisco de Ortega. Entre los detractores estaban los clérigos, sin duda defensores de las rentas decimales del vino, unas 9.000 arrobas, a pesar de las ocultaciones, más seguras en el cobro que las cabezas de ganado y, cómo no, propietarios de majuelos. Pero los ganaderos comienzan a tener dificultades para encontrar pastos desde los años cuarenta. Primero ven vedado su acceso al pasto e invernada de los pinares de Azraque y La Losa, sitos en los términos de Vara de Rey y Villanueva de la Jara, luego vienen los pleitos con los pueblos vecinos de Cañavate y La Alberca por el acceso a los montes comunales. Especialmente enconado fue el pleito con la villa de La Alberca, provocado por la decisión de esta villa de acotar la mitad de su término y que se prolongaría hasta inicios del seiscientos. Así, los ganados sanclementinos se vieron obligados a pasar los puertos de Alcaraz y Chinchilla para herbajar en la invernada. Pero las condiciones ahora eran más gravosas, si Alcaraz incrementó en 1555 los derechos de montazgo de cada cabeza de ganado lanar hasta los doce maravedíes, las condiciones no eran mejores en los puertos de Chinchilla, donde Albacete pretendía cobrar un nuevo derecho a los ganados, correspondiente al pago de los puertos secos, por encontrarse la villa de Albacete a doce leguas de la raya, frontera, del Reino de Aragón.

Cuando en los años ochenta llega Rodrigo Méndez para averiguar la riqueza de las villas del Marquesado, su visión del estado de las haciendas privadas choca con las quejas lastimeras de los vecinos. Rodrigo Méndez ve una realidad de opulencia y riqueza en manos de los llamados ricos. Los vecinos se quejan del estado lastimero de unas tierras arruinadas. Las pesquisas para averiguar el fraude de las rentas reales, en la villa de San Clemente, se centran particularmente en las ocultaciones en la venta de cabezas de ganado. Ahora San Clemente ya no nos aparece como la abastecedora de vino para las regiones comarcanas sino como abastecedora principal de carne de pueblos como Belmonte y de la propia ciudad de Cuenca. Este dominio temporal de los ganaderos en la villa de San Clemente va acompañada de una crisis de poder. La desaparición de la primera escena política de los Castillo hacia 1550; la posterior lucha de bandos que se desató en 1553, de la que saldrían como grandes perdedores los Origüela, afianzó el poder local de las familias de ganaderos que marcarían el rumbo de la política sanclementina el último tercio del siglo XVI.

 El dominio de los propietarios de ganados, ahora plenamente integrados en las rutas trashumantes, hacia los puertos de Alcaraz o Chinchilla, parece acabar con la república de tenderos, entre cuyos tratos destaca el del vino. La plaza del pueblo, que antaño era el centro de tiendas como las del tabernero Gonzalo de Tébar, que obtenía ocho maravedíes por arroba de vino vendida en 1548, ve como los bajos de las casas se quedan vacíos. Los comerciantes, coincidiendo con las obras de la Iglesia y el Ayuntamiento, abandonaron la plaza para refugiarse en el Arrabal. Este barrio y sus vecinos, alejados del poder local, pareció revivir con sus tiendas, sus artesanos y la llegada de nueva población morisca en los años setenta. La sociedad sanclementina se hizo dual. Mientras el Arrabal adquiría una vida propia, ajena a la agricultura, los ganados recorrían los campos esquilmando ya no solo las viñas o pinares del sur, sino los campos de cereales y dehesas del norte, en manos de grandes señores. Incluso el atrevimiento en su dominio les llevaba a pastar en los cebadales cercanos al pueblo. La reacción no se hizo esperar y vino de dos personajes principales del pueblo: don Juan Pacheco Guzmán, alférez de la villa, que había recibido por su casamiento con Elvira Cimbrón, la herencia de los Castillo en Perona, y el doctor Cristóbal de Tébar, cura de la villa. Coincidiendo las crisis pestíferas y de subsistencias de comienzos de siglo, los Castillo, ahora bajo el apellido Pacheco, y los Origüela, de la mano de la rama familiar de los Tébar, volvían al primer plano de la política municipal.

Tanto don Juan Pacheco como el doctor Tébar eran hombres que venían del pasado, ambos había nacido hacia 1550 y morirán a mediados de la década de los veinte del siglo posterior. Don Juan Pacheco representaba los intereses cerealistas, heredados de su abuelo político Alonso de Castillo: 3.500 almudes en Perona. A las heredades de Perona unía otras en San Clemente y en Villarrobledo; en esta última villa, en la que poseía la heredad de Sotuélamos, había entrado en conflicto con los intereses de la Mesta. Los conflictos con los ganaderos de don Juan Pacheco Guzmán, alférez mayor de la villa de San Clemente, se extendieron a esta última villa, aunque adquirieron la veste de un conflicto político por la primera instancia y la supresión de los cargos alcaldes. El doctor Cristóbal de Tébar, cura del pueblo, por tradición familiar, y como controlador de la tazmía y rentas decimales, estaba inmerso en el negocio del vino. Se recuerda a menudo la cesión de 53.000 vides de majuelo nuevo en la finca de las Cruces al Colegio de la Compañía Jesús, pero se olvida que a comienzos de siglo había comprado, junto a su hermano el indiano Diego, otras 9.500 cepas en la finca de Matas Verdes. A nosotros nos interesa esta última compra, porque iba acompañada de otros novecientos almudes de tierras de pan llevar. Si las heredades de la finca de las Cruces, en Casas de Fernando Alonso, acompañadas de 500 almudes de trigo, aún mantenían en la duda al cura, la apuesta de ambos hermanos Tébar era ya clara por el cereal en la finca de Matas Verdes (11). De hecho, las heredades de Matas Verdes acabarían en su sobrina María de Tébar Aldana, mujer de Pedro González Galindo, y después en sus herederos los Piquinoti, que se garantizaron con un juro situado sobre las rentas reales del Marquesado de Villena la cantidad anual de 1.950 fanegas de trigo.

Sin embargo, los grandes triunfadores de la villa de San Clemente del siglo XVII no fueron ni el alférez Juan Pacheco ni el doctor Tébar. Los herederos del primero abandonaron el pueblo, aunque no sus propiedades, el segundo cedió sus bienes a los jesuitas ante la presión inquisitorial y sus herederos los Piquinoti fueron repudiados en el pueblo. Los grandes triunfadores fueron los Ortega. Don Rodrigo de Ortega sentó las bases de la riqueza familiar en torno a las propiedades cerealistas de Villar de Cantos y de Vara de Rey, pero nunca se olvidó de sus ganados. Sí entraron en una fase de declinar irremediable las viñas, como un estertor de aquel pasado glorioso en que las viñas inundaban ininterrumpidamente el paisaje sanclementino, todavía en 1664 la villa concede un donativo de 2.000 ducados de vellón condicionado a la apertura durante nueve años de una taberna pública en Madrid para vender el vino en la Corte.


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(1) MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Fco. "Estructura rural de San Clemente" en CUENCA.23/24. 1984, pp. 7-56)
(2) AGS, CRC, 493-1, Ordenanzas de San Clemente de 1562
(3) AGS, EMR, leg. 571. Fianzas e informaciones de abono de los arrendadores de rentas reales de los partidos del Marquesado de Villena, ciudad de Murcia, Segura de la Sierra y Alcaraz. 1508(4) AMSC. ESCRIBANÍAS. Leg. 28/1
(5) AMSC. AYUNTAMIENTO. Leg. 1/2, nº 36
(6) Nomenclátor de algunos pueblos de España con los vecinos y rentas que pagaban. BIBLIOTECA DEL REAL MONASTERIO DEL ESCORIAL. Manuscritos castellanos L. 1, 19, fol. 113 vº)
(7) AGS. EXPEDIENTES DE HACIENDA. Leg. 202, fol. 6-XIV. Averiguación de rentas reales y vecindarios del Marquesado de Villena. 1586
(8) TORRENTE PÉREZ, Diego: Documentos para la Historia de San Clemente. 1975, TOMO I, pp. 347 y siguientes.
(9) TORRENTE PÉREZ, Diego: Documentos para la Historia de San Clemente. 1975, TOMO II, pp. 40-44.
(10) HAMILTON, Earl J.: El tesoro americano y la revolución de los precios en  España, 1501-1560. Barelona. Ariel. pp. 199 y siguientes
(11) ARCHIVO GENERAL DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA. FONDO PÉREZ SEOANE. Familia Piquinoti, Posesión por parte de don Francisco María Piquinoti, como marido de Dª Antonia González Galindo, del mayorazgo fundado a favor de su mujer. 21 de enero de 1639.
AMSC. AYUNTAMIENTO. Leg. 4/14. Expediente de fundación del Colegio de la Compañía de Jesús de San Clemente, en virtud de los legados del doctor Cristóbal de Tébar, cura propio de la Iglesia Mayor de Santiago. Años 1613-1620 (hay transcripción de los documentos en Diego Torrente Pérez, Documentos para la historia de San Clemente, tomo II, 1975, pp. 289-295

ANEXO. Probanza de testigos de las Ordenanzas de 1562

Francisco del Pozo, clérigo,
Juan Sánchez de Palomares, clérigo
Antonio Galindo
Tristán de Pallarés, clérigo
Diego González, clérigo
Juan Cañamero, clérigo
Gregorio del Castillo, el viejo
MIguel García Macacho
Hernando de Origüela, hijo e Hernando Origüela
Juan de Mérida
Gaspar de Sevilla
Antón de Ávalos, regidor
Domingo de Vicen Pérez, alcalde de la hermandad
Diego Sánchez de Origüela
Francisco de la Fuente Zomeño
Diego Vázquez, 44 años
Gonzalo de Iniesta, 48 años
Alejo Rubio, 60 años
Miguel López de Vicen López, procurador de la villa, 48 años
Juan de Garnica, procurador del número, de 35 años
Francisco del Castillo Villaseñor, 35 años
Bartolomé Jiménez de Atienza
Alonso del Campo
Francisco Moreno
Licenciado Pomares
Francisco de Zorita, alguacil mayor del Marquesado de Villena






domingo, 22 de noviembre de 2015

Fraude fiscal y actividad económica en San Clemente hacia 1580

El 22 de noviembre de 1586, Diego Ramírez Caballón es llamado a declarar por su gestión como fiel de las tercias reales de la villa de San Clemente el año de 1581. Lo hará ante el juez administrador de rentas Rodrigo Méndez y el alcalde ordinario Juan López de Garcilópez. De su declaración podemos extraer un poco más de información sobre la economía sanclementina de aquella época; de otros testimonios, fruto de las averiguaciones del juez administrador Rodrigo Méndez, conoceremos los importantes niveles de fraude.

Después de reconocer que había desempeñado el oficio de fiel de las tercias de su majestad de la villa de San Clemente el año de 1581, Diego Ramírez Caballón exhibió una relación pormenorizada de las cuentas que había presentado hacía cinco años:

         fuele mandado exiba la copia de la tazmía de los frutos que a su magestad perteneçieron de las dichas tercias del dicho año el qual exibió e presentó una quenta original firmada de mosén ruuí de bracamonte dávila gobernador deste marquesado e de martín sanz de fuentes juez de su magestad que vino a esta villa con comisión rreal a tomar quentas de las rrentas deste marquesado del dicho año ... por la qual pareze que a su magestad perteneçieron  de los frutos de sus terçias el dicho año lo siguiente:
  • çiento y treinta cabeças de ganado y un quarto de cabeça
  • doçientas y quinze fanegas y nueue çelemines de trigo
  • ocho fanegas y cuatro celemines y un quartillo de centeno
  • beinte y una fanegas çinco celemines de abena
  • mill e quinientas y quatro arrovas de vino
  • çiento y treinta e nueue de cargas de uva
 y esto es lo que a su magestad pertenesçió y ubo de las dichas terçias los quales dichos frutos pareze que se bendieron en la manera
  • el ganado a quatro rreales y quartillo cada uno que montaron diez e siete mill e çiento e diez maravedíes y medio
  • el trigo a la tasa rreal que entonzes auía de honze rreales la hanega que monta ochenta mill e seisçientos e un maravedíes
  • la çevada a la tasa de cinco rreales y medio cada hanega que montan quarenta y quatro mill e tresçientos y quarenta y seis maravedíes
  • el bino a dos rreales cada arroba se bendió en pública almoneda en quien más dio pareçe que monto çiento y dos mill e doçientos setenta e dos maravedíes
  • las çiento y treinta e nueve cargas de uba a dos rreales y medio que balió honze mill e quinientos e sesenta mill maravedíes
  • el çenteno a la tasa de doçientos maravedíes que montó mill e seisçientos y setenta y çinco maravedíes 
  • la avena a la tasa de çien maravedíes que valió dos mill e çiento e quarenta e dos maravedíes
por manera que valieron los dichos frutos doçientos y sesenta y un mill e çiento y çinco maravedíes y medio.

Se podría apostar por estas cifras para recomponer el valor de la producción sanclementina, de hecho éste es el único año del período 1579-1584 del que disponemos datos de las tercias, pues el resto de años los fieles que administraron las tercias alegaron no disponer de copia de tazmías que justificaran los ingresos. Pero estaríamos ocultando un parte de la economía que no estaba gravada con imposición alguna; el propio Rodrigo Méndez llegó a confesar que el montante de la alcabala recaudado no llegaba al 3 por ciento del valor de las transacciones, cuando se trataba de un gravamen del 10 por ciento ad valorem.

Disponemos de acusaciones genéricas de fraudes contra los llamados ricos, que protegidos por sus paniaguados las justicias locales, no declaraban las ventas o las realizaban en tierras de señorío; pero también de acusaciones concretas. Tal es el caso de la alcabala de ganados y lanas de San Clemente en 1583, administrada en régimen de fieldad, que, en testimonio de su fiel administrador, padecía de un constante impago por los ganaderos ricos del pueblo. Ese año las rentas reales del Marquesado de Villena fueron administradas directamente por el administrador de rentas licenciado Mieses, que intentó además el cobro y percepción del producto de las tercias en especie, intentando romper el monopolio de la venta de los frutos de las tazmías por las oligarquías locales.

En San Clemente, el administrador de la alcabalas de ganados y lanas fue Miguel Sánchez del Hoyo, que optó por establecer conciertos con los vecinos para garantizarse una cantidad fija de recaudación, pero no por ello dejó de denunciar las operaciones y ventas de los ricos del pueblo que apenas si estaban gravadas con imposición alguna. Uno de los vecinos que se había concertado era Antonio García Monteagudo, por él y por su madre viuda, María Álvarez de Tébar, por la cantidad de doce ducados. En una operación, sin duda fraudulenta, había vendido a su propia madre, allá por los meses de junio y julio de ese año 1583, alrededor de seiscientas cabezas de ganado primales a precio de catorce reales cada una. La venta le supuso un beneficio de 8.400 reales, es decir le hubiera correspondido de pagar 840 reales de alcabala, equivalentes a 76 ducados. Poco después su madre vendería a un vecino de Cuenca, que decía ser abastecedor de carnes de esta ciudad (quizás este dato nos dé una idea del potencial ganadero de la villa de San Clemente), 550 carneros a veintiún reales cada uno, montando la venta 11.550 reales, correspondiendo una alcabala teórica de 1.155 reales, o sea, 105 ducados. La suma de ambas operaciones en apenas dos meses, suponía una alcabala que multiplicaba por quince la cantidad del concierto. El fiel añadía que se dejaba por cuantificar la venta de la lana y, añadimos nosotros, seguramente otras ventas de ganado.

Pero los Monteagudo era una familia más de los ricos ganaderos poseedores de 2.000 a 4.000 cabezas, aunque en su caso creemos que superaba esa cifra. El regidor Diego Alfaro se concertó con el licenciado Mieses por 44 reales por la alcabala de ganados; pasados unos días de San Pedro y San Pablo vendió ganado a los carniceros de la villa por valor de 4.000 reales, lo que hubiera supuesto una alcabala de 400 reales. Otro regidor, Hernando de Avilés, se había concertado por 40 reales, pero había vendido una cantidad indeterminada de borregos a 6.75 reales cada uno y otro hatajo de ovejas y lanas. El abogado de la villa, licenciado Agüero, se había concertado por tres ducados; había realizado varias ventas: a un vecino de la villa, más de cien borregos a diez reales cada uno y un hatajo de ovejas a siete reales y medio la cabeza.

 Había otros ricos que habían optado por la solución del concierto, así Ginés de la Osa; la cantidad acordada, 23 ducados, nos da una idea de que debía ser uno de los principales ganaderos del pueblo. Sólo una venta de 400 carneros a su convecino Bautista de Alarcón y a Hernando de Araque, vecino de Belmonte, a 22 reales cada uno, le hubiera obligado a pagar ochenta ducados de alcabala según el fiel, que no contaba la venta de la lana y otras operaciones. Por último, se citaba entre los concertados al regidor Juan de Oropesa, por doce ducados; sus ventas incluían 300 carneros a su hermano Alonso y otros 200 al carnicero Pedro Sánchez a precios que iban de ducado y medio a dos ducados la pieza, también vendió la lana de los mismos. En conjunto la venta de ganado y lana debió aproximarse o superar la cifra de mil ducados, ni qué decir tiene que los doce ducados se alejaban bastante de los 100 ducados a pagar de la alcabala.

En suma, según las operaciones denunciadas por el fiel Miguel Sánchez del Hoyo, que no deberían incluir todas las ventas, los conciertos firmados por los principales ganaderos de San Clemente con el licenciado Mieses les había supuesto un negocio redondo: pagaban solamente el diez por ciento de lo que debían pagar e incluso la cifra a veces bajaba por debajo de ese umbral. Dicho de otro modo el fraude, en este caso, consentido no creemos que de buena gana, se situaba en el noventa por ciento de la recaudación fiscal.

A comienzos de los ochenta el valor de lo recaudado por alcabalas y tercias en San Clemente, excluido el fraude, se situaba por encima de los dos millones y medio de maravedíes. La cifra suponía triplicar la recaudación de quince años antes y cuadruplicar la de mediados de siglo. La villa se había encabezado, poco antes de la guerra de las Alpujarras, en 1566, por valor de 1.179.570 maravedíes, y catorce años antes lo había hecho por 701.000 maravedíes. La duda es qué parte correspondía a nueva recaudación procedente de fraude destapado por la labor del administrador Rodrigo Méndez y qué parte a una explosión de la actividad económica de la villa, para la que la guerra de Granada fue un impasse fácilmente superable. Sabemos que en las averiguaciones de 1576, había descubierto fraudes por valor de 250.000 maravedíes para las villas de Albacete y San Clemente, cifra que no explicaría el aumento recaudatorio. Una explicación más racional de este aumento nos lo da el abandono del régimen encabezamiento de rentas por otro de arrendamiento o de fieldad, es decir, administración directa. Incluso Rodrigo Méndez prefería el primer sistema al segundo; razón no le faltaba si nos fijamos en los fraudes de las ventas de ganado examinadas. Pero el sistema de arrendamiento también topaba con los límites de las pujas que los arrendadores estaban dispuestos a hacer. Entonces, ¿qué puede explicar el aumento recaudatorio si no es una implosión económica en el último tercio del siglo? ¿cómo explicar la remodelación urbanística del pueblo en estos años o los propios límites del crecimiento económico, que llevaba a alertar a la villa de la necesidad de limitar el cultivo de viñas por entrar en colisión con otros sectores en rápido crecimiento como la ganadería o estancados como los cereales?

 El desarrollo económico tenía sus causas en una afortunada especialización en las actividades vinícolas y ganaderas, pero el empuje definitivo lo dio, en mi opinión, la preponderancia de San Clemente como centro político. Quizá esa sea la explicación más plausible de la desaparición de la gobernación del Marquesado de Villena; el despertar político de San Clemente y su desarrollo económico, paradójicamente impulsado por los préstamos de vecinos albaceteños, chocaba con los intereses ganaderos de Albacete. Cuando se desgaja la parte sur del Marquesado, San Clemente perderá los graneros de Albacete o Chinchilla, por esa razón mandará a su procurador Francisco de Mendoza a asegurarse la fidelidad de Villarrobledo, visto como granero alternativo, al nuevo corregimiento de las diecisiete villas. El resto es conocido, Villarrobledo, que pronto iniciaría la decadencia de su economía cerealista, al igual que Albacete, también entraría en colisión con San Clemente, que intentaría salvar su economía con el control de la tesorería de rentas reales del Marquesdo y el producto excedentario de las tercias. Solución transitoria en tanto reconvertía su propia economía a otra más equilibrada con mayor peso del cereal frente a la vid.

Si comparamos las cifras de las tercias de San Clemente con las conocidas de Albacete para las mismas fechas se constata el dominio apabullante de la producción ganadera y cerealista. El valor de las tercias de Albacete ascendía a 725.700 maravedíes por 261.105 maravedíes que valían las tercias de San Clemente.  Basta con ver los datos arriba expuestos y comparar, fraudes aparte, la 140 cabezas de ganado de las tercias de San Clemente con las más de 1.000 cabezas de Albacete o las 500 fanegas de granos de tercias (215 y 237 fanegas de trigo y cebada) de la primera con las 580 fanegas de trigo, 738 fanegas de cebada y 48 fanegas de centeno de la segunda villa. Datos aportados en el caso de Albacete para 1582.

La dependencia en granos de San Clemente era clara, su limitado desarrollo ganadero también. Cuando San Clemente intentó a finales de siglo el desarrollo ganadero llevando sus ovejas de los pastos comunes de la tierra de Alarcón a integrarse en los circuitos trashumantes que tenían por extremos los pastos de Chinchilla y los valles de Murcia obtuvo por respuesta las cortapisas de Albacete. Valga como ejemplo la exigencia de derechos aduaneros por pasar las ovejas los límites de las diez leguas de la raya de los Reinos de Aragón.

Y sin embargo, San Clemente tenía una ventaja en la producción vinícola. El valor de las tercias de vino y cargas de uva rondaba en esta villa las 2.000 arrobas. Aunque no disponemos de datos del valor en especie del producto de la uva de Albacete, sabemos que traducido el producto de las tercias a dinero era de 39.627 maravedíes por los 124.000 maravedíes de San Clemente; es más la alcabala cobrada por las ventas del vino, alcanzaban en San Clemente los 454.600 maravedíes por los 60.250 de la villa de Albacete.

Pero San Clemente era más cosmopolita que Albacete, tierra de labradores. A pesar de que San Clemente contaba con un mercado franco los jueves, la recaudación de su alcabala del viento  sobre la venta de mercaderías foráneas era superior a la de Albacete, 420.000 maravedíes frente a 354.000 maravedíes. Es más San Clemente aportaba otros 70.000 maravedíes de la actividad de sus tenderos y superaba a Albacete en la alcabala del hierro y corambre. Incluso, a pesar de su menor potencial ganadero, no le iba muy a la zaga en las transacciones de reses, actuando como centro comarcal. Pagaba también 123.000 maravedíes por la alcabala de aceites y pescados, que apenas aportaba valor en Albacete. Esta villa solo destacaba curiosamente en la alcabala de zapateros. Así, y a diferencia de las tercias, los niveles recaudatorios de alcabalas eran prácticamente similares.

Nuestra conclusión es que Albacete tenía la primacía como centro productor, salvo en el vino, y San Clemente se había convertido en centro comarcal de intercambios y servicios. Ese carácter de centro comercial de San Clemente es lo que le daba su hegemonía política, a pesar de su menor potencial económico, sobre el resto de las villas, convirtiéndola en lo que se llamó la pequeña corte manchega, haciendo de ella una sociedad más diversa con una alta presencia de clérigos, hidalgos y todo tipo de oficios artesanales y de una gran riqueza cultural, como demuestran sus edificios públicos y las representaciones teatrales, religiosas y festivas que se desarrollaron delante de los mismos.

FUENTE

AGS. EXPEDIENTES DE HACIENDA. Leg. 202, fol. 6-XIV. Averiguación de rentas reales y vecindarios del Marquesado de Villena. 1586

sábado, 31 de octubre de 2015

Hernando del Castillo, el licenciado Melgarejo y el ayuntamiento del 9 de noviembre de 1548.

Aquel mes de noviembre de 1548, el gobernador del Marquesado de Villena, Luis Godínez de Alcaraz, lo pasó en San Clemente. Su estancia fue aprovechada para la celebración de varios ayuntamientos para tratar temas ordinarios de la villa, en los que no faltaron la referencia a los numerosos pleitos en que se hallaba inmerso el pueblo en la Chancillería de Granada.
El ayuntamiento de San Clemente había perdido parte de su frescura democrática, desde que en 1543, y tal como sucediera en otras villas, una Corona agobiada por los problemas financieras de la enésima guerra con Francia decidiera vender los oficios de regidores perpetuos y acabar con su elección, como ocurría con los alcaldes ordinarios. Estos oficios que supieron mantener su independencia y la primera instancia frente a los gobernadores del Marquesado, acabaron siendo cargos añales al servicio de los grupos de poder local y su elección motivo de enfrentamiento entre los bandos.

La villa de San Clemente, acababa de salir de una de las crónicas crisis de subsistencia, agravada por una plaga de langosta, que le había obligado a tomar a censo 2.000 ducados en 1545 para el abasto de trigo, veía como los precios del trigo se hundían ahora e incluso el depositado en el alhorí de la villa tenía difícil salida. Antón Dávalos, abastecedor de la panadería, veía como perdía en cada libra de pan dos maravedíes. En frente de su negocio tenía a un Origüela, Gonzalo de Tébar, que se llevaba ocho maravedíes por la venta de cada arroba de un vino aguado, a decir de los vecinos. Sin duda, estos pequeños éxitos y fracasos personales en los negocios contribuía a alimentar los odios preexistentes, que, como hemos visto en otra parte, acabarían estallando el año 1553.

En la bajada del precio de los granos no debió ser ajena la decisión del ayuntamiento de tomar prestados del licenciado Melgarejo 2000 ducados, una parte de ellos en 700 fanegas de trigo, colocando así sus propios excedentes. No es que los regidores se dejaran engañar, más bien todos, o al menos algunos de ellos, participaron de la operación financiera, aunque más justo sería hablar de apaño.

Palacio de los Melgarejo 
El licenciado Melgarejo y su madre doña Juana de Olivares, vecinos de Castillo de Garcimuñoz, ya  a finales de 1545  habían prestado a la villa de San Clemente 1.000 ducados para la compra de trigo. El negocio fue redondo para madre e hijo, pues el dinero en manos del concejo sanclementino revertió enseguida a manos del licenciado Melgarejo como pago del trigo que este mismo proveyó a la villa a precio de nueve reales y medio la fanega. Además se garantizaba un 10% de interés anual en dos pagos semestrales. La villa había solicitado licencia real para tomar a censo 1.000 ducados más. Hernando del Castillo fue en auxilio de la villa, aportando la cantidad que faltaba.
El año 1548, la situación fue de nuevo calamitosa, una plaga de langosta arruinó las cosechas y los precios del trigo se desorbitaron, alcanzando los catorce reales de la fanega. Antón Dávalos, arrendador de la panadería pública, compró más de 500 fanegas de trigo pensando sin duda en hacer una buena inversión especulando con la necesidad ajena. Pero se equivocó, pues otros también tenía en mente operaciones especulativas de más calado. Allí estaban de nuevo el licenciado Melgarejo y el regidor Hernando del Castillo, dispuestos a prestar o a resolver sus problemas de liquidez de un plumazo.
Por supuesto que cuando se pidió al final del verano de 1548 la licencia real para un nuevo censo se justificó con la necesidad de pan que tenía la villa, aunque también para aliviar las exhaustas arcas municipales, que pagaban intereses por los préstamos del 10 por ciento. Se trataba de quitar, redimir, estos censos, pues había censalistas dispuestos a cobrar un interés menor del 14 al millar, un 7 por ciento de interés. Ni que decir tiene que el censalista predispuesto a rebajar el interés era de nuevo el licenciado Melgarejo, que de hecho, había impuesto un tipo de interés más favorable para sí que el autorizado por facultad real, que era del 18 al millar, es decir, el 5,5% de interés.
En la obtención de los permisos reales necesarios para el nuevo préstamo fue fundamental la información presentada por el bachiller Orozco, alcalde mayor del Marquesado. Que los regidores de San Clemente se habían ganado el favor de las autoridades del Marquesado no cabe duda. Pero más clarificador es cómo en la voluntad del alcalde mayor y del propio gobernador era decisiva la influencia de uno de los regidores, Hernando del Castillo.
Hernando del Castillo aparece como árbitro de la política municipal durante este año de 1548. De hecho, los plenos municipales del mes de noviembre de ese año destacan por la ausencia de los regidores. Solo cuentan con la presencia del gobernador del Marquesado Luis Godínez y el mencionado Hernando. Los cargos electivos del ayuntamiento, alcaldes ordinarios y alguacil mayor, parecen jugar el papel de meros comparsas. Pero el aparente dominio de Hernando también esconde la animosidad  y disputa del poder por otros regidores como los Herreros.

Hernando del Castillo, así como sus hermanos Alonso y Francisco, eran nietos del alcaide de Alarcón Hernando, y su poder económico se había afianzado en San Clemente con el matrimonio de su padre Alonso con María de Hinestrosa. Las alianzas familiares les llevarán a entroncar con los Pacheco de Minaya por el casamiento de la hermana de Hernando, Juana de Toledo, con Alonso Pacheco.
Ahora los Castillo buscarán el reconocimiento social e iniciarán un pleito en la Chancillería de Granada por su hidalguía contra el concejo de San Clemente. Su caso no era único. Desde 1543, que se venden las primeras regidurías perpetuas, la renuncia obligada a la hidalguía para ser aceptado en los oficios públicos dejaba de tener sentido, pues estos se compraban. La perpetuidad de estos oficios reducía a un papel secundario otros oficios como los de alcaldes ordinarios, cuya elección era objeto de disputas entre los bandos en los que se alineaban los regidores. La condición pechera para el acceso a los cargos de regidores dejó de ser un requisito y, por tanto, la consecución de la hidalguía un reconocimiento social de la primacía alcanzada en la vida local. Es ahora, cuando Hernando del Castillo, junto a sus hermanos Francisco y Alonso, acuden a la Chancillería de Granada en busca de la ejecutoria de hidalguía. No fueron los únicos, pues desde 1543 los expedientes de vecinos de San Clemente con aspiraciones nobiliarias se acumulan en este tribunal. Valga como ejemplo la siguiente numeración: Alonso Valenzuela, Jerónimo Montoya Abengoza, Antonio y Cristóbal de la Fuente, Francisco García (antecesor de los Monteagudo), Antonio Ruiz de Villamediana, Hernán Vázquez de Haro Pallarés, Juan Granero y los mencionados hermanos Castillo.
Pero las exenciones y privilegios de los nuevos nobles nunca fueron bien vistos en San Clemente. La villa luchará por evitar la concesión de nuevas ejecutorias, consiguiéndolo a veces, como en el caso de Cristóbal y Antonio de la Fuente, que se vieron obligados a dejar la villa y avecindarse en Santa María del Campo. La oposición al ennoblecimiento de los hermanos Castillo fue mucho mayor; las acusaciones judaizantes que pesaban sobre la familia se sacaron a la luz con motivo del expediente de hidalguía. No tardaría en recordar el concejo sanclementino los huesos exhumados y quemados en la Plaza Mayor de Cuenca de la bisabuela Violante González, alias Blanca o Blanquilla.

El inicio del pleito de los hermanos Castillo por su hidalguía en la Chancillería en la Chancillería de Granada se inicia ahora en 1548. Sus problemas con el concejo de San Clemente también. La necesidad de Hernando de liquidez inmediata para sufragar los gastos del proceso judicial explicaría en parte la sesión del pleno de 9 de noviembre de 1548.
 Las reuniones del concejo de San Clemente en aquel mes de noviembre eran, como hemos dicho reuniones muy reducidas, con la presencia del gobernador Luis Godínez Alcaraz. Asistían el regidor Hernando del Castillo Hinestrosa, el alguacil mayor Martín de Oma y los alcaldes ordinarios licenciado Perona y Alonso Martínez el bermejo. Dando fe de los acuerdos, el escribano Rosillo.
Pero el tema tratado aquel 9 de noviembre eran demasiado importantes como para que los regidores se inhibieran. Estaban presentes todos los regidores que desde 1543, habían comprado sus regidurías perpetuas: además del citado Hernando, Don Francisco Pacheco, Sancho López de los Herreros, Cristóbal de Tébar, Francisco de Herreros y Alonso de Valenzuela. Como invitado en la reunión estaba el licenciado Melgarejo.
Enseguida se pasó a tratar el asunto que les tenía allí presentes: la toma por la villa a censo de 2000 ducados a un interés del 7 por ciento, destinados a redimir censos anteriores, cuyo interés era del 10 por ciento. Aunque hemos de pensar que en aquella operación no se vio ni una sola moneda, el concejo se dio por recibidos los 2000 ducados del licenciado Melgarejo. El primero en saldar cuentas, fue el regidor Hernando del Castillo, poseedor de dos censos contra la villa de 85.125 maravedíes y 100.000 maravedíes al mencionado interés del 10 por ciento. No perdonó los réditos adeudados del segundo censo por valor de 6.666 maravedíes y  de la que ya tenía carta de pago del mayordomo de propios Pedro Hernández. En total, 191.791 maravedíes. Era tal la seguridad de este hombre en el control de la vida municipal que no se había molestado en escriturar el censo de 100.000 maravedíes.
El segundo en arreglar cuentas, de mano de sus familiares, fue Bernardino de los Herreros que cobró el principal de un censo de 50.000 maravedíes y los réditos de 5.121 maravedíes correspondientes a un año. Al unánime acuerdo a tres, se sumó el licenciado Melgarejo, que no sólo se aseguró percibir por adelantado parte de los réditos del nuevo censo 21.470 maravedíes, sino también un premio de 46.875 maravedíes. Al reparto se sumó Hernando Montoya, vecino de Minaya, con 982.5 maravedíes de los corridos de un censo de 13 al millar, hemos de suponer que Cristóbal de Tébar hacía de valedor y testigo de la operación.
Las partidas suponían la mitad del censo de los dos mil ducados, la otra mitad quedaba en manos del licenciado Melgarejo para redimir el censo de 1545, que recibiría además una renta anual de 53.561 maravedíes por los intereses anuales del 7 por ciento. Pero la operación de nuevo comprendía la colocación por Melgarejo de sus excedentes de granos a la villa de San Clemente, aunque esta vez la cantidad de fanegas se correspondía con un valor de 300 ducados. La aportación del trigo de Melgarejo provocaría el descenso generalizado de los precios. Antón de Ávalos, abastecedor de panaderías, que había comparado el trigo a 14 reales la fanega, tenía que renunciar al arrendamiento del negocio por perder dos reales del valor de cada fanega. Aún así, anduvo avispado, pues dos meses después el valor de la fanega del trigo había caído a nueve y ocho reales y medio en los territorios comarcanos donde se compraba. Coincidiendo con el acuerdo municipal del 9 de noviembre, se empezaba a liberar a bajos precios las 200 fanegas retenidas en el alhorí de la villa. En suma, en apenas dos meses se había pasado de una situación de necesidad extrema a una situación excedentaria en la que jugaron mucho los movimientos especulativos, en los que el licenciado Melgarejo y Hernando del Castillo no debieron estar al margen.
Pero en todas estas decisiones había ganadores y perdedores. Una muestra es el caso de Alonso Valenzuela, convidado de piedra en la reunión del día 9 de noviembre, que veía como el concejo se negaba a pagar, en su reunión del día 10 de noviembre, al licenciado Guedeja, casado con una Valenzuela, los  9.000 maravedíes por unos servicios como procurador que no prestaba. Pero el licenciado Guedeja ya debía tener miras más altas como abogado en la corte. Este conflicto se sumaba a muchos otros que escondían los bandos familiares y su lucha por el poder local.

El acuerdo entre los Herrero y Hernando del Castillo se rompería en la elección de oficios del año 1549. Para San Miguel de ese año Miguel de los Herreros y Sancho de los Herreros desplazarían como alcaldes ordinarios a los que no eran sino testaferros de Castillos y Pachecos, que se vieron marginados en la elección de ese año. Alonso de Oropesa se hacía con el cargo de alguacil mayor. Las diferencias entre bandos se manifestaba también en el recelo que despertaba la colaboración de los Castillo con el gobernador del Marquesado. No en vano, la villa se hallaba en conflicto con éste por la privacidad de la primera instancia de sus alcaldes. Sólo así se explica que para la alcaldía de 1549 se eligieran como oficiales a dos personas de primer rango, como eran los Herreros.
Caso más singular era el de los Origüela, a los que vemos enfrentados a todos. Juan González de Origüela mantiene un contencioso con el ayuntamiento por una deuda de 93.000 maravedíes por el abasto de carnes. Su hermanastro Gonzalo de Tébar, despierta las envidias de sus vecinos por los beneficios, ocho maravedíes por arroba, que le reporta el monopolio de la venta del vino en su tienda de la plaza. Pronto se planteará en el ayuntamiento la necesidad de abrir otra tienda  de vinos. Parece que defensores de la libre competencia en provecho de intereses particulares los ha habido siempre. No obstante, no se arredrarían los Origüela, que en 1550 consiguen poner a uno de los suyos como alcalde ordinario, Andrés González de Tébar. No lo aceptarán las viejas familias que mantendrán a Andrés y al otro alcalde elegido, Miguel Vázquez de Haro Pallarés, presos en la cárcel para que puedan seguir disfrutando de la alcaldía los Herrero.
Las contradicciones de las luchas de bandos se expresarían en el conflicto ya estudiado de 1553, cuando el alcalde Hernando Montoya, próximo a los Origüela, es malherido en la cabeza por la facción de los Jiménez-Dávalos y los Rosillo. A partir de aquí, el intento de linchamiento personal da lugar al conflicto sobre la limpieza de sangre. No se podrá doblegar a los Castillo, que fortalecidos por su alianza con los Pacheco, se permitirán el lujo de presentarse ante las viejas familias como descendientes de Clemente Pérez de Rus, pero sí a los Origuela, que, sin la intensidad de la segunda década, sufrirán nuevos procesos inquisitoriales.

(AMSC. AYUNTAMIENTO, Leg. 10/1, actas del ayuntamiento de 3, 7, 9 y 10 de noviembre)
(AMSC. AYUNTAMIENTO, Leg. 49/3 y 49/5, Censos a favor de los Melgarejo, 1545 y 1548)

martes, 6 de octubre de 2015

El donativo de 1664

La concesión de donativos para las guerras de los Austrias menores fue algo habitual desde los años veinte del siglo XVII. Domínguez Ortiz nos recuerda donativos en los años 1625, 1629, 1632 y 1635. Sabemos que San Clemente aportaría dos mil ducados para la guerra de Mantua.
La concesión de estos donativos iba ligada al otorgamiento de licencias y facultades para obtener arbitrios por las villas que garantizaran el pago. Así se solían arrendar ciertas dehesas o propios, y en su defecto, se acudía al repartimiento entre los vecinos.
En octubre de 1664, la villa de San Clemente concede un nuevo donativo de 2.000 ducados de vellón a la monarquía. La negociación de dicho donativo se hará por los regidores perpetuos don Juan de Ortega García y don Gregorio Guerra, en nombre del ayuntamiento. Acordándose el pago en cuatro plazos: una primera entrega de 500 ducados en el momento de concederse la facultad regia para la concesión de arbitrios, y los 1.500 restantes en tres entregas en los años siguientes.
Lo curioso ahora es que el donativo concedido por la villa se convierte en motivo de transacción para defender sus propios intereses económicos. San Clemente obtiene como contrapartida poder vender su vino en la corte. Los cosecheros de vino se comprometen a cargar con la aportación del donativo a cambio de poder vender el vino en la villa de Madrid, teniendo taberna pública de vino tinto por un tiempo de nueve años y al precio que se hiciese por tasa.